Arriba, abajo
Luciana De Luca


Uno, dos, tres, cuatro, me raspo con el salpicret (salpicret o salpicred?) de la pared, cinco, seis (los escalones están sucios de huellas, de pies y hacen mucho ruido), mamá se va a despertar y va a gritar “abajo, abajo, a tu cama” y yo tengo que doce, diez, nueve, ocho, raspón en el codo, el descanso con dos tablas en v, superpuestas, montadas, las baldosas bordó, mi cama destendida y los bichos que me obligan, te prometo que me obligan a hacer, de nuevo, uno, dos, tres, descanso, me sale sangre, poquita, del codo, el entrepiso y los libros de papá, envueltos como alfajores (de día juego a ponerles sabores: Goethe es de dulce de leche. Hay libros de frutilla, de pera y hasta de carne). Los ronquidos suben y bajan colgándose de las vigas, burlándose del sueño de los ajenos, la puerta está entreabierta, tengo que tener cuidado con el almohadón que siempre está al pie de la cama, chinelas negras, gigantismo de pie, con peluche gris adentro, los pies de papá, las pantorrillas, recién ahí aparecen las piernas de mamá, que es más baja. Las colas tapadas por las sábanas, el calzoncillo de mi papá es naranja y de verano, mamá en camisón todo arrugado, las panzas de los dos se miran tuertas, los ombligos que espían con malicia, los pelos de papá le trepan hasta la garganta, en mamá un bretel sedoso y celeste caído hasta el antebrazo, parece una muñeca que ya aburrió, que no tiene más gracia. Mamá tiene el cuello enroscado, la boca para abajo, como si llorara, parece que estuviera mal hecha; los ronquidos de papá le vibran en la cara, los dos con los ojos cerrados, los dos despeinados. La mano de mamá arriba de la cabeza, como una vela, un timón, o un radar (busca tener mejores sueños), los brazos de papá en cruz, colgando hasta el piso, flojos, apagados. Deben respirar el mismo aire, papá se lo pasa a mamá: una pelota invisible; papá exhala y mamá inhala y comparten el aire. Las narices se tocan casi, podrían chocárselas y que salga sangre y mañana despertarse asustados ¿qué pasó? y pensar -como yo sueño casi todas las noches- que alguien quiso degollarlos mientras dormían. Hay espacio para que me acueste al costado, total la baranda de la cama es grande, o me armo una cama con los dos almohadones de limón enormes y gordos, el piso hace gritos, grietas, chirría fuerte mi nombre, me acusa, dice acá está con voz de machimbre barato, mamá se mueve y tuerce más el cuello que parece de chicle o de ahogado, papá ronca más fuerte, me quedo inmóvil. Se callan todos los grillos, a lo mejor ya están arriba, me siguieron hasta acá. Miro el piso, miro abajo, tengo poderes, se ve algo brilla, algo que dejaron en la mesa de la cocina, dejaron algo que brilla porque por las rendijas del machimbre veo un ojo que me hace guiños, y abajo está la mesa, no puede haber ojos. Mamá tose, la miro, está despierta y se enoja, se enoja, se va despertando y se da cuenta de que tiene que enojarse, de que ya no está durmiendo, se sienta en la cama y me dice “abajo, abajo, a tu cama. Andate!”. Lo dice tan bajo con tanta furia que no me contengo, me largo a llorar muy fuerte, desbordada, no pienso dejar de llorar nunca más, van a ver los ojos y los bichos y me hago pis encima. Mamá se calla, se ve que no se lo esperaba, y me ve llorar por los ojos y mojar el piso, mira el caminito de agua entre las piernas y el piso. Los grillos se callan de nuevo y escuchamos, mientras papá ya no ronca y habla y dice algo raro, con los ojos cerrados, cómo el pis cae en la mesa de la cocina. Toc, toc, toc, las gotas de pis contra el hule del mantel. Yo miro para abajo, la ranurita, y aunque está todo borroso, alcanzo a ver que el ojo de metal ya no guiña.

Diez, nueve, raspón, sollozo, tropiezo, seis, descanso, y un camino de gotas me sigue hasta el destierro de la planta baja.

*Autora
Luciana De Luca (Buenos Aires) pasó parte de su vida en la provincia de Santa Fe. Publicó cuentos en las antologías Cuentos Raros (Outsider), Brasil, ficciones de argentinos (Casa Nova), El libro de los muertos vivientes (LEA) y poesía para la fundación Victoria Ocampo. En 2013 Milena Cacerola y El 8vo. Loco editaron Las fiestas no son para los niños, su primer libro de cuentos, en la colección Exposición de la Nueva Narrativa Rioplatense.