El mal absoluto
Florencio Noceti


Para I. B.

Un malentendido

… y al fondo de mi autoexilio, el más profundo, llega un día un correo. ¿De quién? De Sol Echevarría. No la conozco. Pero eso no significa nada. Yo no conozco a casi nadie. Diego Esteras, de Caja Negra, le pasó mi contacto. A él sí lo conozco. Está armando (ella, no Diego Esteras) un dossier llamado “FIGURAS DEL MAL”. Lo pone así, todo con mayúsculas. Para una revista llamada “No Retornable”. Se acabaron las mayúsculas. Es un malentendido. Como siempre. Y, como siempre, no hay culpables. Llegó a sus manos esa edición de Las Cartas del Mal, entre Spinoza y Blijenbergh, con un apéndice de Gilles Deleuze, que preparé para Caja Negra hacen ya 8 años. Espera de mí algo spinoziano, o peor … deleuziano. Mi pensamiento ya no es spinoziano … ni mucho menos deleuziano. Lo era entonces, creo, no sé cómo, pero ya no. ¿Qué hacer?

Dijo el señor mi padre, hace mucho, y contando con los dedos de esa manera rara que -en mi experiencia al menos- es sólo suya: “A las mujeres; Uno (levanta el pulgar), se les abren siempre las puertas. Dos (agrega al pulgar el índice extendido, en ángulo recto, como hacen los chicos que simulan disparar una pistola imaginaria), se las llama siempre preciosa. Tres (cierra índice y pulgar, formando un circulito, y extiende los restantes dedos de la mano), se les dice a todo que sí.” Le digo entonces que sí a Sol Echevarría, aunque no la conozco. Como no la conozco, no me atrevo a llamarla preciosa. Y por correo no hay puertas para abrir. Así que a medias, pero he cumplido. Voy a escribir un ensayo breve. Ni académico, ni periodístico. El tema es “el mal”. Lo pone así, con negritas. Como en aquella edición que cuidé, hace mucho. Pero yo ya no soy spinoziano … ni deleuziano. Para el caso mejor, supongo, porque ellos dos, Deleuze y Spinoza, sostienen que el Mal no existe. Y la de la inexistencia, como figura del Mal, es bastante desdichada. Yo, al menos, pienso ahora que el Mal sí existe. Estoy seguro de ello.

¿Cómo es que fui -en lo que concierne a este asunto del Mal- spinoziano, o peor … deleuziano? ¿Cómo pude pensar que el Mal no existía? Si el Mal existe. ¡Y cómo! No lo sé. Pero creo que mi error tiene un justificativo aceptable. Desde la más temprana infancia, la señora mi madre eligió poner mi formación en manos de sacerdotes agustinos. El señor mi padre -aplicando siempre las tres reglas que sus antepasados nos legaran- le dijo que sí, la llamó preciosa y corrió a abrirle alguna puerta. Para mí el asunto no fue tan sencillo, pero no me quejo. La cuestión es que mucho antes de estudiar filosofía para enredarme en los argumentos de un Spinoza, o peor, de un Deleuze, en torno a la supuesta inexistencia del Mal, yo tuve que aprender de memoria aquel pasaje de Las Confesiones de Agustín (VII, 12 es la cifra, no necesito confirmarlo, aunque podría, porque el volumen escolar se pudre aún en mi biblioteca), tuve que aprender de memoria -decía- aquel pasaje de Las Confesiones que incluye esta frase clásica: “el mal no es más que privación del bien hasta llegar a la misma nada”.

“El mal no es.” “El mal no es más que privación.” Spinoza y Deleuze están de acuerdo. Y yo lo estaba. Pero hay una diferencia entre ellos y Agustín. Sostiene Agustín que “el mal no es más que privación del bien”. El bien, para él, existe, y lo que llamamos Mal, no es sino su progresiva ausencia … “hasta llegar a la misma nada”. Deleuze aclara el diferendo perfectamente, como es habitual en él. Dice Deleuze en el apéndice cuya edición cuidé hacen ya 8 años: “Si no hay mal, según Spinoza, no es porque sólo sea y haga ser el Bien, sino, al contrario, porque el bien no es más que el mal, y el Ser está más allá del bien y del mal.” Las aclaraciones de Spinoza, como es habitual en él, son un poco más arduas. “Privación” -se lee en la cuarta de aquellas Cartas del Mal- “no es la acción de privar, sino un simple y mero no tener, que nada es en sí mismo porque sólo es una manera de pensar, una entelequia que formamos cuando comparamos una cosa con la otra.”

