Una novela entre tiempos
Lucas Adur


Lumbre, de Hernán Ronsino.
(Eterna Cadencia, 2013)


1. La sombra del pasado

Lumbre empieza con una muerte. Es decir: empieza con un final. El muerto es Pajarito Lernú, un viejo conocido para los lectores de Ronsino desde aquellos primeros cuentos de Te vomitaré de mi boca (2003). Hay algo, entonces, en esta novela, de ciclo que se cierra. Un ciclo que comenzó a tramarse hace exactamente una década, con una serie de relatos y dos novelas breves (La descomposición, de 2007 y Glaxo, de 2009) que apostaban a construir un nuevo territorio para la literatura argentina, recreando libremente el Chivilcoy natal del autor. Con lugares como la Glaxo, la Cerámica, el Munich de la Norte, el cine Español, el As de espadas, y personajes como Pajarito, el Bicho Souza, el Negro Montes y Abelardo Kieffer, Ronsino fue configurando un escenario y un elenco (in)estable que vuelve a poner en juego en su nueva novela. “¿Te acordás de Abelardo?”, le pregunta el Bicho Souza a su hijo Federico en uno de los primeros capítulos de Lumbre. Se puede ver en esa pregunta un guiño al lector, una invitación a recordar al narrador de La descomposición. Las obras anteriores de Ronsino, entonces, funcionan como un pasado que aporta espesor a la geografía y las biografías de la nueva novela.

Leer Lumbre es volver a caminar por esas calles con el placer del reconocimiento y, a la vez, descubrir los cambios, las huellas del tiempo. Leer Lumbre es asomarse a esas vidas que conocíamos fragmentariamente, completar algunos espacios en blanco y atar cabos sueltos, lo que constituye un verdadero disfrute para cualquier lector que se haya encariñado ya con estos personajes y/o que sea un poco chismoso: ¿qué pasó con Vardemann después de lo que leímos en Glaxo? ¿De dónde proviene la rivalidad entre Kieffer y Pajarito que se insinuaba en La descomposición? En Lumbre, como en las novelas anteriores, proliferan esas pequeñas historias, con forma de anécdotas o de chismes, que tan bien le salen a Ronsino, esas leyendas urbanas o semi-urbanas como la del albañil que quiso batir un récord de resistencia en bicicleta dando vueltas por cinco días a la Plaza España, la de la Renga en las duchas del club, la del caballo de Bragado. Estas pequeñas historias parecen brotar de la prosa de Ronsino como agua de manantial, inagotables, como es inagotable la memoria. “Recordar una cosa”, según afirma Cesare Pavese en el epígrafe que abre la novela, “significa verla por primera vez”. Lumbre explora las infinitas posibilidades del pasado, de la memoria personal y la familiar, de la memoria colectiva e incluso de la ajena. Los relatos que se cruzan, las distintas versiones, lo que se olvida y de pronto emerge, sorpresivo, como un tiempo recobrado.

El narrador, Federico Souza, nel mezzo del cammin di sua vita, vuelve a su ciudad (¿o es un pueblo?) convocado por la muerte de un antiguo amigo. Es imposible describir todo lo que pasa, las diversas situaciones que atraviesa en los tres días que dura esa visita. Sin embargo, en el último capítulo, sentimos que algo ha culminado y la inminencia de un nuevo comienzo. Lo que empezó con un final (una muerte) termina con un principio (una partida). “Un pueblo hace falta, aunque solo sea por el gusto de marcharse de él”, recordaba Ronsino citando, una vez más, a Pavese en sus “Apuntes de un lector”. Las cenizas del pasado quedan, escondidas y dispersas entre esos lugares familiares, pero el narrador se va. Chivilcoy queda atrás, o muy adentro, en la memoria de la niñez, los padres, los maestros y los amigos. Al final del camino, como una amada extranjera, como el futuro, espera Buenos Aires.

2. Antes y ahora

“Estoy escribiendo un recuerdo”, le dice Pajarito a Federico, en una frase que casi podría condensar la poética de la novela. La escritura del pasado es un proceso que se enuncia en presente, desde el presente (“estoy escribiendo”), y la novela construye su perspectiva trabajando el desfase entre esos tiempos. En este sentido Lumbre es, quizás, la novela más borgeana de Ronsino. No por sus temas ni por su estilo, ni siquiera porque se habla de libros, de escritores y películas, mezclando lo auténtico y lo apócrifo, como en la sorprendente -y casi cien por ciento verídica- historia de La sombra del pasado, una película con guión de Cortázar, filmada en Chivilcoy y perdida en un incendio. Lumbre es borgeana, sobre todo, por la construcción de una mirada singular: la mirada del que regresa.

