Habitar el yo
Esteban Dipaola


Tu última Lolita, de Luz Marus.

(La Única editorial, 2013)



Nuevamente el mismo recurso, pero con giros más drásticos. Digo drásticos a sabiendas que el adjetivo no es certero. Hay en Luz Marus una tendencia al extremismo, lo extremo del yo se juega en su literatura. Si adherimos a una filosofía poco docta pero andariega en los recursos conceptuales, es posible hablar de una habitabilidad del yo. Luz Marus habita su yo y lo retuerce, lo hace decir otra vez, repite todo quizás hasta sin saber que es de la repetición de lo que vive.


Tu última Lolita, la segunda novela de esta escritora, y editora de la revista La Única, es la historia de ella, es decir, Lolita, entonces, Dolores y Humbert, es decir, la figura de un escritor consagrado que pasa sus días en el exterior escribiendo páginas para diarios y otros demases. ¿Pero de qué se trata? Simplemente de poner en evidencia los recursos del lenguaje literario despojados de las normativas propias de la escritura normal o sana. Una novela sin narrador o de narradores múltiples: mujeres, hombres, ella, su psicoanalista. Una novela despojada de detalles precisamente por mostrarlo todo. Luz Marus se desnuda porque desde el comienzo pone en evidencia que ella es la novela, que ella es la obra, que ella es el lenguaje.


Si nos esforzamos en remitir a condiciones metaliterarias, notaremos la trascendencia representativa de esa habitabilidad del yo que enunciáramos anteriormente. Una foto de Luz Marus en la tapa, o podemos decir una foto de una rubia con anteojos oscuros, vestida con medias red, sentada en una cama y mirando la pantalla de una computadora como si estuviera leyendo. Aseguramos, leyéndose. Después, la novela, es decir, ella, Dolores, hablando consigo misma, hablando con Humberto, llamando a su psicoanalista en horarios y días caprichosos, relatando sus sesiones de psicoanálisis, contándolo todo y esgrimiendo el recurso de “todo es ficción”.


Se observa también una necesidad de ser la última. Una antigua sensiblería de pareja sostiene el argumento de que si no fuiste el primero o la primera del otro u otra, debés ser el último o la última. Necesidad que se congrega en una racionalidad que define y circunda al sexo y al amor en extremos sin intensidad. Yo prefiero ser el del medio. El pensamiento empieza desde el medio sugería Deleuze y similarmente pienso yo del sexo, también del amor. A mí dejame en el medio pienso yo apenas empiezo a leer la novela.


En esa necesidad de intervenir sobre uno de los extremos se expone también la habitabilidad del yo. ¿Cómo habitarlo entre diferentes narradores? ¿Cómo volverlo posible? Recurso moderno y conocido, haciéndolo siempre otro. En “Tu última Lolita”, los yos se anuncian, dicen “ahora voy a hablar yo”. Ese yo es siempre la transfiguración del otro en Dolores y ese es el componente más interesante y peculiar de la novela. Lo relevante no transcurre entre los detalles cotidianos, sexuales, amorosos, etc. que se relatan, sino en la manera mediante la cual la narrativa nos permite ver a Dolores entre los distintos personajes y narradores que la novela asume.


“El narrador de esta historia ahora soy yo, Antonio, el psicoanalista de Dolores”, y en ese momento el personaje femenino es transfigurado en la voz de su psicoanalista. Es otro recurso para habitar el yo y realizar las operaciones necesarias que posibiliten su enunciación. Pero esa habitabilidad del yo, también se expresa entre viajes: París, Barcelona. Dolores acude en búsqueda de Humberto por el mundo, pero ese personaje masculino, esa masculinidad que la propia Dolores crea, no es otra cosa que, nuevamente, ella misma. ¿Cómo quiere Dolores que sea su hombre? Caballero, un poco puto pero no tanto, educado, escritor, independiente, amable y, sin ser rico, con bastante dinero. Un imposible que ella decide inventar, es decir, ella misma lo hace yo, lo habita, se lo apropia y le pone el nombre de Humberto. En esa multiplicidad del yo es donde Luz Marus encuentra los mejores recursos para alterar la narrativa y los narradores y para enseñar intimidades hasta finalmente perderlas en el torrente de la ficción.


Todo es ficción. Luz Marus lo hace de nuevo, al igual que en su anterior novela La amante de Stalin, editada en el año 2012 por Pánico el pánico, aquí alcanza los síntomas propios de una ficción merced a una remisión permanente a su propio personaje, a su propio lugar como obra, a su propia condición de relato. Si en La amante de Stalin se contaba hasta los momentos en que la novela que leíamos se entregaba al editor, en Tu última Lolita leemos: “Las páginas no avanzan más. Escribir una segunda novela es algo terrible, trágico. Siento que siempre estoy en la página 25 y no paso de ahí. La primera fue de un tirón y con ésta no sé qué mierda pasa que no avanza. Hay otra exigencia. Hay otro lector ideal. Estoy trabada y mi antiguo editor ya no me responde o si me responde me quiere cobrar y no, tanta humillación no se puede aceptar”. En definitiva, introducir en el relato lo ajeno a éste para hacerlo presente y propio. En esas dimensiones se juega Tu última Lolita, el trabajo con la repetición y las ajenidades. Abre un vacío en los lugares comunes y los deja sin nada. Porque si uno quiere y se lo propone puede hallar en la novela varios y certeros lugares comunes, sobre los hombres, sobre las mujeres, sobre los ex, sobre los amigos y los amantes, etc., pero quedarse en ello, o con eso, sería francamente un acto de incomprensión. Luz Marus escribe una novela común sobre una joven rubia y enamorada que busca al hombre de su vida y sólo encuentra amantes infieles, y configura esas escenas con los lugares comunes que una vida contiene para hacer realidad ello; entonces es ahí donde la autora los satura, los repite una y otra vez, insiste y los vuelve otra cosa, no sabemos qué, pero otra cosa.


En esa repetición también aparece la interminable referencialidad y transfiguración del yo, que se torna saturación en la muestra fotográfica que contiene la novela en sus páginas finales. ¿Qué fotos? Por supuesto que fotos de ella, de Dolores o de Luz. Fotos de ella posando, sugiriendo, haciendo aparecer el cuerpo ficción y el cuerpo íntimo. La disolución del autor en el personaje. Su reservado lugar en el cielo de las Lolitas.



*Reseñador

Esteban Dipaola (1978) es sociólogo y se desempeña como docente de Epistemología en la UBA y como investigador en CONICET, con especialización en cine y literatura. Sus dos últimos libros publicados son: Comunidad impropia. Estéticas posmodernas del lazo social (Letra Viva, 2013) y Todo el resto. Estética y pulsión de los años 90 (Pánico el pánico, 2012). Publicó junto a su ex pareja un poemario con el resultado de casi diez años de vivencias juntos y chateos postseparación, que se titula Odio la literatura del yo (Pánico el pánico, 2012).