Paraules d’amor
Victoria García


Háblame de amores, de Pedro Lemebel.

(Seix Barral, 2013)



Porque, en el fondo, el amor es eso.
Una irrupción de la eternidad en el tiempo.


Alain Badiou, Elogio del amor



De un tiempo, y de cómo contarlo, nos habla la crónica. De cómo en términos de lengua y política, si Pedro Lemebel es el cronista. Y ahora, además, Lemebel nos habla de amor en su último volumen de crónicas, Háblame de amores (Seix Barral, 2013).


A primera vista, el libro hace surgir un pasado: una foto en blanco y negro como la de la cubierta, el descolorido de las imágenes que amenazan con perderse -un “blanco y negro de los retratos esfumados en la historia”-, o la escritura crónica, como desde De perlas y cicatrices, urgida por la obstinación de la memoria. Más que la escritura, la voz, porque como usualmente en Lemebel, son las canciones, los gritos de protesta, los chillidos maricas, el murmullo de esas historias recónditas y desoídas, los materiales de los que se compone la crónica. Una voz que se entreteje ahora desde la vejez, como recapitulación que recopila, a modo de inventario, fragmentos vividos, a veces añorando esa juventud en que (se creía que) se hacía tan fuerte el amor –“Y qué sabe uno si se ha enamorado o fue pura ilusión” - y la política –“Qué jóvenes éramos en esas movilizaciones de la patria enferma, sintiéndonos autores de una pequeña infracción”-. Como si también retornase, de ese modo, pero ahora como una regresión al mismo tiempo inevitable e imposible, la niñez –“Como si volviera a una niñez irremediablemente extraviada, me dejo tentar por el amable ofrecimiento de volver al pasado en busca de un arcoíris llamado sabor”-. Ya había restos de la infancia perdida en sus libros de crónicas anteriores, Zanjón de la Aguada y Serenata Cafiola. Pero, ahora, parece ser un refugio para el propio cuerpo avejentado, que el cronista encuentra en la casa infantil, de la madre y el padre –sobre todo la madre: una de las varias mujeres protagonistas del libro-. Allí, en la mano arañada por arrugas y heridas de un longevo que escribe, se despliegan hoy las señas y cicatrices del pasado.


Y, sin embargo, no es que Lemebel sea un “nostálgico resentido”, como en la acusación que le dirige un funcionario del gobierno chileno, en una de las crónicas del libro. La pérdida que sugieren ciertos episodios del relato del pasado busca contrarrestarse con ese hallazgo de la experiencia desde la cual ahora se habla. Una experiencia en que la vida política y los amores del cronista se entrelazan, como formando piezas de la historia de Chile -así en La insoportable levedad, que desanda, con Lemebel casi desapercibido entre otras voces, la historia del movimiento homosexual chileno-. Porque la vejez trae la desesperación de la pasividad obligada (no solo por la enfermedad: Lemebel perdió su trabajo en La Nación luego de su cierre en el gobierno de Piñera), pero también, justo en el umbral de un retiro, la precisión del apaciguamiento, que puede esquivar la urgencia a diario de la crónica en los medios. De hecho, la mayoría de los textos reunidos en el volumen aparecen en forma inédita, como una suerte de descanso del trabajador de la palabra, que cuando escribe, obcecadamente, sostiene en la crónica sobre El Primero de Mayo que “Quisiera no escribir más”.


Y es que el pasado se dice desde el presente. La difícil pregunta que plantea la crónica, entonces, es cómo hablar, en estos tiempos, de estos tiempos: cómo si los que estaban ya se han ido o se están yendo –como decía Monsiváis: “Lemebel cuenta historias funerarias”; y las muertes, más temibles en la vejez, ocupan un espacio importante también en este volumen-. Cómo si ni revivirlos alcanza, porque los tiempos son otros y ya no se cree en banderas ni patrias como en los ’70 –“Nunca más tuvimos banderas… Ninguna bandera. El mundo sin banderas. El corazón sin banderas”-, y si tampoco alcanzan, por demasiado estrechos, la política y los amores que vinieron después, incluida, y sobre todo, la militancia gay -no vale su causa si no mira “más allá de sus pestañas mochas”; y “Mientras se despolitice su rebeldía boqueando en los prados, corre peligro la amapola del deseo juvenil”-. Entonces, ¿ahora el amor vendría a hacerse cuando se evade de la política? -como en la escena de embriaguez amorosa entre Pedro y su amante ecuatoriano, en “una mañana indiferente para mí”, porque “la derecha triunfal lucía su recién estrenada y acrílica sonrisa”-. Entonces, ¿habrá que conceder al poder la confección del tiempo y de la crónica?


