Chan
José Fraguas


Cuando el señor Li tuvo a su primera hija se entristeció un poco porque deseaba tener un varón. De todos modos le puso un nombre poético: Chan Chan, “susurro”. Pero fue un presente griego porque algunos años después, cuando la familia Li emigró a Argentina en busca de mejorar su economía, el delicado nombre de su hija se convertiría en una herramienta de tortura en manos de sus nuevos compañeritos de colegio, que no paraban de llamarla “chan chan” imitando el sonido de los últimos acordes de los tangos.
El señor Li encargó la carta astral lunar de Chan y leyó con agrado que los astros auguraban que su hija podía hacer prosperar la fábrica de fideos familiar. Pero desde muy chica, Chan sentía que su mundo no era el de los negocios. Disfrutaba dos cosas: cuidar niños y acompañar a su abuela a ceremonias religiosas. Cuando muchos años después descubrió que en la época en que ella nació los relojes habían sido adelantados por el horario de verano, volvió a hacerse la carta y se sintió confirmada cuando supo que Júpiter la inclinaba más bien a lo espiritual e inmaterial.
Chan tomaba con extrema seriedad el cuidado de sus numerosos primos, a quienes se pasaba cambiando y transportando aunque fueran apenas un poco más chicos que ella. Se ocupaba también de su hermanito, que nació dos años después que ella para alegría de sus padres que le pusieron Shaiming, “luz del sol”. Aunque estaban casi todo el tiempo en la fábrica, el señor y la señora Li seguían muy de cerca el crecimiento de su hijo y destacaban la capacidad de Chan para cuidarse sola.
Los hermanos terminaron la escuela primaria y cursaron la secundaria en Argentina. A Chan le iba mejor pero los logros de su hermano eran siempre la noticia. Antes de que terminaran, el señor Li, pensando en el progreso de la empresa, ya tenía decidido qué carreras iban a seguir. Chan tuvo que estudiar Técnica en alimentos en la universidad pública y su hermano Comercio internacional en una privada. Como también se vio obligada a trabajar en la empresa familiar, Chan intentó conciliarlo con por lo menos una de sus vocaciones: “Voy a ser la mamá de esta empresa”, pensó. Pero aunque se esforzaba las ventajas de las que gozaba su hermano la desalentaban. El padre le decía a su hijo: —Si conseguís un descuento te quedás con la diferencia. Y a Chang: —Si llego a pagar un centavo de más te lo descuento de tu sueldo.

Un día que parecía como cualquier otro, Esteban, el encargado de la distribución de los productos de la fábrica del señor Li, apareció con su hijo. Apenas Chan lo vio quedó fascinada. ¿Quién era ese chico? Valentín, el hijo de Esteban, no era una respuesta que la satisfacía. El nene hizo un dibujo y se lo regaló. Chan pensó: “¿Por qué hizo este dibujo?, ¿por qué me lo regaló a mí? Esto es rarísimo.”
Cuando llegó a su casa pegó el dibujo de Valentín en su habitación de manera que pudiera observarlo desde su cama. Lo estudió durante varios días como si esos garabatos pudieran explicarle qué le estaba sucediendo. Lloraba, no podía dormir, se deprimía y estaba contenta al mismo tiempo. Recordó que una amiga de la colectividad la había invitado “casualmente” a que consultara a una especialista en vidas pasadas. Y con la ayuda de la mujer pudo reconstruir la historia.
En realidad, las señales o, como ahora entendía, los “recuerdos”, habían comenzado antes, cuando Chan era muy chica. Soñaba todo el tiempo con explosiones y con la cara de un bebé. Cuando despertaba seguía su vida de niña. Pero el bebé volvía a aparecer una y otra vez. Llegó un momento en el que dijo: — ¡basta de esa cara de nene! La hacía sentir cruel porque tenía ganas de ahorcarlo. Ahora sabía que se trataba de un hijo que había tenido en otra vida. Su alma había vivido en el cuerpo de una vietnamita que en la época de la guerra tuvo un hijo con un militar francés. Como no podían irse los tres, le pidió a su marido que se lo llevara, para que el bebé tuviera una vida mejor. Pero justo cuando estaban decidiendo eso, cayó una bomba y murieron los tres. Ahora el alma del bebé vietnamita vivía en Valentín.