“El Mal (en sí mismo) no existe.” Lo dice Agustín, lo dice Spinoza, lo dice Deleuze. El primero porque piensa que el bien existe de manera absoluta. Los últimos, aunque en esto Deleuze es mucho más explícito que Spinoza, porque piensan que ni el Mal ni el bien se encuentran en entidad alguna, sino que surgen de una comparación relativa, efectuada por alguien entre dos o más entidades. Aunque por distintos motivos, los tres se equivocan. El Mal existe. Y no de manera relativa, sino absolutamente. Como el bien de Agustín. De hecho sólo el Mal existe. Y lo que llamamos bien, no es más que privación del Mal hasta llegar a la misma nada. Tal vez no convenga descartar la posibilidad metafísica de que haya -además del Mal cuya existencia postulo- un fondo de procesividad neutral. Pero lo indudable es que toda experiencia posible es experiencia -sin más- de alguna efectuación del Mal. Todo intuir, todo sentir, todo pensar termina allí donde el Mal, ausentándose hasta llegar a la misma nada, no constituye ya su referencia.

Lo que llamamos vida, no es más que una cierta sensibilidad, un registro abierto para determinadas efectuaciones del Mal. Posibilidades metafísicas al margen, sólo lo que viene a herir esa sensibilidad, existe propiamente. Ser es ser padecido. El resto es silencio, muerte, indiferencia. Por todas partes el Mal. Absoluto. O su relativa y gradual privación, hasta llegar a la misma nada. Los registros varían, eso sí, como las vidas. Mi sensibilidad -por caso- se orienta al Mal tal y como éste se expresa en la mezquindad endeble de las mujeres y los niños, en la hostilidad abierta de los otros hombres y en la envidia sin recursos de los ancianos. La existencia omnímoda del Mal a mí se me hace patente más que nada, en las relaciones viles que entre sí mantienen todos los antedichos, y en la violencia -física y moral- que ejercen los unos sobre los otros. Ese soy sólo yo. Nadie tiene por qué compartir mi sensibilidad. Pero para todos, por todas partes, sólo se da el Mal. That much I know. Aunque el Mal se diga de muchas maneras.

En el texto interno, a la sazón, tampoco hay otra sensibilidad que la que delata un malestar. De los órganos del cuerpo propio -por caso- nadie ha recibido nunca noticia alguna, como no sean las vinculadas a sus respectivos males. Pero no importa. Dentro o fuera, lo que cuenta es que sólo es y hace ser el Mal. Se equivocaba Deleuze y se equivocaba menos explícitamente Spinoza, y ambos dos lo hacían en el librito que edité para Caja Negra, ocasionando sin saberlo, a la larga, este malentendido. Se equivocaba por otro motivo Agustín en Las Confesiones. Me equivocaba yo por influencia de todos ellos. Y se equivocaba Sol Echevarría al creer que yo me había mantenido siempre en ese error. But I stand corrected: El Mal existe. Aunque claro que del mismo modo en que ignoro cómo pude equivocarme tanto, tampoco sé exactamente cómo fue que salí de mi error. Lo que sí sé es que entre los que no nos equivocamos, o sea, entre los que afirmamos que el Mal es, también hay diferencias, al igual que hay diferencias entre los que se equivocan. Y estas diferencias entre los que sabemos que el Mal existe se expresan principalmente a modo de tres diagnósticos compensatorios para la constatación de tan funesta existencia.

Tres diagnósticos compensatorios

El primer diagnóstico que pretende compensar la innegable existencia del Mal es el que esgrimían, entre otros, los maniqueos, aquellos sectarios astutos a cuya refutación estaban dedicadas en parte Las Confesiones de Agustín. Para un maniqueo el Mal existe, pero sólo en forma relativa, porque existe también el bien, y esa (falsa) dualidad le permite soñar con algún tipo de purificación o catarsis. A través de las latitudes y de las épocas los maniqueos también fueron cátaros. Siempre y en todas partes su destino ha sido el mismo: El fracaso. Ya he dicho por qué. El Mal existe de manera absoluta, nada puede purificarse de él sin al mismo tiempo dejar de ser por completo … hasta llegar a la misma nada. Y en realidad el segundo de entre los tres diagnósticos compensatorios que parcelan el campo de los que no nos equivocamos al menos en lo más fundamental, falla también porque consiste en otra tentativa vana de relativizar la existencia del Mal.

