Volveré y seré neopantagruélico
Juan Manuel Candal


Volveré y seré millones, de Matías Pailos.

(Pirani ediciones, 2013)


De un modo más bien imperceptible dentro de la dinámica del mercado editorial, en los últimos años parece haber surgido una nueva tendencia en la literatura vernácula, propensa a la adopción del absurdo como punto de partida incuestionable, pero también a la ruptura de todo compromiso con un verosímil claro y heredado, una idea de realidad unívoca, dando así una serie de argumentos que se manejan por fuera de toda convención de género, donde pueden convivir la ciencia ficción y el drama íntimo, o el costumbrismo y el fantástico sin pasar necesariamente por el realismo mágico. El carácter pos-Aira de esta literatura es indiscutible, y si bien es notorio que estos escritores han asimilado al autor de La liebre como figura paterna, todavía no parecen deseosos de asesinarlo, por lo que podríamos decir que no se trata de una tendencia establecida de manera sólida y reconocible para un lector casual.


Estos relatos podrían encontrar un hipotético punto de partida en La última de César Aira (2010), de Ariel Idez, pero atraviesan buena parte de la narrativa argentina actual, particularmente en el circuito porteño. Las dos novelas publicadas de Matías Pailos (Buenos Aires, 1976), Cómo no pensar en mí (Pánico el pánico, 2011) y la reciente Volveré y seré millones, transitan con arrojo este camino, se inscriben en esta tendencia completamente imbuida de este estilo que podríamos denominar neopantagruélico, donde en lugar de grandes saltos fantásticos en primer plano, se nos plantea un verosímil con un elemento bizarro que el lector debe aceptar desde el vamos como parte de la premisa básica.


¿Y de qué trata esta novela corta, de ímpetu punk en su contundencia narrativa? El día de la muerte de Néstor Kirchner, una oleada de desaparizombies (desaparecidos de la época de la última dictadura, que vuelven de la muerte) azota la ciudad de Buenos Aires. «Los cadáveres políticos están más vivos que nunca. Se levantan desde las profundidades barrosas y más bien superficiales del Río de la Plata y avanzan, fofos y deshilachados, tras más de 20 años en la mierda, para barrer con todo a su paso (…) A nadie le importó un carajo que fuera la herencia recuperada de los desaparecidos reclamando justicia. Al toque todos salieron rajando en estampida por las diagonales. La Plaza se había vaciado, dejando tras de sí un tendal de muertos, heridos y zombies desaforados. Un nuevo triunfo del gorilaje anti-popular». Esa es la premisa y, en cierto modo, todo lo que el libro tiene para dar a nivel argumental se plantea allí. Pero esta no es literatura del argumento, sino de los dispositivos narrativos y metaliterarios: Pailos juega con el eco en los medios periodísticos, incluyendo notas apócrifas de los principales diarios del país, y los mayores placeres —y los más sutiles— de este relato están en estas recreaciones, en el ojo mediático que, a la Orwell —o si se quiere, su hermano bastardo, el reality show—, observa todo, pero no se limita a observar y reportarlo, sino que también edita los contenidos con una intención ideológica.


En el cuento La tarea (incluido en su primer libro, El amor nos va a separar, Pánico el pánico, 2010), Pailos le habla al lector como un tallerista a un alumno no particularmente brillante: «El relato tiene que tener alma. Si no tiene alma es pura mierda y putos malabares (…) Tiene que haber incomodidad; tiene que haber, como se dice, “tensión narrativa”». Volveré y seré millones bien podría ser el relato al que el profesor apunta. No hay un arco clásico de tensión narrativa, y esta no es una elección ingenua: digamos que en todo caso, el juego de tensiones se trabaja con la crispación o placer que producen en el lector los métodos elegidos para narrar una historia de zombies con trasfondo político, que tiene como intención final cualquier cosa excepto narrar una historia de zombies con transfondo político. Así el narrador define a algunos personajes de la manera más burda, con una urgencia perturbadora: «“Marky” era un boludo/sensible/lindo/más o menos inteligente», y este gesto irritante luego es re-editorializado por un artículo citado del diario La Nación: «Me refiero, naturalmente, al valiente compatriota quien, bajo el inconfundible alias de “Marky Nitro”, combate a brazo partido contra los poderes subversivos de los terroristas montoneros muertos en vida, vacíos de sentimiento y henchidos de odio». En esta apuesta, entre lúdica y lúcida, está el punto más fuerte de Volveré y seré millones.


Durante la novela, los desaparizombies avanzan sobre la ciudad y atacan («El zombie es un bicho inclusivo: te come o te convierte») y son masacrados a iguales proporciones por la sociedad conservadora y algunos antihéroes caricaturescos. Retomando el cuento citado más arriba, el tallerista dice «Llega el final y todo el combate sigue sin explicitarse. Ahí, cual Pynchon en estado de gracia, metés, no ya un personaje —a vos te calientan las formas, no las personas—, sino… otra dicotomía». La resolución de Volveré y seré millones transita la avenida de esta última denuncia/apuesta literaria más que el simple destino de salvación o aniquilación que suele servir a las historias con muertos vivos y plagas apocalípticas.



*Reseñador

Juan Manuel Candal (Buenos Aires, 1976) se licenció como director/ guionista de cine. Publicó los volúmenes de cuentos Yo robé tu nombre (2009), Siempre tendremos Venezuela (2011) e Intimidad para el ojo iniciado (2013), además de la novelas Mundo Porno (Interzona, 2012), y Boutade (Pánico el pánico, 2013) y el libro de ensayos Rosas para Stalin + el magnífico legado de Curtis LeMay (2013). Colabora en varios medios periodísticos como crítico y ha publicado cuentos en diversas antologías y revistas especializadas. Ha sido traducido al esloveno.