Chan se sintió aliviada pero en seguida comenzó a atormentarla una nueva duda: “¿se acordará de mí como me acuerdo yo?” Sólo había visto a Valentín una vez, y aunque no pretendía que la reconociera conscientemente, necesitaba volver a verlo para preguntarle. Sintió que la proximidad del año nuevo chino tampoco era casual. Decidió, para sorpresa de sus padres, festejarlo “con amigos”. Invitó entonces a los padres de Valentín a su casa y, para despistar, a otras cuatro parejas.
Chan no veía la hora de que fueran a la casa, pero antes estuvieron en la calle Montañeses viendo pasar el enorme dragón de tela. La madre “de esta vida” de Valentín, que era bastante petisita, tuvo que hacer un esfuerzo extra para tocarlo. Chan dijo: —Es increíble que la gente crea que va a tener suerte por tocar el dragón.
Finalmente fueron para la casa. Chan ya había preparado la mesa. Cuando lo hacía pensó: “es pedirle demasiado a la vida que Valentín se siente a mi lado”. Así ocurrió pero además tuvo la suerte de quedar en un momento a solas con el nene en la cocina. Era la oportunidad que ella estaba esperando, le preguntó: —Valentín, hijo mío, ¿te acordás de quién soy? El nene la observaba atentamente y cuando pestañeó Chan sintió que respondía afirmativamente. Entonces continuó: —Quiero decirte que no puedo volver a verte en esta vida, pero no te preocupes, voy a estar bien.
Valentín volvió a la mesa. Y esa noche, cuando todos se fueron, Chan rompió en mil pedazos el dibujo del chico.
Unos días después, cuando estuvo más tranquila, Chan le contó todo a su casi única amiga occidental, Jésica, quien muy probablemente había sido su hermana en otra vida, y le explicó: “Esto me pasa por haberle dicho al padre que se lo lleve. A veces los chicos prefieren el cariño de una madre al bienestar material”.

Poco después, Chan comenzó a establecer un intenso y ambiguo vínculo con Roberto, uno de los proveedores de la empresa. Él era bastante más grande y un día dijo al pasar que qué afortunado sería el que tuviera una esposa tan trabajadora como ella. Esas palabras quedaron grabadas a fuego en la mente de Chan que analizó infinitas veces ese enunciado. Como él no hablaba de su familia, cosa que le resultaba por otro lado bastante sospechosa, Chan no sabía si la estaba comparando con una esposa real o lo decía como alguien que realmente andaba necesitando una.
Cuando se lo contaba, a Jésica todo le parecía muy impreciso y se impacientaba:
—¿Cómo es el trato?, le preguntó.
—El trato es cordial, es semanal, contestó Chan.
—¿Pero están de novios o no?
—Creo que no, respondió.

Más allá de lo que pasara, Chan intuía que se amaban pero que algo que no tenía que ver con ellos interfería y volvía imposible la relación. Decidió entonces acudir nuevamente a la especialista en vidas pasadas. Ésta se sintió desconcertada al ver que Chan estaba mucho más convencida que ella de lo que le había dicho y decidió derivarla. Le dijo: —Yo no puedo con tantas vidas, te recomiendo a una colega. Con la nueva mentalista lograron remontarse hasta el 1500. En esa época Chan era la única hija de la esposa principal del hermano del emperador. Uno de sus primos, cuya alma vivía ahora en Roberto, estaba perdidamente enamorado de ella. Chan lo rechazó y él quedó tan desconsolado que su tía ideó una estratagema para ayudarlo. Unos ninjas atacaron a Chan y, aunque solo la hirieron, su primo creyó que ella había muerto. Fue un dolor muy grande, pero menor que el del rechazo.
