La simpatía. Las posibilidades de las autobiografías de Georges Perec.
Joaquín Correa


Nací y Lo infraordinario, de Georges Perec.

(Eterna Cadencia, 2012-2013)



i.


Era un martes de marzo. Llovía en París. Salimos del metro, buscamos el kiosco de flores, compramos el mapa y caminamos unas dos cuadras más para entrar a Père Lachaise. Turismo necrófilo: buscamos a éste o a aquel, el escritor, el político, la cantante, el intelectual, el poeta, el personaje, la revolucionaria. Llovía en París y los altos árboles del cementerio protegían apenas nuestros pasos del rocío omnipresente de marzo. Sólo nosotros y una parejita de ancianos -él cubriendo el cuerpo de ella con su paraguas negro- andábamos por ahí. El movimiento del ir de tumba en tumba era motivado por la sorpresa: cómo sería la tumba del próximo grande, cómo sería su arquitectura, cómo serían las intervenciones sobre la piedra, el granito o la placa de los otros feligreses de la muerte. Por fin llegamos a los nichos. Nada de espectacular ya nos aguardaba ahí: la uniformidad numerada de la muerte, la simetría gris de un universo kafkiano. Dos edificios con forma de casa con galerías. En una de las paredes, el mapa lo decía y marcaba, debía estar Perec, Georges Perec. Fuimos directo donde debía estar y nada. Supusimos un error nuestro: buscamos en la pared contraria, y nada. Supusimos un error en el mapa: buscamos en todas las paredes, en todas las casas, y nada. El nicho de Georges Perec se nos negaba y yo que me quedaba sin poder, estando ahí mismo, detenerme en su lugar e intercambiar algo. A pesar de todo, ésta bien podría ser la entrada a su universo: el registro de lo nimio para que asome, en algún momento, lo otro, el diálogo.



ii.


Eterna Cadencia ha emprendido la tarea de editar a Georges Perec en nuestro país. Primero fue Nací, en agosto de 2012, y después Lo infraordinario, en abril de 2013, ambos textos con traducción, notas y prólogo de Jorge Fondebrider, quien ya se había hecho cargo de semejante tarea en el 92, para Beatriz Viterbo, con Tentativa de agotar un lugar parisino. El trabajo de Fondebrider es impecable: las notas no sólo se refieren a la obra de Perec sino también a su vida, indistinguibles por próximas la una a la otra, además de darle a los textos el tono cercano que Perec quiso en el francés de su tiempo. Ambos libros son el resultado de la reunión post mortem de artículos, textos y apuntes dispersos de Perec, publicados anteriormente en revistas de diversa índole. Tendremos la sensación de no estar frente a una unidad, un Libro, de Georges Perec sino frente a tentativas, croquis, apuntes callejeros. Y eso será fruto, esta vez, no de la voluntad tiránica de un albacea codicioso sino de los propios textos y sus preocupaciones.


Tanto Nací como Lo infraordinario se enmarcan y definen a partir de la voluntad de interrogar el espacio, las cosas y la vida. El modo de hacerlo y el foco a privilegiar agruparán a los textos: lo autobiográfico en el primer caso, lo sociológico y cómo mirar el lugar de lo cotidiano y sus tiempos, en el segundo. La preocupación es, siempre, la propia subjetividad y su ir hacia lo social. Nunca el sujeto de Perec, el propio yo, se cierra sobre sí mismo: la constante escritura de la propia biografía es tal porque siempre está el diálogo con los otros, con el afuera, con la historia y la memoria. Es ahí donde debemos buscar el sentido de la autobiografía para Perec, su propio tono y modulación: esa obsesiva voluntad y trabajo por recuperar lo nimio, lo que pasa a diario pero no está en los diarios, el ruido de fondo de la ciudad, sus días y sus vidas. Esa obsesiva voluntad y trabajo por recuperar la memoria del pasado, el recuerdo del futuro, y así ir ganándole pisada al olvido. Una estrategia autobiográfica propia, entonces, para escribir la propia identidad y la propia memoria; estrategia que a su vez es definida por, en dos momentos, el recuerdo y la anotación del instante. Y como el trabajo es de tal magnitud y está inmerso en la diversidad de los días, se impone la escritura del ejercicio, fragmentaria, imposible.


