Analistas que leen a sus poetas
Victoria Cóccaro


Tres ensayos sobre la perversión. Figuras de la perversión en la clínica, el arte y la literatura, de Tomás Otero.
(Letra Viva, 2013)


Un libro que en una biblioteca se catalogaría como “psicoanálisis”, que trata en particular sobre la figura clínica de la perversión, ha despertado mi interés a pesar de que no soy analista ni leí sistemáticamente a Freud o Lacan -salvo algunos textos, y más como piezas literarias, filosóficas o ensayísticas. Y sospecho que esto ocurrió porque Tres ensayos sobre la perversión, justamente, no vuelve más rígida a la disciplina si no que la abre -entrecruza materias, hibridiza discursos- para cercar conceptos. Esto se despliega con peculiares operaciones de lectura y escritura que enriquecen al texto, que lo convierten en algo bien distinto a un mero deletreo de teoría psicoanalítica que deja afuera a quienes no somos analistas. Y es más: hay un trabajo con literatura. Y aun más: hay un trabajo con poetas argentinos claves de la literatura argentina de las últimas décadas, y relevantes para leer la poesía contemporánea, la que se está escribiendo hoy. Veo que la producción de Tomás Otero a partir de nuestros poetas puede inaugurar en los analistas el trabajo con quienes están escribiendo hoy; porque quién mejor interpela a la época que, como diría Agamben, el poeta -el contemporáneo- con la mirada fija en su tiempo, para percibir no sus luces sino sus sombras.

Entonces, en primer lugar, lo que llamó mi atención fue la elección de los autores con los que Otero trabajaría la perversión: Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini, a los que se suma, en el último ensayo, André Gide. Como todos sabemos, Alejandra Pizarnik escribía poesía. Además escribía para revistas: ensayos, prosas poéticas, artículos de crítica. Este es el caso de “La condesa sangrienta”, que aparece por primera vez en la revista mexicana Diálogo en 1965. No es casual que esta suerte de crónica biográfica de Elzébet Bathory comparta con sus poemas el mismo sutil universo temático: albas, niñas, noches, muertes, espejos. César Aira, que lee a la poesía de Pizarnik como “surrealismo invertido”, ve en esta acotada selección, como en la corta extensión de sus poemas y escritos, una exigencia de pureza donde las palabras y los temas se vinculan en posibles combinatorias sobre el horizonte de su inminente agotamiento, incorporando la propia muerte a la obra (1). Su obra ha sido en general relegada por la crítica a través de rótulos fáciles que la marginan y clausuran posibles lecturas fructíferas -como la que ocurre en Tres ensayos sobre la perversión-, y hacen prevalecer a la suicida meláncolica o depresiva oscura, sin interpretar en todo caso y de una forma más lúcida, el engranaje de estas piezas biográficas en su proyecto de escritura. En relación a esto, creo que otro de los aspectos que me atrajo del libro fue su capacidad de acercarse a Pizarnik como poeta y no como paciente neuropsiquiátrica. Para él, la obra de Pizarnik no es una manifestación del inconciente ni un registro de enfermedad psíquica. En ningún momento se habla de la poeta si no es partiendo de su obra, acaso lo único que podemos leer. Es curioso que, mientras la crítica literaria -en general- ha visto allí una enfermedad mental (lo que es objeto del psicoanálisis), el analista Otero leyó en primer lugar la poesía, y luego escribió sobre psicoanálisis.

Actualmente podemos conocer casi toda la obra de Osvaldo Lamborghini (2): poemas, cuentos, novelas, dibujos, collages, y hasta los 5 números de la revista Literal (3). Digo ‘actualmente’ porque sabemos que su obra se mantuvo inaccesible y desconocida por varios años, debido a las pequeñas tiradas que tuvieron las 3 obras que publicó en vida. Recién entrados los 2000 se publicaron en Argentina los 4 tomos que reunieron su obra édita e inédita; el relato “El niño proletario” (del libro Sebregondi retrocede) es el que Tomás Otero recorre en su primer ensayo de la mano de la perversión. Y este es el punto de partida que funde nuestra literatura contemporánea con los psicoanalistas que hoy se están formando y crean nuevas torsiones en esta disciplina. Por eso la importancia de este acto de lectura es doble: porque atiende a nuestros poetas -a dos poetas que han radicado por mucho tiempo en una zona oscura o marginal de la “tradición”, cuyas múltiples lecturas han dado lugar a variados mitos, cuya obra genera fascinación u odio y tiene suma vigencia para leer a los poetas que escriben hoy-, y en parte por esto creo que el gesto de Otero nos incumbe a los lectores de poesía, más allá de que en la práctica, Tres ensayos sobre la perversión sea, en primer lugar, para analistas. Decía, entonces, que la importancia de este acto de lectura es doble, porque además sugiere algo imprescindible: para pensar la clínica psicoanalítica hay que leer literatura, nuestra literatura, nuestros poetas. En verdad, el papel fundacional de la literatura en el psicoanálisis ya está en Freud y sus lecturas de Goethe, Shakespeare, Sófocles; y también en Lacan, por ejemplo, en su lectura de Gide, la cual es retomada por Otero en el último ensayo. Es decir, hay algo que Otero recuerda y reinterpreta de forma lúcida: los analistas leen a sus poetas, y es importante ese pronombre: así como Lacan lee a Gide, Otero lee a Pizarnik y a Lamborghini.

