Donde viven los monstruos
Sol Echevarría


Una de las cosas que más temía de chica era que mis papás se durmieran primero. Eso significaba que apagaran la luz y me abandonaran a oscuras y en silencio en la habitación de al lado. Rara vez pasaba. Yo era de madrugar y me acostaba temprano, además ellos aprovechaban ese momento para hablar de “asuntos de gente grande”. La luz tenue, el murmullo, y mis ojos se cerraban casi sin darme cuenta. Pero a veces me desvelaba. No voy a mentir, no me daba miedo algo determinado sino que me horrorizaba la oscuridad así, tal cual es: una abstracción. Porque si hay algo que tiene de espantoso es su semblanza con la nada. La mirada se pierde en un negro infinito sin límites que implica la des-aparición de los objetos que llamamos mundo.


La imaginación del mal en la infancia se deposita en la oscuridad. No hacía falta para mí que ésta fuera total, podía ocupar simplemente el lugar de lo que no se veía: debajo de la cama, adentro de un placard. Como si esas ranuras opacas fueran umbrales en los que la realidad pudiera alterarse, y era allí donde las posibilidades se multiplicaban. La oscuridad es una figura del mal en cuanto se presenta a sí misma en la captura de la imagen, des-figurando aquello que antes ocupaba su lugar. En Las cartas del mal, Spinoza sostiene en su correspondencia con Blijenberg que no existe el Mal en términos absolutos, sino tan sólo “lo malo”, que debe concebirse tal como si fuera una intoxicación o un envenenamiento que atenta contra determinada relación de cada cuerpo. Es decir, es malo aquello que nos descompone. Tal como afirma en su Ética “es malo (…) lo que hace que las partes del cuerpo humano tengan entre ellas una relación de movimiento y de reposo distinto”. La muerte, por ejemplo, sería un caso extremo ya que implicaría la destrucción de una característica o dominante del cuerpo. En cierto punto, podría pensarse que la oscuridad es la metaforización infantil de la muerte. Es el imaginario de la destrucción de la existencia.


Otro temor que apareció posteriormente, siendo apenas más adulta, se cifraba en el microsegundo que tardaba mi cara en reflejarse en el espejo del baño cuando cerraba la puerta y encendía la luz. Como si fuera posible, el temor al menos implicaba la imaginación de esa posibilidad, de que yo no apareciera. Porque si todo se desvanecía ante esa fuerza negra que se expandía vorazmente ¿qué pasaba conmigo? ¿acaso el miedo a la oscuridad no es el miedo a lo Otro desconocido que irrumpe y amenaza con ocupar el lugar del Yo? El mal es aquello que amenaza, pero no cualquier amenaza tiene el estatuto de mal, sino sólo la que puede des-componer. Si componĕre (con: reunión, y ponere: poner) es formar de varias cosas una, juntándolas y colocándolas con cierto modo y orden, el problema se codifica en el prefijo des- como negación: es lo que me desordena, desune, disgrega.


La idea del mal aparece siempre en tensión con la idea de sujeto. Al fin y al cabo, no somos más que una mal-dición divina: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás”. Ese polvo de la noche eterna, el que nos forja y al cual, eventualmente volveremos. ¿Acaso hay algo más horrendo para el ser humano que aceptar dicho destino? Justamente otro lugar común del temor, infantil y no sólo, es el de los insectos; ya no una metaforización sino una suerte de metonimia anticipatoria de la muerte: serán éstos los encargados de devorar nuestro cuerpo cuando yazca bajo tierra. La aparición de un insecto implica siempre el fantasma de un otro, tanto peor cuanto más minúsculo e inmundo, que nos come y nos convierte en su excremento. Justamente una de las figuras que usa Lacan para pensar al sujeto es un insecto: el de la Mantis religiosa hembra, conocida por devorar la cabeza del macho en el momento de la fecundación. Lacan cuenta una anécdota a modo de apólogo donde se imagina como un hombre disfrazado que se encuentra con una mantis religiosa de gran tamaño, intranquilo al no saber qué máscara lleva puesta, y añade luego: “yo no veía mi propia imagen en el espejo enigmático del globo ocular del insecto”. En su artículo titulado “Los ojos de la Mantis”, Mariano Dorr repone lo tremendo de esta escena: “El desconocimiento de la propia máscara (la de la mantis macho es sólo una entre otras infinitas máscaras posibles), el desconocimiento de la propia identidad arrastra al hombre a preguntarse, a propósito de la enorme Mantis hembra, ¿qué quiere? ¿qué me quiere? O más precisamente, ¿qué quiere (el Otro, la Mantis, el monstruo, el animal) en lo concerniente a este lugar del yo?”. La alteridad se presenta como mal en el momento en que intuyo que hay un Otro cuyo deseo me concierne de manera trágica.


