Una peste para el animal pharmakológico
Nicolás Lavagnino


Un bulto a la entrada de la ciudad. Anochece, o quizás está por salir el sol, no es seguro. Nadie desvía la vista para escrutar aquel cuerpo. Los autos y los peatones lo esquivan, con el paso y, por asco, con la mirada. La bestia exánime seguirá allí hasta que con el tiempo se acostumbre el ojo y el pie, y el resto sedimentado se apelmace con la lluvia y con los errores. Aplastado y compactado, estrujado y olvidado, el cuerpo desaparecerá una vez más, presa del animal pharmakológico, del proceso de producción de animalidad. Nadie leerá sus tripas. Nadie acompañará su descomposición. Nadie convivirá con su olor. Ángeles o bestias de acarreo, candelas o sombras al costado de la ruta, disponemos de los cuerpos hasta que nos indisponemos, y ya no los vemos como cuerpos, ya no los vemos como el resultado de nuestra disposición. Prestación de las vidas prestadas, sacrificados en consagración del curso de las cosas. Sí, pero la peste seguirá. Sacrificados y libres, ya sin contrato, afuera de la ciudad, del laberinto, de la torre, recorriendo el surco que hizo el viento cuando se volvió arena. Refinados hasta el olvido, sí, pero la peste seguirá, se los aseguro. El cuerpo muerto a la entrada de la ciudad, o a la entrada del area donde habitan criaturas abominables. No es seguro. Impuro al fin, contagiándolo todo. Yo lo puse allí. Fui yo. Ahora lo sé. La peste seguirá. Seguiremos haciéndolo, día tras día, buscando una pureza que no existe. Inadvertidamente. Hasta que aprendamos a mirarlo todo con los ojos del victimario.

I- Sistema y entorno

En el comienzo de la segunda sección de su ensayo “Acerca de la fenomenología del ritual y el lenguaje” Hans Georg Gadamer distingue dos conceptos. A uno lo denomina “compañía, que domina en el ámbito de los modos de comportamiento animales”, y al otro lo denomina la convivencia, “que sustenta, sobre el trasfondo de la dotación natural, la convivencia humana gracias al lenguaje”. Esta distinción opera en Gadamer como un trasfondo de la lingüisticidad primaria en la que estamos arrojados, una deriva existencial caracterizada por la fijación, la diferenciación y la creciente ritualización de las proyecciones de sentido. Convivencia designa aquí el modo dialógico de darse las palabras, de surcar un horizonte compartido de significaciones e interacciones, modos y horizontes regulados por la tensión a tres bandas que se tiende entre comunicabilidad, economía de la expresión y tendencia a la determinación y rigidez conceptual. La tensa vida del lenguaje supone esa vocación por poblar un mundo compartido, navegar la polisemia de los términos y, a la vez, protegerse de sus marismas y sus sargazos, esquivando sus riscos conceptuales, sus ansiedades definitorias.

El espacio de los signos es visto así como un modo de acción, un modo de intervención en un entorno compartido, donde opera la economía lábil de lo polisémico y la propensión a la fijación ritual. En términos de una teoría de sistemas a lo Luhmann diríamos, quizás, que la convivencia marca el punto en el cual se genera la producción de orden, segregación progresiva, jerarquización, centralización, determinación funcional y cierre operativo que distingue a un sistema propiamente dicho. Se trata, en este caso, de un sistema de convivencia humana.

Recordemos entonces que las propiedades de todo sistema vienen dadas por una distinción primera, entre sistema y entorno, y luego por un juego interno de variables que obedece al siguiente cálculo: la segregación progresiva para “dar respuesta” a las necesidades de producción y reproducción del sistema lleva a una fijación y determinación funcional. Esa fijación operante rigidiza al sistema de cara a nuevas necesidades, provoca una mayor pérdida de información y energía en el cumplimiento declinante de sus funciones, lo que lo vuelve más inestable y finalmente fuerza una reformulación de los cierres operativos de cara al entorno. El lenguaje, como sistema, nos permite comunicar, pero en la fijación de sus términos llega un punto en el que la extrema precisión ya no sirve para lo que queríamos decir. El fantasma de lo indecible pulula por el discurso, tensionando sus bordes, hasta que en el límite de la polisemia alguna boca nace una metáfora. Y el sistema del lenguaje entonces modifica su vínculo con el entorno, se diferencia de otra manera, por medio de una operación.

El cálculo, como dije, presupone una distinción entre sistema y entorno, donde el entorno es lo que es visto como lo que no produce una diferencia operante, lo que no incide en la trágica y tensa vida de los sistemas de cara a su doble orientación: permanecer indiferenciados y plenos de potencialidad, pero poco desarrollados y con fallas adaptativas, o sobre-adaptarse por segregación progresiva, al costo de realizar, de manera crecientemente imperfecta, tan sólo alguna de sus potencialidades.

Con cada noche y en cada sueño, se muere un día que nunca será vivido, ni soñado.

Convivir convivimos manejando el acordeón lábil de la segregación y la indistinción, presuponiendo la potencia de la economía polisémica y de a poco viviendo en la fijación ritual de las vidas efectivamente vividas.
A un lado y a otro de este espacio tensionado, se yerguen dos imponentes macizos: sistema adentro, en el cenit de la pura diferencia, hallamos el páramo racionalista de una estructura arbolar de determinaciones, un diccionario inquebrantable y sin huecos que anatomice el universo de lo concebible en una colección de complejidades que no admita sustituciones ni saltos inesperados. El espacio de la total diferenciación, un algoritmo para la máquina cibernética que sueña y ama y llora y dice también que hace todo eso.
Sistema afuera, entorno, compañía, el imaginario ya no de la máquina, sino de la pura indistinción, la total potencialidad de la vida ingente, sin realizar, puro anticipo, cigota, en la forma de una presencia que no opera, que no interviene, que no afecta, el puro borde de lo que no puede incidir más que como un fárrago causal destructivo. Un limo innominado que avanza desde el corazón del continente y se llevará puesta la ciudad.

