Mal de ganso
Yair Magrino


A Rodi.

Cuando estaba de novio con Belén cogía mucho. Mucho en serio. Maratones salvajes interrumpidas por las ganas de ir al baño, alguna ducha rápida y las dos comidas diarias. Pensé, al principio, que se trataba de ese período que atraviesa toda pareja en formación. Los meses fueron pasando y ella se mantuvo firme en aquella postura insólita. Empecé a llegar tarde a todos lados, a faltar a reuniones de trabajo o con amigos. Pero lo peor era que cada vez que iba a jugar al fútbol, a ella se le ocurría que sería divertido tirarnos a coger un ratito. Ella usaba el diminutivo creyendo, o intentando convencerme, de que las energías que yo habría de utilizar serían mínimas y que no cambiaría en nada mi desempeño dentro de la cancha. Pocas veces objeté. A veces me gustaría tener más carácter. Llegó a un punto en que coger dejó de ser divertido. Belén solía plantearlo en términos demasiado agresivos, transformando al sexo en un acto mecánico y obligatorio. No podía seguir.

Luego de una jornada especialmente agotadora, a la que la había sucedido un nuevo faltazo al trabajo, venciendo toda timidez, me metí en un sex shop de Martínez. La idea era comprarle una batería de consoladores que me dieran paz. Se me repetía la imagen de los luchadores de catch cuando, exhaustos o malheridos, chocaban la mano del compañero, y éste entraba al ring en su rescate. Esos pitos de goma, de vidrio, con vibración o sin ella, grandes, pequeños se convertirían en mis relevos.

En el local brillaban luces de neón en la parte exterior, lo suficientemente chillonas como para atraer la atención de cualquiera que pasara por delante, pero adentro, el ambiente era lúgubre. O más bien, tenebroso. Una de las paredes estaba cubierta de películas, ubicadas una al lado de la otra, de forma que las portadas ganasen visibilidad. Yo esperaba una división de géneros más sutil, tal vez como la de cualquier videoclub: drama, comedia, cine europeo. Todo era demasiado explícito y sin margen a dobles interpretaciones. Poco a poco, fui aproximándome a la vitrina de los consoladores. Una mujer con varios piercings colgando de su labio me preguntó si necesitaba algo. No voy a ahondar en la vergüenza, ni en el severo tartamudeo en el que me vi envuelto, básicamente porque lo que quiero contar no es eso. Le pedí que eligiera tres y luego los envolviera en papel madera. Me quedé paseando entre las góndolas. Descubrí que algunas actrices porno eran particularmente lindas, delicadas e imaginé, durante unos breves segundos, cómo sería levantarme una mañana de domingo junto a ellas. Incluso pensé en las razones por las que no habían elegido ser secretarias, promotoras, gerentes de una multinacional y fantaseé, sin sentido, con rescatarlas de ese mundo degenerado en el que se movían. Yo podría tratarte bien, pensé, respetarte y planificar, como regalo de aniversario, un viaje a unas cabañas en Córdoba, para qué allí, en medio de las sierras, solos, recostados bajo un algarrobo, puedas llorar y vaciarte de todo lo que te han hecho. Me reí. Pero quizás no querían que las trataran bien. Pudiendo elegir, se quedaban con los desproporcionados falos, las humillaciones y la fantasía de ser actrices. Cada quien es feliz como puede.

En un costado, en el rincón peor iluminado de una vitrina, vi algo que no debería haber visto nunca.

