Pecados personales
Pablo Torche


Yo sé que aquí en el gimnasio algunos me miran como una chica del montón, común y corriente, no saben nada, yo sé lo que es tener a hombres babeando por ti, haciendo cola para invitarte a salir, incluso fui vocalista de un grupo musical. Y no fue nada fácil, tuve que acostarme con el bajista, un tipo grasoso, con el pelo sucio, realmente asqueroso, no me paró de molestar durante todo el tiempo que estuve con ellos, tuve que darle la pasada varias veces más. Al final el grupo no resultó, pero eso no fue culpa mía, fue porque no se movieron bien con los productores, y además, eran unos nerds de cabecera, pero a mí me mencionaban en todas las reseñas de los diarios, y tenía una cola de pretendientes, algunos forrados en plata y todo.

Por eso me molesta cuando los flaites de los personal trainers se suben por el chorro, me salen con sus tallas picantes, como si estuviéramos al mismo nivel, a esos los paro en seco, se pueden ir despertando si creen que los voy a pescar. Por lo menos un tipo que tenga un auto de verdad, y buena pinta, no un negrito de metro y medio, que anda contando las lucas para llegar a fin de mes, no estoy para perder el tiempo. Así que para que vayan cachando que este forro no es gratis, y que tengo una lista de interesados, no el primer loser que se me cruce en el camino.

Ese error ya lo cometí una vez, y no gracias, no me vuelvo a involucrar con un fracasado sólo porque tenga lindos ojos o te engatuse con palabras bonitas. Pero eso fue después del quiebre con Los desolados, me pilló volando bajo, si no fuera por eso, jamás habría caído tan bajo por un casi wachiturro que no tenía ni dónde caerse muerto. Ni siquiera sé si estaba enamorada a decir verdad, era él el que hablaba todo el tiempo de que estaba enamorado, y al final parece que terminó por convencerme. Nunca he conocido a nadie que hablara tanto de sí mismo (si habla mucho de sí mismo es las primera señal de que un hombre no te conviene, no hay que dejar hablar tanto a los hombres), realmente no tenía casi ningún otro tema. Después me enteré de que el taller de autos en que trabajaba ni siquiera era de él, sino de un tío, y que la camioneta en que me pasaba a buscar también era prestada. Si es por eso, me hubiera agarrado al tío.

Pero terminé metiéndome con él, qué le vamos a hacer, no se puede deshacer el tiempo. Al principio estábamos toda la noche, déle que déle, y en mi departamento, porque Rodrigo vivía con un amigo, y hacíamos tanto ruido que se escuchaba todo. Después, cuando me empezó a cagar, me acordaba siempre de estos primeros meses, de cómo nos mirábamos en la cama, cosas así. No podía dormir, y de repente me daban los ataques de pánico, no sé por qué, esas cuestiones sí que no se las doy a nadie. Hasta que me lo empecé a cagar yo también, cada vez que cachaba que me cagaba, me lo cagaba yo también, con quien fuera. Después que terminamos, pensé seriamente en empezar a cobrar algo por acostarme con algún tipo, poner una tarifa digamos, o no una tarifa, pero un cobro digamos. No es que le guardara rencor a Rodrigo, pero al final, si lo único que les interesa a los hombres es darte, que al menos les cueste un poco, ¿no? Y yo sé lo que esto vale, por este producto podría cobrar precio premium.

Pero al final nunca tuve el valor realmente, a lo más un par de veces, supongo que el problema es que soy muy caliente para eso. Y ahora que me estoy agarrando a este m’ijito rico, que es lejos el más mino del gimnasio, menos, no me conviene. Al final, es casi lo mismo que con Rodrigo, (siempre es casi lo mismo al principio), diría incluso que mejor que con Rodrigo, puro darle, realmente nunca había conocido a un tipo tan caliente, apenas me puedo levantar al día siguiente. Y lo bueno es que a este no le gusta tanto hablar de sí mismo, se la pasa callado en realidad, abre la boca nada más que para hacer preguntas. Aunque igual he cachado que es un poco perversillo, lo que más le interesa saber es de mis ex, los minos que me he agarrado, las cosas que hacía con Rodrigo, especialmente los detalles sexuales, y le gusta preguntarme justo cuando estamos en pleno, no sé por qué, siempre me hace la misma. Al principio me molestaba un poco, pero ahora tengo que reconocer que le he agarrado el gustito. Y ahí es donde una se va enamorando en todo caso, de tanto tirar, y hablar, empieza a agarrarle confianza a la otra persona, casi sin darse ni cuenta.

Así que un día llega que le cuento, no sé cómo, de los minos que me había agarrado por plata, llegué y la solté. Al principio se quedó un poco para adentro, después como que le interesó:

-¿Y cómo fue?

-Nada, igual que siempre.

-¿Pero lo disfrutaste igual, o fue cómo un sacrificio? ¿Te gustó? ¿No pensaste seguir haciéndolo?