Sistema adentro, el catálogo entero de la biblioteca de Alejandría. Sistema afuera, entorno, un fuego voraz que nada sabe de grandes libros, de pequeñas letras ni de miserias.

El laberinto, la torre, el edificio y la ciudad operan como figuras de esta idea de diferenciación jerárquica en el marco de la convivencia. El desierto, la acción arrasadora elemental del agua, del fuego, del viento, el puro paso indiferenciado del tiempo, obran como las contrapartes de la indistinción, la igualación extra muros en la desolación de la compañía. Alegóricamente dos versiones alternativas de un verso de Pope cubren estas dos opciones: a mighty maze, but not without a plan y a mighty maze of walks without a plan. Laberintos y desiertos, Newton y la noche estrellada, Jurgen Habermas y Edvard Munch.

La tensa vida del lenguaje gadameriana, el espacio de la convivencia propiamente humana, se tiende entonces entre estos dos espectros, pero su incidencia sistémica y su funcionalidad son asimétricas. La ganancia de complejidad, la segregación y la jerarquización crecientes operan sistema adentro, a medida que se completa y se realiza una diferencia operante. Cuanto más complejo el sistema, mayor gasto de energía, mayor pérdida de información, más ineficaz y anti-económico el arreglo. De allí la presión de fondo que lleva en la dirección opuesta, hasta reducir la centralización y segregación, indiferenciar, permitiendo una redefinición en los límites del sistema, de cara al entorno, reabriendo el espacio de los posibles. Ahora bien si los sistemas, más allá de su cierre operativo, se encuentran incrustados causalmente en un universo común, deben entonces acoplarse estructuralmente con el entorno. Cuanto más rígidos, más costoso el acople. Y de allí surgen las presiones que surcan liminalmente la frontera sistémica, hasta que una nueva violencia segrega y diferencia, redefine el borde de lo conviviente, expulsando a las bestias triunfantes del recinto ordenado de una urbe de fijaciones de sentido.

El espacio de la compañía, indistinto, ingente, surcante y amenazante, puramente potencial, inoperante, es el área por fuera del cálculo, lo que circunda la tensión entre polisemia y concepto, lo que se encuentra allende toda economía de intercambios y toda contractualidad. Pero no es más que un espacio liminal. Un páramo de potencialidades, entrópico, que para ser estructurado y colonizado presupone una carga de violencia cada vez mayor, hasta alcanzar la cúspide de una ineficiente Babel de significaciones. Pero ese espacio es, por su mismo carácter, no otra cosa que lo que el sistema hace de él. Es la diferencia y el resto que queda o que se produce ante la indiferencia. Algo así como el sueño de un grado cero de la existencia ante la cual medir el diferencial de intervención. Producimos el concepto de un entorno animalizado como una forma de poder apreciar el inmenso esfuerzo civilizatorio en el que estamos empeñados articulando violenta y dialógicamente a la vez una idea de lo que es la convivencia humana. La idea misma de algo que es indiferente y en su indiferencia habilita el espacio de las diferencias.

