Diario de una actriz
Silvana Soria


9 de julio

Gastritis. Y después dijo; “Basta de café”. Un médico que fuma, no puede decirme que deje el café. Después me habló del stress, de la cantidad de mujeres jóvenes que terminan realmente mal. Pensé que podría dejar a mi marido, pero no se lo dije ni me lo sugirió.


14 de julio

Hoy me apuñalaron cinco veces. No hay manera de que Mario se concentre. Para un actor, abandonar la cocaína en la mitad de una tira policial no es buena idea. Pero en su momento nadie me hizo caso, ahora se dan cuenta. Tuvimos que grabar la escena cinco veces porque no podía embocar el cuchillo, apenas podía sostenerlo. Juanse dijo que no volvería a dirigir hasta que no ensayáramos la escena doscientas veces, por poco no le sale espuma de la boca. Se quiere matar. Nos mandó a todos a la mierda.


17 de julio

Por más que lo intente es como querer escapar de un pueblo perdido y que el único medio sea un tren que irremediablemente va a dejarme en la próxima estación. A Pablo no le importa y le creo. Es gracioso cómo me lo dice, siempre se le ocurren maneras diferentes de imaginar nuestra huida. Qué pensaría fulano, qué diría mengano. Pero no es lo mismo. Por empezar él no está casado, ni tiene hijos. Segundo, puede seguir con su trabajo en el sindicato sin que las consecuencias de esta decisión lo afecten. En cambio yo, pierdo mi hija, mi carrera ¿Para qué? ¿Para convertirme en su copiloto?


20 de julio

Releo lo que escribí y digo; “sí, es verdad, tenés razón”. Pero ahora escribo esto: Cuando lo veo todas las razones se derrumban. Es como una linterna alumbrando el mar en plena oscuridad. Me aferro a esa luz con desesperación porque ahí está mi última esperanza. Cuando estamos juntos puedo verme tan claramente, “un minuto con la realidad”, creo que así se llama el tango. Me pregunto si el placer y la dicha sólo pueden existir en la brevedad. También está la intensidad, el vértigo, la tentación de dejar el auto donde dice prohibido estacionar aunque la cuadra esté vacía.


29 de julio

Otra vez temprano en casa. Mi marido se pone más contento cuando llega y me encuentra cocinando que cuando hacemos el amor. Me di cuenta porque la carne estaba cruda, la salsa no sabía a nada y Julio, que nunca repite, se comió dos platos sin dejar de elogiarme. Después salimos al jardín y contemplamos una noche hermosa. Recordamos nuestro accidentado viaje a París y nos reímos hasta que también le recordé lo furioso que se puso cuando nos encontramos con Martín Espinoza y nos quedamos más de media hora hablando de su nueva película. Y mientras me ofrecía un papel, medio en chiste medio en serio, a mi marido le arrancaba la última esperanza de verme lejos de las cámaras. Ese día me reí y hoy también. Una risa sin misterio ni maldad. Me hace sentir tan bien. Voy a tratar de usarla mañana cuando Mario me apuñale por décima vez.


6 de agosto

Juanse habló con el productor. Me enteré por Sandra que los vio discutiendo cuando les llevó café. Lo único que entendió fue; “se lo decís vos o se lo digo yo”. No sé qué se les habrá ocurrido. Reemplazar a Mario es imposible, no se puede cambiar al protagonista a mitad de una serie. Pero seguir así es inútil. Hace tres semanas que estamos trabados con una escena de cinco minutos. Nadie le habla, están todos calientes porque piensan que por culpa suya van a terminar levantando la tira. Más tarde me vi con Pablo y tomamos vino salteño, porque él recién llegaba de un congreso en Tartagal. Hablamos más de una hora antes de acostarnos. No entendí nada de lo que me explicó, porque no le presté atención. Estaba fascinada con su entusiasmo. Con su felicidad y con la mía. Pensé que no había mejor momento que ese para morir.


11 de agosto

Cumpleaños número diez de mi sobrina. De entrada sé que voy a tomar más de la cuenta sólo porque a mi cuñada le molesta. Todos elogiaron su Dolce & Gabbana pero a Natalia no le importan los halagos. Lo que ella quiere es todo lo que odia de mí. Por eso sus ojos apuntaron toda la noche, como un francotirador, a cada desgraciado que miró mi escote más de dos segundos seguidos. “¿Así que Anita se quiso quedar más tiempo con su abuela?”, preguntó en un momento, con el más bien acentuado. Esa fue su pequeña venganza. Mi marido, como siempre, tomó dos copas y empezó a bostezar. No voy a decir que me estaba divirtiendo cuando se quiso ir, pero se me hizo insoportable la idea de volver y tener que dormir con él en la misma cama. Es terrible. Me siento culpable, no debería pensar así. Pero no puedo dejar de sentirme frente a una cámara que nunca se apaga.