Ahora podía entender por qué, aunque querían, no podían estar juntos. Pero increíblemente unos días después de la consulta, Roberto la invitó a salir. Fueron a tomar algo después del trabajo y él, antes de ni siquiera haberse dado nunca un beso, le propuso matrimonio. Chan respondió que quería pensarlo y cuando unos días después iba a responderle afirmativamente, él le dijo que mejor lo dejaran así. Chan pensó: “No puedo culparlo, es más fuerte que él.”
Dejaron de verse porque Roberto cambió de trabajo y a Chan le llegó el rumor de que lo habían visto mucho en el bingo. Pero a veces él la llamaba por teléfono a la madrugada y le decía que estaba desesperado: —Voy a morir esta noche, vení por favor a cerrarme los ojos. Otra noche le dijo: —Tengo el celular en la mano, si me muero te llamo.

Chan creía que ella sabía mejor que él por qué estaba tan desasosegado. Roberto se sentía tan mal porque había “despertado”, empezaba a “recordar” aunque aún no era del todo consciente que ella había sido la mujer que tanto lo había hecho sufrir en otra vida. Y aunque la tratara bruscamente, Chan esperaba ansiosa sus llamados. Después de hablar con él quedaba bastante perturbada, pero la excitaba saber que a través de Roberto estaba hablando por teléfono con una conciencia del siglo XVI. Pero un día dejó de llamarla. Chan entonces lo llamó para pedirle un dinero que le había prestado. Él se lo había pedido diciéndole que lo necesitaba para pagarle al médico que atendía a la madre. Otro día le dijo que en realidad lo había usado para reponer una plata que había faltado en la empresa y que si se descubría lo culparían a él. Chan le dijo: —Está bien, podés devolvérmelo en cuotas. —Me querés volver loco, le contestó Roberto.
Aunque Chan creía que ningún sufrimiento era inútil y que toda esta situación seguramente le estaba enseñando mucho, aceptó por fin la sugerencia de su amiga Jésica y fue un tiempo a un psicólogo occidental. Él hablaba muy poco y no emitía ningún tipo de opinión acerca de las historias de vidas pasadas. Solo mostró un poco de asombro el primer día cuando luego de presentarse Chan le dijo: —No sé por dónde empezar, es una historia que dura mil años. Pero las cosas que le decía el psicólogo no la convencían para nada. De todos modos estaba segura de que por alguna razón ella había terminado ahí así que luego de dos meses abandonó la terapia decidida a llevar a la práctica algo que como una suerte de consejo deslizó más de una vez el analista: “poné la energía en otra cosa”.
Pensó que era mejor ocuparse de algo concreto y cercano, se abocó entonces a la casa y a la empresa familiar. Competía con Bety, la señora que hacía la limpieza, que casi siempre encontraba parte de su trabajo hecho. —La tengo cortita, decía Chan. Dejaba que se ocupara del cuarto en el que tenían el altar porque a Bety le gustaba ordenarlo y prenderle sahumerios a Buda. Chan pensaba que toda acción es una oportunidad para aprender. Recordaba las palabras de su abuela sobre el cuidado con el que hay que tratar todas las cosas. —Si uno lava mal un plato le está faltando el respeto, decía.
También se hizo cargo del cuidado de las mascotas. Le gustaban mucho los animales excepto las palomas que le generaban un temor descontrolado. Aunque no lo tenía muy claro, sospechaba que ese terror venía de haber sido cazadora en otra vida, probablemente en Inglaterra. Pero se llevaba muy bien con la gata y los dos perros que tenían. Ponía tanto empeño en la tarea que una de las perras llegó a vivir 28 años. Cuando murió, ella y Shaiming, su hermano, fueron los encargados de enterrarla. En el momento en que su hermano intentó mover el cuerpo para ponerlo en la fosa que habían cavado en el jardín se dieron cuenta que estaba durísimo. Chan leyó entonces un sutra y rogó para que el alma del animal eligiera un buen camino. Luego dirigiéndose al cuerpo del animal dijo: —Por favor, necesitamos tocarte. La gata y el otro perro presenciaron inmóviles toda la ceremonia. Cuando terminaron Chan pensó: “Sé que el día de mañana me lo va agradecer”. Y esa idea le dio ánimo y un poco de temor.
