Situaciones Berlinesas
Santiago Hamelau


Situaciones Berlinesas, de Raul Zelik
(Cruce Casa Editora, 2013)


Felicidad es cuando lo que pensás, lo que decís y lo que hacés están en harmonía.
Ghandi

La escritura es una forma de lidiar con la impotencia de no poder hacer algo ante una realidad tan horrible. Mis experiencias en el país han sido el motivo de mis escritos periodísticos, sociológicos y literarios.
Zelik,
entrevista con la revista SEMANA

Raul Zelik, escritor, profesor y politólogo, decide observar. Minuciosidad. Empatía. Lentamente se adentra en el tejido de relaciones de la cultura y de la sociedad. Escribe Situaciones Berlinesas, una novela profundamente alemana, en tanto el autor no puede dejar de mirar a su propio país y al alemán medio (con su idiosincrasia y sus prejuicios) con compasión y con ira. Los trapos sucios deben mostrarse. La honestidad es el primer paso para el cambio. Si no podemos ser sinceros, entonces vendrá en nuestro auxilio la risa, capaz de ponernos frente al miedo o a la angustia para que nos podamos reír de ellos. La risa nos crea la ilusión de una distancia, una suerte de barrera que nos resguarda.

La historia tiene como protagonista a Mario, un hombre de 32 años, que vive en un piso compartido con tres amigos suyos: Didi, Piet y Vasiliy. Todos ellos son típicos marginales anti-sistema, herederos del punk. Mario es un hombre alegre, pero a la vez no deja de transmitir esterilidad. Desde chico estuvo en continua rebelión, en contra de lo que la sociedad le imponía. Pero cuando la ruptura se nos vuelve constante, no estamos exentos de caer en la fatigosa rutina. ¿Y qué hay de la vida “socialmente aceptada”, “la normal”? ¿Al fin y al cabo no necesitamos en la vida adulta algo de seguridad? ¿No hay que ponerse serios?

Sin embargo, las preguntas existenciales vendrán después en la conciencia de Mario, pues lo que hace estallar en él una crisis es haber cumplido 32 años y, junto con eso, la poca tolerancia que al llegar a esa edad se tiene del ruido. Concretamente, es el ruido en el piso lo que lo perturba, causado por unos rumanos que usan la cocina del departamento. Simbólicamente, remite a la constante incomodidad que nos produce desplazarnos por el mundo y por la vida. El tiempo sucede estrepitosamente y darnos cuenta de ese fluir nos interpela. Los rumanos, a quienes no les habían pagado su sueldo, le dan a Mario la idea de empezar junto con sus compañeros una pequeña empresa de cobros de deudas, con el simple objetivo de librarse de los hombres ruidosos. De este episodio surgen más y más encargos. Las comisiones vuelven relativamente adinerados a los miembros del piso compartido. Mario comienza así un camino que lo hará lidiar con su madre (y su complejo de Edipo), con su hermano Wolfgang, un empresario especulador y egoísta, y que lo hará cruzarse con Melek, inmigrante serbia de la cual se enamora.

Entre las confusiones, idas y venidas de los personajes en esa Berlín empresarial, tecnificada, tercerizada al extremo y voraz, los personajes y sobretodo Mario, luchan entre el ideal de una vida anti-burguesa, libre y supuestamente feliz, y las exigencias primariamente económicas de la sociedad. En esa disyuntiva se van gestando las distintas situaciones berlinesas. La incoherencia es la nota característica de la vida contemporánea. Los hombres, preocupados por ellos mismos, someten a otros para su propio bien. Los rebeldes se agrupan y responden. Las posiciones se extralimitan, los poderosos se elevan a la categoría de déspotas, mientras los rebeldes adoptan formas de vida alternativas contra el establishment. Se empieza a dar una general y lenta decadencia espiritual, atestiguada en la novela, producto de la disgregación de individuos que pasan a habitar el espacio en soledad.

