Poesía de sentidos
María Eugenia Olazarri


Conspiración de perlas que trasmigran, de Ana Claudia Díaz

(Zindo & Gafuri ediciones, 2013)


Leer poesía es siempre una experiencia inédita para mí. Es que uno se sumerge en la particularidad de cada autor, en universos absolutamente subjetivos y únicos. Leer poesía es, también, una experiencia agotadora. El lenguaje alcanza, en ella, posibilidades fantásticas: se desarma, se fragmenta, se multiplica, se vuelve pura escasez. Y el lector debe andar y desandar la geografía de las palabras para entender su esencia. Sí, el lector de poesía debe ser un viajero incansable, de otra manera no podría llegar nunca a destino. Un viajero que lleve, en una mano, la evocación del significante; y en otra, la certeza del significado. Por eso cada vez que elijo acercarme a un libro de poemas o a una poesía solitaria, sé que empiezo un camino nuevo.


En el momento en que decidí reseñar Conspiración de perlas que trasmigran de Ana Claudia Díaz , yo andaba releyendo a los elegíacos latinos. Y tal vez fue influencia de ellos, pero percibí algo de elegía en la voz de esta poetisa.


Se trata de un libro estructurado en tres partes: El eco de Narcisa, Conspiración de perlas que transmigran (que da título a la obra) y Perihelio. Hay una juego en ellas en cuanto a la forma, porque la autora se desplaza del verso y la estrofa breve en la primera parte a la prosa poética algo extensa en la segunda, para cerrar con ambos recursos en Perihelio. Y en ese vaivén parece esconderse una dinámica implícita: la voz del yo lírico se estira, se vuelve más densa; más abigarramiento de imágenes y metáforas en Conspiración de perlas… para dar lugar a la expresión más breve y, por tanto, más contundente y precisa, hacia el final. Otra particularidad es que, en la última parte, ninguno de los poemas lleva título ni epígrafe, a diferencia de los que conforman el comienzo. Hay, sin duda en ello, una necesidad de recortar, de volverse más preciso, de ir al centro, de estar “más cerca” del núcleo significado, tal como lo indica el subtítulo Perihelio de esta tercera parte.


El eco de Narcisa: empieza el juego, la búsqueda a través de lo predominantemente visual y táctil. Existe una redundancia en las imágenes que van construyendo el universo personal del yo poético. La presencia de la naturaleza, sobre todo la evocación del paisaje costero, es fuerte y se enreda en cada una de las vivencias, de manera tal que al lector le resulta difícil separar lo íntimo de lo externo. El paisaje acompaña -casi un poco a manera de los Románticos- el sentir de la poetisa, como en estos versos de Discusión en la escollera o cambio de luna: “Ahora, echado el decir sobre estas piedras, escolleras verdes/ me tiendo sobre la mustia arena fría, marchita/ y el espacio que ocupa mi cuerpo en el agua/ es como un dique de defensa contra el oleaje/ contra el fondo de sal o el espasmo.” Casi hipálage, la arena refleja el estado anímico del poeta, que es, a su vez, objeto -dique- que surge para detener la violencia silenciosa de las aguas.


Conspiración de perlas que trasmigran: esta segunda parte, caracterizada por las enumeraciones y el abigarramiento de imágenes que se superponen, que se repiten, que van y vienen a lo largo de las páginas, es casi pura prosa poética. Y despliega una temática que nos recuerda la primera parte y que se proyecta sobre la tercera, como comprobamos después. Es un puente perfecto entre dos realidades: “ Círculo de instante limpio. Desboca en cauce como revelación: puente certero.”


Perihelio: Desaparece la superposición incesante de metáforas. La palabra toma conciencia de su propia limitación. El mundo del yo lírico, tan incesante en eso de despertar los sentidos del lector mediante imágenes que evocan sonidos, colores, aromas, movimiento, va acercándose a su mínima expresión. Poemas breves, condensados en su significado, ricos todavía en significante, que mantienen esa puntuación particular que rechaza, por momentos, la pausa escrita y abunda en puntos seguidos, en asíndeton permanente, llegan casi al interior del universo poético. Al centro. El lenguaje entiende que para mostrar la desintegración o la permanencia basta con poco. Porque él también es fugaz como aquello que relata: “Mi hebilla rodó hasta lo efímero,/ hasta la inmensidad que huele a naranjas de plata./ Ya no hay una fuerza insoportable para modelar/ el progreso. Eso fue una tregua./ O eras vos.”


Ana Claudia Díaz es una poetisa que apela, fundamentalmente, más que al intelecto, a las sensaciones que pueden despertar sus versos. Hay un trabajo arduo sobre la musicalidad de las palabras y una búsqueda clara de imágenes que evoquen, despierten, emociones, que creen puentes entre el universo del lector y el del yo lírico.


Poesía del significante. Esa es, sin duda, la poesía de Ana Claudia Díaz.



*Reseñadora

María Eugenia Olazarri (Buenos Aires, 1974) es Licenciada en Letras. Ama enseñar y escribir. Participó en revistas digitales y en papel como Piso 13 y Comiqueando. Alguna vez, parece, escribió un Prólogo para el Facundo de D.F. Sarmiento. Hace un tiempo, intenta terminar un libro de cuentos para chicos junto con el ilustrador cordobés Martín Eschoyez.