A principios de la década del veinte Borges volvió a Buenos Aires después de varios años en Europa. Se reencontró con una ciudad en pleno proceso de modernización. Pero, en sus primeros libros de poemas, el escritor rescató de esta urbe moderna los restos, las persistencias de la ciudad pasada. Como la del joven Borges, la mirada de Federico Souza en Lumbre es ligeramente anacrónica. Los lugares, para él, son lo que fueron, no lo que son. Su memoria de lo que ha sido el pueblo se sobreimprime al presente y la novela entera está atravesada por esa tensión entre “antes” y “ahora”. Aunque ahora haya un ciber atendido por chinos, Federico Souza sigue hablando del Munich de la Norte; el café “Los amigos” es “el bar de Zunino”, aunque no quede ningún rastro de su antiguo propietario. Así, también, con las personas. El narrador busca en los rostros –conocidos y desconocidos- que se le presentan, algún rasgo, una palabra o un gesto que le permita remitirlos al pasado, asociarlos a un recuerdo: nombrarlos.

“Mientras avanza, los músculos se le contraen y el sol del atardecer resbala, también, brillando. Como si esa espalda fuera un puerto: es decir, un lugar incierto y preciso a la vez. Un lugar de reconocimientos y extravíos. Areco, digo sin decir, resolviendo un enigma. Los días de calor resuenan apelmazados, en ese nombre, resuenan como un durazno caliente mordido en la sombra del cañaveral.”

De este modo, en la mirada de Souza, Ronsino logra hacernos palpable la experiencia del paso del tiempo. Mejor aún: la produce. El tiempo, en su literatura, no es una realidad objetiva, externa. Es el resultado de una mirada: la del que regresa después de una larga ausencia. Y algo más. Algo casi inasible. Algo del orden de la redención. Hay cariño en esa mirada. Un poema de Bukowski describe una pensión de mala muerte, atestada de despojos humanos, de olores, de ruidos, un ambiente totalmente desesperanzador. Y se pregunta “Todos esos hombres fueron niños alguna vez, ¿qué les pasó?”. La mirada de Souza en Lumbre es capaz de descubrir en el policía violento y en el conductor de televisión algo ridículo, a los niños frágiles que fueron.

3. El futuro llegó (hace rato)

Lumbre es la primera novela de Ronsino que transcurre en el siglo XXI. No esperemos sin embargo los clichés de cierta literatura que aspira a registrar la inmediatez de lo actual. No hay celulares, ni Facebook, ni You Tube, ni chats. Hay Internet, sí, pero sólo en el locutorio. Y no funciona. Podemos decir que Ronsino es contemporáneo sin necesidad de énfasis, sin impostación, sin renunciar a su estilo. No hay en sus novelas, retomando lo que afirmaba Sarlo sobre Glaxo, una “vocación periodística” de ofrecer a los lectores noticias sobre los últimos usos y costumbres relacionados con las nuevas tecnologías. Quizás por eso la novela de Ronsino está situada en 2002, es decir, una década antes del momento de su escritura. Por supuesto, como toda la literatura, desde la ciencia ficción a la novela histórica, Lumbre habla de su presente. Pero elige narrar con delay. Con el retraso lógico con el que llegan las novedades a los pueblos (¿o es una pequeña ciudad?). En el territorio de Lumbre, el cine y la televisión tienen, todavía, más peso que las computadoras. La preocupación del escritor no es, entonces, trazar una etnografía de lo nuevo, sino indagar el modo en que, en ciertas zonas periféricas, se producen mixturas, superposiciones entre distintos tiempos. ¿Cómo se mira televisión desde un ranchito precario? ¿Cómo conviven un ciber y una vaca lechera? O, para decirlo bíblicamente, ¿qué sucede cuando se recoge el vino nuevo en odres viejos?

Como Pajarito en sus cuadernos, Ronsino escribe de memoria, escribe después, como llegando tarde: desfasado. Lo sostenido de esa opción lleva a pensar que se trata de una apuesta estética. El último capítulo de la novela se llama Paráiso que es el nombre del único volumen de poemas publicado por el narrador, Federico Souza (y que iba a ser el título de Lumbre). Ese acento desplazado convierte la palabra familiar en otra cosa, en algo singular y hermoso. Así, sin estridencias, con pequeños desplazamientos, con una percepción ligeramente alterada y anacrónica, Ronsino trama un estilo, una mirada, una voz. Es decir: una literatura.
*Reseñador
Lucas Adur es licenciado en Letras (FFyL-UBA). Docente de Ideologías lingüísticas (FFyL-UBA) y Literatura Argentina y Latinoamericana contemporáneas (UNNOBA) y moderador del Taller de Poesía “Paco Urondo” (UNSAM). Actualmente está finalizando su tesis doctoral sobre el discurso cristiano en la obra de Borges con una beca de posgrado otorgada por Conicet. Ha publicado artículos en diversos medios