La interrupción del equilibrio
Verónica Pérez Arango


Lógica de los accidentes, de Nurit Kasztelan.
(Vox, Bahía Blanca, 2013)


Leí el último libro de Nurit Kasztelan, editado por Vox, de un tirón en un viaje en colectivo. Fue este invierno, uno de esos días de un frío acuchillador. Así y todo, mientras mi lectura avanzaba, tuve que aflojarme el nudo de la bufanda y abrir la ventanilla para tomar aire. Los versos parecían lograr su cometido: dejarme sin aire.

Los poemas de Lógica de los accidentes nos formulan esa pregunta que guía la creación de los poetas desde siempre: ¿cómo traducir los sentimientos en palabras? Ya desde la portada del libro, que reproduce una obra de Alejandra Seeber: unos globos de diálogo vacíos y translúcidos, similares a burbujas enormes, salen de las ventanas de un edificio como si quisieran interrogarnos acerca del lenguaje verbal y su correlación con las emociones. Todo el poemario de Kasztelan se plantea, en las tres partes que lo componen, como un tratado sobre el orden y el caos que rigen nuestra vida. A partir de esa premisa, sobresale más que nada un yo poético femenino que pregunta, reflexiona y expone, bajo una óptica hiperanalítica, el funcionamiento del mundo -aunque lejos esté de comprenderlo-. Este análisis implica internarse en las cosas con mucha agudeza y desmantelar con obsesión cada engranaje, hasta el más minúsculo. Podríamos pensar que esa profundización llevaría a concluir en algo; sin embargo, la elección que hace la autora es la contraria: cuantas más capas la poeta le quita a las cosas, más parece perderse en una reflexión de la reflexión de la reflexión al infinito.

Dividido en "Interrupción del equilibrio", "El amor era un juego inestable" y "Alterar la geometría lineal", el libro se va tejiendo por medio de una voz que al comienzo quiere respirar aunque de modo infructuoso -en franco diálogo con Sobre el asma de Irene Gruss-; luego quiere escapar del recuerdo persecutorio de un amor que no fue; y al final, como si se tratara de una síntesis, busca comprender sus pesares y mutaciones mediante los números y las letras, dos sistemas que aparecen en el poemario como opuestos irreconciliables, disponibles para cifrar el mundo: primero, para interpretar los cambios inesperados -o la lógica de los accidentes- y, luego, para sanar las penas del yo.

El recorrido entonces es, al menos, vertiginoso. Kasztelan dice: "No aprendí a respirar/ de la manera correcta;/ me queda el gesto/ de acapararlo todo/ en una sola bocanada." Y más adelante: "Te enamoraste, sabías/ que podían asfixiarte si te abrazaban/ pero el asesino desapareció/ y las plantas de tu casa/ reviven solas." Es así que el amor se vuelve una pesadilla, y la obsesión, un thriller donde la imagen del ser amado se desdobla en un serial killer capaz de replicarse por todas partes.

Comprender el caos sentimental con la matemática ("El cubo entra en el cuadrado/ el prisma en el triángulo/ cualquier niño lo sabe// pero ahora/ las cosas no son tan simples/ como una figura que va o no va"); aliviar el dolor con la palabra ("Ante la primera pérdida/ agarré una hoja/ y empecé a escribir."). Los tres capítulos del libro hurgan en las emociones intensas de una primera persona pero en vez de recaer en el melodrama, Kasztelan desnaturaliza las pasiones, les saca el "jugo" tan radicalmente que logra un efecto de "sequedad" en el texto. Si bien giran en torno a lo mismo y los tópicos (el amor, la ansiedad, el miedo) se repiten a lo largo del libro, los poemas están trabajados de forma económica, sin derroche de palabras, recurriendo en cada texto a la reformulación del leitmotiv.

El encabalgamiento y la agrupación de los versos en estrofas breves, un vocabulario desprendido de la física y la matemática, más la ausencia casi completa de adjetivación, ayudan a que el sentido de la emoción, nombrada en la poesía de Kasztelan, se diluya en pos de su fragmentación, como si la voz poética operara de modo quirúrgico, focalizando, con avances y retrocesos, en la disección de los humores hasta volverlos invisibles: "Soy como esa mujer/ que se muele a sí misma/ me escribo/ y desaparezco."

No se habla acá del amor o de romanticismo o de la exaltación del paisaje; no: lo importante es, por ejemplo y de manera recurrente, el efecto de la respiración sobre el amor, el cambio de hábitos ("En ese edificio/ habita la asfixia de la que creyó/ que con números/ podía estar en el mundo/ y ahora, desde/ una profesión abandonada/ convierte el horario, la tarjeta/ de fichado, las bases de datos/ en una variable inútil."), o la deconstrucción del paisaje bajo el modus operandi de la razón que todo lo toca, todo lo pasa por su filtro ("hay cosas/ que suceden demasiado rápido./ El paisaje se va deformando,/ no confío.").

Los poemas de Lógica de los accidentes enrarecen las acciones más cotidianas hasta volverlas absurdas y extraordinarias; nos interpelan, nos llaman al pensamiento sin dejarnos indiferentes. Y claro, eso se agradece.
*Reseñadora
Verónica Pérez Arango (Bs. As., 1976): Profesora en Letras (UBA). Publicó la plaqueta la desdentada (Casa de la Poesía de Buenos Aires, 2002) y Camping (Vox, 2010). Poemas suyos fueron antologados en el libro Quedar en lo cantado (El fin de la noche, 2009). Obtuvo dos menciones en la convocatoria Poeta Revelación 2011 organizada por Plebella. Actualmente prepara la edición de su próximo libro, Un dibujo del mundo. Dicta clases y talleres de literatura.