El plato principal
Flora González Lanzellotti


El plato principal, de Sadie Madhur
(Alción Editora, Córdoba, 2012)


I.

Se sabe que el hinduísmo cuenta con una trinidad compuesta por Brahma (dios creador), Visnú (dios preservador) y Shiva (dios destructor y auspicioso a la vez). Y que el Katha Upanishad es uno de sus libros sagrados -del canon Muktika- cuya trama es una conversación entre Yama (dios de la muerte) y el niño Nachiketas, escrito en lo que hoy llamaríamos prosa poética. Dicen que también El Corán moderno está escrito en ese género. Que el lirismo contenido tenía tal carga que la insuficiencia de la forma y su misterio obligaron a los transcriptores a dar con este envase híbrido que de manera alucinada cultivarían tiempo después Baudelaire, Artaud o nuestro Girondo. El lirismo de la prosa y lo prosaico de la poesía sigue siendo problematizado desde que Octavio Paz no pudo dirimir la cuestión a través de la noción de ritmo, aunque hoy hablemos de ensayos musicales-poéticos, de actos performativos del yo o de bueyes perdidos.

Y tanto el género como la referencia orientalista ofician de marcos óptimos para deconstruir El plato principal. Porque, por un lado, Sadie Madhur apoya uno de sus brazos en un Oriente de corte hinduísta, estilizado pero corpóreo a la vez, ausente como idealización pero presente en la carne. De hecho, la imagen de Shiva es el único paratexto visual del libro. Y el epígrafe inicial (“Este es quien está despierto en los que duermen” que abre la primera sección del poemario) pertenece al Katha Upanishad. Gravita así una espiritualidad no religiosa que se transmuta en imágenes de auxilio y de pedidos raramente escuchados, de gritos mudos. Por otro lado, sin embargo, la densidad semántica se fagocita al género, provocando que el lirismo se haga inescapable, que salpique desde la prosa pero teñido de rojo como exigiendo su puesto contestatario dentro del universo poemático. Estamos entonces ante un exceso por dos bandas, pero un tipo de exceso como del que habla John Keats. Total y bello en cuanto que es ilimitado, en cuanto que muere y reencarna.

II.

“Soy una alterada falta de mí”: ese es el primer verso, contundente. Se hace difícil dar con el sentido de dividir la materia poética en cinco partes cuando la apertura es tal. Comienza así una diseminación de imágenes cargadas de flora y fauna, de cuerpo fragmentado. De climas. Las unidades poemáticas se encadenan y se prosifican, en el sentido de expresar un devenir que fluye en las ideas como olas, y rompe en la costa de los núcleos visuales. Hay una sensación de quiebre constante, como si Shiva supervisara una destrucción inevitable y de vez en cuando, sólo algunas veces, tendiera la mano para que los pedazos intenten volver a su forma.

Esos fragmentos -que bien podrían asimilarse en su diferencia a las papilas gustativas- rezuman hambre. Pero no un hambre metafórica, no es un discurso simbólico. Es carnal y volitiva. Una necesidad que no se ve satisfecha, que avanza sobre una violencia callada, como nostálgica. No alcanza el alimento vital, la boca es muy grande. “¿Hay algo más hambriento que el tiempo? (...) “Tenemos tan poca sangre”. Los elementos concretos acompañan esa fragmentación con énfasis. Las moscas y las ratas, los crustáceos y los sauces. El calor. El agua. Figuras altamente poderosas y creadoras de clima. Pero también extrañas, incluso desagradables. Una de las palabras que más aparece a lo largo del poemario es corazón. Y alrededor de ella todo un campo semántico que podría expresarse en la obviedad y no lo hace. Estalla por medio del dolor, de la laceración. Son las heridas que no cierran del todo pero que sí van cicatrizando lento aunque todavía muestren lo que han debido sangrar. Y ese mostrarse está también en la prosa, presente en un modo de razonar que se va dando in situ, nota a nota, como creciendo.

III.

Un ejercicio interesante es leer el envío final de cada unidad poemática. Desmembrar la coherencia lógica para extraer esas pequeñas síntesis que Madhur logra con una fuerza sobrecogedora de fin de fiesta. La razón prosaica y la poesía lírica se funden de manera alevosa en cada uno de esos quiebres; no pueden evitarlo. “Deglutir lo indisoluble. Es un trabajo de arena”. “Mi elevación siempre me produjo pudor. Aunque estoy inconsciente, casi dormida”. “¿Por qué a mí nadie me crió? (…) ¿Quiero criar? No me gusta la palabra. Crío y grito”. “Tan cerca del capullo del mal, del mal del sauce, sí te baño y cuelgo restos de gotas que también hablan”. “La soledad no es un rito”. “Aplasté los símbolos de más”. “La cacería ya pasó, ellos insisten con los trofeos y nosotros con los huesos”. “Retrocedo para no matar también”. “Cuánto trabajo ser yo, cuánta dinastía”. “Viene la ciénaga y con ellas todos sus ahogados”. “Tuve miedo del sol. Y no cuenta dios ajeno para apaciguar los dientes. Para triturar”. “Bonito campo minado de verdes penes. Inhalo y exhalo casuales mariposas”. “De la desdibujada rayuela sólo veo el cielo”.

Madhur es artista plástica. Lleva consigo una paleta cargada de colores rancios que de estar tan cansados se entremezclan para crear una gama reencarnada en el sentido más estricto del término. Son fuertes e hirientes como los de Shiva o Brahma o Visnú que la miran desde un costado terrenal, pantanoso, pero también en forma de posibilidad, de anticipo. María Zambrano, en Filosofía y Poesía dice: “En la palabra la razón poética se dará plenamente como acción metafórica, esencialmente creadora de realidades y ante todo de la realidad primera: la de la propia persona que actúa trascendiéndose, perdiéndose a sí misma y ganando el ser en la devolución de sus personajes” (1993, 121). Podría decirse que El plato principal es un banquete pleno, completo en su desarrollo. Los personajes de Madhur se visibilizan amplios y pequeños, como flores marchitas y ornamentos de mesa devastada. Como perdidos entre sí, hambrientos y lastimados. Y sin embargo reflexivos/espejados en cuanto que se reconstruyen en la posibilidad. Porque Shiva es auspicioso también. Y porque ningún hambre es eterna.
*Reseñadora
Flora González Lanzellotti es licenciada en Letras, en Filosofía y magíster en Gestión Cultural. Docente de literatura hispanoamericana y de pensamiento iberoamericano, ha publicado numerosos artículos, reseñas y capítulos en el ámbio académico. Actualmente está realizando su doctorado sobre la relación entre filosofía y poesía en la Universidad Autónoma de Madrid y preparando su primer libro de ensayos. Escribe poesía, crítica literaria y artículos de opinión en diversos medios.