El hijo como voyeur
Facundo García Valverde


Mi libro enterrado, de Mauro Libertella.
(Mansalva, 2013)


El tropo literario de la muerte del padre tiene algunas peculiaridades que lo distinguen del resto de los temas repetidos de la literatura. Por ejemplo, no importa la cantidad de libros que se publiquen sobre el tema en el último tiempo, siempre habrá lugar para uno más. Para restringirnos a los casos más recientes y célebres, Canción de Tumba de Julián Herbert (2011) y la traducción española del primer tomo de Mi lucha de Karl Ove Knausgård, La muerte del padre (2012), cubren desde el aspecto de la larga enfermedad y agonía de la madre hasta la demandante obligación de desarmar la casa del padre alcohólico. En última instancia, todos los días mueren padres distintos, dejando nuevas sensibilidades únicas en carne viva.

Otro aspecto distintivo es que aunque no sean autobiográficos, el tropo genera la bruma necesaria para confundir entre realidad y ficción. Philip Roth, uno de los asesinos seriales de padres más brillante de la literatura norteamericana (Deudas y dolores, El profesor del deseo, La lección de anatomía, etc.) tuvo que aclarar en varias entrevistas que sus padres gozaban de buena salud en Elizabeth, New Jersey, hasta que finalmente tuvo que escribir Patrimonio y subtitularla, con la dosis suficiente de ironía shakesperiana, Una historia verdadera y continuar bananeandola pero ahora con un dolor genuino. Esa bruma confusa, de la que el empirismo radical se valió para llevar de la nariz al escepticismo a los ilustrados, crea un espacio ambiguo y polisémico donde el lector ingenuo toma la ficción como la pura realidad y llora a moco tendido cuando ocurre lo que todos sabíamos que iba a ocurrir pero que, al mismo tiempo, le ofrece al lector cínico y experimentado la oportunidad para declarar a esa “pura realidad” como puro humo carusista, como pura reapropiación de un tropo que es apenas sazonado con algunos detalles únicos.

A riesgo de aparecer como moderado, creo que ninguna de esas posturas extremas es verdadera en todos los casos y que mucho menos lo es en el caso de Mi libro enterrado de Mauro Libertella. A medio camino entre esos extremos está el voyeur que tiene como objeto de voyeurismo alguien que sabe que está siendo visto a través de “la ventana indiscreta”. Libertella, escritor, es el que relata el largo proceso de la muerte consciente de su padre, también escritor, y Libertella, hijo, es mostrado en la novela como la consecuencia inevitable de haber sido acostado en un colchón de hojas de papel desechadas por su padre.

Más allá del relato de la tragedia en sí, Mi libro enterrado está centrado en este proceso, el de convertirse en escritor. Mauro Libertella cuenta que fue recién cuando el padre murió, que pudo escribir y publicar su primera ficción, un cuento que terminó saliendo en una antología. Aquí es clave considerar este dato en su real magnitud; cuando publica ese cuento, Mauro no tenía treinta y cinco años sino 23, con lo cual no era esperable que publicara algo siendo tan joven. ¿Qué agrega ese “recién” sino la idea de que tuvo que esperar, que la vida de su padre fue una especie de “obstáculo” para su literatura? Pero ese “obstáculo” también era un incentivo, era “una bestia que me corría por atrás y me apuraba”; a esa misma edad, su padre publicó su primer novela y ganó un premio internacional.

A diferencia de los artículos y notas periodísticas que el autor publicara en vida del Libertella padre y que éste le comentara en letras rojas, su ficción no pasó por la mirada atenta del escritor consagrado sino que fue lanzada a un mundo de extraños y conocidos, donde los primeros apenas lo leerían – como en casi todas las antologías - y los segundos buscarían rastros de origen y de relación con la escritura paterna. No obstante, en la novela pueden reconocerse los signos de esa corrección paterna de otro tipo de textos. Por ejemplo, escribe respecto de uno de esos comentarios: “Me escribió al margen del último párrafo, con un trazo rojo y reconcentrado, que ese cierre era cursi. Entonces lo leí y sí, era el colmo de lo rosa.” Cuando pocas líneas más adelante cierra el párrafo en la novela, escribe “Podría decir que ahí empezaron a estar los ojos de él, mirándome entre líneas.” Hallazgo poético, de los cuales está compuesto el ritmo de la novela pero que, precisamente, por eso, también roza en lo cursi, en lo rosa, en el alimento del lector ingenuo.

Algunos dirán que es inevitable caer en la atmósfera sentimentalista cuando el tema de la narración es una de las tragedias más profundas y personales que le pueden ocurrir a cualquier ser humano (y que, por eso mismo, es irrepetible). Otros dirán que el padre seguía teniendo razón. Prefiero pensar que Mauro Libertella quiso escribir esa frase “rosa” en ese preciso lugar de la misma manera en que prefiero pensar que el obstáculo también fue incentivo y que, por lo tanto, buena parte de la novela no es más que otro episodio de las batallas intergeneracionales con las que Turguéniev delineaba las relaciones entre padres e hijos; conflictos entre lo decadente y lo revolucionario, entre los que no pueden correrse de su paradigma y los que creen que ningún paradigma todavía logró encapsular su percepción vital. En este caso, esa batalla tiene un ganador claro; no sólo porque el hijo sigue vivo – a diferencia de Bazarov en Padres e Hijos - sino porque no leí nunca al padre de Libertella y porque la novela no me da ningún motivo para hacerlo pero sí para esperar un nuevo libro de Mauro Libertella.

Si el sujeto espiado (Libertella hijo) es contado a través del proceso que lo convirtió en escritor, también deberíamos pensar qué se nos deja ver del propio voyeur (Libertella escritor). Por un lado, como él mismo señala en clave hermenéutica, su propio libro intenta trazar un delicado y trabajado equilibrio entre el reclamo al padre muerto (por qué no se cuidó más, por qué no bebió menos, por qué no fumó menos) y su idealización (del escritor que publica una gran novela a los 23 años, del corrector que no impone una visión estética de su profesión, del que se sabe moribundo y lo acepta como lo haría un estoico). Pero, por otro lado, y ya liberados de la mano de quien nos hace ver únicamente lo que quiere mostrar, también puede verse un duelo concluido; un libro que se dice enterrado porque ya está escrito, porque el autor ya se convirtió en un escritor pero que, al mismo tiempo, también es un libro desenterrado, que cobra fuerza y atractivo en revivir – pero no al modo zombie - lo que estaba sepultado.

El protagonista de otra maravillosa novela sobre padres e hijos, La carretera de Cormac McCarthy, se despide de su hijo diciéndole: “La bondad encontrará al niño. Así ha sido siempre y así volverá a ser”. Una playa sucia, húmeda, postapocalíptica, un padre agonizante y, de repente, un padre que se da cuenta que, al mismo tiempo que no podrá cuidar más a su hijo le tiene que mentir, diciéndole que todo va a estar bien, que todo lo nuevo será mejor. Nosotros, los sobrevivientes, aceptamos esa mentira como una herencia y, a veces, escribimos libros sobre ella.
*Reseñador
Facundo García Valverde (Parque Patricios, 1978) es doctor en Filosofía y guionista. Co-conduce el programa de radio La Hora de la Bruja por Ciclo-p Radio. Colaboró en la antología Escribir Después (Outsider, 2012). Un género como cualquier otro (Pánico el Pánico, 2013) es su primer libro de cuentos.