Hasta que pase un huracán
Julia Pirani


Hasta que pase un huracán, de Margarita García Robayo.
(Editorial Tamarisco, 2012)


La historia de Hasta que pase un huracán, de Margarita García Robayo, transcurre junto al mar, ahí donde la tierra parece terminar. La narradora lo deja claro en las primeras líneas, como fundando la queja: “Lo bueno y lo malo de vivir frente al mar es exactamente lo mismo: que el mundo se acaba en el horizonte. O sea que el mundo nunca se acaba”. El mundo y toda la miseria que aloja nunca terminan. Y esa miseria, para la protagonista de esta novela, se concentra en una pequeña ciudad costera de Colombia, en la que ha nacido y en la que parece condenada a vivir... o condenada a escapar; pero, si a algo está verdaderamente condenada, es a la autoconciencia, a la idea (fija) de saberse pobre, tanto como ambiciosa. Sabe que es capaz de “salvarse” y reflexiona sobre ello. Ensaya huidas que van de la pequeña violencia cotidiana del pueblo chico al sentimiento de alivio que el sueño americano promete. Allí se pierde y choca con la peor de sus condenas: la de ser libre, y eso excede el crecer junto al mar y hacer el amor en la playa con múltiples hombres, múltiples promesas.

Proveniente de una familia pobre, la protagonista cuenta cómo cada integrante simboliza su propia condena, aquí descripta como un universo pantanoso en el que las poblaciones se hunden (literalmente). Entonces el libro se vuelve una de esas historias sobre la vida doméstica de los que pretenden salir de pobres, de los que ni siquiera lo intentan y de aquellos que ni siquiera piensan en ese “ser pobre”, ser nadie. La protagonista de Hasta que pase... podría ubicarse en el segundo grupo. Ella no es tan pobre como para resignarse a serlo para siempre, He ahí su (pobre) eros, su intento de escalar (el sueño de la movilidad social) y redimirse a través de una carrera universitaria y luego de una profesión, por ejemplo. Aunque, en cada fracaso real, sobreviene otra idea: la salvación, la fantasía de escapar, aunque sea trágicamente. Porque, después de todo, no hay mayor tragedia que ser pobre. Varias imágenes conocidas se desprenden de la línea anterior: salir corriendo, hacerse invisible, mutar, dejar de ser, de existir... En su caso, espera un huracán. Y dispara otra idea conocida: no niega la naturaleza, sino al revés, la reconoce fuertemente. Bien sabemos que el hombre como representante de la cultura plantea una fuerte dicotomía entre ésta y la naturaleza. Pero aquí, no sólo no hay resistencia frente a ella, sino que se la propone, ya desde el título del libro, como posible factor del cambio. Nuestra narradora sueña un huracán que arrase con todo(s), que la arrastre lejos, que la haga despertar en el paraíso, pero en la tierra. Y allí va, con su fantasía infantil, poderosa y curadora, casi mágica, en la que un viento fuerte puede terminar con todo para volver a empezar.

La protagonista explora afectos, persigue señales equívocas y evanescentes. No esconde su necesidad de transformación. Pero nada parece cambiar. En su infierno grande, mal oliente y tendiente al cotilleo, llueve mucho y las circunstancias parecen devolver a cada quien donde corresponde, así como hace el mar con la basura que se acumula en las calles de la periferia colombiana, que funciona muy bien como escenario de los avatares típicos del conocido melodrama, matriz cultural de gran importancia en América Latina. Matriz en la que no se apoya esta novela que, aunque triste, es dinámica y sencilla. Su poética no es extravagante. Podría decirse que es un libro que se vuelca sobre la vida misma, y no al revés, dejando a su autora en evidencia: es una contadora de historias que puede controlar muy bien. Narra con fluidez y belleza. Su prosa es femenina. Su voz es cínica, su primera persona es apenas intimista. El relato va y viene entre prohibiciones o interdicciones propias de la máquina censora que parece ser su destino mismo. En ese movimiento se apoya toda la novela, junto a la pobre rebeldía de quien no pretende mucho más que salvarse a si misma: montándose a muchos aviones y a algunos hombres viajados, viajeros, extranjeros, siempre con la misma fantasía: irse. Esa imagen permanece en sus sueños y en sus noches de insomnio, atraviesa las setenta páginas de esta, la primera novela de García Robayo.
*Reseñadora
Julia Pirani es de Bs.As. Estudió Ciencias de la comunicación en la UBA. Fundó la editorial Pirani Ediciones.