Donde el primer diagnóstico apelara a una supuesta oposición dual con el bien para minimizar al Mal, el segundo -en cambio- lo sueña finito y pasible de ser aniquilado. Es el diagnóstico de esos otros falsarios, los budistas del Tíbet. Sólo sé de ellos lo que cuenta Alberto Laiseca. Me basta para juzgarlos de la forma más severa. Su error es casi tan grave como el de los maniqueos. Cito a Laiseca; Los Soria capítulo 129, página 898, nota: “Esta ceremonia de invocar al Mal para después destruirle un fragmento, la realizaban una vez al año, en Lhassa, los monjes tibetanos. (Ellos contaban con llegar alguna vez a destruirlo por completo, aunque tardasen millones de años.) Ignoro si luego de la invasión de los chinos comunistas habrán continuado haciéndolo en el destierro.” Al existir absolutamente, el Mal nunca se acaba, ni puede ser tampoco aniquilado de ninguna manera.

El último de los tres diagnósticos compensatorios más extendidos entre los que admitimos que el Mal existe, es el único que reconoce el carácter irrestricto e indestructible de esa existencia. Sólo es y hace ser el Mal, pero eso no significa que de él no pueda derivarse gozo alguno. El Mal se expresa para mí, por caso, lo dije antes, en la violencia del hombre contra el hombre. Pocos se atreverán a disputarlo. Y sin embargo esa violencia puede ser disfrutada. Todo es -de alguna manera- en el Mal, pero se da también incluso, la felicidad en el Mal. El secreto consiste en alcanzarla. Se me dirá que es absurdo que el secreto de la felicidad esté contenido aquí, en unas pocas líneas escritas por un desconocido en una publicación marginal. Diré simplemente que si estuviera bajo la entrada correspondiente de la Encyclopédie de la Pléiade, en la pluma de un Brice Parain o de un Raymond Queneau, entonces no sería un secreto. Los secretos son así.

Y en todo caso el hallazgo no es mío. Me fue revelado al azar en la lectura de otras confesiones filosóficas, muy distintas de las de Agustín. El mérito que franceses y alemanes reparten tan ecuánimemente (como sólo saben hacerlo los que reparten lo ajeno) entre el Marquis de Sade y el Ritter von Sacher-Masoch, le pertenece entero a un Suizo -un ciudadano de Ginebra- que los precedió a ambos; el filósofo Jean-Jacques Rousseau, de gloriosa memoria. Si un libro merece ser leído entero (a vosotros os hablo, oh lectores de artículos breves) ese es el de Las Confesiones de Rousseau. Lo cito extensamente, porque no me hago ilusiones. Me concentro -eso sí- en las primeras páginas, en las que Rousseau se explaya acerca de los encantos y los chirlos de su institutriz, la señorita Lambercier, porque convienen al secreto que quiero revelar.

Cuenta Rousseau que cierto día, la bella señorita Lambercier, concretó finalmente la amenaza de encajarle eso que el casticismo horriblemente denomina “nalgada” y que en inglés -mejor- se llama spank: “lo más particular es que aquel castigo me aficionó aún más a la que me lo había impuesto … porque encontré una mezcla de sensualismo en el deber y en la vergüenza del castigo, que me hacía desear recibirlo otra vez de la misma mano. Es verdad que había en ello cierta precocidad instintiva de sexo …” Gozaba el pequeño Jean-Jacques del Mal al que se veía expuesto. Pero aquella felicidad tempranamente descubierta no le sería duradera. Según prueban Las Confesiones, la institutriz también tenía lo suyo: “llegó un día la repetición del castigo, sin culpa mía, a la verdad o al menos sin que me la hubiese yo procurado deliberadamente, y debo en conciencia confesar que aproveché la ocasión. Pero fue por segunda y última vez, pues habiendo ella observado, sin duda por alguna señal, que no lograba el fin que se proponía. Declaró que renunciaba al procedimiento, añadiendo que se fatigaba demasiado. Hasta entonces habíamos dormido en su cuarto y a veces en su misma cama en las noches de mucho frío: dos días después se nos trasladó a otro cuarto y en adelante tuve el honor, que ninguna falta me hacía, de que me tratara como a un adolescente.”