Ese Otro que irrumpía en la infancia en la mitad de la noche, en plena oscuridad, no era algo determinado pero sin dudas era monstruoso. Los monstruos son el cliché infantil del imaginario maléfico. Sin ir más lejos, Donde viven los monstruos es el título en castellano de un relato infantil, aunque hace un par de años se adaptó también al cine, que describe el viaje de un niño a un mundo alternativo. La palabra “monstruo” viene del verbo latino monstrare (mostrar), y justamente lo monstruoso es aquello capaz de poner en evidencia algo que antes permanecía oculto. Con el pasar de los años, el clásico miedo infantil a la oscuridad se encarna, es decir, pierde su grado de abstracción y toma figuras más concretas y realistas, pero predomina en sus formas. Como con la mantis, estamos ante una figura del mal cuando al mirarla a los ojos, estos permanecen opacos, oscuros, y no encontramos allí nuestra imagen. El deseo voraz del otro puede, e intuimos que quiere, devorarnos, descomponernos, quitarnos de nuestro lugar y colocarnos en otro sitio incierto donde ya no sepamos quienes somos.


El mal no es una cosa, una sustancia o un elemento, no está en el mundo como algo dado sino que compete a la con-formación del sujeto, es decir, al vínculo entre el sistema y sus individuos. Y es por su relación asimétrica que en la práctica se manifiesta como fenómenos abismalmente diferenciados. El mal del sistema se desprende de propósitos políticos y/o económicos cruentos como por ejemplo los campos de concentración y exterminio, que Hanna Arendt llegó a denominar “mal radical”, es la bomba atómica de Hiroshima, la tortura de miles de personas en centros clandestinos, también el que respecta a la marginación social y la violencia que de esta pudiera desprenderse. Por el contrario, el mal personal es más pequeño, sugerido o inferido por un particular guiado por un deseo voraz que avanza sin respetar leyes ni límites. Todo mal individual es siempre, más allá de que se dirija a una sola persona, un mal contra el sistema, y lo mismo ocurre viceversa. El miedo aparece a modo de defensa hacia una exterioridad que nos amenaza, sea esta singular o plural. Pero el mal no es una figura que se sitúe sólo en el campo del otro. Como explica Deleuze sobre la tesis de Spinoza respecto a Las cartas del mal: “El modelo del envenenamiento es válido para estos casos con toda su complejidad. Es válido no sólo para el mal que sufrimos, sino para el que causamos. No somos solamente seres envenenados, asimismo somos envenenadores, y actuamos como toxinas y venenos”. Y a esto se le podría dar una vuelta de tuerca, no sólo somos “venenos” para otros, sino que para nosotros mismos. Somos, y eso es lo interesante, nuestras propias figuras del mal.


Cuando no toma la figura de un otro dispuesto a devorarnos, sino cuando nos situamos nosotros mismos –deseosos- en ese lugar de descomposición, ya no lo percibimos como un amenaza, e incluso podemos obtener una satisfacción, una cierta "felicidad en el mal". Al fin y al cabo no siempre se está bien en el bien, dentro de la ley y el orden, tal como Freud da cuenta en El malestar en la cultura. Esta idea de mal a la que me refiero está situada históricamente un par de siglos atrás. La puesta en crisis del modelo cientificista incorporó en el imaginario que la oscuridad puede ser una zona en la que el mundo se abisma y, desde ese abismo, es posible la construcción de otro tipo de subjetividad. De hecho, la literatura puso en evidencia este viraje en el romanticismo, luego con Las flores del mal de Baudelaire, siguiendo por los poetas malditos, los beatniks y gran parte de lo escrito a partir de entonces. La literatura retomó aquello que había sido despreciado por la razón, justamente lo que no podía ser com-prendido por ella dado que se escapaba siempre más allá. Porque si la ciencia intenta explicarlo todo, justamente lo que queda afuera es nada. “Precisamente, la ciencia rechaza la nada y prescinde de ella como de algo nulo. (…) ¿Qué otra cosa le puede parecer a la ciencia la nada más que un espanto y una fantasmagoría?”, se pregunta Heidegger en ¿Qué es la metafísica? El espanto y la fantasmagoría retornan al igual que ante la visión aquella puerta entreabierta del placard a mitad de la noche: hay algo que no se ve a la plena luz de la razón, pero que se manifiesta en sus umbrales. Lo monstruoso del mal radica justamente en que muestra una apertura a la nada. Pero, ¿qué es la nada? “La pregunta por la nada nos sitúa a nosotros mismos, los que preguntamos, dentro de la pregunta: nos pone en cuestión. Es una pregunta metafísica”, dirá Heidegger.