No, o no si para Lemebel hay donde “a pesar de todo, y a costa de todo, flamea resistente alguna dignidad”. El presente se anudará así al futuro, como en las crónicas sobre Camila Vallejos y el movimiento estudiantil en Chile: el Lemebel envejecido, descolocado por el paso del tiempo, se muestra allí como el viejo narrador sabio –“Yo miraba sus caritas emocionadas por el relato”-, y no hay regresión infantil, sino escucha de un grito nuevo, que renovará, frente al futuro, el soliloquio ronco del viejo –“Cómo no estar con ellos, cómo no gritar con ellos”-. Si bien diversas remembranzas de la niñez y la juventud pueblan el libro, acaso sus crónicas más fuertes sean esas donde la voz del cronista se afirma desde un día de la fecha explicitado al pie del texto: Se remata lindo país, aparecida primero como carta abierta al entonces candidato a presidente Sebastián Piñera; Las exequias del fiambre, a propósito de la muerte de Augusto Pinochet; Una náusea ancestral, sobre la protesta mapuche por la apropiación de la tierra, y la ya mencionada La insoportable levedad. La presencia de Lemebel es allí más patente, por la franca disputa que su voz plantea frente al poder, y a la cuestión crónica de la apropiación política del tiempo –“A usted ni a sus yuntas de pacto les conviene el pasado, por eso miran turnios y amnésicos al futuro”-.


Lemebel es el anacronismo de seguir siendo, a pesar de y a costa de todo, el mismo Lemebel. Ese que se rehúsa a acomodarse a los tiempos que corren, incluso los que le impone en el cuerpo la propia vejez, como en la crónica mochilera que cierra el volumen:


“Mochileando, como si fuera una golondrina caminera, como lo hubiera hecho a los quince… Y es ahora, cuando el calendario se deshoja en canas y arrugas, que me lanzo patiperra por la ruta costera buscando un aventureo playero que contar en esta página donde regreso, Tereso. Porque si no vivo no escribo, y si no carreteo no hueveo, y si no me muevo no sueño horizontes azuleros... Porque ahora que me doy cuenta, estoy pasada de moda…

… ¿Qué me podría pasar después de todo lo que me ha pasado? Reviso mis notas, pienso que la crónica está casi lista, por esta vez no hubo aventuras, ni tragedias, ni lachos amantes revolcados en la jarana veraniega. Por eso, hago parar un bus y le pregunto al chofer con acento gringay: ¿Usted llega a Isla Negra?”.


Un Lemebel demodé, que sólo de viejo vive y escribe como un joven. Que porque vive escribe incluso cuando la vida aparenta ser nada, o sólo el recuerdo de lo que ha pasado y de lo ya vivido. Quizás, después de todo, de eso se trate. Un Lemebel tan andariego cronista ya, tan recorrido de tiempos y mundos, que ahora, en lo provisorio, promisorio e incierto del final de un libro –especialmente cuando termina con una pregunta-, escriba sobre el resto que deja la vida cuando nada parece que queda por ser escrito. Pero quizás se trate, también, de qué diga ese otro a quien, salvando las extemporaneidades, llega siempre la crónica: no sólo con el tono impugnador de siempre, sino también, ahora, con un pedido de amor en palabras. Un pedido, quizás, de una nueva otra crónica: eso sería Háblame de amores.



*Reseñadora

Victoria García es Licenciada y profesora en Letras (FFyL, UBA). Becaria de postgrado en CONICET. Actualmente está finalizando su tesis doctoral sobre la obra testimonial de Rodolfo Walsh. Ha publicado artículos en diversos medios