Se notaba que lo había excitado el asunto al muy caliente, pero tampoco es que yo me sintiera tan relajada respecto al tema, de hecho igual me daba lata la volá.

-Tampoco es que me gustara tanto tampoco –le dije–. O sea en el momento sí, pero después me sentía como sucia, no sé.

Esta confesión lo excitó aún más.

-¿Sucia? Pero esos son prejuicios –dijo–. Es pura culpa católica, tienes que sacarte esa idea.

Esa frase me dejó pensando por un buen rato. No sabía qué más decir. Sus ojos relucían más aún y parecía buscar las palabras. En realidad, no sé qué diablos podría estar pensando, menos aún qué podría contestar ante esta pregunta. ¿Qué se yo lo que una mujer podría decir ante una cosa así? En realidad, todo este ejercicio de tratar de imaginar lo que piensa ella, lo que piensa cualquier mujer, es absurdo. No tengo idea si a las mujeres les excitará la idea de cobrar por acostarse, o si sentirán sucias al hacerlo, anda a saber tú, ni quiera sé si les gusta hablar de esos temas, o las excita, o lo hacen solo por aparentar... Las minas son insondables, como los orientales.

Lo que sí estoy seguro es que esta es la clase de mina que hay que escuchar para poder agarrarse, de esas que les gusta hacerse las difíciles, pero después, caen redonditas, lo único que quieren es que uno les dé todo el tiempo. Así que me fui de a poco, estuve todo un mes nada más que saludándola, así, de lejos, desde que caché que me empezó a mirar mientras hacía pesas. Después le metí conversa una vez que la pillé junto a la máquina para tomar agua. Qué manera de salir buena para hablar, nunca había tenido que escuchar tanto a una mina para poder invitarla a salir, gasté como dos semanas nada más que en eso.

Las cosas no mejoraron mucho cuando fuimos a comer. Incluso cuando fuimos a bailar me seguía hablando de su vida. De un grupo musical que había tenido cuando era chica, o no sé cuando, de lo que quería hacer en el futuro, de los tipos con que había salido, una lista interminable. Parecía locutor de televisión, no se interrumpía nunca, si no fuera por el pedazo de forro que se gasta estoy seguro que nadie la aguantaría.

Así que a la segunda salida decidí que era mejor dejar de perder el tiempo con absurdos rollos mentales e ir a lo que importaba. Le dije directamente que fuéramos a mi departamento. Se hizo de rogar pero “con cuática”, tuve que estar como media hora para convencerla. Pero cuando por fin me dijo que sí, caché que “el chancho estaba tirado”. Porque una mina que va a tu departamento sabe a lo que va, que no se venga a hacer después. Además, a estas minas medias cumas, pero tiradas a gente, yo las cacho, y sé que las puedo impresionar con la terraza con vista a Santiago y todo eso.

De todas formas, tanta excusa y negativa que tuve que vencer me había dejado como tenso, me sentía hasta molesto cuando subíamos en el ascensor. Si no fuera por ese escote, jamás me habría mamado toda su cháchara autorreferente, ni siquiera la habría invitado a salir, pensaba y, de hecho, me sentía a punto hasta de decírselo. Pero también tenía ganas de caerle encima con violencia, así, sin aviso, cuando menos se lo esperara. Cuando la tuviera debajo de mío, pensaba, sometida y a mi merced, las cosas volverían a estar equiparadas, retornarían a su equilibrio, digamos.

Una vez en mi departamento, ni siquiera se dio mucho tiempo para fijarse en los muebles, o admirar la vista desde la terraza, se puso al tiro a hablar otra vez. El tema que escogió ahora eran las otras mujeres, vaya a saber uno por qué. Se burló de casi todas, las que eran más feas, más flaites, las que les coqueteaban mucho a los hombres, las que se resignaban a que no las pescaran, todo lo que se supone que no era ella. Después la agarró con una pobre gordita que va al gimnasio, y que según ella estaba enamorada de mí y suspiraba cada vez que me veía, la subió al columpio y no la bajó como por media hora. Típica mina rica, pero insoportable, que sabe lo que vale digamos, y que está acostumbrada a que los hombres escuchen por horas sus tonterías sólo para poder tirársela después. Toda su cháchara era de alguna forma el precio que cobraba para darte la pasada. Pero yo no estaba para seguir fomentando su auto-endiosamiento ficticio. Así que en medio de una pausa imprevista simplemente la agarré por la muñeca y me le fui encima.

Pensaba que me iba a rechazar, y de alguna forma quería que lo hiciera, quería que se resistiera, que hiciera un escándalo incluso. Pero no. Al contrario, me dio como la impresión de que lo estaba esperando, hace mucho rato, y que era yo el que me había demorado en tomar la iniciativa. Ahí caché que era de esas minas que se hacen la mosquita muerta, pero que les gusta que las fuercen un poco, que mientras más rudo eres con ella, más le gusta. Así que no me di muchas circunvoluciones, y en cuanto le saqué un par de ropa me la llevé al tiro para la pieza. Tenerla por fin lista para mi disfrute era espectacular, pero de todas formas, al ver su cuerpo así tirado sobre la cama, entregado y completamente disponible, me pareció como sin gracia, sin ese aire casi mágico con el que había fantaseado toda la semana. Era uno de esos momentos en que las mujeres se vuelven indistintas, que da lo mismo cuál es la que tienes al frente. Pero, no sé por qué, me hubiera gustado que ofreciera un poco de resistencia, que no se dejara tan fácil, por así decir. Que no quisiera al principio, que forcejeara debajo de mí luchando por liberarse y que yo tuviera que tomarla por las muñecas, y tranquilizarla.