***

Mi tía abuela Gretel vivía en Maza e Independencia, en el quinto piso de un edificio que tenía siempre olor a polenta. No guardo muchos recuerdos de ella ni del mundo que la rodeaba. Me acuerdo, eso sí, que tenía un juego de pelucas, un hijo, que vivía en uno de los pisos de abajo, un masajeador y una botella de Hesperidina cubierta de polvo y con la etiqueta a medio rasgar. Beto, el hijo del piso de abajo, era primo de mi viejo. Una vez cada quince días debíamos cumplir con nuestro régimen de visita obligatorio. Las pelucas perdieron su gracia en cuatro o cinco usos. Podía jugar a que era el quinto Beatle o, al darlas vuelta, transformarme en un secuaz de Carlitos Balá. Beto era un misterio. Y yo era muy chico para tragarme la botella de Hesperidina. Lo único que no perdió nunca su atractivo fue el masajeador. Se parecía a uno de esos desodorantes a bolilla, sólo que más petiso, rotundo, y sobre todo, más contundente. Al presionar la bolilla, vibraba. No era una vibración del todo placentera, pero le atribuía beneficios casi mágicos. Solía frotarlo contra mis hombros, el cuello, los pómulos y las sienes. Era lo único que hacía más amena aquella estadía obligatoria. Tenía la sensación de estar haciendo algo bueno por mi cuerpo. Es raro. ¿Cuánta tensión podía acumular mi cuello a los diez años? Supongo que todo, como ahora, lo vivía con grandes cargas de angustia o ansiedad. Mi mamá siempre cuenta que, de chico, cuando se acercaban los períodos de exámenes me pasaba días comiendo lo mínimo e indispensable y que nunca pudo entender las trepidantes cagaderas que me agarraba. Lo único bueno de aquellas visitas era la compensación. Los helados en Saverio o el nuevo número de la revista Sólo Fútbol funcionaban como una especie de soborno que no sólo mitigaba el mal humor, sino que lo hacía desaparecer ni bien comprobaba la textura del dulce de leche con la cucharita de plástico, o llegaba, luego de ojear rápidamente casi todas las páginas, al apartado con las novedades sobre Independiente. Pero esta historia es sobre otra cosa.

***

En ese rincón oscuro del sex shop, detrás de unos consoladores más modernos y traslúcidos, estaba expuesto el desodorante a bolilla retacón y contundente de mi tía abuela Gretel. La vendedora me contó que aquel era un modelo viejo, de los años ochenta, y que estaba especialmente diseñado para la estimulación del clítoris. Si lo conservaban, dijo, era más bien por una cuestión sentimental y porque representaba una pieza de museo. Me bajó la presión. Recordé las tardes en las que lo había frotado por mi cara el cuello, los hombros. Caminé con la mente en blanco algunas cuadras, sin dirección, hasta llegar a una parte del Río de la Plata donde se aglomeran bares, restoranes y parrillas. El movimiento me resguardaba de cualquier pensamiento que involucrase a Gretel y los hábitos sexuales que la soledad le había impuesto. No quería pensar en eso, ni en Belén que, seguramente, estaría esperándome en casa dispuesta a sumar un nuevo orgasmo a su colección. Recorrí el malecón con la vista clavada en el río, buscando trasladar la paz de aquel horizonte partido en dos, con el agua marrón por debajo y el cielo por encima, a mi interior. Me senté en la terraza de un bar. Desde ahí podía ver las pequeñas olas de barro que iban y venían en la orilla. Movimiento. No pensar. Sentí asco y vergüenza. ¿Había descubierto una faceta desconocida de mi tía abuela? Después de la muerte de Justo, Gretel se había quedado sola. No era una mujer agraciada. Más bien, su cuerpo imitaba las formas de un barril, sólo que blanduzco y pálido. De lejos, se le dibujaba una sombra gris bajo la nariz. Sus besos, recordé, pinchaban. De alguna forma comencé a justificarla, a creer que Gretel podía y debía tener orgasmos, ya que era no sólo impensable sino poco saludable que pasara veinte años sin tener uno. La moza que se paró junto a mi mesa con una libreta y una birome, llevaba un escote pronunciado que dejaba entrever un pecho robusto, firme y hermoso. Ella se agachó lo suficiente como para que pudiera espiar el comienzo de su corpiño pero fui incapaz de sentir el menor deseo sexual. Tenía la sensación de que si pensaba en su pecho desnudo, en las distintas formas o texturas que podrían adoptar sus pezones, irremediablemente aparecerían las inmensas y amorfas tetas de Gretel. Pedí un té. El tiempo que tardó en llegar mi pedido lo dispuse a contemplar el rio, más como una obligación que por el sólo hecho de fundirme con la inmensidad. Me abstraje. Me forcé a la abstracción. Las tetas de Gretel acechaban. Hay cosas, pensé, como el desodorante a bolilla vibrador, a las que la infancia cubre con un velo de ignorancia. Cosas, objetos o gestos que nos fueron explicados con retazos de verdad, pero que al unirlos, lo único que forman es ficción. Casi sin quererlo, terminé pensando en la muerte de mi tío Beto.