A esta altura se ve claramente una figura que emerge en Tres ensayos sobre la perversión, que es la del analista lector. El analista lee para interrogar límites, bordes, operaciones; para despojarse del fetiche y encontrar la estructura. Lee el drama de los personajes (el niño ¡Estropeado!, la Condesa, el niño Gide) no en sus grandes relatos si no en un hecho, en la singularidad que ofrecen: la rompiente tarde azul en que asesinan al niño proletario, el breve recorte de la vida sádica y melancólica de Báthory que narra Pizarnik, el púber Gide frente al espejo junto a la mirada de su tía Mathilde. Lee psicoanálisis, poesía, filosofía, filosofía política. En verdad lee las prosas de los poetas y poca crítica literaria, salvo dos artículos citados en el primer ensayo. Veo en esto que la grieta poética que Otero reabre en el psicoanálisis puede, todavía, profundizarse: ¿por qué no ir más lejos en ese cruce y leer los poemas de nuestros poetas y a nuestros ensayistas, leer crítica como la crítica y la teoría literaria leen psicoanálisis, como la misma revista Literal destiló el psicoanálisis en la literatura como legado de la hibridez inconsciente-letra que había producido Oscar Masotta? Sin dudas, no será la única pregunta que este libro propone.

Lo interesante de este lector es que además escribe, es decir no sólo nos transmite lecturas si no que escribe a partir de ellas y con ellas. El analista escritor recorre el camino que va desde apreciar la perversión como hecho literario a comprenderla como entidad clínica, desde la presentación literaria de formas “extremas” de la perversión, a la elucidación de sus filosos vectores desparramados sobre puntos o zonas que, a través de las obras comentadas, se iluminan en el mapa de la perversión. Otero se propone dejarse enseñar por el arte, y el arte “enseña” en un doble sentido: muestra y transmite la interacción de bordes de figuras clínicas. Este libro propone correrse de la clasificación y estandarización de la figura clínica, y por eso lo que Otero señala sutilmente son rasgos, estrategias y no estereotipos acabados “de catálogo”. Es así que en ese recorrido ensaya nombres, y el analista escritor, reescribe: a la perversión como subjetividades perversas.

Otra cosa que en Tres ensayos sobre la perversión el psicoanálisis aprende de la literatura y las artes visuales es su falta de moral (basta repasar algunos nombres: Lamborghini, Pizarnik, Gide, ¡Sade!, Man Ray, Magritte, Duchamp), continuando lo que dice Gabriel Lombardi en el prólogo: el psicoanálisis no es una moral ni una metafísica de las costumbres. Es un aprendizaje de lectura, de escucha, de interpretación, de escritura: así se acerca a personajes extremos sin vacilación, sin juicio. Se trata de escuchar sin razonar, llegar al detalle aberrante sin sobresaltos dejándose iluminar por el brillo genio de una lógica perversa, que resultaría insoportable desde una perspectiva moral. Aquí más que nunca, como escribe Lamborghini: “Psicoanálisis: indecencia y vanidad” (4). Y festejo la “indecencia” del psicoanálisis en Otero de meterse con nuestros poetas, ojalá que muchos indecentes analistas se animen a leer poesía, que muchos indecentes poetas se animen a leer Tres ensayos sobre la perversión.
(1) Para una lectura lúcida de la obra de Alejandra Pizarnik, por fuera de los convencionalismos críticos que la han catalogado con metáforas sentimentales como “pequeña naufraga” o “niña extraviada”, recomiendo el libro de César Aira, Alejandra Pizarnik, Rosario: Beatriz Viterbo, 1998 (2012).
(2) Novelas y Cuentos I y II, Poemas 1969-1985, Tadeys (todas por Ed. Sudamericana) y la edición española facsimilar del Teatro proletario de cámara. Y a esto puede sumarse la lectura de la minuciosa biografía que Ricardo Strafacce ha escrito sobre Lamborghini (Mansalva, 2008).
(3) Existe una antología de la revista publicada en 2002 por Héctor Libertella (Ed. Santiago Arcos).
(4) Del poema “Primura (para Rodolfo Fogwill)”.
*Reseñadora
Victoria Cóccaro es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires, es ensayista y poeta. Ha publicado los poemarios El plan (2009) y Hotel (2012) en la editorial Colección Chapita. Ha participado en la dirección de la revista de poesía y arte El niño Stanton e integra el grupo de investigación Ubacyt, “Espacios, paisajes y afectos: dispositivos narrativos en el campo de lo sensible”.