Tercera dimensión
Anita Gómez


La Serenidad, de Iosi Havilio

(Entropía, 2014)


“Concentrarse sería una solución, un buen libro, poemas duros, modernos de verdad, una novela posta, inglesa, americana, le gustaría tener entre manos una historia que lo transportase lejos, a un paisaje nevado helador de gargantas, falsa calma en las mañana más desoladora.” Eso mismo que le hubiese gustado a El Protagonista, es lo que le reclamé a la novela. Al menos en los primeros tres capítulos.


Empecé a leerla en un momento tumultuoso. En los que todo parece suceder al mismo tiempo. Cuando toca vivir la sensación de que recibís buenas y malas todas juntas, palas de grúas, volquetes de sucesos, y uno con ganas de decir: “Ey, más despacio, amigos, uno por vez y puedo con todos.” Cuando uno es apenas conciente de lo que sucede, y subyace la posibilidad de desdoblarse y percibirse a sí mismo como el protagonista de un suceso ajeno. En medio de esas cosas, llega La Serenidad a mis manos.


Los primeros capítulos me resultaron confusos. Cuando sentía que estaba al fin entrando en el tono, la novela se enrarecía más. Hablé con el libro, me quejé. Estaba para una narración más clara, una forma más amable de contarme los hechos. Pretendía una lectura más liviana, y esta no ayudaba a aplacar mis voces. No hacía más que subir el volumen de mi mundo interno.


No podría decir que es una novela de trama. Suceden muchas cosas, en muchos niveles y en escenarios reconocibles y teñidos de un tono onírico. Acepté la propuesta narrativa y finalmente entré en el libro. La Madre es la madre, El Padre el padre. Las hermanas se unifican, aquellos del pasado vuelven para darnos alguna respuesta. Las alegorías golpean la puerta y todos somos héroes de diversos mitos.


Continué el libro con menos fastidio. Cambié el hastío por sonrisas. La historia comenzó a hablar conmigo, con mis recuerdos, con mis diálogos internos, con mis sueños, y con la realidad, con lo que tengo enfrente, desde lo más básico: teclado, pantalla, hasta lo más complejo de las circunstancias.


Empecé a disfrutarlo. La realidad se pone plana tantas veces. Olvidamos u opacamos la posibilidad de vivenciarnos en las tantas dimensiones posibles que vivimos en simultáneo. La cantidad de maneras de percibir el mundo y nuestras experiencias es tan vasta, tan rica. La novela me llevó de paseo, así como sucedía con El Protagonista, por el laberinto de mi conciencia. Desde la chance de construir mi pasado, mi presente, las expectativas, lo que potencialmente podría pasar, y todo eso que no sucedió.


“Nada de lo que había ocurrido había ocurrido, ninguna palabra había sido verdaderamente pronunciada”.


“¡Yo soy mucho más de lo que siento!”


Claro que el lenguaje es tan preciso y desbocado que hace que la experiencia de la lectura sea suculenta. Las enumeraciones son voluptuosas. “El Protagonista ve venir el tren cuando parecía que la suerte del día ya estaba echada y el futuro, una tonta inclinación a la esperanza… Hasta hace un tiempo, hubiera pensado cualquier tren como una gran equivocación… ¿Pero es eso un tren? Qué parámetros para tren tiene El Protagonista alojados en su Ser: rieles, vagones, locomotora, un furgón con asientos de papel y expresiones obscenas, el sonido típico, los chanchos, el temblor, los pasajeros, el tirín tirín tirín, Los Ringtones Más Tristes de la Historia, la fuerza indómita de La Fraternidad latiendo bajo los durmientes.”


Es abundante, una inundación de palabras de una preciosa composición. Escenas geniales como la aparición de El Padre muerto en el baño de un bar. El trío con su mujer, La Reina de La Noche y El Gran Otro. El monólogo de Bárbara, La Madre y los recuerdos de infancia. La novela tiene todo: peligro, viajes, desamor, sexo, violencia, misterio, humor.


Dialoga con imágenes y gráficos, el Diagrama de R de Lacan, por ejemplo, que plantea lo real, lo imaginario y lo simbólico, uno de los temas de la novela. Comparte título con un texto de Heidegger. Y la manera de nombrar los capítulos cual Quijote de la Mancha.


En la solapa, la foto del autor con una partitura de John Cage en sus manos. En medio de la lectura me crucé con esta cita de Cage: “La palabra experimental es válida, siempre que se entienda no como la descripción de un acto que luego será juzgado en términos de éxito o fracaso, sino simplemente como un acto cuyo resultado es desconocido.” La frase hizo eco en mí, y en la experiencia de lectura de La Serenidad.


De no ser por esta reseña, tal vez, hubiese dejado la lectura para otro momento, para más adelante. Qué bien que no lo hice.



*Reseñadora

Anita Gómez nació el mismo día que su madre en el invierno de 1976. Formó parte de un equipo de natación. Alterna entre la danza, la escritura y los excesos. En diciembre de 2011 editó Ahí en la ciudad, su primer libro de cuentos.