Carne o pornografía del duelo o la erótica de la voz
Flor Codagnone



Spleen, de María Magdalena

(Letra Viva, 2013)


y si es cierto que lo nuestro se termina
y si es cierto hay que hacerle un final
entonces quiero que te lleves mi hombro izquierdo
que sin tu pelo no lo voy a usar jamás


Juan Pablo Fernández, «La mitad».




A María Magdalena le sienta bien el duelo. Aunque dicho de este modo suene un poco bestial, un poco descarnado, incluso, un poco sexual. Podría decir «A María Magdalena le sienta bien atravesar su duelo con escritura» o «María Magdalena escribe bien su duelo», pero no sería lo mismo. No: a-María-Magdalena-le-sienta-bien-el-duelo. Y agrego: no cualquiera, el amoroso. En Spleen, algo de lo bestial, de lo descarnado, de lo sexual se pone en juego aunque ninguna de esas cosas, ni de esos afectos estén explicitados. Algo de esa poesía se hace carne. Se encarna y descarna en la autora y se hace carne en el lector.


Digo «poesía» y tampoco es inocente. Spleen ganó la edición 2013 del concurso literario organizado por la Facultad de Psicología y Ciencias Sociales de la UCES y fue publicado en la colección narrativa de Letra Viva. Que un sello editorial dedicado al psicoanálisis, por fin, edite poesía de estas características (una poética joven, pura, potente, de alguien vinculado al psicoanálisis, pero, de ningún modo, una poesía psicoanalítica ni un psicoanálisis hecho poesía) es, de seguro, alentador. Que se publique bajo la etiqueta «narrativa» puede resultar molesto. En cualquier caso, el gesto de apertura queda planteado.


Si en Spleen hay ficción narrativa –y la hay: basta ver el modo en que la autora narra su biografía en la solapa o la transparencia con que va construyendo su voz– aparece como un recurso de una poética que tiene que ver, entre otras cosas, con lo autobiográfico, con lo confesional y con lo conversacional. Por momentos recuerda a un diario íntimo; en ocasiones, a un monólogo; de a ratos, a una charla, a un intercambio epistolar, y es, al mismo tiempo, un estricto poemario.


El vaivén que provoca esa mezcla le da al texto el movimiento de un mar bravío y constante. Quizás de eso se trata Spleen: de contener la respiración y sumergirse en un tumultuoso mar de afectos, de hundirnos ahí donde no hacemos pie, guiados tan solo por el hilo de una voz femenina que nos lleva hasta el fondo sin quebrarse.


Al prologar el libro, Luciano Lutereau cita El infierno musical, de Pizarnik. El gesto es certero por dos motivos. Primero, la poesía de María Magdalena es la de alguien que ha leído a Pizarnik con profunda admiración. Hay un guiño que se cuela por todos los costados. «Qué nos une, sólo la imposibilidad», dice la voz poética y encuentro ahí una seña tremendamente pizarnikiana. Si los diarios de Alejandra son los diarios de lo imposible (imposibilidad de pensar y de escribir y aun así pensar y escribir), algo de eso se juega también en la poética de María Magdalena: lo imposible del duelo, de aquello que permite que haya amor (o un libro sobre el amor) después del amor.


En segundo lugar, Spleen lleva una música intrínseca (incluso en la ilustración de tapa puede adivinarse una partitura). Hay, además, un arreglo propio del género canción: unas estrofas que fluyen y algo que se reitera una y otra vez, a la manera de un estribillo. Spleen tiene el ritmo de los valsecitos tangueados o de esas canciones oscuras y cosmopolitas de la Pequeña Orquesta Reincidentes. Algo evoca también al pogo del punk, a esos cuerpos infernales, desubjetivados, violentados.


Es que los cuerpos de Spleen no son fáciles ni gentiles, no calman, ni curan ni salvan. No. Se trata de cuerpos que encienden, que duelen, y duelen más a medida que avanza la escritura. Cuerpos imposibles, bestiales, insomnes, lacerados, mutilados allí «en el ombligo del amor» donde nos enredamos. Cuerpos temblorosos. Claustrofóbicos. Naufragados. Que no brindan refugio alguno.


Algo de lo escatológico, de lo antropofágico y de lo pornográfico se juega en ellos. Y es que Spleen podría pensarse, más allá del libro, como un rito, como los fragmentos de una ceremonia. Pornografía de la carne, pero también pornografía de la muerte y del adiós. Hay cierta obscenidad en las despedidas.


También se juega algo mucho más sutil que, a la manera de Jean Allouch, podríamos llamar «erótica del duelo». Si la carne brinda o trata algo propio de pornográfico y de lo antropofágico y de lo escatológico, la voz encarna algo de lo erótico. Se trata de cuerpos hechos carne, tratados como carne, despojados del verbo y del nombre y rescatados por una voz. Por eso, cuando hablo de Spleen, insisto en decir «voz poética» y no «yo poético». Porque lo que se construye en esas páginas no es un «yo», un narrador, un personaje, una persona, plural o singular, sino una voz que dice, intuye (y se escribe).


Quiero insistir en esto: se trata de una voz femenina, la voz de una mujer que interpela con fuerza a un otro masculino y en esa interpelación interroga al lector. Una voz dedicada a los muertos. La voz de una mujer que arma y desarma, que se destruye y se construye a partir del lenguaje. La voz de un auspicioso primer libro. La voz de quien ha conocido el amor y sabe que en ese conocimiento se inscribe la muerte. Mejor lo afirma Raúl Gónzalez Tuñón: «Decir “he conocido” es decir “algo ha muerto”».



*Reseñadora

Flor Codagnone nació en 1982. Es escritora, traductora y periodista. Brinda servicios editoriales, lleva adelante clínicas literarias y coordina “Encuentros entre Literatura y Psicoanálisis” en la librería Ghandi. Tradujo Los Beatles y Lacan: Un réquiem para la Edad Moderna (Galerna, 2013). Escribió, con Nicolás Cerruti, Literatura 8 Psicoanálisis: El signo de lo irrepetible (Letra Viva, 2013). Publicó Mudas (Pánico el pánico, 2013) y acaba de editar Celo (Pánico el Pánico, 2014, su segundo poemario.