La felicidad en el Mal
Tomás Otero y Tomás Scoles


Nosotros nos creemos necesarios, inevitables, ordenados desde siempre.
Todas las religiones, casi todas las filosofías, incluso una parte de la ciencia,
atestiguan el incansable, heroico esfuerzo de la humanidad negando
desesperadamente su propia contingencia.


Jacques Monod, El azar y la necesidad.



La ética


En La ética nicomáquea Aristóteles organiza su propuesta ética en torno al problema de la felicidad, su punto de partida es la convicción de que para todos los hombres lo común es perseguir un fin, en el caso de la ética, ese fin que se pretende alcanzar es la felicidad. Cualquier mortal podría, sin vacilar, afiliarse a la propuesta aristotélica y reclamar su derecho a la felicidad. Sin embargo, si hay algo que demuestra en forma expresa ese escrito de Lacan que se llamó “Kant con Sade” (1963) es el asenso de una ética que rige al hombre y que se bautiza la felicidad en el Mal. Con esto no nos referimos al placer más o menos infame que, por ejemplo los héroes de Sade, pueden obtener a costas del sufrimiento o el dolor del otro, ni tampoco a las nalgadas con las que se complace el masoca ante la fusta de su dominatrix de turno, sino que la ética de la felicidad en el Mal origina una forma de habitar el mundo en la que se puede, lisa y llanamente, estar bien en el Mal. Es lo que Freud mismo vislumbró en su “Más allá del principio de placer” de 1920. Allí Freud hace referencia a sujetos que dan la impresión que un destino siniestro los persiguiera, de un sesgo demoníaco en su vivenciar, devenires que corren siempre las mismas fases y desembocan en idéntico destino trágico. Tal vez la figura literaria que mejor lo ilustra es la obra de Tasso en su “Jerusalén liberada”: el héroe Tancredo dio muerte, sin saberlo, a su amada Clorinda cuando ella lo desafió con la armadura de un caballero enemigo. Ya sepultada, Tancredo se encierra en un ominoso bosque encantado que aterrorizaba al ejército de los cruzados. Ahí hiende un alto árbol con su espada, pero de la herida del árbol mana sangre, y la voz de Clorinda, cuya alma estaba aprisionada en él le reprocha que haya vuelto a herir a la amada. A estos fenómenos Freud los concibe bajo el nombre de compulsión a la repetición, nos habla de un “eterno retorno de lo igual” en el que el sujeto ciegamente se dirige a la repetición de un mismo destino fatal.


La ética que rige al hombre no es la de su Bien sino la de su goce, y el goce es una satisfacción paradójica que confina en el más allá del principio de placer. Desde otro ángulo podemos decir que ni la propia autodestrucción del individuo puede llevarse a cabo sin satisfacción, sin una aspiración que encuentra su goce en la ruina de todo goce. Desde “El malestar en la cultura” Freud nos plantea que el programa de la felicidad es irrealizable, por paradójico que suene el ser humano encuentra satisfacción en el Mal, pero cuidado el Mal no es disfrutar de alguna travesura delictiva, transgresora o de orden sexual, es más complejo. No se trata de por qué el hombre tropieza siempre con la misma piedra, sino, por qué, como la leyenda se Sísifo, está condenado a cargar sobre sí, en un movimiento cíclico, siempre la misma roca. La felicidad en el Mal entonces no se reduce a ninguna escena en particular de corte maléfica o vil, sino que es otro nombre de la repetición del Mal que afecta sin tregua a cada uno de nosotros, los hombres. El Mal es entonces esa potencia que, como el imán a las limaduras de hierro, ejerce una fuerza de atracción que nos lleva imperiosamente a franquear los umbrales del principio de placer.