II- Puro, impuro, abominable

Pero la producción de la indiferencia supone un arduo trabajo previo. Los puestos fronterizos deben ser establecidos cuidadosamente, para que la arena no llegue a palacio y para que los mercaderes no se pierdan en el desierto. Una forma de administrar y comunicar discriminaciones procede por medio de analogías y juegos de proporciones. Micro y macrocosmos. Mary Douglas ha mostrado como los ritos prescritos en el Antiguo Testamento comunican diseños cósmicos, montañas míticas y tripas de animales sacrificados, por medio de la provisión de sistemas relacionales de isomorfismos. El totemismo y los rituales religiosos postulan una equivalencia lógica entre un conjunto de especies naturales y un universo de grupos sociales. El cuerpo cosmológico se superpone al social y éste, a su vez, al cuerpo físico en una calculada lógica del sacrificio. La primera señal de que el entorno “animal” está siendo estructurado se aprecia en el gesto de prescribir minuciosamente la invocación sacrificial. En el Levítico y en el Deuteronomio se prohibe la matanza profana y se articula una auténtica topografía mística que comunica tres paradigmas: la montaña, el templo y la ofrenda animal. La base del Monte es como el patio exterior del templo, un espacio donde mora la mayoría, un ámbito mundano, intercambiable, de producción y consumo, tanto como se producen y se consumen la cabeza y la carne de las extremidades del animal sacrificado. Un perímetro de densas nubes esconde con un primer velo un santuario más reducido, donde no todos pueden acceder y, dentro de él, protege un recinto íntimo, el sanctasanctórum. La analogía se proyecta a las nubes que rodean la cima de la montaña y a la zona del diafragma que protege con grasa las entrañas e intestinos en la carcasa animal. Se constituye así una topografía y jerarquía del animal, de cara a una estratificación y segregación simbólica, ritual, que opera en múltiples planos a la vez. La estructura del templo, de la montaña y del cuerpo animal se homologan y se implican recíprocamente.
En esta tópica del cuerpo simbólico la vida reside en la sangre y toda la grasa pertenece a Yahvé. El ser recóndito, entrañas adentro, tampoco se consume y los restos se disponen de tal manera que siguen produciendo diferencias operantes aún en el mismo abandono. Para el Levítico sólo son puros los animales de pezuña partida, hendida en dos mitades y que rumian. Faltando cualquiera de estas tres condiciones, estamos ante un animal impuro. “No comereis su carne ni tocareis sus cadáveres; los considerareis impuros”, dice el Levítico. Indiferencia que vuelve indiferente la vida o la muerte de esas especies. Cerdos, perros, camellos o liebres pueden ser tocados vivos, pero no pueden manipularse una vez muertos. Ergo, no pueden ser sacrificados. Dice Douglas, en su El Levítico como literatura, “mientras están vivos los camellos y los asnos pueden llevar el yugo, pueden servir como animales de carga y de transporte, se puede apalear a los perros, patear a los gatos, atrapar a los ratones y permanecer puro, pero una vez que están muertos, son conductores de impureza”. La vida y la pureza proceden por medio de una segregación progresiva, rigidización y jerarquización que estructura los cuerpos animales, y aún entre los cuerpos animales distingue entre las criaturas puras, que entran en la lógica del sacrificio, las impuras, que de manera ominosa e inadvertida podrían ingresar en esa misma lógica, y las abominables, que ni siquiera de manera inadvertida podrían colarse en el espacio de la convivencia humana.
La diferencia entre lo impuro y lo abominable corresponde a la diferencia entre las especies que forman parte de la alianza y las que no, así como hay pueblos que forman parte de la alianza con la divinidad y pueblos que no. La pureza o impureza sólo pueden predicarse de animales que integran el pacto, los elegidos. Todos los demás (criaturas aéreas o acuáticas, insectos, reptantes) son directamente abominables. A su vez la diferencia entre impuro y abominable se proyecta al eje de la acción: la impureza pide un acto de cancelación. Ante la criatura impura, todo contacto físico es vehículo de impureza, lo que marca la introducción de una dinámica de contagio. Por el contrario lo abominable no se transmite por contigüidad y no exige ninguna acción reparadora.
En este punto se conecta la disposición hacia lo animal con el sistema oracular, retroalimentando así moralidad, infortunio y culpa, generando la ubicua figura del pecador inadvertido. Pecan quienes inadvertidamente toman por puro lo impuro. Su transgresor acto de indiferenciación desata una dinámica de contagio que sólo podrá ser reparada con un vector diferenciador de signo opuesto y similar intensidad. Lo puro debe ser preservado, las discriminaciones deben ser respetadas y se debe estar atento al contacto avasallante de la vida impura, inadvertida.

Entonces, lo abominable no exige ninguna acción, pero la impureza sí, de cara al fenómeno del contagio. Lo impuro es la condición contagiosa de una persona, lugar o cosa, incompatible con la consagración a la vida ingente. Lo ingente es la idea misma de un sustrato de proliferación, un entorno fecundo, indómito, de vida que no responde a lo humano. En este caso la vida ingente, fecunda, en el rango de lo abominable, pertenece enteramente a Dios, y se encuentra fuera del recinto de la convivencia. Mora en el desierto, murallas afuera. Pura compañía. Vida incontrolada.

También pertenecen a Dios las secreciones de los impuros, mientras están vivos, y la totalidad de su cuerpo una vez muertos. Disponer de ellos expone al manipulador a la mancha de la impureza contagiosa. Conducción, contagio. Pero entre tanto, mientras viven, nos pertenecen a nosotros, los humanos, en su capacidad de acompañarnos en nuestros asuntos en la vigilia. Se incorporan así, parcialmente, a nuestra economía de ordenamiento del entorno. Como si se tratara de un régimen laboral precario, estos animales de día trabajan en la ciudad, pero en la noche descienden al inframundo desértico que labra el viento en el tiempo. Nos acompañan al calor del sol, se incorporan parcialmente a nuestra convivencia, pero están solos en la hora más fría.

Los animales puros son las existencias plenamente urbanas que forman parte del pacto con la divinidad y se integran a la contractualidad de la vida conviviente. Sólo la sangre y el ser recóndito vuelven a Dios una vez muertos. Por lo demás puede disponerse de la carne de sus extremidades, la cual culmina por formar parte en el proceso de reproducción del cuerpo social. Su deglución procede respetando las distinciones correspondientes.

En esta geopolítica de lo animal el entorno abominable no es otra cosa que lo pululante, la vida ingente, que se desborda en su fecundida proliferante, fructificando, reproduciéndose y multiplicándose en su ajenidad a los hombres. Extraños a todo contrato, a todo lenguaje, a toda discriminación sistémica, a toda violencia acorde a un plan -pero no a la violencia sin plan-. La interacción con este entorno es inoperante, no desata ni exige ninguna acción reparadora. No provoca impureza, ni requiere un sacrificio cancelatorio.

Luego, el límite entre lo operante y lo inoperante se marca en el ámbito de lo impuro, ya que lo puro es contractualmente operativo y lo abominable no es más que inefectividad: en lo impuro nos hallamos ante cuerpos expuestos a la diferenciación de una economía de intercambios, pero donde aún las marcas de la indiferenciación y la residencia extramuros se hacen visibles. Es demasiado lo que en estas vidas no nos pertenece, como para reclamar tan impunemente la prestación plena de esos cuerpos. Donde la existencia diferenciada, segregada, fijada al rito, anhelante de determinaciones conceptuales se yuxtapone a este linde, se expone al riesgo de la impureza, del pecado inadvertido, de la mancha, la conducción estigmatizante, el contagio. De allí la extrema cautela en la manipulación de este borde vivo del territorio social.