El momento de esparcimiento llegaba a la tarde cuando veía las telenovelas que pasaban los canales taiwaneses que emitía la televisión satelital. Más que la trama le interesaba el vestuario de época que usaban los personajes femeninos en las series ambientadas en diferentes períodos de la historia de China. Además de disfrutarlo, le parecía útil porque cuando se le presentaban imágenes de alguna de sus vidas anteriores podía determinar el momento histórico por el peinado o la ropa que llevaba. Sentía una clara predilección por la moda de la dinastía Song, polleras largas y chaquetas con mangas largas y cerradas hasta el cuello. No le gustaba para nada el estilo de la época Tang con escotes y transparencias. Chan usaba generalmente la misma ropa semiformal y oscura, aunque de vez en cuando se ponía un pullover de un rabioso color coral. Ella no tardaba mucho tiempo como sabía que hacían otras chicas para decidir qué ponerse para salir pero pasaba largas horas pensando cómo habría estado vestida en sus otras vidas.
Seguía además religiosamente una telenovela budista ambientada en la actualidad. El budismo aparecía en que el protagonista, un médico con dos esposas, una propia y una heredada de un hermano que murió joven, trabajaba en un hospital dirigido por monjes budistas. Por momentos Chan pensaba que debía dejar de verla porque pensaba mucho en los personajes y le era casi imposible aquietar las emociones. Un día se descubrió preocupadísima por la situación en la que había quedado el protagonista la última escena del capítulo del día anterior. “Dos mujeres que lo dejan, hijos llorando, es demasiado” pensaba Chan. Admiraba particularmente a una de las actrices, Hen Xian. Le parecía que tenía una belleza creíble y lograba mantener un perfil bajo aun siendo protagonista de una de los programas más vistos en todo Asia. Sentía que tenía cosas en común con ella, hasta se encontraba un poco parecida físicamente.
También puso mucha energía en la empresa. A diferencia de sus padres Chan además de hablar chino tenía un español casi perfecto de modo que podía negociar con chinos y argentinos. Diseñó y redactó un prolijo y elegante catálogo con los productos de la fábrica y se interiorizó en las tendencias del mercado de pastas secas. Aunque lo pensaba no decía que ellos producían los mejores fideos. Cuando alguien comparaba sus productos con los de otra empresa de la colectividad simplemente señalaba: —Ellos privilegian el precio, nosotros, la calidad.
Pero aunque trabajaba mucho, las relaciones con el señor Li no mejoraban. Tenía que descubrir por qué se llevaban tan mal. “Seguramente en otra vida él fue soldado y yo capitana”, pensaba. Ponía en práctica estrategias para tratarlo bien. Imaginaba que era el padre de otro. O intentaba conmoverse pensando que su padre era instrumento de las fuerzas del universo que fueron las que realmente decidieron que él emigrara Argentina porque ella, aunque todavía no sabía bien por qué, tenía que estar en Buenos Aires. El señor Li no reconocía sus esfuerzos y Chan tenía que luchar para cobrar algo de sueldo. —¿Para qué querés plata, le preguntaba, si vos no tenés deseos? Las cosas se agravaron aún más un sábado a la tarde. Chan se había quedado con otro empleado para preparar unos pedidos para la semana siguiente. A las cinco de la tarde apareció su madre y le dijo: —¿Para qué hacés tanto esfuerzo? ¿no sabés que todo esto va a quedar para tu hermano?
Chan no pudo escuchar lo que dijo la señora Li después de esa frase. Quedó anonadada y solo después de un rato le empezaron a doler esas palabras. Se fue a su casa y estuvo todo el domingo devanándose infructuosamente los sesos en qué podía hacer. Pero el lunes a la mañana le llegó de algún lado un recuerdo que le fue de muchísima utilidad. Alguien le había comentado que se podía ingresar a un monasterio budista que quedaba en Almagro. Recordó también un sueño que había tenido muchas veces. Estaba en un lugar montañoso y aunque no podía decir en cuál, sabía que en lo alto de una montaña había un templo en el que vivía un monje que la estaba esperando. Quizá todas las dificultades habían sido la encrespada montaña que había tenido que ascender y ahora solo le quedaba golpear las puertas del templo.