En la época en que las calles de Francia se agitaban bajo el emblema de liberté, égualité, fratenité, eco de la revolución, Sade proclama un manifiesto ético con el famoso título “Franceses un esfuerzo más si quereis ser republicanos” en el corazón de su Filosofía en el tocador, en el que reclama el derecho al goce con el rigor del imperativo categórico, y también, a la moda de Kant, por su pretensión a regla universal. El derecho al goce destrona al derecho a la felicidad que contrabandea la propuesta aristotélica, es de algún modo más honesto. Pero como dijimos antes, el derecho al goce no se reduce al placer pérfido con que los libertinos torturan a sus víctimas, ni la felicidad en el mal se degrada a una eventual escena en que dos partenaires condescienden al contrato masoquista. Tal como lo atestigua la posición del mismo Sade en su biografía quien, lejos de los libertinos que brotaban de su puño, era hostigadamente perseguido por su suegra –un personaje de mucho poder en Francia que había hecho buenas migas con el Rey-, además de hacerse -repetidas veces hasta el hartazgo- encerrar, encadenar y azotar en las mazmorras de la Bastilla, Vincenes y Charenton, donde veía de refilón por la tragaluz enrejada la guillotina que pesaba sobre su nombre (sí, el nombre de Sade había estado en la lista de condenados a la guillotina): pues ni el divino Marqués puede sustraerse al masoquismo primario, en el sentido fuerte del término, que arraiga en los hombres.


El sujeto entonces está embrollado en una repetición que lo trabaja a expensas de la jurisdicción de su conciencia, está comprometido con una cita a ciegas a la que siempre es requerido: con cierta complicidad silente, como atraído por un imán inconsciente, va al encuentro con la cara más mortífera del goce que lo rige por fuera del los confines del placer. Pero ojo, lo que se inscribe en el principio de placer tampoco quiere decir que sea placentero, lo único que quiere decir es que tiene representación, está articulado por la palabra, desde el asco histérico hasta el miedo fóbico están de lleno en el principio de placer, en efecto lo que franquea los umbrales de este principio no se deja capturar por la representación, la angustia por ejemplo, que como dice Heidegger en 1929 “nos deja sin palabras”.


“El sujeto es siempre feliz” (bon heur, buena fortuna, bonheur, felicidad) baja Lacan en 1973. Pues el sujeto, hay que decirlo, tiene buena suerte, aunque vale aclarar, que el sujeto tiene buena fortuna a la luz del goce acéfalo que lo gobierna de inicio a fin. En una complicidad ineluctable con el azar se dirige ciegamente al encuentro con el horror, mejor dicho, con su horror tributario al programa de la felicidad en el Mal. Queriendo alejarse lo más posible, por vías más o menos regias, siempre aterriza en su trauma, o tal vez convenga escribirlo como hace Lacan: con el troumatisme, ya que trou significa agujero y el trauma no es otra cosa que un agujero que horada el campo de la representación. Maldición viene de maledictio en latín que no es tanto un insulto sino que se mal-dice, es decir que no puede decirse sino mal, donde el decir hace agujero. ¿Hace falta evocar a Edipo Rey en este punto, donde lo crucial no es que “mata a papá y se acuesta con mamá”, sino que queriendo escapar al destino trágico del oráculo, lo realiza, y en ese momento no es tanto que se le cae la venda de los ojos, el velo, sino que los ojos se le caen como vendas, como marca del agujero? Está lo que se repite dentro del campo de la representación (re-presentación ya implica un orden de repetición) palpable en la vida cotidiana de cada uno de nosotros, y que no nos despierta mayores sorpresas ya que lo podemos nombrar, dar sentido, dialectizar en un aparato simbólico que tranquiliza, sabemos lo que es, un mal –lo escribimos con minúscula- conocido y hasta a veces necesario. Pero tenemos otro orden de repetición, -que es el que ponemos sobre la mesa en este ensayo-, repetición que definimos como la felicidad en el Mal, y que siempre es una experiencia sorpresiva del orden de lo Unheimliche (palabra que se traduce pésimamente como siniestro u ominoso y que en cuya traducción se pierde la connotación heim que en alemán remite a lo familiar u hogareño), es decir, del goce que habita el sujeto en su más ajena intimidad, o en su más familiar extrañeza.


Por lo demás, sólo podemos hablar de complicidad con ese encuentro accidental y reiterativo en el decurso de nuestras vidas con lo Unheimliche porque, desde Auschwitz hasta la llamada “masacre de Pompeya”, de nuestra posición de sujetos somos siempre responsables empuña Lacan.


Parecería una paradoja decir que somos cómplices de algo trágico que nos sucede por azar, a expensas de nuestra propia voluntad y conciencia, y además a esto le sumamos que no sólo somos cómplices de estas desdichas contingentes, sino también que estos acontecimientos tienen una fuerza de repetición a lo largo de nuestras vidas que, a pesar de estar como sujetos –sujetados- comprometidos hasta la médula en ellos, siempre se presentan bajo la rúbrica del accidente inesperado, sintiéndolos como ajenos y extraños, como si el Mal estuviera afuera, en el Otro, cuando en lo real constituye el núcleo más íntimo e irreconocible de nuestro ser.