Mi tío Beto murió de tristeza. Al menos eso fue lo que me dijeron. A los ocho años, la tristeza se me representaba como una enfermedad tan mortífera como el cáncer. Un microbio verde fosforescente que acababa con todo a su paso. Pero la verdad es que nadie se muere de tristeza. Me dispuse a rearmar su vida con fragmentos, y al unirlos, poco a poco, fueron formando este relato.

***

Cada vez que pienso en él, lo veo con un traje de tweed marrón, una camisa blanca y un maletín negro de carcasa dura. Dentro llevaba sus aparatos de fonoaudiólogo. Me acuerdo de uno en particular que era una especie de lápiz con botones y perillas, y que en la punta, titilaba una luz verde. Era poco probable que tuviese algún efecto médico. Para mí era parafernalia pura. Un poco para asustar, otro poco para regodeo. Ese lápiz era la confirmación de su título de fonoaudiólogo, de la misma manera que una pistola hace policía al conscripto. A los diez años, mi tío me curó el mal de ganso: para tragar, tiraba la cabeza hacia atrás y dejaba que la comida cayera a través de mi esófago. Hoy me pregunto cómo era capaz de tragar así. Las sesiones tenían lugar los viernes a las cinco de la tarde. Para detectar la falla era necesario que Beto me viera comer, y luego, seguir comiendo para poder corregir o verificar mi progreso. Mamá preparaba una bandeja con sándwiches de jamón y queso en pan francés, jugo de naranja exprimido, galletitas, cereales y yogur. Beto comía a la par mía. A veces, más que yo. Siempre tenía hambre. Cuando los platos estaban vacíos me mandaba a la cocina a pedir galletitas. O puré. No recuerdo las instrucciones precisas que me daba, pero imagino que debía pedirme que tuviera especial cuidado en la posición de la lengua o en alguna contracción del paladar blando. Después del atracón, venían los masajes faciales. Del maletín sacaba un frasco descolorido de crema Nivea. Sobre los bordes se apelmazaba una costra dura y reseca. Mientras me ablandaba los músculos de la mandíbula o del mentón, yo no podía dejar de sentir el olor a cigarrillo de sus dedos. Se mezclaba con el olor a naftalina de su saco de tweed y con la colonia Pino que usaba cada mañana desde hacía muchos años. No puedo explicarlo, pero a esa edad, la combinación de aquellos olores me provocaba una profunda nostalgia. Me remontaba a las historias que me contaba mi viejo, el Mago, de cuando la avenida Boedo no tenía asfalto y salía a cazar mariposas con un palito. Para mí era pura ficción. No podía concebir una Buenos Aires previa a mi existencia. Pero aparentemente había existido y una vez tuvo a la avenida Boedo sin asfalto. Volvía de aquel ensimismamiento cuando Beto me despedía hasta el viernes próximo.

