La hija de Marx
Virginia Janza


La hija de Marx de Clara Obligado.

(Galerna, 2013)



“Hija de, una reinterpretación de la sexualidad femenina”



Clara Obligado es argentina y licenciada en Letras. Se exilió durante la dictadura militar del 76 en Madrid y se dedicó a la enseñanza. En el 78, fundó el taller de escritura creativa que lleva su nombre. Su taller es reconocido en toda España y por él han pasado numerosos escritores y artistas destacados. La novela La hija de Marx recibió el premio femenino Lumen en el 1996. Recién ahora se publica en nuestro país por Galerna.


La hija de Marx tiene el espíritu ruso de las novelas clásicas imbuido de un erotismo sin fronteras. La novela comienza con una bellísima escena de incesto, atraviesa orgías dadaístas, aventuras adúlteras con campesinas, lésbicas historias de amor, masturbaciones entre amigas; en fin, todo aquello que una procaz e inquieta imaginación nos puede proveer, narrado con vertiginosidad y ritmo poético. No es el tipo de sexo hollywoodense y capitalista de fórmula porno. Más bien se vale de una tradición clásica erótica y un lenguaje de traducción. Y eso, desde mi óptica, también viene a reforzar la condición rusa que Obligado refleja y transforma en una suerte de manifiesto feminista moderno.


En este sentido, debería aclarar mejor a qué me refiero con sexo capitalista. Siguiendo con la línea iniciada por las estrategias o tecnologías biopolíticas de Michel Foucault, la filósof@ queer Beatriz Preciado advierte que la dominación biopolítica del imperio estadounidense se centra en dos aspectos. En primer lugar, la educación sexual y la domesticación de los individuos a través de una eficaz difusión del género pornográfico al que podríamos llamar mainstream, representado por la famosa película de los 70 Garganta profunda (Deep throat, Gerard Damiano: 1972), la primera porno comercializada públicamente. En segundo lugar, controlar la reproducción humana utilizando el gran invento de la farmacología, la píldora anticonceptiva.


Esta fase del capitalismo farmacopornográfico, en la que nos encontramos aún, comenzó cerca de los años 50, con la aparición del término género (o la costumbre metonímica de llamar sexo al género masculino o femenino). Preciado retrata con exhaustividad ese ambiente de postguerra tan peculiar, donde hasta dentro del ejército norteamericano se luchaba contra la homosexualidad como un elemento antinacionalista (¿coger puede ser patriótico o antipatriótico?), promoviéndose a través de las revistas, el cine y la publicidad los estereotipos de la familia modelo, sobre todo de la mujer (que era lo mismo que decir “madre”). Los amantes de Mad Men podrán representarse mejor esta atmósfera que la filósof@ barcelonesa intenta transmitir y que signa nuestros actos más íntimos: los relacionados con el acto sexual, cómo lo practicamos, lo reproducimos, lo leemos, y desde dónde.


Beatriz Preciado piensa que la sexualidad se convierte en pornografía porque pide un placer rápido e inmediato. Pero este no es el problema: el problema es la falta de decisión de los ciudadanos. El hecho de que la sexualidad esté dominada por el Estado, a través de los grandes laboratorios y las grandes productoras de cine, grupos empresarios y agencias de publicidad. Si este afán de control fue en un comienzo desde lo femenino, con el límite a la reproducción que pone la píldora, a partir del Viagra (y su contrapartida, el Prozac), el hombre también está sujeto a una sexualidad artificial y capitalista.


La fórmula clásica de porno siempre incluye un falo -o varios-, sexo oral -ejercido con un afán y una desesperación que a la mayoría de las mujeres, y también a los hombres, nos consterna-, sexo lésbico –no precisamente el que se puede disfrutar en La vida de Adele-, y un argumento tan ridículo e irracional que pone la sexualidad en un lugar fantástico. Y digo fantástico porque no estoy pensando en fantasías individuales, originales, únicas tal vez, espontáneas, sino en sexo sin sustancia, sin protagonistas que posean deseos propios, sexo masificado y cosificado como todo lo que es demasiado universal. Pero no quiero entrar en una discusión acerca del verosímil o de la ficción. Brückner y Finkielkraut(1) lo explican mejor que yo:



“Nos hallamos en una oficina muy moderna; una mujer sobriamente arreglada, con gafas, pide a uno de sus colaboradores que le presente un programa de marketing que estaba encargado de preparar. Muy profesional, gira su sillón hacia la persona que ha convocado y se concentra en el documento que le presenta. De pronto, un deseo incongruente pulveriza el orden de ese universo funcional. Como magnetizada, la mujer desabotona febrilmente la bragueta del atónito ejecutivo, extrae, sin decir palabra, un sexo avergonzado que no acaba de hacerse a la idea de ser tan deseable, y comienza a satisfacer inmediatamente el deseo irrefrenable de tener en la boca ese pene desconocido.”



De todo esto lo que más me hace ruido es ese silencio de la escena porno. La palabra y la expresión -es decir, el arte en términos de las vanguardias históricas-, es lo único que puede desautomatizarnos, volvernos individuos con identidad propia, con reflexión, con registro de la dominación por y de la que somos sujetos.


