Semana laboral
Ana Claudia Díaz


Semana laboral, de Marcos Gras.

(Santos Locos, 2013)



Lo que llamamos tiempo es el movimiento de evolución de las cosas, pero el tiempo en sí no existe. O existe inmutable y en él nos trasladamos.


Lo cotidiano tiene la tragedia del tedio de la repetición. Pero hay una escapatoria: resulta que la gran realidad es fuera de serie, como un sueño en las entrañas del día.


Un soplo de vida, Clarice Lispector



En Semana laboral, Marcos Gras arma un poemario con una idea similar a la de un diario íntimo donde cuenta una semana en la vida del “yo poético”. El libro empieza con el primer día hábil, lunes, y cronológicamente traza una serie de sucesos y actividades diarias, planteando así un paralelismo entre lo que transcurre y la reflexión de ese registro. La poesía se construye desde el cotidiano.


En los poemas el autor cuestiona el lugar del poeta, lo describe envuelto en las redes sociales y la rutina de lidiar con los circuitos literarios y sus modas. Llega a una instancia en donde el mito romántico de la poesía y su autor se desvanece: “Las editoriales no me responden y yo sigo pensando/ en escribir esa novela de un tirón”; la realidad irrumpe y entra deconstruyendo el imaginario para dar lugar a una nueva figura, el antihéroe: “entro a mi trabajo/ y subo las escaleras hasta mi cubículo sin ventanas”, quien elige una vida interior e íntima en una casa en vez de la parodia del mundo externo. Reiteradas veces el autor retoma el espacio y los prejuicios que rodean al protagonista en los distintitos contextos, y lo manifiesta: “No conozco a casi nadie que lea poesía/ en general/ son poetas/ y sus novias mientras son sus novias/ y sus novios mientras aún son sus novios/ y en ocasiones los mejores amigos de esos novios y esas novias”; “Ser poeta es un buen tema para cortar conversaciones/ ¿Qué hacés?/ soy poeta/ generalmente silencio,/ en ocasiones algún avispado salta con una rima”. El “yo poético” indaga su propia autoestima, ego o lugar de pertenencia, establece méritos necesarios para devenir en poeta.

Se hace referencia a los códigos impuestos que trazan la sociedad, las ubicaciones a las cuales se responde a diario, “subo al área destinada a los padres para ver la clase”. La espera, el tiempo y sus márgenes, los límites, son imágenes recurrentes en este libro: “el infierno debe ser igual a la espera me repito”; a una frase como ésta siempre le corresponde la dualidad, su antítesis que le devuelve la gracia al hábito de la repetición: “la cara de mi hijo me busca”, “es amor puro”. La inocencia florece entre las palabras, descubre todo con los ojos de un niño, como si fuera la primera vez. El personaje se repregunta, se mira a si mismo desde afuera, se ve: “Ese de ahí soy yo/ tratando de encajar/ tratando de entender cómo”, y es el ángulo de la mirada lo que da la altura de lo que ve lejos, alto, o más cerca.


En esta obra hay un armado de la propia poética que se deja vislumbrar. Los textos están poblados de la cotidianeidad que teje la trama del libro haciendo visible su interior.

Los poemas generan una cadencia, un movimiento lento que simula una pausa: detenerse a observar para reconocer desde ahí. El autor siempre establece la comparación desde la ambigüedad, se va guiando por parámetros y patrones. Los textos están construidos en eslabones de ideas encadenadas que se empiezan a desplegar a partir de una reflexión. Describe su momento de escritura, deja al descubierto su inspiración: “y quizá/ (en ocasiones mas no siempre)/ de esa reflexión/ se desprende un poema/ y es así como cuando camino/ protopoemas me asaltan/ y yo/ me dejo asaltar”.

Marcos Gras instala una correlatividad constante con el “yo” que genera un mecanismo: “Rimo en un mundo que olvidó la rima”.


También la presencia de un “vos”, que aparece desde el inicio, invade las palabras, las justifica, le otorga un sentido. Un “vos” que surge de un amor que renace en la constancia y que funciona como eje de prioridades re ordenando la vida del “yo poético”: “La poesía sos vos”; “el amor sos vos mi vida/ tus ojos/ vos y yo/ y lo mejor del amor son/ ellos/ nuestros/ hasta el fin.”


Entonces, la concepción del tiempo que se desliza de distintas formas. Lo que transcurre de fondo en la historia del protagonista, los espacios en que se sitúan las cosas, las imágenes superpuestas. Una visión desde un plano aéreo donde todo es diminuto e igual, y de pronto el cacareo de una risa que consigue distinguirse, esa idea de la felicidad diaria.


Con el transcurso de los textos, el autor va instalando algo similar a un mantra: “yo no río”, esta frase se repite consecutivamente marcando de qué lado está el personaje, “Miren que hay que salir temprano,/ sino nos comemos el transito de “Negrópolis”/ Ríen a carcajadas./ Me miran,/ se miran/ yo no río”.


En Semana laboral cada día va mutando con su estereotipo designado, se logra una comunión entre el mundo ordinario y el extraordinario, y lo vulnerable de esas clasificaciones o etiquetas.


Marcos Gras busca una excusa: el tiempo, y desde ahí construye: “Tiempo, recursos y dinero,/ toda una vida para amalgamar el código/ aceitar la máquina/ unificar el pensamiento/ hacernos creer que es nuestro”; “siempre sostendré que los mayores pensadores de las desdichas humanas/ pertenecen a las minorías elitistas”.



*Reseñadora

Ana Claudia Díaz nació en Santa Teresita, en 1983. Publicó Limbo (Pájarosló editora, 2010 y La One Hit Wonder Cartonera, 2012, Ecuador) y Conspiración de perlas que trasmigran (Zindo & Gafuri, 2013). Las plaquetas de poesía Vuelto Vudú (Pajarosló editora, 2009) y Al antojo de las anémonas (Color Pastel, 2011). Textos suyos integran las antologías Pájaros en la frente (Pajárosló, 2011), La Juntada (APOA, 2012), Canciones (Ediciones presente, 2013), Re-Invención (Proyecto Madonna, 2013), Estaciones (La Parte Maldita, 2013) y Poesía Deliberada (Textos Intrusos, 2013).


http://www.anaclaudiadiaz.blogspot.com/