A la sombra de la muchacha en flor
Vanina Colagiovanni


Una muchacha muy bella, de Julián López
(Eterna Cadencia, 2013)


Si una mano tuya elude la desgracia
Con la otra mano descubres
Que todo aquello no es nada más que escombros.
¿Es sobrevivir a la muerte el vivir?
Se opone a tu suerte una mano tuya,
Mas la otra, ves, en seguida te asegura
Que sólo puedes retener
Migajas de recuerdos.

Giuseppe Ungaretti

Ya está entre nosotros la novela de Julián López. Se la esperaba con ganas, por un lado, porque la narrativa vive en estos días cierto auge de la mano de algunos títulos que han ampliado el número de lectores de autores jóvenes (como El viento que arrasa de Selva Almada, La virgen cabeza de Gabriela Cabezón Camara, Mi libro enterrado de Mauro Libertella y tantos otros). Pero además, porque López viene interviniendo en el campo literario desde hace rato: junto con Selva Almada y Alejandra Zina, organiza el ciclo de lecturas Carne Argentina por el que han pasado en estos últimos ocho años muchos de los mejores escritores locales.

Una muchacha muy bella es el relato minucioso y lleno de emoción de los breves años que compartieron en una casi absoluta soledad una madre con su hijo durante la década del setenta. La mirada de él sobre su madre lo lleva de vuelta a sus siete años, ya que en esta novela el papel principal no lo desempeña lo que el narrador ha vivido sino el tejido de su recuerdo. O quizás podríamos pensarlo al revés, que lo que construye la narración, lo que la entrelaza, es la obra del olvido. Porque es tarea del olvido la selección de qué permanece y que no. Así que, a la manera de la memoria involuntaria de Proust que dio lugar a una de las obras literarias más exquisitas del siglo veinte, lo que cuenta en este libro es el trabajo de edición del olvido, que saca a la luz las pepitas de oro del pasado dormidas abajo de una montaña de escombros, abajo de los acontecimientos inocuos del presente.

La disposición del narrador, que podríamos llamar melancólica, tiñe todos los acercamientos a ese mundo compartido con su madre, que añora y que ha dejado de existir. Aún el objeto más banal, una marca de cigarrillos, una golosina, una telenovela, dice mucho sobre ese momento, personal y también colectivo. Las trivialidades mundanas enfocadas desde esta sensibilidad son sobrevivientes del pasado y, por lo tanto, portadoras de un saber sobre el presente. El registro es fundamentalmente sensorial; llega al olfato a través de los perfumes como Dulce honestidad de Avón; al gusto mediante los doritos, los topolinos, chocolatines Jack y demás delicias infantiles; al tacto a través de las polleras de tweed y seda de su madre o el plumetí de la casa de su vecina; al oído a través de la voz de la madre en las conversaciones telefónicas ahogadas o las sirenas que lo despiertan a la noche; a la vista a través de sus cuadros, de sus libros, de las postales que ella misma se envía y comparte con él.

Hay un fuerte esmero en el trabajo con el detalle y la miniatura, algo que se observa en las descripciones de los paseos en las confiterías, o en la escena en el Jardín Botánico; dan ganas de estirar la mano para tomar alguna masa húmeda o tocar una escultura. También hay un increíble énfasis en el modo en que se registra lo vivido, algo que se vuelve evidente en la elección del léxico, tan precisa y lúdica, y en las construcciones musicales -y por momentos vertiginosas- de las frases. El lenguaje, con sus asociaciones y juegos de palabras, está lleno de riqueza metafórica. El narrador es minucioso en la reconstrucción. Hay momentos inolvidables, como la noche en que su madre se quedó dormida a su lado y él solo quería seguir despierto. Él está ahí, él existe como la prueba viviente de que todo eso fue vivido. En ese punto, la novela desborda emoción, se trata de un amor genuino hacia esos recuerdos porque forman parte del escenario de su destino.

Testigos de otro tiempo, huellas de la memoria personal, emocional y también de la reconstrucción histórica (de la Memoria con mayúsculas), las referencias de esos años los vuelven palpables. Es que los años setenta no aparecen más que en el registro exhaustivo de una vida que ha sido atravesada por ellos. En la amenaza de bomba en el colegio o en la primera vez que el chico oye la palabra picana hay pistas o señuelos que tiñen de los colores de esa década la atmósfera de la narración.

La luz de esos días es azulina, como la piel de la madre, como lo que proyecta a través de los años la película alterada del recuerdo y, finalmente, como la sombra que se cierne sobre él, cuando ya es un hombre. Una escena muy intensa nos muestra cuando ya adulto él cree haber creado una nueva “institución”, la del té, solo para darse cuenta que en realidad su madre tomaba té y está volviendo sobre sus pasos una vez más. Como dice Benjamin en su libro sobre su infancia en Berlín, “jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos”. Y aún así, vivimos y estamos hechos -más que nada- de recuerdos.
*Reseñadora
Vanina Colagiovanni es poeta y editora de Gog y Magog ediciones (www.gogymagog.com). Publicó Travelling (2003), Sala de espera (2007) y Lo último que se esfuma (2011).