Y sin embargo lo mejor está aún por venir. Sigue Rousseau: “¿Quién creería que este castigo de chiquillo, recibido a la edad de ocho años, por mano de una mujer de treinta, fue lo que decidió mis inclinaciones, gustos y pasiones por todos los días de mi vida y precisamente en sentido contrario del que podría naturalmente imaginarse? Mientras por una parte se despertaron mis sentidos, tomaron tal giro mis deseos que se limitaron a lo que había experimentado.” A medida que se entablaba esa extraña pero dichosa alianza con el Mal de la violencia padecida tan temprano, el joven ginebrino (retomo el hilo de su confesión) “devoraba con ardientes ojos las mujeres bellas que se presentaban a mi fantasía con insistencia, sin otro objeto que gozar a mí singular manera, convirtiéndolas en otras tantas señoritas Lambercier.”

A su disfrute del Mal, el filósofo suizo -que se sabe “dotado de un temperamento ardiente, lascivo, precocísimo”- le llama “ese gusto extraño, siempre vivo, llevado al extremo de la locura”. Pero avergonzado y todo, nunca reniega de él. Lo abraza. Lo asume, con un valor -se diría- que sobre todo en el siglo XVIII resulta digno de encomio: “no sólo pasé la pubertad sin anhelar y sin conocer más placeres de los sentidos que aquel cuya idea me había inocentemente sugerido la señorita Lambercier sino que, cuando ya fui hombre, en vez de desvanecerse con el tiempo mi antigua afición de niño, de tal suerte se asoció a la que me enseñaron los sentidos ya despiertos, que nunca pude separarlas.” El masoquista avant la lettre no se engaña, percibe el Mal detrás de sus placeres, pero aún así corre a su encuentro. Y yo tampoco quiero engañar a nadie, aunque pensé en hacerlo. Las Confesiones de Rousseau, si bien revelan para quien las lea el secreto de la felicidad en el Mal, no tienen para el autor un final del todo feliz.

Cierro mi serie de citas: “Esta locura, unida a mi natural timidez, me ha quitado toda osadía con las mujeres, privado de decirlo todo o de satisfacer mi pasión; no pudiendo la especie de goce, que para mí era un preliminar indispensable, ser adivinado por la persona que podía dispensármelo ni ser usurpado por el mismo que siente tan extraño deseo. Así he pasado mi vida, anhelante y callado, junto a las personas que más he amado. No atreviéndome a declarar mi afición, la entretenía por medio de conexiones que despertaban su recuerdo en mi alma: Estar a los pies de una mujer imperiosa, obedecer sus mandatos y tener que pedirle mil perdones, eran para mi placeres inefables, y cuanto mayor impulso comunicaba mi viva imaginación a mi sangre, tanto más parecía un amante tímido.” ¿Quién puede no simpatizar con semejante confesión? Pero no importa. Lo que importa es lo que Rousseau tiene para enseñarnos, incluso a los que disfrutamos de efectuaciones del Mal acaso justamente contrarias a las que a él lo hacían feliz. La desgracia del maestro no ha de amedrentar a sus seguidores. Sólo el Mal es y hace ser. Pero una alianza con él no es imposible. El secreto de la felicidad está entonces -para cada quien- en aquello que el gran Macedonio Fernández llamase … un fugacísimo deseo de mal …

*Autor
Florencio Noceti es filósofo y docente de la U.B.A. Ha disertado -entre arte y filosofía- en la Fundación Proa, el M.A.C.B.A., los jueves del Palais de Tokyo y los diálogos filosóficos de la Maison de l'Amérique Latin (París). Ha aportado textos críticos a numerosas galerías y publicaciones, tanto nacionales como extranjeras, y se desempeña desde hace más de una década como consultor para artistas y coleccionistas.