Finalmente, lo puro es la vida domesticada, que viene de lo ingente y vuelve a lo ingente, en la lógica de la sangre y el semen aparéandose y en la coda de un sacrificio en el que la carne es devorada y el ser recóndito vuelve a su fuente primigenia, pero entre una y otra cosa una entera vida de inscripción social se tiende ante estas existencias. Incrustada en el orden social, esta animalidad diferenciada, segregada, jerarquizada, proyecta segmentos corporales como guías para la moralidad y la orientación existencial en el marco de la convivencia humana. La carne se come, la grasa alumbra, las entrañas se leen, la sangre se evapora, se sublima, se refina, en el colmo de una animalidad que, en la altura del sacrificio, se sustrae a toda propiedad y se vuelve “libre”. Donde libre en este contexto significa no más que ya no morar en el área de los contratos.

Esto es, en vida el animal puro está inscripto en la lógica contractual del intercambio. Le alcanzan las leyes de propiedad y contrato. Es un bien disponible. En esta disponibilidad vive y se corrompe. Como se corrompen las cosas con el uso. Los romanos llevaron esta idea hasta un extremo, organizando sus aperos en tres categorías: instrumentum mutuum, instrumentum semivocale e instrumentum vocale. El sistema de los instrumentos incluía así arados (mudos), bueyes (semi-vocales) y esclavos (vocales). Todo lo contractual no es así más que el pleno goce de los cuerpos disponibles, su uso y su abuso. En el texto veterotestamentario al morir la discriminación operante produce un mecanismo de purificación, casi de refinación metalúrgica: el cuerpo se sustrae de la lógica contractual y la ritualidad de la acción fijada repara la impureza. Lo impuro demanda un obrar. En ese obrar se discrimina el cuerpo: la grasa y la sangre se consagran, se realizan, se consuman, en el contexto de leyes divinas que aseguran que toda vida, toda sangre, pertenece en última instancia a Dios. La periferia del cuerpo, extremidades, carne, cabeza, regresa a la periferia social, donde es ingerida. El ser recóndito, intestinos, tripa, entraña, se consagra en el recinto recóndito del templo, para volver al centro recóndito del universo simbólico, el sanctasanctórum de la creación.

El sacrificio opera aquí como un principio de retribución. Dios no opera sin establecer un límite a las compensaciones esperables. El sacrificio expía una existencia corrompida en el marco de una economía de intercambio generalizada, repleta de pecados inadvertidos. La contractualidad, las fijaciones, segregaciones y distinciones humanas en el marco de la convivencia son enteramente indiferentes desde el punto de vista de Dios: la sangre vuelve a la sangre, todo lo demás es circunstancia. Un entero entorno, circundado por la marea entrópica de la indistinción, se ve ahora de través, desde el ojo sapiente de una voluntad que pondera estéril todo esfuerzo por escapar a su labor entrópica. En este tránsito el entorno opera destructivamente, des-diferenciando en compañía de las sombras. Por el contrario, la producción de las diferencias es entero asunto de la convivencia.

Entre una y otra cosa se tiende abismal el espacio de la lógica sacrificial.

III- Sacrificios, pestes y victimarios

La animalidad se extiende en el páramo estructurado por lo puro, lo impuro y lo abominable. Los pasos fronterizos que controlan las exclusiones y las jerarquías operan sistémicamente, delimitando los alcances y los modos de la operatividad de cada elemento en el sistema. Recordemos ahora que todo sistema, lejos de la vulgata al respecto, está inherentemente tensionado y puede encontrar formas recurrentes de reproducirse de manera desequilibrada y auto-poiéticamente por medio de un recálculo de lo que antes llamábamos la doble orientación en torno a la segregación progresiva y la des-diferenciación. Todas estas tensiones y recálculos generan nuevas diferencias y nuevas estipulaciones de los alcances de la distinción entre sistema y entorno. Esas nuevas diferencias como operaciones en el sistema expresan tanto el desequilibrio previo en el que esa diferencia pretende operar, como la aspiración a responder “adecuando” el sistema a un nuevo estado estable. Retorno a un equilibrio violentado, una estabilidad desequilibrada.

El sistema romano de los instrumentos fue desafiado por el cristianismo, que impuso nuevas diferenciaciones y exigió el abandono parcial de la idea de instrumentos vocales. Pero el cambio de sistema no llevó al equilibrio. Dos milenios basculantes bastan como prueba.

Y sin embargo el retorno al equilibrio sigue postulándose, aunque no es más que un anhelo que será vorazmente deglutido ante la próxima operación de cara a la siguiente diferenciación operante. La dinámica en curso aquí se encuentra bellamente expresada en el mecanismo trágico: la tragedia constituye una epifanía de la ley, natural o humana, que expone a la vez la ilimitación de la obediencia exigida y la futilidad de las pasiones que pretenden intervenir en esa inexorabilidad legal. Aún así el halo trágico agrega un plus a todo esto: por su misma hybris, por su exceso u obsesión, el agente termina considerando su falla o hamartia a la luz de lo que en definitiva elige hacer. Es inexorable caer, dice el héroe trágico, pero yo elijo caer, ejecutando a la vez una acción proairética de libre elección de un fin y un rígido y determinista cumplimiento de una ley mandatoria.

