Nuevos papeles de Prypiat.
Marcelo Daniel Díaz


Todo ajeno, de Natalia Litvinova.

(Vaso Roto, 2013)



Una cosa cualquiera, pero también su imagen pintada, aunque parezcan fijas
y en reposo, son a pesar de esa firmeza aparente, el teatro discreto
donde se representa a cada instante una escena vertiginosa.


Juan José Saer



No lo olvides. Regresa por donde has venido
y deja entintar esta provincia que sólo ocurre en intercambios mentales sin alianzas.


Carlos Ríos



Al norte de Ucrania, cercana de la frontera con Bielorrusia, se encuentra Prypiat, la osamenta de una ciudad abandonada en 1986 después de la explosión de la Central nuclear de Chernóbil. A alrededor de 150 o 200 km de distancia, dependiendo de las coordenadas utilizadas, se encuentra Gomel, la localidad donde nació Natalia Litvinova. La geografía es un punto de partida, como si se tratase del lugar desde donde nace la escritura poética articulada por las voces del árbol familiar.


En el poema Prypiat aparece la figura de la abuela como un fotograma: “te empujaría lejos, hacia un paisaje limpio./ te llevaría hasta el recuerdo del gusano que mi abuela/ partió en dos con una pala y las mitades siguieron vivas. / o hacia el lugar secreto donde unas hormigas escondían sus huevos/ y otras se los comían. o al establo de las gallinas y de los cerdos,/ cuando quise darle de comer a uno, intentó arrancarme la mano./ o mejor al bosque, donde hay flores, hongos,/ radiación y casi no hay recuerdos.” Hay una necesidad y una fuerza para preservar la experiencia pasada del olvido. Y regresar por momentos es clave para escribir una autobiografía que ordene la experiencia del presente. La cuestión consiste en que, al igual que la memoria RAM, lo vivido se puede activar, o sobrescribir, no siendo necesario seguir un orden, o jerarquía, para acceder a la información deseada. El olvido es como una nube radioactiva que borra y desarma las marcas de la línea del tiempo donde la voz de Litvinova vocaliza sus notas poéticas. En el poema hómonimo Gomel, de su libro Esteparia (2010), como contrapunto dentro de un juego de espejos se dibuja la figura del abuelo donde el binomio memoria-olvido, pensado para restituir las relaciones familiares, es reemplazado por la dicotomía vocablo-silencio. El abuelo retorna en este nuevo libro dentro del diseño fantasmal de Chernóbil: “hay días blancos y días negros./ antes de mi nacimiento, un día negro explotó/ y mi abuelo no pudo ver más colores. los que sobrevivieron/ pudieron escribir sus nombres en la ceniza y volver/ a la oscuridad de su hogar.” O sino en el poema Manifiesto: “mi abuelo cuatro veces muerto en la prisión regresó a casa./ mirándolo a los ojos nos preguntamos dónde estaba./ no sé por qué en los libros las guerras se escriben con mayúsculas,/ y no la lluvia u otras cosas que humedecen.” Pareciera ser una enunciación huérfana, como comenta Rancière, o nómada, de vocablos que hablan solos tratando de restituir un origen.


La migración podría ser todo un tópico que atraviesa los textos de Litvinova. En el poema Okupa, por ejemplo, se aborda la imposibilidad de reconstruir el hogar del yo lírico: “hecha de días y de años inciertos, de futuras canas angelicales/ que me obligan a la bondad, con toda maldad ocupo el lugar/ de lo que ya no existe.” Habitar cualquier órbita en el universo es menos que circunstancial cuando no un mero accidente. En sintonía, en los versos del poema que titula el libro se construye una morada de carácter proteico y multiforme: “viene a mi casa pero no sabe que no es mía, que cuando su terciopelo/ se marchita cambia de color. le parece extraño este polvo/ y los capullos muertos entre flores frescas./ roza los muebles y mira, mira al gato que está detrás de la ventana/ y cree que vive conmigo. lo ve desear la luz que cae sobre este piso./ el nombre del gato es gato, ajeno como lo que es mío./¿cómo explicarle esto? la intimidad se fuga con las palabras.” La letra poética es una letra muda. Lo familiar en el poema se desvanece como si la percepción estuviese en trance. Cada presencia, objeto, animal, experiencia e imagen dentro de los límites de la casa es parte de un catálogo de tautologías. La palabra está imposibilitada para representar el secreto de las cosas que sostienen el lugar y ante esa imposibilidad resta repetir afirmaciones y nombres.


