El desmadre
Leticia Martin


El desmadre de Pablo Farrés.

(Pánico el pánico, 2013)



Un desmadre es un caos prominente, un desbarajuste, una confusión. Es la pérdida de la mesura, un exceso incontrolado. También es fiesta, en alguno de sus sentidos, fiesta que se subvierte, que se desborda de su cauce original. Desmadrar, es entonces, salir del cauce, de la contención, del continente. Pero también es separar a la cría del vientre de su madre. Arrancarla, por fin, de sus entrañas. No usamos desmadrar cuando se trata de nacimientos. Llamativo. En ese caso el lenguaje español nos provee la palabra “alumbramiento”, tan cercana a la razón iluminista. O la palabra “parto”, prima hermana del verbo partir, cortar al medio, separar. ¿Somos más trágicos para referirnos a la raza humana? No hay “madre” en la palabra “parto”, como sí la hay en la palabra “desmadrar”. Y salir de la madre, pareciera, es un bardo de aquellos.

¿Cómo leer entonces El desmadre de Pablo Farrés?

Una mujer recibe una carta de la Asociación Madres de la Memoria donde se le pide que escriba un informe sobre la desaparición de su hijo. ¿Se puede escribir la desaparición? La carta NO es reproducida —tal vez porque “las palabras pudren lo que nombran”— entonces la novela, los hechos relatados por esta madre, pasan a dar cuenta de esta imposibilidad.

Al comienzo todo bien. La tipa conoce a Evo, se enamora y ambos comienzan a buscar un hijo. Pero enseguida, apenas unos pocos párrafos más adelante, la trama se desmadra. El hijo que quieren no será concebido a la usanza tradicional sino engendrado con semen del poeta Juan Gelman. Este procedimiento no es un capricho de la pareja, sino que forma parte de un plan revolucionario soberanamente ambicioso: “preparar al país para la única verdadera revolución”. Este objetivo mayor implica, en primera instancia, depurar la raza, contactar mujeres de todas partes del país, concientizarlas acerca del significado de su entrega, y conseguir, finalmente, que se dejen fecundar por el poeta elegido, entregando su vientre a un “nuevo amanecer de la patria”.

¿Gelman embarazando mujeres?

Sí. Gelman, Urondo, Conti y el mismísimo Rodolfo Walsh.

El objetivo resulta perturbador. Evo sueña con crear una nueva generación de poetas revolucionarios, una estirpe depurada de guerreros. Su mujer lo acepta y se embarca en la quijotada. Los problemas que acarrea este planteo inicial son realmente desopilantes. Las propiedades del esperma deben ser artificialmente controladas y la elección del donante es una verdadera causa de discusiones. Con el correr de los meses el plan inicial se va desvirtuando y finalmente —a falta de Gelman, Conti, o Paco Urondo, a falta de Rodolfo Walsh o algún otro poeta revolucionario— aparece un tal Antonio Artowicz, de apodo “el marquesito”, que ocupará el lugar de los otros.

¿Se trata de una fallida re-fundación de la república? Probablemente. A falta de poetas revolucionarios la comunidad elige usar el semen del impostor. Lo que sucede, entonces, es una penetración masiva de mujeres, dispuestas a sacrificarse por la patria. ¿Deberíamos hablar de “madre” patria?

La novela sucede en un espacio sin tiempo: “pasaron tres o cuatro milenios -escribe Farrés- que también podrían ser cinco o seis”. Pero además de suceder en una época sin tiempo, El desmadre parte de un lugar que no existe. Mailán, “un pueblo donde no se habla, donde sólo se aprende a rumiar polvo y saliva, donde el lenguaje termina siendo una serie de chasquidos que sólo comunican afirmación o negación”. Mailán es un no-lugar borroso, al filo de la nada, me escribe Farrés en un mail donde lo interrogo sobre ese espacio ajeno, ignorado y perdido en alguna parte del interior de la Argentina.

-¿Qué es Mailán, Farrés?

-No sé, me contesta, es casi como si no importara.

Y entonces imagino el conurbano, las villas que lo bordean, la estación del tren que choca cada mes, el barro en las calles sin asfalto.

Mailán podría ser cualquiera de los espacios aletargados de Onetti, esos barrios ampulosos con pretensión de grandes urbes, esos espacios inubicables entre la realidad y la aspiración, o uno de esos pueblos del interior, donde todos saben todo y nadie sabe nada.