En algún momento dejé de tragar como un ganso. Beto lo anunció a toda la familia al término de una sesión. Sonreía satisfecho. Creo que fue la única vez que lo vi sonreír. Parece que Beto, a pesar de su talento para arreglar los desórdenes del habla, no tenía una gran cantidad de clientes. Es raro. La depresión o la ansiedad tienen sus reveses para un psicólogo. Puede prolongar algunas sesiones hasta que terminan de pagar el microondas. O un médico puede pedir algunos turnos extra para control. Pero las erres o las eses, están bien o mal pronunciadas. Se traga como un ganso o no. No hay vueltas. Y si quedaba impaga la tercera cuota de la VHS a llorar a la iglesia. El Mago sabía todo esto. Él me contó que había intentado aconsejarlo para que no siguiera esa carrera. ¿Quién podría sentir verdadera vocación por una erre patinada? El Mago inventó un problema de dicción en mi hermana. Quizás lo hizo porque sabía que esa tercera cuota terminaría pagándola él. Beto jugó al fonoaudiólogo hasta que fue un abuso, y solo, empezó a inventar excusas para no poder venir a las sesiones de mi hermana.

Hay una fotografía. No sé dónde habrá quedado. Yo la vi una sola vez. En realidad, es de esas carpetas que vendían en Mar del Plata a principios de los sesenta. Cuando llegó a mis manos, el cartón ya estaba reblandecido, amarillento. En uno de los bordes tenía la marca de una taza de café, un sello que le daba autenticidad o uso. Alguien, muchos años antes que yo, había estado ojeándola y en un descuido, quizás por recordar con demasiada fuerza, había apoyado una taza chorreada sobre el borde. En la foto estaba Beto, el Mago, mis abuelos y Gretel. En segundo plano, aparecía mi tío abuelo Justo caminando como los guardias del Palacio de Buckingham. Mi viejo siempre dice que era un tipo divertido. La leyenda familiar cuenta que Justo murió en el Casino de Mar del Plata justo antes de hacer saltar la banca. Mi primo Félix juraba que había muerto de un paro cardíaco en un piringundín. Así me quiero ir yo, cogiendo, solía decirme Félix. La fotografía era de principios de los sesenta porque el Mago es un nene. El tío Beto era más chico aún. No le llevaba tantos años de diferencia, pero la diferencia de tamaño de sus cuerpos, hacía ver a Beto diminuto y frágil. Conservaba gestos de una prolongada infancia, como si aún no se hubiese decidido dejar de ser bebé. Todos sonríen menos Beto. Trepado a uno de los lobos marinos, mira a cámara pidiendo que el bochorno se termine. Parece un monito agarrado a una rama que revolea los ojos buscando, casi pidiendo, que la madre vuelva a colgárselo del cuello. Es raro que no haya visto ni una foto más de él. Para que existan fotos, me dijo una vez el Mago, tiene que haber alguien que quiera recordarte.

