Malón. Elogio piel roja
Luis Diego Fernández


“En América hay distintas direcciones: el Oeste, con sus indios sin ascendencia,
su límite siempre escurridizo, sus fronteras móviles y desplazadas.”


Gilles Deleuze y Félix Guattari, Introducción: Rizoma



El indio remite a ciertas referencias lúdicas, caprichosas, voluntaristas, infantiles, repetitivas, por lo menos para aquellos que nos criamos percibiendo sus imágenes cinematográficas, televisivas o, en menor medida, leyendo sus aventuras en historietas y novelas. Si bien esas representaciones contienen granos de crítica posible no por ello resultan menos certeras leídas desde el corazón: la desnudez, la seriedad enjuta, la piel cetrina, el pelo alborotado y largo, lo sanguíneo, la pipa de la paz, la vida comunitaria, el cacicazgo, el viejo sabio, la india bella, la pluma, el tatuaje celebratorio, el nomadismo, el cuerpo en primer lugar, el malón, la cautiva. ¿El mal? Dicho sea de paso: lo mentado maldito del indio adviene de las coordenadas positivistas del siglo XIX que ve en su porte el atraso al cual hay que erradicar, el territorio del cual se quiere partir de modo urgente para poder vislumbrarse en la modernidad de la tecnolatría (recupero un término que solía usar Ernesto Sabato).


En las historias americanas (de Argentina o Estados Unidos, por citar dos) lo indígena es lo incómodo, lo no dicho, algo salvaje, rapaz, violento, telúrico, silente, rudo, animalesco. Es, de alguna manera, una forma de mal. Y, se sabe, lo que tiene inoculado ese germen demoníaco, no puede ser guarecido por las ansias civilizatorias. Dice Ezequiel Martínez Estrada en Muerte y transfiguración de Martín Fierro (1948):


"Martín Fierro nada tiene ya que hacer en nuestro mundo; ha muerto y el indio es quien lo ha vencido como a muchos de los actuales panegiristas de la grande Argentina. Vuelve creyendo que el indio era todo el mal, y que el mal desaparecería cuando uno y otro simulacro hubieran terminado su existencia personal."


Si, como señala Martínez Estrada, el indio era “todo el mal” e incluso su hipotético simulacro, para el gaucho la pregunta de rigor sería: ¿de qué mal se trata? ¿Qué características tiene este mal? Anteriormente, vuelve a la carga:


"No había en José Hernández ninguna simpatía por el indio, sino como reacción contra el gobierno y el sistema político imperante. Tomaba partido contra el gobierno y, por ende, a favor de las víctimas: el gaucho y el indio. La política del indio concluye para Hernández, como para todos, con el problema del indio."


Se ve: el indio es el mal, la radicalidad de lo que, desde estamentos opuestos, quieren erradicar populistas y liberales, en este caso, Hernández y Sarmiento; pero la línea continua su paso hasta el presente (la tolerante ignorancia de una supuesta tradición liberal-republicana a la vez que el maltrato de la etnia Qom por parte de un Gobierno situado en un linaje nacional-popular). Populistas y liberales se alejan del indio (del mal).


El indio en los western de John Ford era lo anómalo en lo civilizatorio (salvo en el Ford del ocaso, ya más sabio y humanitario, aquel de Cheyenne Autumn, 1964). ¿Qué se invoca? ¿Qué se teme en el “mal” indiano? El indio es múltiple, de allí sus tribus, sus divisiones siempre fascinantes: piel roja, sioux, cherokee, ranquel, navajo, mapuche, picunche, mataco, ona, yámana, charrúa, huarpe, guaraní, solo un puñado entre centenares. Señala Lugones en su Sarmiento: “la montonera, el malón y las guerras de la conquista, tienen el mismo origen”. Cita que repite Martínez Estrada.


En Argentina el elemento indígena fue repudiado, también en los Estados Unidos. Acá el cruce del mestizo y el zambo no fue bien visto. ¿Qué “mal” representaba lo indígena? ¿La barbarie desbocada? ¿La impureza? ¿El deseo indomable? Recordar que Don Pedro de Mendoza, destacado sifilítico que fundó Buenos Aires, trajo otro mal: el sexual. Raíz neurótica de los problemas, el español en su lazo de destrucción con el indio también contaminó la simiente. El variopinto erotismo tribal, la potencia indígena, la prostitución sagrada, son fuentes que pueden evidenciarse desde tiempos remotos en la política deseante de los nativos de América.


De todos modos, la visión de Martínez Estrada muestra la cooperación del indio en nutridas expediciones en conjunto con el español. En verdad, es el gaucho, en su psicología de hijo humillado (por lo hispano), en su resentimiento vertebral, lo que detona ese odio visceral al denominado salvaje y al unitario de levita y frac por igual. La belicosidad del indio, la faena de las chinas (la “cautiva”) pero también el indio hospitalario. El encono del gaucho con el indio va en sus venas (la sangre que circula de aborigen, de cruza): es un desprecio a sí mismo, como la figura cliché del homosexual homofóbico, muy remanida en militares, sacerdotes y nazis (grupos homoeróticos todos ellos). Volvemos a Martínez Estrada, a saber: “el gaucho era eso: un resentimiento”. Es, precisamente, el odio de ser hijo de nadie (naides).


