Yo vi la cara de Lenin y estaba durísimo
Fernanda Mugica


Yo vi la cara de Lenin y estaba durísimo, de Joaquín Correa

(La Bola, 2014)


El único hogar que está verdaderamente a nuestro alcance ahora,

por frágil y vulnerable que sea, es la escritura.

Cultura e imperialismo, Edward Said



El de Joaquín Correa es un libro con muchas caras. Lado A y lado B son sólo posibles puntos de partida. Desde allí se despliegan sus textos, lejos del binarismo digital, como la cinta desenrollada de un cassette que recorre y da frescura a los cableados de diferentes ciudades. Es en la convivencia de lo extranjero y lo propio, de lo nuevo y lo viejo, de los hits y el material inédito, donde su escritura nace, y nos hipnotiza con la solidez de todas sus facetas.


En Macedonia o en Bolivia, en una Mar del Plata cotidiana o en un Saint Louis pleno de extrañamiento, Joaquín Correa transita por terrenos muy variados. Y lo hace obsesivamente –llega a marcar en un mapa las líneas de los recorridos que va trazando con su monopatín, para no irse de ese pueblo sin antes haber conocido cada una de sus calles. Y si su mirada es ecléctica, no deja de detenerse en escenas, gestos, detalles, siempre atravesados por una constante que, como afirma Agustín Marangoni en el prólogo a la primera edición, es la intensidad.


Desde comienzos del viaje, los textos de Yo vi la cara de Lenin y estaba durísimo se tejen como fragmentos epifánicos de esa intensidad: la de la aventura, la de la reflexión lingüística, la de los amigos que están lejos y, sobre todo, la del gesto político en lo cotidiano. Las palabras ejercen en la subjetividad del cronista una fascinación contagiosa. El terror que produce escuchar a alguien cercano hablar en otra lengua, la sensación de estar inmerso en otra cultura y no comprender su idioma, la necesidad de repetir el nombre propio y de recrear diálogos –ya extranjeros- como las únicas formas certeras de sentirse en casa, son sólo algunos de los ejes sobre los que Joaquín Correa reflexiona, en la elocuencia de sus crónicas.


El viaje se escribe, en este contexto, en la imposibilidad de la postal: intermitencias, fragmentos, y fronteras que se atraviesan con la intuición de la falta de una voluntad real por que sean eliminadas. Si bien, en su primera versión, estos textos funcionaban como entradas del blog CSC, acompañados por fotografías, la escritura de Joaquín en su libro apunta a una fotografía irrealizable -la de la melancolía de París, la del peso de la sociabilidad, la de la pobreza de Shutka que tanto recuerda a la de los niños del Belisario Roldán-, y que confunde imágenes y palabras en la necesidad urgente y comprometida de decir.


Porque desde su postura crítica y desde una mirada que no pretende neutralizarse, los textos de Yo vi la cara de Lenin y estaba durísimo nos invitan a la acción. Si mañana es mejor, si siempre es hoy o si mañana no debe seguir siendo esto… ¿cuándo seremos capaces de hacernos cargo del presente? nos interpela Correa. Y une en un mismo movimiento sagaz las líneas que, en su pasión por la música, se volvieron pilares de su filosofía. Desde ahí, nos invita a actuar, a hacernos cargo de las responsabilidades cotidianas, presentes, por ejemplo, en la elección de un lugar de trabajo o en la adopción de un concepto pleno de género –“un género otro, nuevo, más allá de cualquier contraste reduccionista, (…) el género de la utopía urgente, del tiempo del ahora, del compromiso en lo inmediato” (40, lado A).


Entre la pérdida de fe y un lenguaje que nos habla de una relación casi religiosa de Joaquín Correa con todo lo que emprende, Yo vi la cara de Lenin y estaba durísimo es un viaje que escapa a la nostalgia, porque sus crónicas miran al futuro al tiempo que se nutren del pasado. Si algo parecido a la nostalgia aparece, lo hace siempre entre paréntesis (porque en tiempos de buscadores eficaces, se extraña el azar, las casualidades, el encuentro sin intermediaciones). Así, entre la acidez y la ternura, entre la sordidez y el amor, el libro de Joaquín Correa no tiene dos, sino infinitas caras. Lado A y Lado B se unen, como en los juegos de los niños, en lo decisivo y absoluto, pero también en la sonrisa inmediata que indica que nada es definitivo, que siempre se puede comenzar a jugar –a leer- otra vez.


La tercera persona se vuelve difícil cuando se trata de reseñar el libro de un amigo. Y, sobre todo, cuando la amistad es uno de los temas que se vuelve eje de su escritura.
El viaje de Joaquín –en Mar del Plata o en un pueblo perdido de Francia- es, un poco, mi viaje. Por eso, termino el lado A y siento que estoy otra vez en el comienzo. Porque Joaquín me enseñó que todas las ciudades tienen su lado B y que hay que saber descubrirlo –siempre nos queda el fantasma de la ciudad hermanada, espejada, del otro lado del puente, que no llegamos a conocer. Por eso, me reconozco en Nantes, en el té sin azúcar, en los recitales compartidos, en la sensación de estar siempre a unas pocas cuadras del mar. Me reconozco y no me reconozco. Dejo a la ficción de la crónica responder a las preguntas que no supimos siquiera articular.


El de Joaquín es, en definitiva, un libro sobre la amistad. Porque las diferentes caras, los diferentes viajes, nos hablan de una presencia: la de los amigos que nos cuentan historias, nos obligan a escribirlas, nos despiden en el comienzo de una nueva aventura para esperar el reencuentro, al tiempo que nos leen y escriben en una cotidianeidad llena de relatos -la de la amistad como sensibilidad compartida. Porque el viaje, la búsqueda de un hogar, la reflexión sobre una lengua siempre extranjera -que se vuelve difícil de habitar-, confluyen en la escritura de Joaquín Correa en un idioma propio: el de los sentimientos y los abrazos.



*Reseñadora

Fernanda Mugica nació en Mar del Plata, en 1987. Estudia Letras en la UNMdP y trabaja como profesora de Literatura en el nivel medio. En 2014, publicó su primer libro de poemas: Alberta (Honesta Editorial). Mantiene el tumblr: http://verabyron.tumblr.com