Retratos o el corazón re(v)/(b)elado
Santiago Hamelau


Retratos, de Marina Tsvietáieva.

(añosluz, 2013)



“Mi especialidad – es la Vida”

Tsvietáieva



La escritura revela al hombre detrás de ella. No importa de qué hablemos. En estos ensayos sobre los escritores que frecuentó -en persona y en sus libros- , Tsvietáieva se despliega toda, ella en su fuerza, en su pasión alta y pura que acomete toda tarea con vehemencia. Lee. Percibe. Redacta. Cría a sus hijos. Supo entender la enemistad como una clase de amor, y el amor como un fervor. Homenajear a los escritores rusos de su tiempo, narrar la relación que la unió a ellos, es un momento de verdadero diálogo, donde su poética se enfrenta a la de los otros y donde con un lenguaje absolutamente particular, inventado por ella, intenta acceder a la otredad de lo que la fascina -sea para bien o para mal-: Pasternak es el gran vidente, Briusov el incansable obrero a quien Dios le negó la amistad con las Musas.

Marina Tsvietáieva tuvo una vida no menos intensa que su escritura. Hija del fundador del Museo de Bellas Artes y de una concertista de piano, la poeta se encontraba en un medio más que propicio para explorar su sensibilidad y crear un idioma. Empezó a publicar desde muy joven, a los 17 años. No obstante, la historia no fue tan benévola con ella. Se casó con Sergei Efron en 1912. Después, sobrevino la Revolución comunista y su esposo integró las tropas del Ejercito Blanco. Sufrió la muerte de su hija, aniquilada por los terribles días de la Hambruna rusa de 1921-22. Luego fue exiliada en varias ciudades de Europa hasta residir finalmente en París, donde fue apartada de la comunidad de expatriados. Al volver a Rusia, su marido fue ejecutado y su otra hija mandada a trabajar en un campo de trabajos forzados. Cuando el ejército alemán invadió Rusia, Tsvietáieva y su último hijo fueron evacuados a Yelabuga, donde ella se colgaría. El suicidio es un acto ciertamente misterioso, en el que una persona adquiere tanta fuerza y valentía como para anularse a sí misma. ¡Vaya contradicción! La vida humana es tan frágil.

La escritura de Tsvietáieva abunda en contrastes, extrañas construcciones sintácticas sorpresivas y cortes constantes que la vuelven altamente fragmentaria. Esto evidencia dos cosas, entre muchas. Una: que esa forma es la expresión de su clarividencia, que es errática y no metódicamente ordenada. La coherencia de los textos surge de la continuidad en la percepción de Tsvietáieva que a todo mira con el mismo temple, con la misma sinceridad en los ojos. Uno, como lector, debe aprender a adoptar esta mirada extranjera. La segunda cosa que se evidencia: el Yo. Ciertamente, tantas inestabilidades textuales -queridas voluntariamente- sólo pueden sostenerse por la fuerza implacable del Yo. Es esa persona, femenina, con una fuerza ciclópea, con una pasión oceánica, la que puede enunciar el discurso, la que confía en que lo percibirá casi todo y que lo dirá luego en una lengua de su propia invención. ¿No es maravillosa esa fuerza? ¿Encontrarnos con una mujer que quiera decirlo todo, que quiera enunciar el corazón profundo, su centro fundamental?

“Cada uno tiene un verbo, que signa su actitud”. Pues el de Tsvietáieva era amar. De aquí surgen los cuatro ensayos que integran el libro. Amó a Pasternak, por su superabundancia, su movimiento, su derroche. Él era el gran poeta moderno de Rusia, el “único contemporáneo mío, para quien no me alcanzó mi caja torácica.”. En el lado opuesto estaba Briusov, con quien se enemistó por considerarlo falto de inspiración. Era un hombre industrioso, trabajador. Creó para sí, con su voluntad sobrehumana, al poeta, a la poesía e incluso, como ironiza la autora, a los sueños que él supuso un verdadero poeta debería tener. No obstante, Tsvietáieva consideró esta enemistad como una forma de afecto. Por otro lado, Balmont era de las pocas personas a quien la poeta le tenía miedo, un miedo que ella misma dice era admiración. Se trataban de tú, un gesto sutil de confianza y de cariño. Finalmente, el cuarto ensayo del volumen está dedicado a Kuzmín de quien dice: “No había afectación, sí la natural finura de un individuo diferente, la finura individual de la osamenta.” En todas las observaciones literarias y personales de Tsvietáieva se deja ver una absoluta lucidez, como si en un instante pudiera percibir la verdad sobre algo o alguien. La prosa de Tsvietáieva intenta ser el registro de ese instante, perfectamente concentrado, casi donado al lector en un arrebato de la conciencia. Es por eso que la escritura tiende a lo fragmentario o al epigrama. Ese arrebato se vuelve una forma de comunión entre la poeta y quien lee.

Briusov, en una carta que le envía a Tsvietáieva cuando aún no eran enemigos declarados, le dice que “el amor, es una casualidad.” Fue una articulación algo azarosa la que hizo que este libro llegara a mis manos para reseñar. Y la agradezco profundamente, porque no hubiera conocido a esta poeta extraordinaria que tuvo una de las mayores suertes literarias: la de inventar un estilo. Frente a ese río tormentoso de su vida, pudo resistir gracias a la poesía. Con el asombro de una Casandra, presintió las violencias que irrumpirían entre su familia y amigos y que la dejarían desgarrada. Algunos sobrevivieron: “Kuzmín, Ajmátova, yo, con la reclusión vitalicia dentro de nosotros mismos, en esta fortaleza más segura que la Fortaleza de Petropavlovsk”. Recordaba montones de versos y escribió otros tantos. A ellos les debió la vida. Me es bastante curioso que se haya decido por el camino de la muerte. Una piedra cae en un estanque y deja huellas: las ondulaciones del agua. En el espíritu, estas alteraciones en la superficie se propagan por siempre. Puede que Tsvietáieva hubiese imaginado que sus versos serían sus embajadores, cuando ella no estuviera más sobre la tierra. Como buena rusa, consideró “a la fama en vida como algo indigno, o algo ridículo.” Murió por decisión propia, por razones oscuras que sólo podemos ver a través de la frialdad de la razón, y nos legó – ¡cuánto hay que agradecerle!- el tesoro de su obra.

La poesía no surge de la angustia. La poesía es la alta prueba del espíritu. Es la batalla misma, su victoria. ¡Cuánta belleza hay en Tsvietáieva! ¡Cuánto habrá luchado! La escritura fue el portento de su alma.



*Reseñador

Santiago Hamelau nació en Buenos Aires. Estudia Licenciatura en Letras en la Universidad Católica. Escribe el blog www.enlaforjademialma.blogspot.com y publica sus fotos en www.behance.net/tiagohamelau. Fue seleccionado en tres concursos de microrrelatos organizados por Diversidad Literaria.