Las prisiones de Fonseca
Carly Wakshlag


Los prisioneros de Rubem Fonseca.

(El Cuenco de Plata, 2012)



Si bien Los prisioneros es el primer libro de cuentos de Rubem Fonseca, es también la obra de un escritor maduro y respetado desde entonces no sólo en Brasil, su lugar de nacimiento. Aquí Fonseca trabaja sobre una variedad de tramas, políticas sociales, y sobre todo psicológicas. Si bien los episodios específicos de cada cuento en Los prisioneros no están relacionados entre sí, los protagonistas de todos ellos se encuentran en una situación de sufrimiento existencial y lucha consigo mismos; están encerrados, por sus propios pensamientos y acciones, o por los demás, en una prisión mental. La manipulación –propia o ajena– los deja en una cárcel de incomprensión o depresión cuyo resultado son supersticiones, fijaciones o estados de miseria tan fuertes que los llevan, en ciertos casos, a cometer actos inhumanos o irracionales.


Como su coterránea Clarice Lispector, con quien comparte –si bien, en el caso de Fonseca, con un toque de humor distintivo– la exploración en mundos inciertos, la deconstrucción de protagonistas llenos de miedos, reproches y hasta resentimiento, Fonseca ingeniosamente utiliza distintas estrategias literarias para expresar la tortura psicologica y el mal existencial que experimentan sus personajes. A veces deja de lado los diálogos para poder sumergirse en los pensamientos y experiencias que atosigan al prisionero del cuento, y da prioridad al narrador y a sus reflexiones. Otras veces en los cuentos de Fonseca los diálogos sirven para iluminar el conflicto del protagonista. En consecuencia, por distintos medios el lector puede sentir la angustia, incluso cuando el protagonista se vuelve inconsciente de la cárcel que él mismo ha creado, como ocurre en los cuentos modelados por la articulación del monólogo interior fonsequiano. Estas narraciones concisas revelan con agudeza las maneras en que los protagonistas se boicotean y se vuelven locos, tristes, furiosos o confusos en sus propios mundos, como, por ejemplo, en El consumidor conspicuo.


Con un imaginario afín a los relatos de Kafka y de Buzzatti, Fonseca sutilmente desarrolla el drama de sus personajes, creando situaciones irónicas por las cuales el lector accede con una mirada perspicaz a los conflictos mientras que ellos a veces quedan ignorantes de lo que les está pasando. La oscuridad y, por momentos, la irracionalidad que encierran a los personajes es evidente para todos, menos para los que están directamente involucrados en el drama. El protagonista del El consumidor conspicuo es un hombre obsesionado con cumplir un ritual anual: se quiere acostar con una mujer diferente antes de que termine un baile en donde los invitados están disfrazados con máscaras. Muy determinado, el protagonista se vincula con una mujer que también está atrapada mentalmente por su propia compulsión: ella se cree muy fea y estáobsesionada con la necesidad de operarse la nariz, pensando que ésta es la única manera de ser linda. Presa de esa inseguridad, ella resiste los avances del hombre, algo que lo vuelve loco. En este cuento, el hombre juzga la obsesión de la mujer sin reconocer que su propia hipocresía es la causante de su locura. También en Febrero o Marzo, el protagonista está convencido de que el esposo de su amante quiere pagarle para asesinarla; entonces inmediatamente rechaza seguir la conversación y opta por vender su propia sangre para sobrevivir, aunque el hombre le ha prometido mucho dinero por un trabajo nunca revelado. La paranoia, en este cuento, es la ruina del protagonista. El estrés que aflige a los personajes parece insignificante, pero la severidad de estas fijaciones los afecta a tal punto que los deja inertes, incapacitados de actuar.


Con el mismo tono, Fonseca incluye casos donde los protagonistas de sus cuentos experimentan una crisis emocional causada por cambios inesperados, producto de revelaciones de circunstancias externas. Puede deducirse que en estos cuentos la ignorancia sirve benéficamente para captar verdades que las personas no quieren confrontar; que alguien puede llegar a ser un prisionero y perder el control cuando eso nunca estaba en los planes. En Doscientos veinticinco gramos la vida del protagonista cambia drásticamente en el departamento de su amante asesinada. Al llegar al living, el hombre se encuentra con dos desconocidos- son los otros amantes de la mujer, algo que sólo se revela en ese momento. El forense encargado de la autopsia le pidió al protagonista que se quedara presente como testigo para corroborar la legitimidad de la autopsia. El hombre ve a un extraño cortar el cuerpo de la mujer y reducir a quien fuera su amor a nada más que órganos –y en particular, aprende que el corazón, la representación física del amor en la relación que tuvo con ella, solo pesa 225 gramos. Además de darse cuenta de que la relación con la mujer no era lo que pensaba, el protagonista la ve reducirse a nada más que un instrumento científico. Este acontecimiento final cambia la trayectoria de la vida del protagonista, ya que de no haber visto la autopsia –de mantenerse ignorante de algunas cosas– este prisionero de Fonseca habría preservado la frágil tranquilidad que había conseguido.



*Reseñadora

Carly Wakshlag es estudiante del Grinnell College en Grinnell, Iowa, donde estudia literatura y español. Durante el segundo cuatrimestre de 2013 cursó estudios en la Argentina (en UBA, UCA y FLACSO) y escribió reseñas para revistas.