Pero ¿Acaso no es en las grietas, en el agujero, de donde puede surgir alguna luz? ¿Acaso las contingencias, el azar que trastorna lo programado subvirtiendo la repetición vana que nos mantiene adormecidos, no son condición de lo realmente nuevo? Decimos realmente nuevo, porque la diferencia no se juega entre todo aquello que tiene representación y puede ser de algún modo nombrable (mire ud. lector todos los objetos que tiene a su alrededor y por más disímiles que parezcan entre ellos no hay diferencia alguna, tienen representación, y aún más, no dejan de ser un artificio que sostienen la ilusión de que ud. también al reflejarse en ellos posee representación), sino que la diferencia que interesa es la diferencia en cuanto tal, aquella que separa a la nada del mundo representable, el vacío del sentido, el ser del ente, lo real de lo simbólico-imaginario.


Gilles Deleuze, como Sade, llevaba el rigor de su pensamiento a la lógica de su vida. Consagró gran parte de su obra al problema freudiano de la repetición, la pulsión de muerte y el vacío, pues casi como una parodia en acto de su obra, se quita la vida lanzándose al vacío por la ventana de su departamento de la Avenue Niel. El suicidio es el único acto logrado afirma Lacan. Pero mucho antes de pasar al panteón de los grandes filósofos, nos dice:


El sujeto del eterno retorno no es lo mismo, sino lo diferente, ni lo semejante, sino lo disímil, ni el Uno, sino lo múltiple, ni la necesidad, sino el azar. (Deleuze. Diferencia y repetición.)



Repetición y diferencia


Hay algo – consecutivo - en el esmero de entonar la realidad. Como un acordeón que respira esforzado y al hacerlo, se encandila y no vislumbra un horizonte que se acerca en vez de alejarse. De presentarse este ofuscamiento, la primera intención deberá ser la de colocar las respectivas posiciones, la del Mal como una despedida no consumada (¿de que podemos despedirnos realmente?) y la del bien como una figura sin tallar o como un tobogán de escape que nos aleja de los enigmas al mismo tiempo que los ahuyenta.


Camino al exilio helado de Voroznhe que los esperaba con los brazos cerrados, Osip Mandelstam escuchaba a su mujer clamar por las condiciones de tal traslado, y, Osip preguntaba: “¿Por que se te ha metido en la cabeza que debes ser feliz?”. Esta crónica narrada por la mujer del poeta, Nadiezhda Mandelstam, en el libro, Contra toda esperanza (1970), puede ser de utilidad a la hora de formular un espacio teórico aspirante a revisar, con un valor argumentativo mucho más que ilustrativo o descriptivo, el orden de repetición que le hace sombra a la esposa del poeta y la apertura hacia un saber-hacer con el azar que le tocó en suerte.


La pareja frecuentó el castigo por parte del régimen soviético situado en el periodo estalinista. El poeta escribió un epigrama feroz dedicado a Joseph Stalin. A partir de esta ofensa, el elefante rojo de la burocracia estalinista perpetuó un plan de cercenamiento y el poeta sobrevivió a la instantánea cólera del asesino por los calificativos y palabras de honor que brindaban a su oído varios de los poetas aceptados por el régimen. Este cometido de camaradería extendió la venganza, por lo que Mandelstam y su mujer fueron torturados durante años por el monumento inmóvil soviético. Comenzaron los allanamientos, luego los vaciamientos, luego los desplazamientos, luego el hambre. Se les permitía vivir solo en ciudades o pueblos que están emplazados a más de 100 kilómetros de una lista de ciudades creada por el gobierno. Sin permisos para extraer de la única fuente existente, el estado, los Mandelstam comenzaron a vaguear hambrientos, trasnochados y paranoicos. Nunca dejaron de perpetuarse en la idea de que algo cambiaría, cada ventanilla que golpeaban, cada reunión en secreto, era un instrumento de cambio que se vería materializado a través de un milagro. La carencia era el castigo elegido, el anhelo combustible. Nadiezhda declamaba: “una vida feliz es la que no precisa de milagros”, y con esta consigna describía el estado en el que vivían, contradictorio, errante y etéreo. Pero la perpetuación, el continuo estar, observada con los ojos de las condiciones sociales, produjo inmovilidad. Se deja leer en el libro cómo la pareja lentamente se despojó hasta de las hojas en blanco y de sus lápices, atormentada por las visitas de agentes escondidos detrás del disfraz de un vecino. En este periodo de expoliación, Nadiezhda se entregaba a largas jornadas en las que repetía fatigosamente de memoria cada una de las estrofas de la obra poética de su amado, para darle un resguardo, para que al menos si fuese borrada de la faz de la tierra, la obra de Osip quede guardada en un lugar de su memoria, hasta allí nos lleva la parodia de la repetición.


