Gallinas
Romina Reyes


En la casa había tantas reglas que nunca fui capaz de recordarlas todas. Ni siquiera logré entender si acaso formaban parte de un manual de comportamiento o algo más grande. La mayoría duraba una breve temporada -a veces un par de días, a veces menos- y sólo algunas permanecían como parte de una autoridad incuestionable emanada de los papás. De mi papá sobre todo. Mi papá Jaime, a quien nunca se le podía decir “papi”, menos “papito”. Esa era una de las reglas. La otra regla (que derivaba de alguna manera de la anterior) decía no aceptar nunca que me abreviaran el nombre, aunque cuando mi papá no estaba mi mamá se refería a mí como Jacque en vez de Jacqueline, quizá en un acto de rebeldía inconducente, igual que fumarse un cigarro en el baño del colegio. Otra de las reglas, ésta emanada de la experiencia, decía así: “no jugar con las gallinas”. La culpa de eso era de mi hermana chica que cuando era aún más chica se había metido al gallinero y de alguna manera había conseguido que la gallina se ensañara con la idea de arrancarle un ojo. Aquella vez mi papá no estuvo ahí para salvarla como solía estar otras veces. De alguna forma, desde chicas aprendimos que los problemas que tenían que ver con las fuerzas de la naturaleza debían ser solucionados por mi papá. Las cosas domésticas, como las manchas en la ropa, los nudos en el pelo que a todas nos crecía con una fertilidad inusitada, o el hambre que venía entre comidas debía ser solucionado por mi mamá. Recuerdo en especial una historia de cuando yo era chica y decidí nadar a lo perrito en el lago Rapel con mi prima Marisol hasta donde nuestros pies no tocaban el fondo. La hazaña no duró demasiado porque nos cansamos luego y mi prima, en vez de tratar de emprender el regreso, comenzó a gritar. La bulla llegó hasta los oídos de nuestros papás que nos habían perdido el rastro, y la historia que se contaba era que mi papá, quien era reacio a meterse al agua, había tomado un tronco y había nadado con él hasta donde estábamos nosotras para salvarnos. Por supuesto, mi madre contaba esto como si se refiriera a un héroe griego, aunque mi papá distaba de parecer algo así. Era un hombre bajito y delgado, algo que descubrí recién en mi pubertad cuando el desarrollo me llevó a su misma altura, la que con esfuerzo superaba el metro sesenta y cinco. Pero esa tarde en que mi hermana chica luchó contra las gallinas, mi papá no estaba. Nunca antes me había percatado de esto. Para mí, mi papá era ante todo la persona que aparecía una vez que lo llamaba, por ejemplo, cada vez que veía la rápida figura de una barata arrancando de la luz. Pero ahora, que yo estaba en el patio viendo a través de la malla cómo mi hermana se defendía de los picotazos de la gallina con sus manitos, siendo incapaz de emitir algún sonido, grité con desesperación el nombre de mi padre, el único que le conocía, sólo para darme cuenta que él no estaba ahí. La vida se hizo eterna hasta ese momento en que me convencí que no había nadie más que nosotras. Corrí hasta el gallinero, tomé una escoba y aproveche que mi cuerpo era más grande y mi voz más profunda para espantar a las gallinas. Tomé a mi hermana en brazos y la saqué de ahí. Luego volví a tirar unos escobazos en venganza a las gallinas que ahora me parecían sádicas y asesinas. Mi hermana tenía su pelo cobrizo lleno de plumas y apestaba a caca. Estaba agitada y me tiraba manotazos, pero yo le agarré la cara y esperé que se calmara antes de soplarle los párpados para comprobar que sus dos ojitos siguieran ahí. Ahí estaban, rojos y brillantes, conteniendo las lágrimas. Sólo entonces me di cuenta que sus brazos estaban llenos de picotazos y sangraban. La fui a limpiar al baño y la curé, no sé cómo, porque en ese momento no pensaba en nada. Es decir, no pensaba en lo que estaba haciendo, sólo lo hacía. Limpiaba las heridas, les echaba povidona y las cubría con gaza de forma mecánica. Mi cabeza se nubló con imágenes de mi papá, mejor dicho, mi cabeza se nubló con las imágenes de la ausencia de mi papá. De golpe me di cuenta que mi papá no sólo no había estado ahora, sino que solía no estar. Escuché de nuevo los portazos tarde en la noche, vi su puesto vacío en la mesa, vi a mi mamá mirando la calle escondida tras las cortinas. Y entendí que la figura de mi papá se formaba en su ausencia.

Mi mamá nos encontró ese día en el living, mi hermana chica en mis brazos y yo susurrándole cualquier cosa que pareciera una canción. Se puso histérica al verle los brazos vendados. Me la quitó y comenzó a interrogarme sin dejarme responder jamás sólo para terminar lanzando su mano a mi mejilla en un golpe que traduje como impotencia. Pero lejos de reclamar, me sostuve la cara aún cálida y miré a mi mamá a través de las lágrimas que caían contra mi voluntad sólo para recordar otra de las reglas inamovibles de la casa: no preguntar.



*Autora

Romina Reyes (Santiago de Chile, 1988) es periodista de la Universidad de Chile. Ha colaborado en medios como The Clinic Online y Las Últimas Noticias. Ha obtenido, entre otros premios, los Juegos Literarios Gabriela Mistral (mención cuento) y Mejores Obras Literarias Inéditas 2013, del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, por su libro de relatos Reinos.