Un pequeño militante del PO
Leticia Martin


Un pequeño militante del Po, de María Lobo

(Pirani ediciones, 2014)


Soy una crítica blanda. En general suelo encontrarle el destello al libro. Quiero decir, le pongo el ojo a lo que sobresale y dejo pasar lo que siento errático, tedioso o mal construído. Frente a los libros desparejos me esmero en resaltar el párrafo logrado. Suelo ignorar lo que no me gusta. Muchos de los libros que leo quedan a medias o pasan al anaquel de los libros que no pude terminar. A veces pienso que no estoy preparada para algún libro y entonces lo abandono esperando que esa historia me dé una segunda oportunidad. Digo esto porque me pasa a menudo que discuto sobre el tema con colegas y amigos. Me sé falente en ese punto. Me cuesta decir qué no me gusta y qué me parece horrible. Creo demasiado en la condena de la marginalidad y, además, como si esto fuera poco, soy bastante fácil de convencer. Le encuentro el lado bueno a los libros con más frecuencia de la que debería, lo que me pone en un lugar terrible.


¿Cómo reaccionar o qué decir cuando de pronto aparece algo que realmente sobresale? ¿Cómo elogiar lo que es superior si ya malgasté todas las fórmulas y adjetivos y superlativos en textos menos destacados?


Apenas empecé a leer el libro de María Lobo: Un pequeño militante del Po comencé a buscar palabras. Pero evidentemente, el desafío de la crítica no radica en encontrar calificativos. ¿Qué voy a decir ahora?, pensé. Quería emparentarlo con algún otro texto de lectura reciente, pero no encontraba ninguno. ¿Cómo elogiar lo que estaba leyendo? ¿Qué decir sin caer en la alabanza estúpida de la buena prosa de María Lobo?


Sería menospreciar el valor real del libro aducir que la grata sorpresa fue producto de la novedad, cayendo en los atenuantes del tipo “para ser un primer libro…”. Esa clase de observaciones aleja el foco de las historias, de la sintaxis y de la forma estética y nos reduce a esperar “ciertas cosas” de un autor novel y no “ciertas otras”.


Prefiero entonces detenerme en las historias propiamente dichas, en sus escenarios y tramas construidas con cuidado y atención, en la lograda psicología de los personajes y en el modo en que se hilvanan estos cuentos, permitiendo una lectura superadora, que enlaza -de alguna forma- esas unidades dispersas.


En eso radica -a mi juicio- la belleza de este libro.


Lobo narra historias que ocurren en una provincia del norte argentino que nunca se permite nombrar. No sabemos qué tan cercana a Onetti se haya encontrado Lobo, pero hay algo de esas atmósferas en este libro.


En el primer cuento, titulado Salvajes, una niña precoz, audaz, contestadora, y capaz de pensar de otro modo las circunstancias que atraviesa, narra ciertos momentos de la historia familiar, la distancia con su madre, el accidente que sufre en una pileta y el amor homosexual de su padre. Sin caer en un “realismo dramático” y gracias a la buena elección de hacer narrar el conflicto a una niña, Lobo consigue un texto que replantea criterios de felicidad y en el que se siente con el derecho a “tantear dónde están los límites que separan la buena de la mala educación”.


Lobo trabaja directamente con la “culpa de clase”. La narradora se siente mal porque no le gusta el olor de los chicos pobres, algo que condenan las monjas de su colegio. Esta temática particular, me llevan a emparentar sin vacilaciones la escritura de Lobo con la de Silvina Ocampo, quién más de una vez construyó sus historias desde la mirada inocente de niñas o sirvientas que podían espiar los vestíbulos y zaguanes de las clases altas para contarnos, después, los más seductores secretos y confidencias.


El lenguaje cultivado de María Lobo deja atrás las descripciones regionalistas como el intento de reproducir una jerga local. Su interés no está puesto en recrear el paisaje ni en utilizar los escenarios tucumanos para replicar un modo de vida o giro lingüístico que suene exótico en Buenos Aires. Todo lo contrario. Lobo pone el ojo sobre las relaciones humanas, el rol de la mujer, los límites que impone lo social, y el anquilosamiento de las estructuras familiares.


En la mayor parte de los cuentos la familia aparece fracturada o en vías de disolución. Eso pone a los personajes en situación de procesar internamente una realidad hostil que nunca enfrentan sin cuestionamientos, y que tampoco es narrada expresamente.


En el cuento que da nombre al libro, la abuela Grey y su nieta Amalia, conversan mirando con un largavistas las bandadas de aves que atraviesan el cielo. La nieta acaba de separarse de su esposo. El diálogo no tiene desperdicio.


“-No sé cuál es el militante del Po - dijo Amalia.


-Es el que va ahí, el que parece perdido - respondió Grey y señaló hacia un punto más bajo de donde volaba el resto de la bandada- ¿Ves que no va a llegar y lo intenta igual? ¿No es un amor?


-Pero va firme al este, ¿eh? - bromeó Amalia.


-Pobrecito -dijo Grey con dulzura- Todavía cree que si vuela hacia el este se va a encontrar con la Unión Soviética.”


Grey y Amalia conviven hace apenas pocos días en la finca y la abuela atraviesa el comienzo de sus últimos meses de vida. El diálogo que entablan encripta el verdadero conflicto de la historia que -con inteligencia- Lobo administra a cuentagotas, generando expectativa y desdramatizando todo tipo de conflicto. Abuela y nieta dialogan ocultamente. Se conocen demasiado. No quieren decirlo todo. En lugar de ello saben abstraerse y son capaces de poner otras imágenes en el lugar de las palabras que debieran decirse.


En ese punto el realismo de Lobo se vuelve seductor y es en esos pasajes donde el lector agradece la economía del lenguaje y el subtexto que convulsiona debajo de la letra escrita. Lobo nos propone nuevos modos de pensar cómo atravesamos la enfermedad y la muerte, el desamor y las rupturas, qué modos particulares de acercarnos a esos conflictos podemos generar y de qué forma pueden enfrentarlos otras personas.


Cada párrafo es una imagen y cada diálogo una escena necesaria. Lobo no desperdicia palabras. Sabe ser elíptica y ubicarnos en el presente de la historia sin reprimirse unos largos paseos por el pasado, ejercitando una escritura sobre la que hay que detenerse y releer.


Vuelvo a citarla. “Durante el último año Amalia había imaginado la muerte de la abuela Grey como el curso final de un río que se ensancha y calma las aguas, ahí donde las piedras no le dejan seguir corriendo con todas sus fuerzas.”


Los narradores de Lobo comparten con el lector información que los personajes desconocen. ¿Hay complicidad más atractiva que esa? A lo largo de la lectura de Un pequeño militante del Po, uno está cerca de los narradores de Lobo, es cómplice de ellos, puede imaginar y proyectar resoluciones, escuchar secretos pensamientos e intentar adivinar direcciones de acción. Lo que seguro uno no podrá es acertar en los finales.



*Reseñadora

Leticia Martin nació en Capital, en marzo de 1975. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA) y docente de la Universidad de Palermo y del Centro de Estudios Contemporáneos. Publicó los libros: Breviario o el oficio religioso (Funesiana, 2012); El gusto (Pánico el Pánico, 2012) y La coronación del peón (Milena-8vo loco, 2014). Su diario "Topadoras oxidadas" forma parte de la antología digital Escrituras 1 recientemente publicada por la editorial Outsider. Colabora en Ni a Palos, Revista Paco y Revista Tónica.