Sus padres no hicieron mucho por retenerla y su lugar en la empresa fue rápidamente ocupado por la novia de su hermano. El monasterio budista estaba organizado por una fundación internacional y aunque las autoridades dudaron bastante antes de admitirla vieron con agrado que Chan aunque era algo extraña sabía hacer las cosas rápida y eficazmente. Como las otras aspirantes debía ocuparse de la limpieza del edificio que tenía varios pisos y muchos recovecos. No pudo evitar pensar si no le habría convenido quedarse en su casa. Encima cuando la abadesa pasaba a revisar nunca quedaba conforme. Chan comenzó pronto a desanimarse aunque se consoló un poco cuando anunciaron que les repartirían unos trajes para que usaran en las ceremonias. Cuando finalmente se lo pudo probar estaba exultante. Quizás porque era nuevo, pero le pareció hermoso. Era largo, tenía una pequeña cola y sentía que le quedaba perfecto, que misteriosamente había sido confeccionado a medida. Chan no quería sacárselo y también le costaba doblarlo. Sus compañeras tomaban esa torpeza para estimular sus creencias acerca de un pasado noble. —En tus otras vidas debiste tener mucha gente que hiciera las cosas por vos, le decían.
Una noche Chan oyó ruidos en el piso de arriba como si estuvieran buscando cosas en los muebles. Allí estaban las habitaciones en las que dormían algunas de sus compañeras así que al día siguiente les preguntó qué habían estado haciendo. Las chicas la miraron sorprendida hasta que una de ellas dijo: —Pero claro ¿no se acuerdan que empezó el mes siete? Se abrieron las puertas del infierno. Durante todo el mes los fantasmas hambrientos, almas errantes ni tan malas para ir al infierno ni lo suficientemente buenas para renacer, iban a circular por todo el edificio excepto en el templo al que tenían prohibido el ingreso. Ahora Chan entendía también de dónde venía el olor desagradable que había sentido esos días. “Limpio los pisos con Poett, repaso los muebles con Blem ¿por qué hay ese olor a podredumbre?” pensaba Chan. Eran ellos, habían comenzado, como les gustaba hacerlo, a instalarse en los rincones.
Cuando Chan ingresó al monasterio se postuló como aspirante a monja y durante las primeras semanas estuvo prácticamente convencida de que era lo que tenía que ser en esta vida. Pero nunca dejó de tener dudas. Pensaba que qué grave sería que se estuviera equivocando y renunciase a reencontrarse con su verdadero amor, el que había sido su esposo y padre de su hijo. Además, cada vez encontraba más semejanzas entre la fundación y la empresa de su padre y su relación con la abadesa empeoraba. Decidió que lo mejor sería que se convirtiera simplemente en una estudiosa de los sutras, las palabras de Buda, una Bodhisattva laica que podía perfectamente casarse y tener hijos. Cuando comenzó a vincularse con Lucas, el diseñador gráfico que trabajaba en el monasterio, ya no tuvo dudas que ése era claramente el camino que se le estaba señalando.
Un día Lucas se ofreció a llevarla en su auto hasta el banco donde Chan tenía que hacer unos trámites que le había encargado la abadesa. En el camino él le comentó que una vez había tenido el proyecto de estudiar chino pero que se desalentó cuando le dijeron que tendría que dedicarle aproximadamente veinte años. Chan se sintió tan distendida en el auto que empezó a sospechar que no era la primera vez que viajaban juntos y empezó a visualizar un antiguo carruaje. En el banco tuvo que hacer una larga fila y cuando salió la sorprendió gratamente que Lucas seguía ahí. Él no se imaginaba que iba a tardar tanto y se arrepintió cuando vio que tardaba pero por alguna razón esperó y le dijo además que la podía llevar de vuelta porque el monasterio le quedaba camino a su casa. Esa tarde Chan estuvo particularmente abstraída, solo quería que la dejaran a solas con sus pensamientos.