La acción trágica es, en este sentido, impura, transgresora, y desata un mecanismo operante que exige cancelación. La visión última de la ley moral es concordante con la experimentación en torno a los límites y los valores asociados a la actuación posible. Dice Northrop Frye en su monumental Anatomía de la crítica: “el acto del héroe ha conectado un conmutador en una máquina más grande que su propia vida, o incluso que su propia sociedad” (p.277), generando una visión consistente que supera las miradas parciales en torno a la responsabilidad moral y el destino arbitrario. El agente trágico “entra en un mundo en que la existencia es trágica en sí misma, no la existencia modificada por un acto deliberado o inconsciente. Existir a secas es turbar el equilibrio de la naturaleza. Todo hombre natural es una tesis hegeliana, e implica una reacción: cada nuevo nacimientro provoca el retorno de una muerte vengadora”. La figura invocada aquí es la de la némesis, que sería mejor no enfocarla como venganza, quizás, sino como restitución de un equilibrio, cancelación y superación a la vez (aufhebung) de un movimiento operante que introdujo un sesgo desestabilizador en el sistema, por medio de la introducción de otro sesgo que, a su vez, habrá de operar desestabilizando en el futuro. El cumplimiento de una condena no deja al que fue convicto con una vida plena y realizada. Al contrario, lo expone a nuevos y desgastantes procedimientos.

Pero estos párrafos relativos al mecanismo trágico no son más que una ejemplificación de un tema mucho más vasto, operante en nuestra tradición cultural con una variedad de propósitos que me interesa indagar: la dinámica sacrificial. Nuevamente según Frye “deberá reconocerse en la tragedia una mímesis del sacrificio. La tragedia es una combinación paradójica de un sentido terrible de la rectitud (el héroe debe caer) y de un sentido piadoso del error (es una lástima que caiga)”. El sacrificio es el acto reparador y cancelatorio, aufgehoben, que requiere el sistema diferenciador para restablecer las fronteras provisorias entre lo puro y lo impuro en el marco de la ingente proliferación de la vida, delimitando así qué es lo que corresponde a los hombres, qué es lo que les es ajeno, y qué es lo que obedece a una voluntad indómita y avasalladora, ingente.

El sacrificio exige un pharmakos, una víctima propiciatoria (la figura animal del chivo expiatorio) que contraponga el pecado inadvertido que ha expuesto al agente a la impureza indiferenciadora, con la prueba ordálica que vuelva a regenerar la distinción e intente restablecer los lindes de la pureza. Los tópicos se acumulan aquí, y revierten todos en torno a la misma figura, cuya denominación demoraré por un instante. Entre ellos nos encontramos con que hay una operación transgresora que debe ser catárticamente tratada, expulsando, objetivando y purgando el móvil agente desequilibrador. De lo contrario el mecanismo inexorable llevará a una destrucción arrasadora. Hay implícita una asimetría cognitiva entre aquellos que pueden dar cuenta del equilibrio violentado y aquellos que incurren en el pecado inadvertido. Finalmente la operación cancelatoria pretende resolver la inadvertencia y detener el bascular nemético, por medio de una efectuación eminentemente impersonal: se trata de una operación anónima que no repara en los atributos de lo sacrificado tanto como en su función. Cualquier elemento puede ser sacrificado en virtud del reajuste de las fronteras sistémicas entre lo puro y lo impuro. La caracterización del proceso como tal no depende de la personalidad del pharmakos ni tampoco de la del agente nemético sino del cumplimiento de los roles específicos.

La ley es ciega, o al menos presupone un velo de indiferencia si es que no pretende contaminar el halo de la justicia inexorable con el sesgo de una subjetividad actuante. Dura lex, sed lex. Como en la Tarpeya romana, que a su vez replica los encerramientos de animales cuya lejana descendencia se arrastra hasta las actuales corridas de toros en San Fermín, no es nadie en particular sino todos en general los que van delimitando a la víctima propiciatoria hasta que es la gravedad inexorable de las cosas mismas la que despeña, hunde o descalabra al pharmakos. Una inexorabilidad querida por todos pero que se carga a la cuenta de nadie, precisamente para interrumpir la posibilidad de un ajuste de cuentas nemético que se monte a las espaldas de los actuales victimarios.

La víctima, en esta visión, es convertida en un agente que decide caer, y el victimario es pasivizado, convertido en un mero espectador. Vista la justicia como un encerramiento impersonal en los riscos, consiste en el sentido preciso de la palabra en la interrupción del mecanismo de la vendetta, una metalepsis entre activos y pasivos en la reconfiguración de lo social, con la finalidad de evitar la posibilidad de que los deudos del ajusticiado se la tomen con el último ajusticiador, ya que eso expondría el lazo social a una tensión insuperable. Justicia es precisamente la postulación de una presunta indiferencia que culmina anónimamente produciendo diferencias, tanto como la violación transgresora de la pureza era, en flagrante oposición a lo anterior, una diferenciación que culminaba catalizando el proceso de indiferenciación.

La diferenciación indiferenciadora, la transgresión que exige una catarsis, la inexorabilidad de una destrucción avasallante, la asimetría cognitiva en torno a ello, la exigencia de un sacrificio impersonal, todo esto confluye en el grupo temático, la figura elemental que da consistencia a este conjunto: la peste. Peste cuyo atributo dinámico más visible es la figura del contagio y cuya exigencia hermenéutica más palmaria es, siguiendo a René Girard, el trastocamiento a la perspectiva de los victimarios, la idea de que en asuntos pharmakológicos la subjetividad de lo sacrificado no cuenta en lo más mínimo.

