El alma de las cosas
Anita Gómez


Las cosas, de Matías Moscardi.

(Editorial Clase Turista, 2014)



Una casa solitaria en el medio del bosque. Un desconocido. El pasillo de un hospital. Un túnel subterráneo. Un estacionamiento vacío. Niños y cementerios. Internado de señoritas. Un parque de diversiones abandonado. Quedar encerrado en un sótano. Edificios centenarios. Carreteras solitarias. Situaciones dadas hay muchas, el asunto es que alguien te lleve y que ahí pase algo.


Vamos. Galería en una ciudad balnearia, fuera de temporada. Lo vemos al Chato, el sereno. Nos esperan algunas noches en la Galería. Dada la situación de Las cosas.


Detrás de un título tan general, nada lo es. Desde el primer párrafo se plantea un ritmo, una musicalidad que vibra en la boca a medida que avanzamos en las oraciones, y que quedará sonando en nuestra cabeza cuando dejemos el libro. Las palabras, las comas, los detalles. Las aclaraciones de lo que es, de lo que podría ser, de lo que se piensa y de lo que no. Las palabras son la base, el bajo, la batería. Las cosas: crean las armonías.


El ritmo nos lleva por los pasillos de esa Galería. El Chato trabaja como suplente de otro, uno anterior, al que “la cabeza no le está haciendo contacto”. Vigila y limpia hasta que llegan las primeras luces del día. Su dominio se extiende al teatro que está al lado, al que tiene que ingresar para subir la temperatura de la caldera que dará calor a la galería. El teatro está cerrado, sólo abre en temporada. La TV en silencio cual mantra visual. Recorremos con el Chato los recovecos del lugar en las pocas noches en las que lo acompañamos.


“El Chato mira el pedazo de espejo, sobre un trapo de piso viejo, sobre el piso, en la punta del pasillo. Mira - porque mirar es parte de su trabajo- para corroborar que el ruido, ruidito, que acaba de escuchar, no sea nada: es decir que fue, y ya no será, simplemente, la contractura de las cosas que se enfrían y se dilatan en medio de la noche.” Las tareas de vigilancia pueden albergar una soledad hostil. ¿Cómo corre la mente de quien está solo? ¿Qué hacer mientras se controla un lugar vacío y silencioso? El trabajo solitario puede resultar tortuoso. Al parecer el Chato la estaba llevando bien.


Los lugares, cuando están vacíos, suponen un misterio que no manejamos, algo que no conocemos porque no estamos ahí para verlo. El Chato sí, está ahí. Lo va a escuchar, lo va a ver. Lo va a sentir. La soledad y la falta de gente activan el alma de las cosas inanimadas. Llaves que desparecen o aparecen en otro lado. Miradas que no ven, presencias, ruidos a ignorar o prestar atención. La tarea del sereno.


Moscardi hace algo precioso: desmenuza el silencio y la oscuridad. Las dimensiones que hacen que algo inofensivo y relajante resulte siniestro, o al menos incómodo. La palabra perro no muerde, escuché muchas veces. En esta novela, nos hinca los dientes. Se vale de frases que le dan sentido a muchas sensaciones que, seguro, ya hemos tenido. Las capas caen. Así también, redefine esas cosas que ya conocemos. ¿El silencio realmente existe como tal? ¿En la oscuridad, estamos a salvo? Cuando se pone en claro que no lo sabemos todo, hay fuerzas que pueden acechar. Y ¿qué sabemos del misterio de las cosas?


La novela recorre ese camino. El diálogo en la mente del sereno y su manera de descifrar lo que sucede en la noche, de traducirlo en algo menos misterioso, su modo de ignorarlo y su deseo de seguir adelante con su tarea. Los ruidos, las luces, la oscuridad, las palabras que le dijeron, las conjeturas que tiene que sacar para sentirse fuera del poder de lo desconocido. Las cosas al parecer no quieren ser ignoradas. Incluso se meten en la cabeza del mismo Chato, y ya no sabemos qué es arriba, qué es abajo, qué adentro y qué afuera.


Lo cierto es que, al llegar a las últimas páginas de la novela, me descubrí casi corriendo por el pasillo para abrir más rápido la puerta de mi casa. Aguzando la escucha por las dudas que no esté sola y no me haya dado cuenta. Prendiendo todas las luces de casa, alejando eso que no puedo ver. Lo que siempre está ahí en algún momento puede resultarnos extraño.


El libro pertenece a la colección de horror, aventura y ciencia ficción de Clase Turista, Saqueos en Greiscol. Editado este año, junto con otros dos títulos.


Así las cosas.



*Reseñadora

Anita Gómez nació el mismo día que su madre en el invierno de 1976. Formó parte de un equipo de natación. Alterna entre la danza, la escritura y los excesos. En diciembre de 2011 editó Ahí en la ciudad, su primer libro de cuentos.