Unos días después Chan apareció en la oficina en la que trabajaba Lucas. Le entregó un cd que contenía un curso básico de chino. Lucas quedó desconcertado. Tardó un poco en acordarse que le había comentado a Chan que una vez había querido estudiarlo. Además ahora veía ese proyecto como algo completamente ajeno pero trató de mostrarse agradecido. Chan aprovechó la ocasión para estudiar su escritorio, en particular una foto que tenía en un pequeño portarretratos. Solo logró ver un par de amplias sonrisas.
También comenzó a llevarle al mediodía comida de la que cocinaban para los monjes. Lucas dudaba un poco, pensaba si no estaría generando una deuda que no iba a ser capaz de pagar. Pero la comida estaba tan rica que no solo se devoraba las porciones, se tomaba también el termo entero con té verde que le traía. Chan le aclaraba que ella lo hacía desinteresadamente, como una buena acción ofrecida al universo.
Poco después Chan cumplió años y cuando le avisaron a Lucas que le estaban organizando un pequeño festejo no sintió ganas sólo la obligación de pasar un momento para retribuir de algún modo todas las atenciones que le había hecho ella. Buscó en su casa algo para llevarle y encontró una lata de galletitas danesas que le habían regalado para navidad. Se fijó que no estuvieran vencidas y aunque la lata tenía un Papá Noel le pareció que no estaba tan mal. Cuando se las entregó Chan le dijo: —En Taiwán, estas galletitas las regala el novio cuando va a la casa de la novia a pedir su mano. Lucas tragó saliva y las compañeras de Chan entraron con la torta cantando el feliz cumpleaños. Ella les pidió medio bruscamente que hicieran silencio y estuvo casi cinco minutos pensando los deseos antes de apagar la vela.
Chan se regaló a sí misma una visita a la especialista en vidas pasadas. Como suponía, no era la primera vez que se cruzaba con el alma que vivía en Lucas. Por intermedio de la mentalista descubrió que aproximadamente en el 1100, una época muy convulsionada, en medio de luchas y saqueos, ella estaba yendo con su nodriza y una doncella a la casa de la familia materna. Fueron atacadas y sus acompañantes fueron capturadas, pero ella logró escapar gracias a la ayuda de un joven licenciado. Tuvieron que correr y ella se torció un tobillo entonces él tuvo que cargarla. Por esa razón cuando lograron refugiarse en una ermita debieron casarse porque así lo ordenaba la ley en esa época cuando un hombre entraba en contacto físico con una mujer. Se quedaron a vivir bastante tiempo en ese templo y el monje que los casó les enseñó también medicina y cocina vegetariana.
Chan sólo se lo contó a su amiga Jésica a quien volvió a ver después de mucho tiempo. Luego de escuchar su relato, le dijo:
—¿Pero vos no tuviste ninguna vida tranquila, común y corriente?
—Si la tuve no la recuerdo, le contestó Chan.
—¿Y dónde estuvo tu alma entre esa vida y la del 1500?, le preguntó Jésica.
—Eso me gustaría saber a mí, respondió.

Pero Lucas no solo no parecía acordarse de nada sino que estaba cada vez más huidizo. Cuando lograba verlo Chan intentaba mirarlo fijo porque sabía que era el modo en que las almas que estuvieron juntas en otras vidas se reconocen. Él se inhibía y ella interpretaba ese gesto como una prueba confirmatoria. Un día Chan entró a la oficina cuando Lucas le estaba comentando a un compañero que por estar tanto tiempo frente a la computadora le dolía mucho la espalda. Ella se ofreció de inmediato a hacerle un masaje en la mano. A él le pareció muy descortés negarse y se la dio. Ella apretó con mucha fuerza en algunos puntos clave, él sintió un dolor insoportable.