Le conocimos una sola novia y dudo de que haya tenido alguna más. La presentó en familia uno de esos domingos al mediodía en que todo el conglomerado de apellidos se juntaba en lo de Tía Carmen. Recuerdo la ceremonia que se armaba en torno a la llegada de Gretel. El remis se estacionaba en la puerta, Beto tocaba el timbre y los primos más grandes se acercaban hasta el auto a remolcarla del asiento trasero. Uno la empujaba del culo. Los otros, los que habían sido favorecidos por el terrome, la tomaban de los codos y tiraban hacia afuera. Yo los veía hacer fuerza desde el zaguán, sabiéndome inútil para aquella tarea, hasta que algún adulto me daba la orden de entrar, como si ser testigo de las aberraciones del tiempo y la diabetes fuese un pecado o una falta de respeto. El domingo en que apareció la única mujer con la que Beto debe haber logrado cierto grado de intimidad, llegaron los tres apiñados en el asiento trasero de un Peugeot. Ella fue la primera en bajar del auto y la primera también, en tomar del codo a Gretel. Al pasar, nos enteramos de que su nombre era Violeta, porque Beto, aún sin poder vencer su timidez casi enfermiza, no fue capaz de presentarla con la debida formalidad que aquella situación merecía. De Violeta recuerdo, únicamente, su cara llena de pozos, desprovista de toda esa tersura que yo le adjudicaba, de modo automático, a la piel. Tal vez fueron las estrías o las diminutas venas violáceas, las que le daban un aire agresivo a su cara. Cualquiera de sus gestos proyectaba incomodidad. Era una mujer relativamente joven, aunque la camiseta de manga larga, sin escote, color azul marino y la pollera por debajo de la rodilla, le agregaban más años de los que podía tener. Una al lado de la otra, eran dos versiones de la misma mujer. No hace mucho tiempo, hablando con Félix, la noche en que un murciélago intentó colarse a mi casa a través de la puerta del patio, le pregunté si se acordaba de Violeta. Respondió que así se les llamaban a los violadores en la cárcel. O violines. Ese domingo en el que el binomio se rompía, tal vez, imaginamos todos, para siempre, el vermouth se alargó demasiado con un interrogatorio feroz a cargo de mis tías. Durante el almuerzo, Gretel dejó caer un bol con gazpacho sobre Violeta, luego de una discusión acalorada sobre una película de Leonardo Fabio. Los celos, pienso ahora, son más que suficientes para el rencor y la venganza. Violeta amagó con tirar un plato con matambre como si fuese un frisbee. Se contuvo. Hubiese sido divertido. Lo apoyó en la mesa con tanta fuerza que se partió. Lo miró a Beto. Estoy seguro de que buscaba un aliado en esa mesa llena de desconocidos. Ante la humillación, buscaba refugio en los ojos de él. Beto siguió masticando fiambre y melón, ausente, casi ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Se llevaba a la boca el vaso de vino con soda y daba sorbos pequeños, ridículamente pequeños, supongo que para mantenerla ocupada y que tomáramos su silencio por buenos modales y no como un escalofriante acto de cobardía. Pobre Beto. Antes del postre, cuando nadie estaba mirando, Violeta se fue. Algunos en la familia siguen acusándola de haberse robado un elefantito con un billete de cien australes.

Según el Mago, después de la separación, su primo se fue enrollando sobre sí mismo. Con la soledad pasa eso, dijo el Mago, uno se acostumbra a estar sólo, y lo que tomamos por paz es parálisis, pura inmovilidad, la aceptación de una derrota inevitable. Dejan de pasar cosas, dijo el Mago, mejor dicho, todo lo que pasa es controlado por uno mismo: el universo se achica. La televisión, las hornallas y el baño. Según mi viejo, Beto decía sentirse bien así. O no tanto. Porque resulta que se terminó enfermando de tristeza. Pero nadie se muere de tristeza. Hace algunos años le pregunté al Mago de qué había muerto Beto. No lo sabía. O no quiso decirlo. Intenté recordar. Cerré los ojos, me froté la sien, esperando que de aquella pose surgiera algo que se me hubiese pasado por alto, o que, por no hacer ningún esfuerzo, hubiese quedado velado por explicaciones infantiles. Pero ahora sé que a los huecos de la memoria uno suele rellenarlos con inventos. No logro saber si vi el cadáver de Beto o no. No sé si es recuerdo o relato, esa escena en la que subo en ascensor con el Mago, la puerta se abre de una patada anónima y lo vemos a Beto muerto, recostado sobre el apoyabrazos del sillón beige. ¿Es parte del recuerdo o de una nueva teoría sobre su muerte las manchas oscuras que tenía en la cara, los brazos y gran parte de su tórax? ¿Habrían sido esas, manchas provocadas por un estado avanzado de SIDA? El SIDA a fines de los ochenta y para el imaginario de un pibe de diez años, era cosa de putos. Y que yo supiese, mi tío no era puto. Aunque. Lo que sí me acuerdo y nadie puede negarme es el peso del ataúd: prácticamente nada. Estaba hecho de esas maderas baratas y livianas. Pero era Beto el que no pesaba. Me daba pena Gretel que, en la capilla del cementerio de Chacarita, nos pedía perdón por el esfuerzo inhumano que estábamos haciendo para llevarlo hasta su última morada. No entiendo porque usó esa expresión. Última morada, como si la complejidad lingüística le diera un peso más solemne o menos doloroso a la muerte. Última morada y no tumba. Aunque es cierto que la palabra tumba es escalofriante. Pobre Gretel. La noche en que murió Beto se quedó a dormir en casa. Hablaba de su hijo como un verdadero héroe. Pero la verdad es que en vida pesó lo mismo que muerto: prácticamente nada. Un par de curas para el mal del ganso, algunas erres mejor pronunciadas, o un seseo corregido. Creo que su mejor cualidad fue la de no alterar absolutamente nada de lo que tocó.

