Guitarra nocturna
Andrés Alvarado

Guitarra nocturna, de Hernán Tenorio.
(El ojo de mármol, 2013)


¡Ah, de la noche trágica me acuerdo todavía!
(José Asunción Villa, Nocturno II)

No sé cómo alguien pudo controlarte Te compraron y te vendieron
Miro el mundo y veo que da vueltas
Mientras mi guitarra dulcemente llora

(George Harrison, While my guitar gently weeps)

¿Es la poesía un diálogo desesperado? Y si respondemos de manera afirmativa, ¿qué es eso que llamamos desesperación? ¿Quizá lo que nos ocurre frente a la incertidumbre, esa bella tempestad teñida de calma que nos desvela y nos lleva a indagar, cuestionar y violentar al lenguaje? ¿Desesperación ante lo que falta, lo que no podemos alcanzar y entonces el poema es como un zarpazo al aire, como un peldaño más en la escalera hacia Eso que hemos llamado Dios? ¿O acaso desesperamos ante la herida del mundo, el dolor de lo humano que no cesa, que jamás deja de insistir? Los poemas de Guitarra nocturna, primer libro de poesía de Hernán Tenorio, parecen intentar adentrarse en dos terrenos tan infinitos como misteriosos: la música y la noche. Búsqueda que puede funcionar como antídoto ante la frenética experiencia diurna.

Una atmósfera de quietud, rota únicamente por lo sonidos de la guitarra, atraviesa el poemario: “Una guitarra/ negra como la noche/ aúlla en la niebla más densa/ y los alfeñiques se estremecen en las calles/ sedientos de paz.” ¿Por qué aúlla la guitarra o, si se me permite la salvedad, el poema? Por momentos parece dolerse de las aberraciones e injusticias: “Nostalgias acabadas en racimos eclécticos;/ aquellos que brotan de la carne cortada,/ de las lamentaciones humanas,/ del silencio colectivo”, o: “y el sudor del día se despierta con el alba/ cuando las espaldas se desvelan,/ molestas por los dolores que produjeron y producirán las cargas:/ pasadas, presentes y futuras”; aunque también parece aullar, o lamentarse, por el anhelo imposible de lo perdido, lo no hecho: “el viernes por la tarde/ iba yo a comprar un lápiz/ para dibujar una sonrisa// pero me interrumpió un columpio/ que estaba abandonado a la vera del camino”. Y en este sentido, profundizando un poco quizás, podríamos entrever algo del verdadero dolor, el más crudo de los lamentos; aquello que parece imposible conjurar con el lenguaje o pensamiento: “No existe la metafísica real/ que enjaule todas las atrocidades”.

¿Será entonces el aullido un grito desesperado que no encuentra más que palabras y acordes para enfrentarse a la brutal realidad? Quizás estos versos puedan ayudar a esbozar una respuesta: “siempre a matar/ te tiran piedras como gomeras/ un reproche// y la obscenidad abrupta que hablan tus cuerdas// dientes sin dientes/ sangre acumulada/ mitos”, y luego: “y vos, guitarra, me harás despertar del insomnio”. ¿Y por quién vela el insomne? ¿Será acaso porque con el rabillo del ojo inquieto llega a ver aquello que no ven las almas de los que duermen en paz?

Me interesa que la guitarra “aúlla”. Motivado por la expresión fui al diccionario, cuya definición nos dice: “Voz triste y prolongada del lobo, el perro y otros animales”. Me disculpo por la digresión, pero no puedo evitar mencionar que siempre me aterraron de una manera escalofriantemente hermosa los aullidos. Quizás por eso mi obsesión con esta palabra elegida por Tenorio. Fue para mí una experiencia fascinante —y me permito esto porque hablamos también de música— encontrarme en una ocasión de noche, en medio de las sierras cordobesas acompañado únicamente por un perro desconocido, escuchando la canción Capricho Magyar de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y notar cómo se estremecía el perro al oír los aullidos que acompañan a la extraña melodía. ¿A qué oculto misterio, a qué velo, nos llevaría seguir el aullido de un lobo? Pienso también en una hermosa frase del poeta Jorge Ariel Madrazzo, recopilada casualmente en un alto mientras escribía esta misma reseña, distrayéndome frente a ese extraño mundillo que es el Facebook: “No culpes a tu boca: es el universo lo que aúlla.”

Aunque no considero que nos hayamos alejado, volvamos a Tenorio y su Guitarra nocturna. Es posible que con este primer libro se inscriba en la tradición de poetas que cantan a la noche, cuya lista es importante e inagotable. No es para nada menor escoger esta senda, porque en la noche desesperada donde habita el resabio del día, cuando todo se aleja y bifurca entre misterio, sombras, cuerpos extraños que van y vienen, vaticinios de tormentas, soledades y perdición; en esa noche trágica, digo, está el poeta con su lámpara, iluminando esos acordes perdidos que parecen señalar lo que se tiene que hacer de una vez con el lenguaje: “Llevo la palabra más lejos/ (…)/ y la deposito desde la altura más temida/ (…)/ para que den un último suspiro/ y su fruto.”
*Reseñador
Andrés Alvarado es escritor, docente. En poesía ha publicado El día de la lluvia (Editorial Ruinas Circulares, 2012). Autor en los programas Secretos Argentinos (Radio Nacional, 2010-2012), Amores de Historia (Canal 9, 2012), El Pueblo del Pomelo Rosado (ganador del concurso INCAA del Sad-TV 2010). Es profesor de la materia Guión II en la carrera de Guionistas de Radio y Televisión (ISER). Colabora, entre otros sitios web, en Poesía Argentina y en el programa de radio El Club de la Verdad (FM La Caterva). Actualmente trabaja en diversos proyectos audiovisuales, mientras prepara su segundo libro de poesía, Corporal Ciudad. Administra tres blogs dedicados íntegramente a la escritura, el análisis y la difusión literaria: corazontrilciano.blogspot.com.ar; enigmavelado.blogspot.com.ar; aracnidaescritura.blogspot.com.ar.