El de la peste es uno de los tópicos más antiguos de la especie, y constituye también uno de los modos predilectos para insertar tipos específicos de acción en el marco de amplios procesos de reconfiguración cósmica. El asunto de la peste es la indiferenciación (en este sentido la muerte no es más que el límite superior que puede alcanzar la indiferenciación), la destrucción de toda especificidad y el ultraje de todas las gradaciones. Esto suele asociarse con procesos de inversión ritual que son los que tipifican los momentos culminantes de la quiebra social a la que conduce la peste: el hombre honesto se convierte en un ladrón, los lazos fraternos se destruyen, los ruines prosperan y los ricos se van a la quiebra. La plaga supera todos los obstáculos, vence las fronteras, se ríe de los viejos conflictos y las antiguas pendencias. Un fuego arrasador en la biblioteca de Alejandría, una inundación avanzando sobre la ciudad. Interrumpe la normal producción y reproducción del tramado social y cultural, la habitual prosecución de las actividades, perturba la distribución de roles, la circulación de bienes, la asignación de símbolos. La idea aquí es la de una violencia desorganizadora e indiferenciadora que se propaga sin pérdida.

Lo que se contagia es lo que irrumpe, disrrumpe, trastoca. Si hay un sentido que pueda darse a la palabra “violencia”, está allí. La peste disloca violentamente todas las precedencias, las jerarquías, las “normalidades” que constituyen una vida. El tiempo social se sale de sus goznes, el sistema de diferencias que propaga ciertos valores se desarregla, en la medida en que ya no es posible reconstruir las condiciones para la diferenciación. Esto suele verse en los lamentos que tipifican a las épocas de crisis como eras de desconcierto donde “todo es igual, nada es mejor”, el típico cambalache en el que prosperan los truhanes y se ven postergados los virtuosos.

En estas condiciones lo que el contagio muestra es el proceso de mostración misma del orden cultural como un sistema diferencial expuesto al colapso, sistema que, por definición, opera sobre la base de la arbitrariedad y disputabilidad intrínseca de los valores. El antagonismo acendrado y la radicalización de diferencias contrastadas parecen llevar a un climax, pero aún faltan dos elementos más en este grupo o conjunto simbólico. En primer lugar la plaga misma debe ser vista como un agente purificador, un reordenador de las deficiencias a las que han llevado anteriores diferenciaciones y estratificaciones, una indicación de que el sistema debe desdiferenciarse porque las fijaciones están dificultando el acoplamiento entre sistema y entorno. En este marco la muerte y la cesura purifican y confieren un sentido retrospectivo positivo al sufrimiento precedente. Sacrificamos cosas para retornar a un estado de pureza.

La idea aquí es la de la catarsis, la de la expulsión violenta de algo que nos inhiere pero que debe ser objetivado, mediatizado, para mejor controlarlo. La expulsión de las malas mezclas y soluciones informes tiene por efecto purificar y rejuvenecer la sociedad. La muerte y la pérdida es así el supremo acto de purificación. La discontinuidad de (cierta parte de) la matriz social es la condición de posibilidad de la continuidad misma de esa matriz. El contagio y la destrucción purificadora van de la mano en el confuso tránsito de lo social.

El pharmakos trágico replica entonces el procedimiento catártico a nivel de los personajes de un drama humano: la comunidad para diferenciarse y estratificarse nuevamente, buscando nuevos acoplamientos como resultado de cambiantes diferenciaciones, necesita objetivar por expectoración de lo que le inhiere una partícula arbitrariamente seleccionada que otorgue una inteligibilidad distintiva al nuevo conjunto. Lo que motiva un nuevo cierre es la expulsión de una víctima perpetrada colectivamente, una víctima que nunca sabe que lo es, que ignora los motivos de su falla (he ahí la asimetría cognitiva), que atrae hacia sí la “culpa” mítica con la que carga de allí en más, una culpa que da sentido a la purificación, que la vuelve necesaria, controlable, administrable de manera dosificada.

El punto clave es que la víctima nunca debe pasar por tal. Un linchamiento no es visto nunca como tal desde la perspectiva de los linchadores. Antes al contrario la víctima, en una fantástica inversión de perspectiva que constituye el segundo punto que quiero destacar, debe ser vista como criminal, como habiendo infligido alguna regla que reactualiza el eterno desequilibrio que amenaza la vida en sociedad. La acción de la purga es una némesis, un retorno al equilibrio violentado. Esto es, no se trata de una punición, sino más bien de una suerte de proceso colectivo de ajuste. Así lo que es eliminado se lleva extramuros la carga de violencia que momentáneamente ha atravesado el cuerpo social. La crisis de los grados, de jerarquías, de diferenciaciones, y las angustias que se desprenden de la pérdida de claros horizontes valorativos, se cierra ahora con un ajuste. Pero, al final, éste debe ser impersonal, una resolución “limpia” que permita proseguir como si nada. La violencia es invisibilizada y el sistema restablece su modo estable desequilibrado, adoptando resueltamente la perspectiva de los victimarios.

La creencia en la operatividad del grupo temático de la peste, asociada con la idea de la purificación y la adopción de la perspectiva de los victimarios define el territorio de la animalidad para nosotros, rasgando el borde de lo impuro entre los extremos siempre posibles de la vida ingente abominable y el laberinto racionalizador de una pureza en última instancia imposible.

