Estación Zombie
Marcelo Daniel Díaz


Estación Zombie. – Siempre creí que los zombis eran los protagonistas de un subgénero del cine de terror clase B., de Germán Arens.
(Vox, 2013)


“El fin del mundo
puede llegar a cualquier hora
y de muchas maneras”

Osvaldo Bossi.

Pienso, en una instancia de pre-lectura, en cómo la figura del zombie se ha vuelto recurrente en nuestra literatura. Se me ocurren de primeras textos narrativos como Vienen bajando. Primera Antología del cuento zombie argentino (2011) o el cuento Estampida de Zombis de Esteban Castroman incluido en su libro de cuentos 380 voltios (2011). O Berazachussetts de Leandro Ávalos (2007). Eso en lo que se refiere a un estado de la cuestión: narraciones donde de una u otra forma la figura del zombie atraviesa (y devora) la cultura. Ahora en términos formales y ya en el interior del libro de Arens pienso, también, en el diario personal de escritura como un espacio de resistencia y una manera de sostenernos (o de perpetuarnos) desde el lenguaje, la letra escrita, en el mundo. Recuerdo, como ejemplo representativo, el diario de Winston Smith en 1984 de George Orwell (1949) o sino el diario íntimo del narrador de Nosotros (1921) de Zamiatin: dos obras en las que no hay un solo zombie, claro, pero en las cuales se narra una experiencia límite.

El texto editado por Ediciones del Vox está construido a partir de los restos textuales de un diario de supervivencia que se extiende desde un 8 a un 13 de abril a modo de poemas en prosa o de relatos poéticos. Las coordenadas espaciales y temporales se corresponden con la diáspora iniciada en el libro anterior, como si fuera una secuela de En una nave comandada por Enrique unos pocos abandonan la tierra.

Aquí Bahía Blanca es una ciudad caracterizada como: “una urbanización fantasma, / se asemeja a las ciudades abandonadas / de las antiguas películas de ciencia ficción, / una ciudad freaky de construcciones pálidas / en la que parece percibirse la presencia / de sus antiguos moradores.” La representación, proveniente quizá del imaginario constructivista, o de una película de Fritz Lang, no sólo es topos sino también protagonista en este relato lírico que construye Arens. Digo esto porque en otras oportunidades, en otros textos, aparece también la misma ciudad, como en los Cuadernos de Lengua y Literatura V, VI y VII, de Mario Ortiz, cuando recuerda, mediante el señalamiento de otro escritor bahiense, el Negro Díaz, la analogía entre las figuras urbanas de El continuo de Gernsback, de William Gibson, y Bahía Blanca. Daría la impresión de que si hay un cataclismo será mejor percibido desde un área industrializada. Como si existiera cierta relación de consecuencia entre estos paisajes post-apocalípticos rodeados de chatarra y ruinas y la devastación completa.

Ya en los versos que abren la serie del libro el yo-lírico se presenta como un personaje: “Mi nombre es Carlos Sánchez, / hace tres años y un día / que vivo entre cuatro paredes de hormigón armado / a dos metros bajo tierra.” De la misma manera que lo hace en el libro anterior se van tejiendo voces diferentes en sintonía polifónica. Lo interesante en este caso es que se capitalizan aquellos discursos –políticos — que han circulado en nuestra historia y memoria reciente desde el peronismo hasta el universo de la política actual. Se realiza un montaje y, dialógicamente hablando, se integran frases provenientes de discursos como los de Alfonsín, Menem, Fernando de La Rúa, Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. La selección de cada instancia de enunciación no es arbitraria sino que se corresponde con aquello que en el campo del análisis del discurso político se denomina “dislocación”, es decir: formaciones discursivas que irrumpen en el orden natural de las cosas por fuerza o por alguna clase de energía social que reviste de sentidos colectivos lo real. Para cada oportunidad creo que la palabra clave, como una contraseña de lectura, es “lo popular”. Habría que pensar en la relación entre este último término y la comunidad de hordas zombies que deambulan por la tierra.

Me llamó la atención el título: “siempre creí…”. Se produce una reversibilidad del término, o de la expresión, “creer”. Organizamos, regulamos y ordenamos nuestra vida por medio de creencias. Lo que en un momento, narrado en tiempo pasado, parece un estado elemental de una creencia sostenida desde la ficción, se termina, en el devenir diario, por transformar en un hecho real. Lo que parece un conglomerado de fantasmas de signos que construyen y sostienen la cultura de masas se convierte en una pesadilla más que concreta.

En esta dirección sobresale la diversidad de connotaciones que asume el término “creencia”. En algún punto Alfonsín enuncia: “Ya no va a haber ningún iluminado / que venga a explicarnos cómo se construye la república. / Ya no habrá más sectas de “nenes de papá”, / ni de adivinos, ni de uniformados, ni de matones / para decirnos lo que tenemos que hacer con la patria. / aplausos.” La política se sostiene desde creencias como procedimientos de valoración y consolidación de sentidos. Pero Arens integra ese universo de significación y complejiza alternativas de lectura: “Sería diferente si tuviera la Fuego… / La Fuego roja como las banderas que envolvían / los santuarios de veneración al gauchito Gil / La Fuego que convirtiera a Renault / en la marca más ganadora del TC 2000.” La analogía entre el color rojo del gauchito Gil sumado a los adivinos de los que habla el ex presidente de los argentinos son parte de una misma unidad en la que el pensamiento mágico, o mítico, se articula íntegro en el corazón del imaginario del pueblo, como si la creencia fuese un comodín que significa en una o en otra dirección según la ocasión.

Otro punto es el modo en que se aborda la percepción. El yo-lírico está en un estado de trance que captura fotograma por fotograma lo que ocurre a su alrededor y por un momento se detiene en el firmamento: “Sobre el horizonte oeste / muy cerca de Venus distingo a Saturno, / el de los 17 satélites. / Venus, que es el lucero, apenas si se ve.” Ese movimiento ascendente de la mirada, se vuelve descendente casi en simultáneo: “Mi bicicleta fija Randers en el comedor, / nuestro telescopio y tu Apple Mac; / todo permanece en su lugar / a excepción de un fémur y su carne / puesto al frío.” El telescopio recuerda la experiencia anterior de Enrique; se busca una respuesta o una presentificación del más allá en el más acá en términos casi astronómicos.

Por último, entiendo que la voz del poeta intenta delinearse en el interior de una especie de distopía conformada por un imaginario distorsionado y provisorio. Sin embargo, en pleno paisaje monocromático, se enuncia: “el sol sigue siendo sol, todavía está amaneciendo” igual que en aquella paradoja que formulaba Benjamin en su Programa para la filosofía venidera: “gracias a aquellos que no tienen esperanza nos es dada la esperanza”. Como si en la peor versión del presente estuviese concentrada en forma subterránea la posibilidad de edificar y transformar el orden del porvenir.—
*Reseñador
Marcelo Daniel Díaz nació en 1981. Vive en Río Cuarto (Córdoba). Profesor y Licenciado en Letras. Participó en la antología Es lo que hay llevada a cabo por Lilia Lardone en 2009. En 2010 participó de las residencias literarias del Centro de Arte Contemporáneo de Córdoba a cargo de Silvio Mattoni y María Teresa Andruetto. En el año 2011 publicó el libro de poemas Newton y yo con editorial Nudista. Y en el año 2012 publicó el texto de lingüística La palabra y la acción: la máquina de enunciación K con EDUVIM.