Intro
Edgardo Scott


Ya hace tiempo que al menos de este lado de la cordillera, todos sabemos que Chile no da solo grandes poetas. Que eran supersticiones, conveniencias, sobre todo ignorancias; un síntoma de política literaria para preservar a la vez el nobel y al Río de la Plata como dueño de la prosa: le cedíamos o se quedaban con la poesía. Pero con Bolaño, con Diamela Eltit, con Lina Meruane, con Alejandro Zambra todo se complicó (y también ¿dirán ellos? con Diana Bellesi, con Irene Gruss, con Fabián Casas).

Es probable que nunca antes la literatura argentina y la chilena hayan estado tan cerca. Se hayan leído tanto, se hayan influido tanto. Acaso falta –siempre es lo que falta en esta parte del mundo– infraestructura, para que los libros y autores de allá se editen acá y viceversa en forma simultánea o menos postergada.

“Es que hay una cordillera de por medio”, era el estribillo sobre las diferencias. Se podría aplicar la misma magnitud para todo lo que estas literaturas comparten. Ojalá ese misterio también se pueda apreciar en estos autores, de los que seguramente, los lectores de acá o de allá, cada vez tengan más noticias.