El arcangélico Bataille
María Negroni


Bataille es demoledor. En él, como en Nietszche o en Lautréamont, no existe la progresión, todo simplemente se viene abajo (se ilumina) en cualquier lugar. Tomemos la escena inicial de Historia del ojo, en la que un adolescente llega al orgasmo cuando su amiga se sienta a orinar sobre un plato de leche: por sí sola alcanza para inducir una teoría de la vida, confabular una estética y discurrir sobre posibles conexiones entre el deseo, la finitud, la función del tabú y la obsesión con el daño material.


Ningún texto suyo, en este sentido, es prescindible. Entre los "efebos o ángeles homosexuales" que amó y asesinó Gilles de Rais, sobre quien escribió con minuciosidad, y el ensañamiento que recorre su bellísimo breviario autobiográfico --Mi madre-- los motivos pueden variar pero no la fijación. En ambos, el impulso es dar con una soberanía desligada de "la esfera de la actividad", derogar aquello que subordina o condena a contentarse con lo posible, incluido Dios. Sus libros son caminos en un tejido de desarticulaciones, no encadenamientos de sentido para explicar las pulsaciones del mundo.


De Bataille se sabe casi todo: la historia siniestra de un padre ciego, incontinente y sifilítico que el niño y su madre abandonaron en Reims durante los bombardeos de la Primera Guerra; el intento de suicidio materno; la vocación religiosa del joven, violenta y pasajera como una tempestad; enseguida, el alcohol, el juego y el reemplazo de Rémy de Gourmont por el desenfreno liberador de Niestzche, Sade o Genet. En la frialdad nerviosa de un París demasiado golpeado por el siglo, Bataille discutía con Michel Leiris, Antonin Artaud, René Crevel, Robert Desnos, André Breton, Jacques Prévert y Henri Michaux. Cómo olvidarse de la locura parental, los descubrimientos de Freud y la atracción que ejercían sobre él lo abyecto, el despojo y las cosas bajas fueron primero temas de conversación, después de escritura. Son famosas sus rencillas con los surrealistas y su áspero y profuso flirteo con las sociedades secretas, que frecuentó al mejor estilo del antihéroe de la novella de Huyssmans, La-bàs.


La suya fue una vida desordenada con una dirección clara. Su masturbación ante el cadáver de su madre, el acierto en los pseudónimos (Lord Auch y Pierre Angélique, entre otros), el Colegio de Sociología que fundó y al que asistió Walter Benjamin, la revista Acéphale, la promiscuidad con Lacan (que vivió con su ex esposa, Sylvia Maklès), Heidegger que veía en él a "la mejor cabeza pensante de Francia" y Sartre que le endilgó los enigmáticos insultos de "loco", "orador", "abogado" o "envidioso" son algunos hechos memorables. Murió de arterioesclerosis cerebral el 8 de julio de 1962, antes de que Gallimard decidiera qué hacer con su propuesta de reunir sus obras completas bajo el título de Summa Ateológica o La santidad del mal.


Con Bataille, hay que absorber de a poco la violencia de las frases, acogerse a un pensamiento que se equipara al impudor. "Pienso --decía-- del mismo modo que una joven alza su vestido." El erotismo, Madame Edwarda, Las lágrimas de Eros, La experiencia interior, El abad C, son prueba material de un gesto que sus estudios sobre Blake, Baudelaire, Sade o Emily Brontë, reunidos más tarde en La literatura y el mal, tratan de explicar vicariamente. Está en juego un secreto fulgurante. Llevado a sus últimas consecuencias, el desgarramiento puede alumbrar una nueva cultura a través de un acto de creación nacido, precisamente, de una suerte de nigredo metafísica.


En todos los casos, la expiación profanatoria --puesto que de eso se trata-- comparte con la impronta surrealista la cruzada de insubordinación; se diferencia de ella al preconizar un antiidealismo agresivo. Para Bataille, lo único importante es blasfemar porque allí reside la garantía final que impedirá cualquier reinterpretación homogénea del mundo. Su nihilismo radical, en este sentido, hace de la mirada perversa un reaseguro contra la filosofía y se vuelve ocasión de festejo, una crisis de los paradigmas avant la lettre. La poeta peruana Carmen Ollé lo celebró en un poema: "Bataille me gusta. Es alguien que uno puede leer/en él la religiosa arde la virgen se desviste/como una puta".


Si desentrañar los textos de Bataille y darles un sentido es arduo, más difícil aun es otorgar un lugar a su filosa relación con la poesía. El que sus primeros textos hayan sido curiosamente poemas (unas composiciones medievales sin sentido y sin firma, que publicó La Revolución Surrealista bajo el título de Fratrasies) no ayuda demasiado. Los fragmentos de Odio a la Poesía (Editions de Minuit, 1947), por su parte, interesan sobre todo como manifiesto. ¿Cuántos han leído los versos de Lo arcangélico?


Como en una pieza musical, este largo poema (publicado por Editions Messayes, en 1943) se explaya en tres movimientos: La tumba, La aurora, El vacío. Triple instancia donde recurren las variaciones de una idea central: en un universo imbuido de crimen, saturado de soledad esencial, producto acaso --como creían los gnósticos-- de un acto errado de una divinidad menor, lo único que cabe es constatar los "restos" por donde puede filtrarse, como en un lapsus, lo real. En esta cacería de lo imposible, el tabú es un sebo. Los fluidos, la sangre, lo excremencial: huellas. Al buscar en ellas lo inasimilable, el poema encuentra la locura, la dulzura del vicio y ese punto esquivo del corazón humano que anhela, entiende y goza en la disolución porque en ella cifra la esperanza de suprimir todo exilio. No hay, para esta estética, más verdad que la ausencia de límites, más triunfo que la decisión de saltar a la irresolución del instante. Su lema es la defensa de la desconfianza, ante la opacidad del mundo y también ante el lenguaje, que pocas veces la interrumpe. El resultado, un sitio de resistencia, turbulento y brillante como una ruina.