Abandonada por Evo, que huye al Norte argentino, Adana se encuentra sola y condenada a rastrear el paradero del hijo que le arrancaron de los brazos. Entonces entra en un devenir de trágicos episodios de violencia y abuso, desgajándose en la búsqueda del menor, durmiendo por semanas en una celda, dejándose atropellar, golpear, violar, inclinándose en todo sentido ante la autoridad.

Juan Reynoso, jefe de policía, no sólo se lleva a la mujer a vivir a su casa, sino que la somete a torturas, mentiras, y extorsiones.

Escribe Farrés: “Volvió un par de horas más tarde y se dedicó a cagarme a palos con saña y crueldad. Me pegó en la cara, con la mano cerrada, y cuando me tomé la cara, me dio otra piña en el estómago. Cuando me agarré el estómago, me pegó una patada en la cabeza. Cuando me agarré la cabeza en el piso, empezó a patearme las costillas. Ya estaba hecha un bicho bolita cuando Reynoso me arrancó la ropa, me agarró de un brazo y arrastrándome por el piso —y después por el parque— me llevó al lavadero. Entonces me ató de las manos y me colgó de una viga. Me bañó con el chorro de la manguera y ahí desnuda, y colgada, me electrocutó un rato con la picana. Recién cuando empezó a salirme humo de la cabeza terminó de quemarme y me dijo: sí, vamos a ver las cosas que podemos hacerte. No sé cómo, entonces, desde qué paisaje helado en medio de las llamas de los bosques de mí misma, surgió, no la voz, sino el susurro: vos traeme a mi hijo y vas a poder hacerme lo que quieras”.

¿Por qué tanta violencia? ¿Por qué meterse en el cuerpo de una mujer y narrar todo ese sufrimiento? ¿Será El desmadre una metáfora de la dictadura?

Quien pretende proteger a la madre es al mismo tiempo su agresor.

Reynoso goza ejerciendo la crueldad, viola a la mujer y deja que la violen todos sus amigos, aplica en su cuerpo la picana, la obliga a parir unos veinte o treinta hijos a quienes también convierte en rehenes. La mujer cuida a esos hijos, la mayoría enfermos mentales, y por orden del dictador los mantiene encadenados a un corral. Cada mañana los alimenta y los manguerea. Los hijos están adormecidos, desnudos, atontados. Un día que Reynoso no está, sin más impulso que la decisión, la madre corta las cadenas. Pero para entonces, todos, incluso ella, se han convertido en animales salvajes.

Dice Adana: “Silenciosa [...] disparé una y dos veces contra la cabeza de mi hijo”.

De este modo, la madre narrada por Farrés circula entre la Yerma de Lorca, buscando desesperadamente embarazarse; y la Medea de Eurípides, estereotipo de una madre capaz de exterminar a sus hijos.

El desmadre se teje entonces en la dilación del reencuentro. Es la degradación de una madre desesperada y entregada a cualquier vejación. Es la afirmación absurda del modo en que una generación entera lucha por un ideal nacido trunco. Es una farsa que se vuelve tragedia, como la historia.

Pero a la vez El desmadre se cruza capítulo a capítulo con una “ontología del deforme”, que Farrés diseña a partir de unas ideas muy particulares acerca de la relación entre sexualidad y discapacidad mental. Esas reflexiones detienen la trama central y exponen cierta filosofía del lenguaje y de la psiquis humana que vuelven al texto un signo netamente abierto a la interpretación del lector.

Barro, barbarie, conquistas y enfrentamientos entre pares. El desmadre, de Pablo Farrés alude, quizá, a un ideal que no pudo ser, a un trasnochado plan revolucionario que murió ahogado entre versos impostores, a una imposibilidad del lenguaje y la comunicación. Pero además, por qué no, ese aspecto irreconciliable de los personajes, esa reunión que no puede darse entre la madre y el hijo, encuentra su cauce en la forma. Me refiero a la escritura de Farrés, a la poesía involuntaria que se adivina en el ritmo de las frases, a la unión filial, vital y enriquecida de este libro respecto de sus trabajos anteriores.



*Reseñadora

Leticia Martin nació en marzo de 1975 y se crió en Lomas del Mirador. Es madre, Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA) y publicó los libros: Breviario o el oficio religioso (Funesiana, 2012) y El gusto (Pánico el Pánico, 2012) Colabora en Ni a palos y www.revistatonica.com