Así como existen tautologías existen contradicciones. En el poema Polvo la voz se desdobla y se mantiene congelada como en un autorretrato: “mi voz no parece salir de mi voz sino de otra garganta/ que yace en la profundidad de la mía./ soy como un conjunto de muros que rodea lo que soy./ alguien tuvo que haber construido esta muralla./ si hay hombres que vuelan como plumas ¿por qué yo no me/ muevo cuando me muevo? huelo a piedra y polvo,/ llevo huellas de los que me tocan./ soy polvo, piedra, y no sé quién es mi padre.” Anestesiada la escritura, es el silencio el que ordena y delimita los límites entre el mundo y la poeta. Y a la muralla del espacio privado, de la intimidad, le sigue el muro concreto de los otros como una gran pieza de ingeniería venida a menos en su plena decadencia: “lo recuerdo muy bien, corría el año 89. no muy lejos/ cayó un muro. Cambiaron las modas y las muecas./ sólo los monumentos tardaron en desaparecer./ los que no podían escribir, escribieron./ los que conseguían leche en el mercado negro tuvieron/ más hijos./ todo se llenó de fe desesperada.” El cuadro estático comienza a moverse en una vibración imperceptible al principio y más intensa después. Derribar un muro es una puesta en escena o una ilusión cuando se trata de edificar sentidos.


Por momentos se puede pensar en una autobiografía en clave poética donde se formulan los límites y los alcances de la escritura para traducir la experiencia propia como si la palabra escrita fuese un tatuaje: “escribir es ir hacia la herida para curarla con veneno./ los dioses lamen poemas y escupen oraciones./ cuando no escribí encontré mi reflejo en el ojo ciego/ de un caballo. mi madre no ve las frases que tatué en su vientre.” El poema tal vez sea un artefacto simbólico para preservar la borroneada memoria personal compuesta por cicatrices y grandes estructuras olvidadas. La poesía es un faro para alumbrar la pregunta acerca de cómo somos o de dónde venimos, por una parte y por otra, simultáneamente, nos ayuda a preguntarnos sobre cómo utilizamos el lenguaje a la hora de construir desde cero nuestra identidad.


La escritura poética no se repliega únicamente sobre sí sino que se alinea, o desalinea, con los otros en un acto, como una última voluntad, de trazar un mundo más o menos en común. Es la idea que tomo del poema Equivocado: “hoy soñé que marcaba un teléfono cualquiera y me atendías./ te dije que estaba desnuda y que alguien corría tras de mí./ me respondiste que colgara, y que nadie debía alcanzarme./ estás envejeciendo en mis sueños, la nieve te dibuja canas,/ miras el cuerpo cansado de una rata/ que no puede hacer camino a través del hielo./ no sabes si patearla hacia los copos de la muerte/ o hacia los ataúdes de la nieve.” El drama del diálogo con los otros, mejor, el drama de los otros, es también otra puerta de ingreso. Ya no es necesario descifrar los jeroglíficos del mundo exterior o aprender nuevamente otro idioma. Lo que se dice en esa llamada, seguido de las imágenes oníricas, marca quizá el fin de la fantasía poética en la que aún es posible revertir el avance de esa especie de invierno interior, donde las formas más filosas del frío, por paradójico que suene, bendicen aquello que congelan.



*Reseñador

Marcelo Daniel Díaz 1981. Córdoba. Licenciado en letras. Participó en la antología Es lo que hay llevada a cabo por Lilia Lardone en el año 2009. En el año 2011 publicó el libro de poemas Newton y yo con editorial Nudista (Prólogo María Teresa Andruetto). Y en el año 2012 publicó el texto de lingüística La máquina de enunciación K con EDUVIM.