Y entonces, cuando me tuviera bajo su control, dominada de alguna forma aunque no completamente contra mi voluntad, que comenzara a acariciarme, lentamente, por todo el cuerpo, hasta que toda mi rebelión se trocara en deseo, y mi resistencia en ternura, y que entonces, vencida, no pudiera aguantarme más y me entregara por fin y, él, al tomarme, se diera cuenta que...

Pero quizás no es correcto que yo siga imaginándome todas estas cosas. No es correcto y tampoco es justo. Nada me asegura que sea ese tipo de cosas las que él piensa y, aunque fuera cierto (porque sigo creyendo que lo es), tampoco tengo el derecho a juzgarlo por eso. Al fin y al cabo, ¿no hemos tenido todos en nuestra cabeza pensamientos despreciativos, o incluso violentos hacia los demás, que a veces se nos cruzan por la mente como una ráfaga, pero que a veces también acogemos, y saboreamos con total voluntad, por largo tiempo, incluso de gente que nos quiere, y a la cual nosotros también queremos, que pasa y vive a nuestro alrededor sin jamás sospechar lo que sentimos y pensamos en verdad por ellos? ¿No es acaso el reducto insobornable de nuestra propia mente el espacio más íntimo de libertad, donde cada uno de nosotros puede ser realmente uno mismo, donde se oculta lo más verdadero del ser humano, lo único que podemos amar? Y si él me desprecia porque soy gorda, o porque soy chica, o porque no estoy a su mismo nivel, y ni siquiera está dispuesto a darme una oportunidad, como sí lo hace con las otras mujeres más seguras y más atractivas que lo rondan, ¿por qué debería guardarle rencor por eso, o siquiera juzgarlo? ¿No es él libre de pensar y actuar como quiera y es esa libertad la que debemos respetar, e incluso amar en el otro, y no solamente en los momentos en que esa libertad se vuelve a favor de nosotros, o nos es beneficiosa? Al final, la esencia del amor está en el amor no correspondido. El amor que es recíproco pierde parte de su ser, pues se vuelve utilitario de alguna forma, un convenio en el que amar a otro ya no es un acto completamente gratuito y generoso, puesto que recibo algo a cambio, un beneficio que yo obtengo a pesar de que no lo haya buscado. Y por eso mismo, nadie puede impedir que me guste de todas formas, incluso a sabiendas de que él no tiene ningún interés en mí, e incluso que lo quiera, y que lo ame. Nadie puede impedirme amarlo, con todos su defectos y mezquindades, e incluso más en sus actos más brutales y violentos, incluso en su desprecio hacia mí y en su rechazo, y aún más gozar con eso, porque ese es el amor más puro, el que nadie se atreve a dar porque no recibe nada a cambio, pero que precisamente por eso es más gozoso. Y es por eso que permito que me desprecie en mi imaginación, e incluso gozo con ese daño, porque ese daño es mi mayor goce. Y así yo sigo soñando en la intimidad, y en esa intimidad estamos solos él y yo, él con todo su egoísmo y su perversidad, y yo con toda mi voluntad, así acepto estar con él, aun a sabiendas de que él no me quiera, y en la consumación de ese amor, por mi libre aceptación y mi goce, sus pecados y también los míos, quedan lavados.

Algo así debe pensar esta pobre gordita, estoy segura, para consolarse de su eterna derrota, mientras babea por él, sabiendo que nunca la va a pescar, mientras que soy yo la que lo conquista finalmente, poco a poco, haciéndole creer que es él el que toma la iniciativa, cuando en verdad soy yo la que consigue lo que quiere. Y ya puede despreciarme esa pobre gordita sudorosa, y convencerse de que es ella la que lo ama realmente mientras que yo sólo quiero aprovecharme de él, porque al final se quedará rumiando su derrota disfrazada de amor, mientras que seré yo la que consigue aquello con lo que ella sólo se atreve a soña, porque ese es el consuelo de los débiles, los que nunca consiguen nada en este mundo, envidiar y despreciar a los que en verdad logramos lo que ellos anhelan.



*Autor

Pablo Torche es escritor y columnista, co-fundador de revista Intemperie. Ha publicado los libros de cuentos Superhéroes, En compañía de actores, y las novelas Acqua alta (Planeta Emecé), y recientemente Filomela (Planeta Emecé), que trata sobre trágico mito griego de una violación, ambientado en la ciudad de Santiago.