IV- Animales pharmakológicos

Debería ser obvio a estas alturas que el grupo temático de la peste es empleado no sólo para estructurar el comportamiento de cara a la animalidad, sino para proyectar respuestas esperables con miras a la redefinición de los lindes de lo social. Somos claramente animales pharmakológicos, en la búsqueda de una imposible navegación calma entre los halos reductores de la compañía y la convivencia. Nosotros, como los romanos, seguimos creyendo de a ratos, y algunos siempre, en la existencia de instrumentos vocales, cuerpos enteramente a disposición. La construcción de la animalidad procede preguntando y diferenciando respuestas a partir de un tópico fundamental: qué prestación puede obtenerse de estas vidas. En el universo veterotestamentario algunas vidas son prestadas por la divinidad para que formen parte de la economía del intercambio plenamente. Se incorporan convivencialmente al estatuto contractual de las vidas urbanas que somos. Otras vidas moran de día entre nosotros, pero en la última hora retornan a sus páramos. Mezclas de compañía y convivencia, sus vidas en el linde nos exponen a la posibilidad del error, la culpa, el pecado inadvertido que desequilibrará nuestras existencias. Finalmente otras vidas se encuentran más allá de lo humano. No inciden ni se opera sobre ellas. Son lo ingente, la vida proliferante más allá del recinto recóndito diferenciado. Vida por otros medios: aéreos, acuáticos, nocturnos, reptantes. Lo abominable.

La pulsión de creer que todo puede ser incorporado al sistema genera las fricciones rigidizantes que sólo se resuelven ineconómicamente diferenciando hasta el absurdo, acrecentando los desfases e inadecuaciones hasta el punto de que sólo pueden solventarse con grados masivos de violencia. El sistema fijado de la pura ritualización no es otra cosa que la proliferación de las diferencias que habrán de ser transgredidas, generando más y más demandas de cancelación. Cuando el sistema estalla, va en la otra dirección, basculando por dinámica de contagio hasta producir la creencia contraria: nada es sistema, y en el entorno indiferenciado tan sólo somos cuerpos arrasados y fuerzas elementales. Pero el mecanismo catártico y de purga que expulsa y expectora diferenciaciones no se hace para morar en el feliz páramo de los indistintos, sino para favorecer los nuevos lineamientos diferenciadores. Cuando no queda nada por segregar, estamos limpios y livianos, dispuestos a inhalar información, energía y funciones.

La manera en la que pensamos la distinción, la formación de campos académicos, el consumo ostentoso, el snobismo cultural, los barrios cerrados, la literatura, la política de defensa, el ciclo económico y el transporte urbano, por dar tan solo unos ejemplos, muestran esta dinámica perentoria del contagio, de la peste, del sacrificio y la adopción del punto de vista de los victimarios en el proceso de producción de animalidad pharmakológica.

La noción misma de “ajuste económico”, sancionada por la creencia en leyes económicas inexorables que, sabidas asimétricamente por profesionales, revelan la existencia de pecados inadvertidos (gasto público, estado de bienestar insostenible, corrupción) que pueden purgarse por medio de una destrucción creadora (ésa y no otra era la función de las crisis económicas para Sombart, Schumpeter y la mayoría de los neoclásicos) que recree los animal spirits empresariales y castigue las malas iniciativas, no es más que la extrapolación de la imagen de un saber esotérico que se construye indagando y discriminando a partir de cierres y clausuras operativas de corte pharmakológico. La creencia en mercados no distorsionados, el malestar con el intervencionismo, la idea de un recetario de medidas, todo converge bajo la misma idea: la disposición de las vidas. Hasta llegar incluso al rango de la abominación: vida ingente, villas miseria, provincias no viables.

En este imaginario los mercados condenan anónimamente, los capitales especulativos no tienen corazón y no se fijan en las virtudes de tales y cuales gobiernos. Continentes enteros son así animalizados, abandonada toda esperanza en que se pueda incidir sobre ellos estructurándolos, intentando a la vez delimitar los bordes del entorno cuando este se vuelve incidente: la frontera mediterránea separa el sistema europeo del entorno africano, la proliferante vida ajena a lo humano que expone las políticas públicas de migración al juego de la pureza, la impureza y la abominación. Las patrullas tejanas cazan animales de espalda mojada que vienen del desierto mejicano siguiendo la misma lógica. Aún así la filtración perenne de un entorno que exige modificar los acoplamientos estructurales y sanciona la necesidad de nuevas víctimas sacrificiales nos salva de creer que existe una cosa tal como el retorno al equilibrio. Ahora que es de mal tono estigmatizar a los latinos y los negros tal vez podamos concentrarnos en lo esencial: disponer plenamente de la carcasa de las vidas animales de los pobres.

Así, cuando la ciudad es pensada como un espacio de sistemas cerrados surcados por entornos de marginalidad que mejor no surcar, una animalización de conurbanos está en curso. La impureza se filtra en empleadas domésticas, porteros, plomeros, guardias de seguridad y servidores de todo tipo, que traen el café y llevan las compras, moran de día con los integrados, y cuando conviene son apaleados, pateados, usados como bestias de carga, en la pura prestación de sus cuerpos, pero en la última hora, como los camellos y los bueyes, mejor que vayan a morirse al desierto de la indistinción. No sabemos nada de sus cuerpos, excepto cuando puede disponerse de ellos en la forma del contrato, el pacto, la circulabilidad económica: obreros, putas, changarines. Sus saberes nos son indistintos. Nos da lo mismo éste o aquel, Mangeris de turno, pero bien que necesarios son para que el sistema prospere en su diferenciación y su segregación progresiva. Mientras tanto el sistema de los integrados funciona también prestando cabal atención a las guerras civilizadas de los puros e integrados, y analizando y escrutando una y otra vez en el sanctasanctórum las entrañas del ser recóndito, una biopsia repetida una y otra vez sobre el mismo cuerpo angelado, abriendo siempre la misma bolsa, para encontrar siempre el mismo contenido: cuerpos prestados, vidas dispuestas, en el marco de una diferenciación más producida en el recinto ciudadano, diurno, contractual de los tomadores de café, redactores de blogs, consumidores de los tiempos y de los cuerpos de otros.