Inmensidad criminal/vaso cascado de la inmensidad/ruina ilimitada//

la locura alada mi locura/desgarra la inmensidad/y la inmensidad me desgarra//

estoy solo/hombres ciegos leerán estas líneas/ en interminables túneles//

el sol es negro/la belleza de los seres es el fondo de las cuevas un grito/de la noche absoluta//

lo que ama en la luz/el estremecimiento que la hiela/es el deseo de la noche.


Bataille hablaba de "efusiones" para aludir a experiencias posibles de soberanía: la ebriedad, que favorece la eclosión de la risa o las lágrimas, la operación sacrificial, la fiesta primitiva, los suplicios rituales, la orgía, cualquier acto aberrante y gratuito que pudiera instaurar la dilapidación lúdica, privada de sentido, y revertir por un momento "la estupidez humana".


La efusión poética figura en esta lista. Bataille la equiparó a la "facultad peculiar de las imágenes de acceder al delirio y así horadar ese conjunto de signos que constituyen la esfera de lo útil". Y, sin embargo, la temperatura tonal de sus poemas no es el delirio. Más cerca de la expresión frontal, de la denigración y la desdicha, aferrados a una sintaxis en la que, irónicamente, ningún verbo "ser" es omitido, sus versos se crispan en una serie de notaciones, temas de meditación. Entre la modestia del mot juste y las ambiciones del lirismo, Lo arcangélico abjura de este último y tiene razón: el lirismo es una insuficiencia abominable, sólo justificada, a veces, por la crueldad. Lo que prevalece es un murmullo cortante, emparentado a los aforismos y a las tendencias adivinatorias del alma como en esta bellísima sinécdoque de la melancolía: "Reconocerás la felicidad/ al verla morir".


En una escena inolvidable del director de cine Tarkovski, después de un saqueo tártaro que ha arrasado la ciudad medieval de Vladimir, el pintor de íconos Theophanes el Griego vuelve de la muerte para consolar al monje Andrei Rublev. Está nevando adentro de la catedral sobre los muertos. Theophanes dice: "Es terrible esta nieve". Como en Rilke, la obstinación de la pureza contrapuesta al horror y la miseria del mundo deviene intolerable.


También para Bataille "lo arcangélico" se manifiesta así: entre el pavor y el asombro incrédulo que provoca esa contradicción. El que su mirada se fije en los cadáveres no borra la blancura un poco siniestra de la nieve ni ese caballo desbocado que entra ahora, con las crines despeinadas, por el ábside. El arte nace siempre del choque fecundo entre ambas realidades, y Bataille lo sabe. Como toda poesía, la suya roza el territorio de lo sagrado, busca un entendimiento que acerque, más allá de la fe o el tormento, al verdadero significado de la existencia.



*Autora

María Negroni (Rosario, Argentina) tiene un doctorado en Literatura en la Universidad de Columbia, Nueva York. Ha publicado numerosos títulos de poesía, entre ellos: Islandia (Monte Avila, 1994); El viaje de la noche (Lumen, 1994); Arte y Fuga (Pre-Textos, 2004), Andanza (Pre-Textos, 2009), La Boca del Infierno (Mantis, 2010), Cantar la nada (Bajo la Luna, 2011) y Elegía Joseph Cornell (Caja Negra, 2013). También publicó varios libros de ensayos: Ciudad Gótica (Bajo la luna, 1994 y 2007), Museo Negro (Grupo Editorial Norma, 1999), El testigo lúcido (Beatriz Viterbo, 2003), Galería Fantástica (Premio Internacional de Ensayo, Siglo XXI, México) y Pequeño Mundo Ilustrado (Caja Negra, 2012); dos novelas: El sueño de Ursula (Seix-Barral, 1998) y La Anunciación (Seix-Barral, 2007), y un libro-objeto en colaboración con el artista plástico Jorge Macchi, Buenos Aires Tour (Ediciones Turner, Madrid 2004). Su último libro, Cartas extraordinarias, acaba de ser editado por Alfaguara, Buenos Aires 2013.


Entre sus traducciones, figuran: Louise Labé (Sonetos, Lumen, 1998); Valentine Penrose (Hierba a la luna y otros poemas, Angria, 1995); Georges Bataille (Lo arcangélico, Fundarte, 1995); H.D. (Helena en Egipto, Angria, 1994), Charles Simic (Totemismo y otros poemas, Alción, 2000), Bernard Noël (Contra-muerte y otros poemas, Alción, 2005), la antología de mujeres poetas norteamericanas (La pasión del exilio, Bajo la luna, 2007) y Emily Dickinson (La miniatura incandescente, en prensa en La Bestia Equilátera).


Su obra ha sido traducida al inglés, al francés, al italiano y al sueco.


Obtuvo las siguientes becas: Guggenheim (1994), Rockefeller (1998), Fundación Octavio Paz (México, 2002), New York Foundation for the Arts (2005), Civitella Ranieri (Italia, 2007) y American Academy (Roma, 2008). Su libro Islandia recibió el premio del PEN American Center al mejor libro de poesía en traducción del año (Nueva York, 2001).


Actualmente dirige la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero en Buenos Aires.