El departamento de Beto estuvo cerrado y vacío durante varios meses. Gretel no se animó a entrar. Decía que no terminaba de acostumbrarse a que no estuviese más ahí. Decía que se podría morir de tristeza. Mi viejo, el Mago, tampoco encontraba motivos para ir. El resto de la familia se olvidó de él. Dejaron que se venciera el alquiler hasta que un día llamó el nuevo inquilino para que sacáramos las cosas. Gretel ya había sido internada en un geriátrico de la avenida Directorio. Fuimos a visitarla un par de veces y siempre me daba plata para que le comprara cigarrillos. El día que volvimos al departamento la única diferencia que encontramos fue una fina película de polvo que se había adosado a todas las cosas. A la última taza dónde se había tomado un café y permanecía aún en la bacha. A los sillones y los libros sobre la mesita de luz. Al maletín dónde guardaba sus instrumentos de fonoaudiólogo. Metimos todo en cajas, medio a la marchanta, porque sabíamos que todo terminaría siendo parte de una donación. No porque fuésemos buenos, sino para olvidarnos de él lo más rápido posible. El Mago me dijo que separara las cosas que me podían servir. Beto no había dejado nada de valor. Mi viejo consideraba que era justo que nos quedáramos con lo pudiéremos usar, porque en un alto porcentaje, las había pagado él. Separé algunos libros de Wilde; algunas novelas raras, supongo que best sellers de los setenta que nunca leí; tres cassettes, uno de Aretha Franklin, otro de Etta James y uno de Charles Aznavour; manuales para la cristalización de las sales; y una batería completa de libros de yoga. La ropa la regalamos toda a la Iglesia de Caacupé y los muebles fueron a parar a la casa de un amigo del Mago, que terminó estafándolo y vendiéndolos. No hay mucho más.

***

Ahora que la taza de té está vacía, que nadie camina a lo largo del malecón y el río parece haberse alejado un poco, pienso que debería rearmar los retazos de vida de mi tío Beto, elegir los que más me gustan y montar una ficción en la que nadie muere de tristeza. Tal vez, podría inventar las razones por las que se sentía así de triste y escribir otra historia, una que se asemeje a la verdad. Pero no la conozco. Podría, también, hablar con mis primos, pero no tiene mucho sentido. Creo que ya ninguno se acuerda de él. Prefiero imaginar esas bacterias microscópicas que le fueron sondeando las venas hasta coparle, implacables, el último rincón de sus células. Prefiero aceptar los retazos de verdad y unirlos como se me da la gana, porque así me es más fácil creer que Beto sí murió de tristeza.

*Autor
Yair Magrino (Buenos Aires, 1982), ex publicista. Wing derecho y mala leche. Dirigió un Centro Cultural en el living de su casa. Es integrante del Grupo Alejandría. Publicó dos libros de cuentos: Porcelanas (Milena Caserola, 2011) y Apuntes de Taxidermia (Colección Alejandría, 2013). Su novela Wonderboy espera en los últimos cajones de algunos editores. El autor no pierde las esperanzas.