Poco a poco Chan fue renunciando a la esperanza de que él finalmente la reconociera y se fueran juntos del monasterio. Hablaba de vez en cuando por teléfono con su madre y ésta la invitaba a que volviera. Estaba casi decidida a irse, pero la abadesa se adelantó y le pidió que se fuera. Le dijo que era muy orgullosa y que se llevaba demasiado bien con el personal administrativo. “Mejor estudio los sutras en mi casa” pensó Chan. Poco tiempo después el monasterio se incendió. A Chan, como a algunas de sus ahora ex compañeras, no la convenció la explicación de que había sido provocado por un desperfecto eléctrico. Sabían que el origen de las llamas era la ira desatada de la abadesa.

Chan volvió a la casa familiar y pronto consiguió trabajo en un colegio de la colectividad para darle clases de chino a los chicos. Le tocaron los de seis años. Comenzó con mucho entusiasmo. Las clases eran los sábados a la mañana y los viernes se iba a acostar temprano porque quería estar espléndida. Los niños le decían: —Seño, te reamo y —Sos mi mamá. Otros solo le abrazaban la cintura. Chan pensaba: “Posiblemente las maestras de primer grado somos el primer gran amor de estas criaturas”. Algunos se quejaban, decían: —Seño ¿por qué hablás tanto? Y antes de irse a sus casas los chicos se agolpaban en el escritorio para que ella les pusiera el sellito de “premio” en la mano. Chan quedaba tan agotada que a veces se confundía y usaba el que decía “esfuérzate más”.
No se llevaba bien con las otras maestras. A sus compañeras les caía mal que insistiera con que sus alumnos estaban muy adelantados. Chan prefería no indagar qué tipo de relación había tenido con ellas en sus otras vidas. Con los padres de los niños tampoco se llevaba muy bien. A ellos le parecía demasiado exigente y para Chan no acompañaban como era debido el aprendizaje de sus hijos.
Los padres de Chan  no estaban muy conformes con el trabajo de su hija y los preocupaba que siguiera soltera. Ella les había prohibido intervenir, les dijo: —Si me arreglan un casamiento van a tener que casarse ustedes. Pero la madre no perdía la oportunidad y cuando muy de vez en cuando su hija iba a la casa con algún amigo hablaba de unas tierras que la abuela le había dejado a Chan en Taiwán.
Un sábado a la noche, luego de una larga siesta, Chan se despertó con un ánimo inmejorable. Pensó que hasta ahora se había encontrado con hombres con los que tuvo relaciones complicadas aquí y en sus otras vidas. Lo de Vietnam había sido demasiado trágico. Con el joven licenciado del siglo XII no había podido tener hijos. Posiblemente había enviudado y conocido luego a su verdadero amor con el que tuvieron en esa oportunidad poco tiempo para estar juntos. Pero se reencontraron en el 1500 y fueron felices aunque debieron esconderse por temor a su primo que la creía muerta. Se sintió optimista y tuvo la absoluta certeza de que pronto se volverían a ver en esta vida. Decidió entonces escribirle una carta:

Querida alma compañera, quien quiera que seas, hola. Cada uno de nosotros ha experimentado muchas cosas en sus vidas por separado desde la última vez que nos vimos, hace quinientos años. No te preocupes, fue necesario para nuestro crecimiento personal. Cuando nos reencontremos te contaré que recordé que ya habíamos vivido otra vida antes de la que pasamos juntos. Sigo aprendiendo de las enseñanzas del maestro Buda y te aseguro que he sido muy valiente durante todos estos años. Quisiera contarte todo lo que me pasó en estas vidas, pero dejaré que me cuentes primero. ¿Cómo vamos a saber que somos nosotros? Mirándonos a los ojos profundamente para recordar la manera en que nos mirábamos antes. Nuestros corazones latirán fuertemente y entonces lo sabremos ¿Hacemos así?

*Autor
José Fraguas nació en Avellaneda. Estudió Letras y Filosofía. Trabaja como docente e investigador en la UBA y en la UNGS. Desde 2003 es editor del sello independiente Cencerro (www.editorialcencerro.blogspot.com). Publicó Señora grande (Casa Nova, 2011) y participó de la antología Cuaderno Nuevo (Blatt & Ríos, 2012).