La escritura constante, medida y sometida a fuertes pautas: estrategias para recuperar el recuerdo, formas para detener lo cotidiano. En ambos movimientos, intimidad y distancia, la propia escritura se vuelve sobre sí misma y manifiesta su inscripción en el tiempo. Perec llega así a la conciencia de las transformaciones del tiempo sobre la propia escritura. No sólo el tiempo pasa, también las propias formas de escribir. La autobiografía de Perec será, así, también, la de una pluralidad de escrituras posibles. Y en esa autobiografía múltiple, astillada, oblicua, y en esa investigación de lo cotidiano, se dibuja el movimiento elíptico respecto de lo indecible, ese núcleo duro que está justo antes o después del susurro del lenguaje: “Todo el trabajo de escritura se hace siempre con relación a algo que ya no está, que puede fijarse un instante en la escritura, como una huella, pero que ha desaparecido” (El trabajo de la memoria (entrevista con Frank Venaille) en Nací).



iii.


La mirada de un niño que descubre las calles de la ciudad en que vive mientras está encerrado en clase, un salto en paracaídas durante el servicio militar como ejemplo del optimismo obligatorio y necesario frente a lo imposible recordado con el frenesí de la cervezas entre amigos en una reunión editorial, una carta llena de proyectos que se unen en el Gran Proyecto: el Libro, el ejemplo de cómo hacer de una entrevista la posibilidad de la enunciación de la propia poética, la personalidad intransferible de los sueños y su escritura, el proyecto de un rodaje, la autobiografía probable y la memoria potencial del ser judío y sus ausencias, una lista de cosas para hacer antes de morir y otra de todas las cosas comidas y bebidas durante 1974, un manifiesto para la recuperación del ruido de fondo, lo que va quedando de la rue Villin a lo largo de seis años, un inventario de 243 postales en color dedicado a Calvino, indicaciones para moverse en Beaubourg y Londres, un retrato del Jefe y todo lo que, en un coup d´oeil y otro trompe l´oeil, está sobre su escritorio: la recuperación de todo eso nos dice que estamos frente a la escritura del tiempo recobrado, la escritura de lo perdido. Que estamos frente a la pausa de lo cotidiano y el análisis de su tejido. Frente a la escritura de una sinfonía casual, intempestiva, del ruido de fondo, de lo irrisorio de los días que pasan y se elevan por debajo y por detrás de lo psicológico. Que estamos frente a la interrogación de lo habitual y frente a las tentativas por hacer del texto un espacio que mida, detalle y refleje el tiempo que pasa, el tiempo de la vida y el tiempo de la escritura: el texto como el lugar de la inscripción, la huella del tiempo en el tiempo, el texto frente al olvido y la muerte. Que estamos frente al intento por suturar las fronteras de la escritura y de la vida: “escribo para vivir y vivo para escribir”.


El Libro como proyecto vital, siempre último, siempre más allá. El realismo enfrentado a las palabras, atravesado por ellas: no ya la escritura de lo real sino la escritura en lo real, interviniendo en él y manifestándose en su tiempo y espacio, haciendo de la realidad una dimensión subjetiva, propia e identitaria. Estamos frente a una nueva modulación de la antropología donde se disuelven, reúnen y confunden los intentos autobiográficos. Estamos frente a un férreo practicante de la “ostranenie” y devoto de la sorpresa. Estamos en el universo de Perec y su escritura donde la memoria no es un proceso ajeno y exterior sino algo que se desenvuelve en lo mínimo y que le pertenece al individuo en tanto miembro de una comunidad, de lo común social. Y es allí, en la reunión de todos los movimientos de la escritura en el trabajo de la memoria, donde las tentativas autobiográficas de Perec se vuelven hermosas utopías y definen su simpatía: “Un movimiento que, partiendo de sí, va hacia los otros. Es lo que yo llamo simpatía, esa especie de proyección y, al mismo tiempo, ¡de llamada!” (El trabajo de la memoria (entrevista con Frank Venaille) en Nací). Escribir el propio día y la propia vida serán el primer intento, el más profundo y sincero, para ir hacia los otros, hacia el nosotros, para ir hacia nuestra verdad. Para ir.



*Reseñador

Joaquín Correa nació en Mar del Plata, en 1987. Profesor en Letras. Ha publicado artículos y reseñas en distintas revistas, además de Fotografía estenopeica (poemas, 2013) y Yo vi la cara de Lenin y estaba durísimo (crónicas, 2014, La Bola).
Mantiene el blog: http://citasincomillas.blogspot.com.ar/