En la novela La hija de Marx se reproduce, casi a modo de revancha, un episodio pequeño de la historia. El gran pensador comunista -además de despreciar a sus hijas mujeres hasta, dicen algunos, llevarlas al suicidio- tuvo un hijo ilegítimo con Helene Demuth, la hausmädchen de la familia, una suerte de mucama que se hacía cargo de la casa de Marx. Este niño fue deliberadamente oculto y negado por la familia, mujer incluida, para no debilitar la figura del autor de El Capital ante sus enemigos. Hace pocos años que se conoce la historia de Freddy, quien recibió el nombre de pila de Engels, el íntimo amigo de Marx.


Clara Obligado parte de este hecho y de alguna manera transforma el “todo habría sido mejor de haber nacido varón”, con el que Karl Marx recibe la vida de sus hijas, en un hecho de resistencia y orgullo. Lo convierte en una saga femenina donde los personajes masculinos giran como satélites alrededor de la sexualidad de las mujeres, de sus deseos, de sus destinos. Activista política, femme fatal, aviadora: esta es la cadena de tres generaciones que entretejen una historia que va revolucionando de lo íntimo a lo público por igual.


La novela se divide en tres partes. La primera, Las memorias de Annushka Ivanovna Dolgorukov; la segunda, Los cuadernos de Iván Dolgorukov, en los que se cuenta la historia de Natalia Petrovna; y la tercera, radicada y fechada en París en 1922, a diferencia de las anteriores que transcurren en Londres, donde se cuenta la historia de Nat, hija de Annushka y nieta de Natalia Petrovna.


Natalia Petrovna, que supuestamente encarna a la madre del ilegítimo de Marx, es un personaje fascinante. Homosexual, eróticamente activa, da su vida, tal vez la única coincidencia real con las hijas de Marx, por la lucha comunista. “Sólo te pido que le enseñes a ser libre” es el único pedido que Natalia le hace a Iván Dolgorukov antes de entregarle a su hija para que él la críe.


En la novela pueden apreciarse dos formas de manifestar lo sexual: como un medio para llegar a un fin -es decir, materialistamente, encarnado por Hans- y como una forma de disfrute y de liberarse de la opresión capitalista. Es este último caso el de todos los personajes femeninos de la novela. Pero Annushka es la menos conflictuada sexualmente. Desde las primeras páginas se describe que la hija de Natalia Petrovna tiene relaciones con su padrastro, con Mimina (especie de hermanastra y aya), con el amigo de su padre, Dimitri. Y la lista sigue. Eso sí: sólo se enamora dos veces, una de Sacha y otra “que duró unas pocas horas” del hombre del que está, después lo sabrá, enamorada su hija. Annushka es la Samantha de Sex and the city y, como ella, va a terminar viviendo con un amante mucho menor. El poeta con el que la hija de Natalia Petrovna y de Marx comparte su cama, sus finanzas, y un pacto de pareja abierta, tiene veinticinco años menos. La escena en la que se conocen refleja las tertulias dadaístas y cumple, al mismo tiempo, con la función de excitar eróticamente al lector y de estimularlo literariamente. Cito un pasaje al azar de la artística orgía:



“Annushka sale de su ensimismamiento. Ve a la mujer con las piernas abiertas, la ve tendida sobre la mesa y vuela desde su inconsciente una imagen borrosa, salta a su preconsciente, a su conciencia al fin, y es Mimina, ya la ve, su joven aya, sobre la cama de papasha, tantos años atrás, desnudas las piernas regordetas de la rusa, las blancas y pálidas de la muchacha-efebo, y sin poder contenerse, al ritmo de los recuerdos (los recuerdos son un metrónomo preciso, tic-tac, tic-tac), avanza, avanza hacia ella y todos dicen ¡oh!, y los tam-tams aceleran, avanza y se acerca, roza su vulva con las perlas de su largo collar, la muchacha se agita y ella continúa con parsimonia, las perlas irisadas se pierden en el pubis, vuelven a surgir, la muchacha gime, luego Annushka retira el collar y se pierde entre las piernas de la mujer tendida, hunde su cara en plena flor, comienza a lamer, a lamer, a lamer hasta saciarse.”



De esta forma, la autora propone un diálogo con el género pornográfico, reinterpretándolo, valiéndose de la historia y de la literatura clásica como soporte, de un lenguaje de traducción que de a ratos se vuelve poético, para reinterpretar la sexualidad femenina.


La mujer -se podría leer tomando el hecho de que Obligado es una exiliada a la que, por añadidura, se la ha mantenido al margen de nuestro panorama cultural- es una exiliada, construye su sexualidad desde el margen. A partir de ahí, puede y proponerse como una alternativa para la sexualidad patriarcal e imperialista dominante.



*Notas

(1) Brückner, Pascal y Finkielkraut, Alain. “Las mujeres / los hombres” en Mercado de deseos. Una introducción a los géneros del sexo. Comp. Flavia Puppo (La Marca, Buenos Aires: 1998).

*Reseñadora

Virginia Janza es licenciada y profesora en Letras (UBA). Escritora y docente. Coordina talleres literarios hace casi diez años. Autora del libro La cajita de Pandora (Viajera Editorial, 2008) y Lado Géminis (Viajera Editorial, 2012). Actualmente corrige su primera novela.


Contacto: virginiajanza@gmail.com / virginiajanza.wix.com/literaturacreativa