Por siempre Lutereau
Flor Codagnone


Forever Juntos, de Luciano Lutereau.
(Pirani Ediciones, 2013)


Que Luciano Lutereau haya publicado un libro nuevo –entre los tantos textos nuevos que publica por año–, podría pasar inadvertido. Sin embargo, hay, a priori, dos motivos destacables para celebrar la aparición de Forever Juntos. Se trata de poesía, un género que el autor transita casi fantasmalmente y en el que su voz y su yo poético toman particularidades interesantes. Además, con este libro, se lanza Pirani Ediciones y como dice la propia Julia Pirani en el prólogo que introduce el poemario: “Fundar una editorial es arrojarse al mundo, al creer que lo que no hay, de alguna forma, es necesario que exista”.

Cuando leo esa frase pienso que el amor también es un modo de arrojarse al mundo o, en palabras de Lutereau, “al río enfermo de Heráclito”. También, el amor es creer necesario (intentar fundar) aquello que falta. Si de algo habla Forever Juntos es de amor. Y no sólo habla. Habita esa falta. Construye una poética y una política del amor. No cualquiera, una masculina o, al menos, una que indaga el lugar del hombre, del varón, frente a un otro, que intuimos, siempre femenino.

Si cuando Lutereau hace narrativa –Perezosa y Tonta, Marcadores Nuevos, Escribir en Canadá– suele indagar y apropiarse de voces y universos femeninos, cuando trabaja en verso su voz y sus mundos parecen tornarse, nombrarse, masculinos, siempre en función de un otro. “«Sos mi mujer» y al mismo tiempo, /eso implica que así / yo soy «tu hombre»”, dice en “Le bonheur”. Sin embargo, algo de esa masculinidad, de la certeza de la masculinidad, no resulta acabada, parece y se escucha infantil o, para decirlo en sus propios términos, “con la forma de un juego infantil”. No se puede hablar de Forever Juntos sin tener en cuenta otros textos del autor. Es que la obra académica y literaria de Lutereau va construyéndose y dialogando con elementos que recurren: la mirada, la voz, lo religioso, lo infantil, las caricias, lo familiar, lo cinematográfico, lo femenino, el pasado, las canciones, el barrio chino como un mundo posible y una mujer perenne, siempre llamada Lola…

Si algo tiene especial influencia sobre la escritura del autor es la nouvelle vague y en Forever Juntos se pone por completo de manifiesto. No sólo por el hecho obvio: casi todos los 20 poemas que integran el volumen llevan nombres de películas que han dirigido Chabrol, Vadim, Godard, Resnais, Truffaut, Rohmer, entre otros. También, porque Lutereau y su yo poético juegan, ambos, a Antoine Doinel. Se ponen esa máscara y esa piel para transitar nada más y nada menos que el camino de un héroe amoroso que decide enfrentarse a esa grieta que supone el amor. Hay, todavía, más: estos poemas proponen imágenes a la manera cinematográfica. Algunas escenas explotan de color, como lo harían en un film de Godard, y, en otras, casi puede tocarse, respirarse, el grano del blanco y negro, a lo Resnais o Chabrol. Algo de la fotografía de los poemas de Lutereau llega donde la palabra no puede atravesar al lector.

Por otro lado, sospecho que la elección de esos nombres en francés no es más que una forma de intentar afirmar un nombre propio. En “La chinoise” apela a una definición religiosa (“yo soy protestante”) en la que no podría más que advertirse su apellido (Lutero–Luteró –Lutereau). En “Le beau Serge” (una vez más, el nombre propio masculino) su yo poético se desdobla y dice “tonto Luciano”. Ese significante, “tonto”, atravesará con fuerza el poemario. Habría que preguntarse qué significa la tontería para Lutereau, por qué juega, ironiza o se castiga, según el caso, con aquel nombre. También podríamos preguntarnos qué le supone el casamiento, un nuevo elemento que introduce el poemario en la idiosincrasia de su escritura.

Este conjunto de poemas, además, propone al amor como un espacio (“¿seremos dos calles paralelas?”, “¿se puede crear desde el vacío?”) en el que falta algo o todo falta y que a la vez está lleno de objetos cotidianos y posmodernos –el teléfono, Facebook, la peluquería, los supermercados chinos, las expensas, un paraguas–, que hacen del espacio-amor algo un poco más asible, más habitable. Si en Todos contentos era “Tu remera /dejada en la cama / durante un par de días”, en Forever Juntos es la geometría de la ropa interior que descansa a un lado de la cama. No quisiera dejar de mencionar el vínculo de estos poemas con el pop. Con la canción pop, pero también con el pop entendido como una experiencia estética que se nutre de otros géneros y elementos. Ya mencionamos el uso que hace de la nouvelle vague, pero Lutereau también dialoga con la época dorada del cine argentino (“Besos brujos”, “Los martes orquídeas”), con la filosofía, con Puig (“Boquitas pintadas) e incluso, conversa con sus contemporáneos, por ejemplo, el dramaturgo Mariano Pensotti –que a su vez dialoga con la banda Of Montreal–, cuando dice “el pasado ya no es más / una especie de animal grotesco”.

En ese sentido, si bien es claro que el ensayo sobre las editoriales independientes con el que culmina Forever Juntos ganaría más relevancia en otro espacio (un medio gráfico, un debate público, por ejemplo), también podría considerarse como una parte de la ineludible estética pop del libro. Una estética que no deja de ser intelectual ni políticamente madura y que no deja de conversar y de nutrirse del otro. Después de todo, el mismo Lutereau escribe: “el amor no existe más / que en la conversación”.
*Reseñadora
Flor Codagnone nació en 1982. Es periodista y escritora. Participó en la antología Rock del país (Universidad Nacional de Jujuy, 2010). Escribió con Nicolás Cerruti Literatura ∞ Psicoanálisis: El signo de lo irrepetible (Letra Viva, 2013). Tradujo Los Beatles y Lacan: Un réquiem para la Edad Moderna (Galerna, 2013) y publicó el poemario Mudas (Pánico el pánico, 2013).