16 de agosto

Es una locura. Se terminó ¡Le dije que no fuéramos a ese hotel! Eso me pasa por histérica; que el baño, que las sábanas, que la luz. Bueno, ahora todo eso no importa una mierda porque ya está. Nos vieron. Pablo dice que no, que ni se fijaron. Pero por qué tuvimos que ir ahí, por qué ellos tuvieron que ir ahí. Está mal, siento que todo se fue al carajo. Se tiene que terminar, no da para más. Estoy cansada, soy un desastre. Dios, qué patético: una actriz y un sindicalista, ¿a quién se le ocurre?


17 de agosto

Julio… por qué no tenés un poco de paciencia conmigo. No puedo ser esa muñequita que le das cuerda y anda. ¿Quién puede vivir así? Cómo voy a hacer para olvidarme de que en algún lugar existe un poco de felicidad para mí.


18 de agosto

Casi ni dormí anoche. Para colmo cuando llego al estudio me dicen que Mario está encerrado en el camarín y que no quiere salir, que está asustado, perseguido. Me piden que hable con él, que lo tranquilice. Juanse no deja de hacer gestos de fastidio. Fui. Golpee. Abrió la puerta. Cuando me levanté a la mañana, lo que menos imaginé fue que me  iba a encontrar con una cara peor que la mía. Mario tenía el maquillaje por la mitad. Decidí hacer algo mientras lo escuchaba y empecé a peinarlo. “Nunca pensé que podía estar más contento en mi casa, que en el trabajo”, dijo. Después me explicó que llegó a estar tan descontrolado que su mujer lo echó y amenazó con que si volvía a consumir le quitaba la tenencia. “Ahí me di cuenta, lo vi tan claro como ahora te estoy viendo a vos, nadie te la puede contar, es cuestión de ese momento, ese instante en el que abrís los ojos y ves lo que realmente te importa”. Después se quedó callado. Cuando le pregunté por qué no le había contado a Juanse sobre la abstinencia, que estaba así por eso, me respondió que necesitaba la plata y tenía miedo de que lo echaran. “Deudas”, dijo. “Te das cuenta de que llegué a poner en riesgo mi familia”. Lo abracé y lloramos. El por lo suyo y yo por lo mío. Después salimos y volvimos a hacer nuestra escena criminal. Creo que de todas, esta fue la que peor salió.


19 de agosto

Hace un rato me animé y la llamé a Morena para confirmar si me vio en el hotel. No era ella, me equivoqué.


20 de agosto

Siempre hace frío en esta casa. Le acabo de decir a Julio que ni bien podamos, vayamos a Barcelona, a Roma, a cualquier lado. Ahora duerme. Parece contento, lleno de felicidad.


21 de agosto

Terminé con Pablo. Algo presintió porque nunca nos encontramos de día. Aproveché que se suspendió la filmación y lo llamé para tomar un café. Antes de entrar, me quedé un rato afuera, mirando su espalda a través del vidrio. No dejaba de mover la pierna y golpear el piso. Igual que mi viejo cuando llegaba de laburar y se sentaba frente al televisor. Entré. NI bien me miró se dio cuenta. Sin palabras.


22 de agosto

Por fin me morí. El cuchillo entró firme en mi estómago. Cuando terminamos todo el mundo aplaudió. Por poco me convenzo de que fue nuestra charla en el camarín la razón de su retorno, cuando llega Sandra y me dice, “Qué, ¿no te enteraste?”. Y después me cuenta que los muy desgraciados le dijeron que no se preocupara, que consumir un poco todos los días, hasta terminar la serie, no le haría daño. Que se quedara tranquilo, que ni siquiera tenía que molestarse en ir a comprarla, que nadie se tenía por qué enterar.

*Autora
Silvana Soria (La Plata, 1980) es Lic. en Comunicación Social por la UNLP  y  egresada del programa formativo en escritura de Casa de Letras. Actualmente prepara su primer libro de cuentos.