Apuntes sobre la novela lisérgica
Marcelo Daniel Díaz


Cielo ácido, de Carlos Ríos

(Editorial Clase Turista, 2014)

la estructura del misterio se cae a pedazos”

Elvio Gandolfo.


Hablar sobre el policial supone mucho más que hablar sólo de textos, y de géneros, literarios. Ese es el planteo de Daniel Link, en El Juego de los cautos (2002), para quién no se puede desconocer al policial como un conjunto de narraciones que se materializan en el corazón de la cultura de masas. Cielo ácido puede ser abordado desde la matriz de género entendido como una práctica discursiva histórica, y por ende cambiante, que reconoce transformaciones y que muchas veces transgrede sus propias reglas.

La supervivencia del género policial estaría en la capacidad para renovarse, su vitalidad estaría garantizada en la medida de que existan constantes y sucesivas rupturas. La narración del texto de Ríos se enmarca en los bordes y en la periferia de la novela policial de enigma o clásica. Ya desde la cita del epígrafe de S.S Van Dine: “Una novela policíaca no debe contener grandes pasajes descriptivos, ni profusión de adornos literarios, ni trabajados análisis de caracteres, ni preocupaciones «atmosféricas»” el texto nos propone el desafío de revisar y complejizar un tratado sobre el género policial en una clasificación entre estilos y propuestas estético/narrativas donde predominan las acciones de los personajes en su versión más descarnada

La focalización está al servicio de Lezica, un sicario que no termina de cumplir con los encargos que se le realizan en el marco de una ciudad monocromática como si hubiese sido diseñada en la imaginación de Fritz Lang, donde el cielo mismo pareciera ser otra presencia fantasmática en el texto. De hecho la bóveda celeste cubre como un domo el territorio con diferentes colores y matices a medida que pasamos de página. El cielo se materializa, o se personifica, en el estado de los personajes, como una radiografía anímica en la que la imagen es siempre borrosa y oscura. Si hay un crimen organizado, su organización es defectuosa y precaria. Un campo semántico con palabras como “robo”, “víctima” y “asaltoedifican y amplifican el discurso periodístico acerca de la inseguridad. Tres o cuatro jóvenes juegan a la pelota con una cabeza humana. Proliferan los realities y el público se burla de los participantes de los concursos de t.v.

La maquinaria del género policial nos ayuda a pensar la manera en que se relacionan la ley, la verdad y nuestras subjetividades. Pero no hay en la novela una pregunta cuyo develamiento se desarrolle, quiero decir, no sé si sería válido hablar de un enigma que sea factible de resolver sino que la trama está al servicio del delito y de los actos que acompañan cada muerte violenta de la historia.

Pensar en términos de géneros literarios por momentos resulta ser restrictivo, de hecho, no sé si sería pertinente decir que los textos pertenecen estrictamente a un género sino que se pueden combinar en forma simultánea de manera aleatoria.

Cielo ácido nos pregunta acerca de cómo fue que llegamos a un plano en que se realiza una estetización del crimen o se genera una criminalización de la sociedad. Los personajes mediáticos se integran a la trama. Y es el asesinato de un mediático lo que acciona el dispositivo narrativo. La legitimación de la violencia, de toda forma de violencia, como si fuese el síntoma de una enfermedad colectiva, es una de las lecturas que se me ocurren.

Así como para el filósofo cordobés Oscar del Barco no podemos desconocer el principio cuasi sagrado del enunciado “no matarás” como fundante de una comunidad, en el caso de Carlos Ríos, y creo que podría ser también el de muchos otros relatos relacionados con el policial negro, el axioma se revierte: es el crimen el que crea las leyes y articula el sistema jurídico y es el crimen el que genera puestos de trabajo para los jueces, los carceleros y los mismos autores que escriben narraciones semejantes. Es decir, el crimen es el instrumento que organiza las instituciones en términos políticos.

En el texto figura la expresión “policial lisérgico” como un rótulo y una opción de lectura. Si hay una norma para los géneros es precisamente un principio de contaminación, como lo enuncia Derrida, porque donde se dibuja un límite se propone un desplazamiento y aparece una fisura. Decir “lisérgico” es significativo: en la ficción narrativa el mundo está distorsionado como si lo viéramos desde el interior de un calidoscopio. Y la verosimilitud del relato está dada, o construida, precisamente por esa distorsión en los sentidos.

En fin, desde el epígrafe de Van Dine el texto funciona como una síntesis entre la teoría y la práctica de la novela policial pero no para realizar un acopio de fórmulas o convenciones preestablecidas sino para renovar los contratos de lecto-escritura del género, en el que no interesa tanto revelar un crimen o activar un proceso de averiguación de información mediante complejos e ingeniosos indicios sino más bien detenerse en las formas y en la aparente gratuidad del mismo crimen. Una novela que funciona premeditada como una jugada de ajedrez constituye un programa de escritura por momentos aburrido. Cielo ácido, en cambio, es una novela que no regatea con el lector, que no construye secretos y complicidades sino que lo incluye en su devenir y lo deja literalmente sin aliento.



*Reseñador

Marcelo Daniel Díaz 1981. Córdoba. Licenciado en letras. Participó en la antología Es lo que hay llevada a cabo por Lilia Lardone en el año 2009. En el año 2011 publicó el libro de poemas Newton y yo con editorial Nudista (Prólogo María Teresa Andruetto). Y en el año 2012 publicó el texto de lingüística La máquina de enunciación K con EDUVIM.