Sobre el arresto que llevó hacia la muerte a su marido, Nadiezhda (nombre que paradójicamente significa esperanza) escribió:


¿Por qué nosotros por ejemplo, no saltamos por la ventana, no permitimos que el estúpido miedo nos echara al bosque, a correr hacia fuera bajo las balas? ¿Por qué permanecíamos quietos mirando como revolvían nuestras pertenencias? ¿Por qué siguió Mandelstam dócilmente a los soldados y yo no me lancé contra ellos como una fiera? ¿Teníamos miedo, acaso, del artículo del código que castigaba la resistencia en el momento de la detención? El fin era el mismo en todos los casos, ¿de que podíamos tener miedo? (Nadiezhda Mandelstam, Contra toda esperanza).


Como atestigua la dama, no había ni la menor resistencia ante los pormenores del destino trágico que perseguía a Osip, pero podemos pensar, a primera vista, que ella podría haber elegido otra cosa, otro camino y apartarse del poeta, en pos de un “mejor porvenir”, sin embargo en una complicidad muda con lo accidental –el sujeto es siempre feliz- de las incontables veces que el régimen soviético los hallaban y golpeaban a su puerta, una y otra vez desembocaba en la misma escena fatídica de espectadora del horror, a la que era arrastrada por la situación del poeta detractor. ¿Podía elegir otra cosa? Posiblemente no, el goce que se coagulaba en esa miseria para ella era lo suficientemente fuerte para ejercer un efecto de atracción indomeñable, y el poeta, Osip Mandelstam, fuera de juicio del amor que compartían, un mero instrumento para ejecutar ese rodeo que culminaba siempre en el fango. “La voluptuosidad única y suprema del amor reside en la certeza de hacer el Mal” escribe en algún lado Baudelaire.


En este punto podríamos afirmar que no es en vano transitar el camino del cómo para visitar el por qué.



La creación desde el Mal o lo que nos queda


Padeciendo un sospechoso optimismo, Nadiezhda acompañaba a su marido y atestiguaba cada obra del poeta en su lugar de origen. Ese destino siniestro que los perseguía erguía monumentos en su memoria, donde cada detalle era esculpido en un espacio aparentemente inútil. Aferrada a la jurisprudencia de su conciencia, percibió las circunstancias como una llanura interminable, donde cada nuevo embate contra ellos era el primero de muchos más que vendrían. Nadiezhda nunca dejó de rehacerse entre las aflicciones propias y de su marido y en esa intensidad ajena a sus intenciones arrinconó lentamente sus deseos. “Moriremos antes de quedar ciegos y, además, nos ayudaran a ello”, fue el serenamiento que le propició un amigo pintor al oírla describir las circunstancias que ¿les tocaba? vivir. Su conservadurismo la aferro a la vida desde la indiferencia por su propia vida y con esa calma destacó que no había nada por resaltar, y un día, luego de haberle sobrevivido a su marido, se sentó a escribir y no se detuvo hasta regurgitarla escultura tallada por sus recuerdos. La hipotética falta de talento fue precisamente su mayor talento, la preservación su virtud, las palabras su purga.