El fuerte desprecio hacia el indio hace de su presencia una fuerza telúrica del mal, slogan repetido hasta el hartazgo por el ensayo de interpretación nacional, desde Sarmiento a Murena y Scalabrini Ortiz. ¿Por qué estamos condenados? ¿Cuál es el fatalismo de la Argentina? ¿Es el mal endémico esta herencia de la raza? Esa microscopía racial implica un aspiracional fuerte hacia lo europeo galante y blanco, contra lo americano (de Alaska a Tierra del Fuego) plebeyo, mezclado, perfilado hacia lo impuro, negroide y en cierto modo libre. El indio es el símbolo de andar en pelotas, de pelear y vivir en bolas en el marco del goce natural. Allí lo “bárbaro” se torna chivo expiatorio para lo europeizante: el mal.


De las mujeres indias a la fashion aborigen en la cultura pop: estrellas pornográficas con peinados símil cresta o tatuajes tribales en medio de cuerpos diseñados a fuerza de implantes y prótesis de siliconas. Lo originario y lo artificial es algo muy seductor. La pornostar Christy Mack (con sangre native american), originaria del estado de Indiana, es una exponente de la moda indígena que se torna boga en el paisaje del cercano oeste. En ese sentido, para el dejo sarmientino el indio se asemejaba a otro personaje conceptual que aparece en Facundo: el “gaucho malo”. Este particular engendro de la subjetividad pampeana se dedicaba a robar y matar. Podemos decir que en cierto modo no hay “indio malo” porque todos se sobreentienden lo son para la mirada del cuyano alborotador que traficaba barbarie tras lecturas libidinales.


Lo indígena es lo que se niega, la condición de posibilidad de algunos de los grandes intelectuales liberales del siglo XIX para construir la institucionalidad occidental. La duda carcome. Quizá la matriz dicotómica sarmientina que reconocía en lo indiano el “mal” no haya sido ajustada, por no decir justa. El ojo de Martínez Estrada afiló más y mejor; el ensayista libertario, que padecía en su piel el drama nacional (neurodermatitis, padecer psicosomático), logró descular que “civilización” y “barbarie” eran formas de lo mismo. Su intuición daba por descontado que ello se arraigaba en la mente del propio Sarmiento. Construirse dando las espaldas al pueblo originario fue un error, por ser sutil, particularmente de ciertos países del cono sur americano. No pasa lo mismo en la región andina, en el Caribe, en México o en el Brasil. Lo afro, engarzado a lo indígena, predeterminó el mestizaje como lo propio. Quizá en el Plata (Uruguay conservó su matiz africano, su murga orgullosa) la pretensión fue de extirpación del mentado mal. El positivismo lógico, sin embargo, ajustó demasiado la presión para no terminar de coexistir. Es cierto: no hay indio angelical, tal como se pretende hacer entender desde otra lógica particularista y naif, pero tampoco hay espacio para esconder la evidencia. Los americanos somos, simultáneamente, indios y europeos. Ezequiel Martínez Estrada, desde su hálito anarquizante, lo vio con contundencia. Desde sus antípodas ideológicas, Juan Domingo Perón, a pesar de su demagogia, autoritarismo y sus políticas fuertemente recusables en diversos aspectos, también dio cuenta del interior: lo cabecita negra.


El mal fue el desierto, lo oscuro, lo nativo. El bien, en ese sentido, fue la luz de esa determinación histórica y política. Quizá lo más sano hubiese sido la convivencia, cosa difícil de pensar, ya que no parece existir mucho vitalismo en la construcción de un Estado-nación, cualquiera sea este. El drama es que se veía lo supuestamente “irracional” en lo ajeno a lo europeo, cuando, en rigor, el mundo parece ser más intrincado y contradictorio que una perfecta simetría sistematizada. En todo caso, el supuesto mal del indio es el cuerpo: su impudicia. Su violencia, su secreción, su avidez sexual, su canibalismo. El problema: lo maldito a quitar del país, a extraer, la doble faz de nuestra propensión a ser blancas palomitas. Así nos fue, producimos neurosis, vidas destruidas, reprimidas, alienadas, insertas en maquinarias que se piensan de un modo que no corresponde al evidente. El indio tiene mucho que enseñarnos si queremos vivir en paz.



*Autor

Luis Diego Fernández(Buenos Aires, 1976). Ensayista. Licenciado en Filosofía con Diploma de Honor (Universidad de Buenos Aires). Dictó seminarios y conferencias en prestigiosas Universidades e Instituciones nacionales. Es autor de los libros de ensayo: ‘Furia & Clase’ (Paradoxia, 2009), ‘Hedonismo libertario’ (Innisfree, 2013) y ‘Los nuevos rebeldes’ (Debate, 2013). Ideó, editó, prologó y coordinó la ‘Antología del ensayo filosófico joven en Argentina’ (Fondo de Cultura Económica, 2012). Prologó la primera edición al español de ‘Las antinomias entre el individuo y la sociedad’ de Georges Palante (Innisfree, 2013). Integró la antología ‘Ficciones súbitas’ (Ediciones De aquí a la vuelta, 2014) con el relato ‘Graciela Afgano. Soliloquio & muerte’. Ha sido el introductor de la filosofía hedonista en el país. Colabora con medios periodísticos y académicos de Argentina, México, Uruguay y España. En 2010 fundó EF Escuela de Filosofía, dónde dicta cursos mensuales, y en 2008 creó el evento Cata de Ideas, con la finalidad de combinar la filosofía y el vino.