Si el sujeto es también, al igual que esta idea “positiva” de mal, un concepto histórico construido culturalmente y que pertenece a cierto régimen del discurso, ¿cómo situarse por fuera de la cultura imperante? Es decir, ¿cómo no ser sujeto? Ante la administración del pensamiento y el pragmatismo de la vida cotidiana se alza el mal con su derroche. Es a este mal al que me gustaría referirme, al mal que no se dirige a otro y que carece de crueldad, sino que simplemente se encuentra más allá del bien-estar. Y no creo conveniente centrarme en ejemplos, hablar de drogas, de gustos sexuales particulares, del placer tortuoso, pensamientos oscuros o búsquedas estéticas desviadas podría reducir la cuestión y complejizarla en sus tipologías, lo cierto es que cada uno puede encontrar una particular forma de aproximación a esto que llamo mal. Lo que me interesa no es la forma de aproximación, sino cómo se produce determinada experiencia y apertura. Es decir, me interesa proponer un mal que, de modo análogo que la angustia para Heidegger, nos vincula con una concepción particular de la realidad, donde ésta se muestra en retirada.


Indagar en el mal abre una pregunta por la nada que permite cuestionar al mundo y al sujeto en su totalidad. Debido a que la realidad en la que vivimos está naturalizada por la cultura, que nos presenta al mundo como un todo ya conformado y determinado, pareciera no haber nada posible por fuera de éste. ¿Acaso podemos pensarnos por fuera del sistema en el que vivimos? Tarea difícil si ni siquiera podemos pensar con otra cosa que no sea el pensamiento que de éste se desprende. Por eso es fundamental dirigirnos a la nada, esa nada originaria sobre la que se construyó el mundo, una nada que se vuelve evidente cada vez que nuestra realidad se descompone. En la grieta del sentido es donde el pensamiento se abisma, caen las estructuras y las definiciones. Cuando los objetos que conforman nuestro mundo se disuelven en la nada, tal como ocurre en la completa oscuridad de la habitación de un niño, se está ante lo amorfo e infinito, y “el infinito, como lo ha mostrado Cantor con la creación de la teoría de los conjuntos, no es, en efecto, sino la forma más general del ser-múltiple”, tal como explica Badiou en La ética. Una multiplicidad que es justamente desorden, disgregación, en fin, descomposición.


Vuelvo entonces, ahora sin miedo, a la oscuridad, a los espejos, a los insectos, o a los otros lugares donde habitan los monstruos del mal. Si bien la tesis fundamental de Spinoza respecto del mal carece de cierto charme y por momentos usa un vocabulario que fácilmente asociamos a una cuestión fisiológica del cuerpo humano, lo interesante es que piensa el mal como una relación. En ese sentido, el del mal como aquello que nos descompone, es que puede pensarse también al mal en correspondencia con cierta idea de libertad. “La libertad no es nada si no es la libertad de vivir al borde de los límites donde toda comprensión se descompone”, escribió Bataille en Las Lágrimas de Eros. El mal puede ser una fuerza trasgresora capaz de romper los límites sociales y normativos: aunque se defina como negación puede tener un carácter positivo que no responde a una estructura sino, por el contrario, se presenta en casos concretos como trasgresión a las normas y abre un umbral hacia la nada. Sólo la destrucción, aunque sea parcial y efímera, de la ideología que nos sujeta es lo que nos permite ir más allá.


"Todo se ha escrito, todo se ha dicho, todo se ha hecho, oyó Dios que le decían y aun no había creado el mundo, todavía no había nada. También eso ya me lo han dicho, repuso quizá desde la vieja hendida Nada. Y comenzó”, escribe Macedonio Fernández en sus Cuadernos de todo y nada. Es a partir de la nada, de lo que no es, o mejor dicho, de lo que habita en ese agujero de sentido, justamente, que es posible la libertad y la creación. El mal puede ser una fuerza que rompa con la cultura hegemónica y nos conduzca a un páramo de sentido. No tiene un objetivo ni un fin claro más que la destrucción de la norma: oponiéndose al utilitarismo práctico del sistema en el que vivimos, es una “conquista de lo inútil”, parafraseando a Herzog, y justamente allí radica su fortaleza.



*Autora

Sol Echevarría nació en Buenos Aires en 1983. Es licenciada en Letras (UBA). Publicó los libros de poemas Balneario (Zorra Poesía, 2006) y Postales (La propia Cartonera, 2010), además de plaquetas. Colaboró en publicaciones nacionales y extranjeras (El Río Sin Orillas, Los asesinos tímidos, Plebella, Esperando a Godot y Matices, entre otras) con textos críticos sobre literatura argentina actual. Publicó el artículo “Aparat” en Antología del ensayo filosófico joven en Argentina (Fondo de Cultura Económica, 2013) y “Ficciones de lo real” en Panorama Interzona, narrativas emergentes de la Argentina (Interzona, 2013).


En el 2012 fue una de las ganadoras del concurso de ensayos “Filosofía sub 40”, convocado por el CCEBA, la Dirección General del Libro, Bibliotecas y Promoción de la Lectura. En el 2013 ganó el segundo premio del certamen nacional de ensayos “Concurso Anual del H. Senado de la Nación, Legislador José Hernández”. Actualmente dirige la revista No Retornable, cuya propuesta es captar los movimientos del pensamiento y del arte que están produciéndose en este momento, y difundirlos. Codirige la editorial Excursiones, dedicada al ensayo latinoamericano contemporáneo.