Perdurando en aquellas pequeñas ciudades a donde habían sido confinados, Nadiezhda encontró en cada rincón de su vida el eterno retorno de lo igual, y en esa preservación, no encontró más remedio que esperanzarse de que nadie tiene esperanzas, más bien certezas de toparse con la felicidad en el mal. Al enmarcar la obra de la mujer del poeta se delata la posición de Nadiezhda. Poesía viene del latín poiesis: creación, y aún más, Platón define en su célebre asamblea de viejas maricas poiesis como: la causa que convierte cualquier cosa que consideramos de no-ser a ser. De la nada a la palabra, del vacío a la representación. Ya no queda duda de que no hay otra creación que merezca y justifique este nombre sino es la creación desde el Mal. Sí, querido lector, sólo hay creación desde el agujero, solamente desde la oscuridad de un abismo puede surgir un destello de luz, la grieta es condición de lo nuevo, lo demás podrá ser lo mismo, lo semejante, lo Uno o la necesidad –lo que no cesa de escribirse. La creación desde el Mal no es la felicidad en el Mal sino, en el mejor de los casos, una de sus expresiones. ¿Cómo producir el pasaje de una repetición que cuando se presenta, está marcada por el vacío, por la nada y el no-ser, al campo de la palabra? En ella, concluye la introducción hacia la oportunidad de encontrar-se en el Mal desprendiendo la situación de la estrategia, conformando un frente que nos pertenece, aquello que brota del hombre mismo y no es más que nuestro destino. Si bien tanto Freud como Lacan acentuaron fuertemente las determinaciones que padece el sujeto, -sujeto del lenguaje- marionetas del Otro, (“más que poetas somos poemas” escribe Lacan en 1976 haciendo alusión a que somos hablados por el Otro) y también del goce que por más que lejos que nos gobierne es el que nos hace hablar, nunca dejaron de insistir sobre el margen de libertad que puede habitar el hombre cuando se produce un impasse sobre las coerciones de la estructura y la repetición que se sufre como pathos. Tal como lo señala Deleuze el eterno retorno de lo igual es también el azar, el accidente imprevisible que agrieta en una discontinuidad nuestras vidas, pero que al mismo tiempo esa fisura nos ofrece una apertura para hacer con el vacío del no-ser un Nombre, en este caso, Nadiezhda Mandelstam, ya no la esposa de Osip, sujetada a su trágica fortuna, sino una franca poeta y escritora. Si lo que nos queda es elaborar un saber-hacer con el Mal con el que nos tropezamos a lo largo de nuestra vida, damos un paso más allá de Lacan y decimos que de nuestra posición de poetas somos siempre responsables.


(…) es por lo que tantos hombres no reconocieron lo que de ellos salía: les era tan ajeno que, en su espantosa turbación, pensaban que acababa de entrar en ellos, pues juraban no haber hallado antes nada parecido dentro de si. (Rilke, Cartas a un joven poeta).


Por lo tanto, cada individuo es la oportunidad que emerge del proceso de diferenciación entre lo que busca y lo que encuentra, un artesano de su transcurrir cotidiano, un bricoleur de la contingencia, del hacer con los restos que se le escurren a la representación, su propia creación arriando la sabiduría y determinando el peso de cada experiencia, donde no es un saber cristalizado de una vez y para siempre lo que está en juego sino un saber en acto, en el cada vez de ese encuentro fortuito con el Mal, donde se zanja la diferencia como resorte de la creación. La oportunidad es la de hacerlo y la imposibilidad es uno mismo. Sin el Mal no se pretenda el bien, sin infelicidad no se desee sonreír.



*Autores

Tomás Otero (Buenos Aires, 1980). Es psicoanalista y ensayista. Docente de la Cátedra I de Clínica de Adultos y de la materia electiva Usos del Síntoma de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, e investigador de la misma Facultad. Doctorando en Psicología (UBA). Miembro del Foro Analítico del Río de la Plata. Colaborador del centro de investigaciones Psicoanálisis & Sociedad, Barcelona, España. Autor del libro Tres ensayos sobre la perversión (Letra Viva 2013).



Tomás Scoles (Córdoba, 1987). Es documentalista y estudió publicidad en la Universidad de Palermo. Entre otros proyectos, dirige el documental Despertar el Amanecer, filmado en instituciones educativas alrededor de Latinoamérica. Formó parte del equipo que retrató la Aldea Nova Esperanza en el Amazonas brasilero. Participo del proyecto La Rueda de Ixion filmado en Kirguistán, Uzbekistán y China, investigando la vida de los pueblos nómades Mongoles y los desastres naturales provocados por el hombre. Estudiante del posgrado en Sociología de la cultura y análisis cultural del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad de San Martin.