Mario se encierra en sí mismo en vistas a un futuro que cree debe ganar por medio del dinero. El personaje debe recorrer a lo largo de la novela un viaje, que incluye un descenso y una elevación, para lograr discernir entre lo valioso y lo obsoleto en un mundo de claroscuros. Si bien ganar un buen sueldo da cierta seguridad, no es un tipo de seguridad duradera. Mario lo expresa en la siguiente frase: “Pero era como una maldición. Cada vez que le parecía haber dejado atrás un precipicio brotaba como de la nada el próximo.”. Por otro lado, el mundo está lleno de injusticias. Lo sabe muy bien Melek que llegó a Alemania ilegalmente en un container de zucchinis. Las ansias de dinero llevan a los hombres a la bajeza de la estafa (como Wolfgang que contrata a ilegales y no les paga en tiempo y forma). Y ante esta ausencia constante de los personajes -ausencia mítica que puede tomar cualquier forma, ya sea la pérdida de la familia, de la amistad, del diálogo-, el amor es la única respuesta posible, porque es la única fuerza transformadora de la que dispone el hombre, una fuerza que no esté teñida de falsedad o ambición. La violencia está por doquier, el menor acto puede condenarnos. La novela hace algo bastante audaz y es reflejar cómo Wolfgang, empresario exitoso, tiene una vida de mierda igual que la de cualquier inmigrante. Mario, con su vida triste, no está muy lejos de su hermano. La soledad se instaura en su doble vertiente: como aislamiento negativo, en el caso de Wolfgang, o como paso necesario por la intimidad propia para entender la necesidad del otro, como es el caso de Mario.

Esta serie de avatares se da con un ritmo movido e intenso, con grandes saltos temporales y con notables ausencias a reponer por el lector. El narrador es un hombre ácido e irónico. No puede dejar de bromear y corroer las cosas a su paso con la certeza del sarcasmo. Es penetrante e indeciso. Si generalmente está detrás de Mario, reproduciendo sus palabras, haciéndonos saber sus sentimientos, eso no quita que lo abandone y se vaya, que tome los ojos de Wolfgang o de Melek. Todos, ya no sabemos si el narrador o los personajes, juegan con la realidad, la miran y no pueden dejar de reírse de ella, pues de otra manera sería bastante decepcionante y oscura. La ironía es necesaria. Cuando sentimos que sus efectos se deterioran, el tono del relato cambia hacia la tristeza, se vuelve denso, casi parece callar el grito que la realidad le insinúa. Lo grotesco suele llegar y oficiar de salvavidas, para que la risa nos haga tolerable el sufrimiento ajeno y sobre todo para que nos haga despertar a la ficción de la novela, a su naturaleza irreal de simulacro.

El acto de escritura, ante la impotencia, es la única herramienta que nos salva. Ésta pone en evidencia las estructuras ocultas del poder y devela la hegemonía del capital contra la que el autor se manifiesta abiertamente en contra. “Pero bueno, al final, ¿quién era realmente consecuente hoy en día? ¡Con todo este posmodernismo dando vueltas!”. La cultura líquida y difusa de la posmodernidad se acepta como un hecho. Pero el drama posmoderno no deja de ser una ilusión en algún punto, puesto que persiste una modalidad que no ha sido afectada aún. El capitalismo (y su insidiosa sustancia egoísta) se filtra en todas las aspiraciones del protagonista, en las relaciones familiares y amorosas y, como no podía ser de otra manera, en ¡la lengua! Las palabras de origen inglés que surgen del ámbito empresarial, como outsourcing, o del ámbito tecnológico empiezan a ser moneda corriente en alemán. La lengua, nos quiere transmitir Zelik, es un lugar de tensiones políticas.

La literatura, en esta propuesta ideológica de Zelik, examina y muestra problemáticas que vuelven a la Alemania fuerte y civilizada en un lugar un poco más caótico y menos utópico de lo imaginado. Constantemente se hace hincapié en la cuestión Este/Oeste que, pese a la desaparición del muro, sigue sosteniendo una grieta cultural profunda y permite distinguir a dos grupos poblacionales distintos, que vivieron cerca y lejos a la vez por muchísimo tiempo. Se critica la capacidad productiva alemana, su ímpetu incansable y obstinado por progresar. Por último, la novela gira en torno a la cuestión inmigratoria y a los derechos de los hombres ilegales que, si bien relegados a la periferia de la sociedad, no dejan de ser contratados en obras y otros trabajos.

Hay que reconocer, además, el esfuerzo de la Editorial Cruce que publicó el ejemplar y de la traductora Florencia Martin, gracias a quien debemos el poder leer la obra en español, con una prosa que se mueve con bellísima agilidad y ritmo. Situaciones Berlinesas, desde su ribera ficcional, levanta constantemente puentes hacia nuestra ribera de lectores, participantes de un mundo real y misterioso. El libro de Zelik además de ser divertido - dato no menor- tiene la capacidad de otorgarnos ese instante de lucidez en el cual descubrimos una verdad dentro de nosotros, pero a la que hubiese sido imposible llegar sin la literatura.
*Reseñador
Santiago Hamelau nació en Buenos Aires el 31 de octubre de 1991. Estudia Letras en la Universidad Católica Argentina y escribe el blog enlaforjademialma.blogspot.com.ar (2012).