El sistema se ordena en torno de lo que necesita el animal pharmakológico para seguir operando: una nueva peste, la amenaza de una inminente indistinción revulsiva que dé vuelta todo su esquema objetivado de segregaciones progresivas. Pero así como necesita una próxima peste, el animal le teme, porque sabe perfectamente que una vez ocurrida no habrá otra cosa que la perspectiva del victimario, y si resulta ser la víctima, arbitraria, indolente, inaudible, invisible, todo cuanto alegue en su favor no hará más que radicalizar los motivos que llevan al holocausto.

Las gradaciones del mundo animalizado parten de lo indiferente e inoperante, para pasar a lo impuro obsesionado por el dilema del pecador inadvertido, culminando en la búsqueda fundamentalista de una prueba ordálica final que sancione definitivamente las fijaciones, segregaciones y jerarquizaciones de la coyuntura. La pureza no es otra cosa que el estar advertido de la inadvertencia del otro, estar en el risco, del lado de los que anónimamente empujan.

Pero nunca se está a salvo, no hay ningún recinto recóndito, ni siquiera las tripas, cuando son quemadas y la sangre se evapora en un fuego al que todo vuelve. Lo recóndito no es más que el signo de que hemos muerto y lo más preciado para nosotros es el elemento empleado por un tercero para proseguir en el incansable curso de las diferenciaciones y las segregaciones pharmakológicas. En este sentido lo recóndito, aquello en lo que reside la fuente última de valor, no existe. No por mucho revolver el hígado y los riñones, encontrará el lector de tripas el saco sagrado que contenía en el cuerpo el don precioso de la vida. Como ocurre con los capitales financieros, en su terco flight to quality, cuando el capitalismo arrecia y el riesgo se propaga en dinámicas de contagio, acordes con la psicopatología del riesgo-país, no hay ningún lugar a donde volar en esa búsqueda, así como no hay ningún sustrato o presencia en donde resida el grado último de acople estructural entre sistema y entorno.

El contagio como violencia arrasadora e indiferenciadora y la segregación pharmakológica como respuesta no son accidentes o efectos inesperados del modo en que intervenimos o de la forma en que se da el lazo social. Son su misma sustancia. La prestación desigual de las vidas, el hecho de que se consumen y se destruyen violentamente y, llegado el caso, se vuelven invisibles, inoperantes, incapaces de incidir, llama la atención en torno a lo evidente: tratamos a vastas porciones del mundo social como el pueblo elegido trataba a las criaturas abominables, en la convicción de que nada de lo que allí ocurra puede afectar y nada puede afectarnos. Y más aún, en el linde de la significación se juega buena parte del tratamiento de lo impuro, lo transgredido, lo que exige un acto cancelatorio reparador, sugiriendo así una inexorabilidad evidente sólo para entendidos.

El conjunto de discriminaciones operantes no tiene visos de ser superado, excepto por otro rango de diferenciaciones que permitan otras operaciones. El imaginario de la peste, de un arrasamiento cataclísmico global, no responde más que a la percepción de la violencia en curso, de la fijación improcedente en vigencia y la creencia esperanzada de que un nuevo comienzo, en otro lugar, es aún posible. Pero el universo desértico desdiferenciado es, por definición, un espacio poblado por muy pocos, los puros. Pero cuando el barro se va, el limo queda, salpicado de cuerpos que nadie quiere tocar.

El protocolo sistémico de ajuste pharmakológico es la manera que tenemos de procesar la complejidad de los sistemas que moramos, que producimos, que nos afectan o que nos limitan. El exceso de información puede anular la intervención. La reducción de complejidad, en el límite normal de la comprensión, se supone que favorece nuestra auto-comprensión en tanto que agentes en un marco de convivialidad. Pero a la vez esa reducción supone emplear las múltiples figuras de lo animal y del grupo pharmakológico de la peste a amplios sectores de lo que, en otras condiciones, podríamos considerar humano. Y a la vez nos expone a paradojas sistémicas.

La creciente sensación de un pecado inadvertido puede presuponer que es lo animal de la animalidad lo problemático, consistiendo el remedio en su incorporación sistémica en términos diferenciados. Tratar “humanamente” a los animales, o hacerse vegetariano para el caso, es una respuesta legítima pero que elude lo esencial. Diferenciado lo animal y considerado ahora como parte de lo que merece integrarse al área de lo puro, lo conviviente, lo afectado y afectante, son otras existencias las que, por definición, marchan extra muros, rumbo a lo impuro y lo abominable. De manera más clara aún: tan sólo hemos incorporado a nuestras mascotas y a nuestras fuentes de proteína al conjunto de victimarios, mientras enviamos conceptualmente a putas, trolos, tortas, gordas, villeros y negros de mierda al mismo tipo de maquinaria conceptual en la que antes arrojábamos a cerdos, vacas y canarios. Algunos animales se humanizan, mientras continentes enteros descienden al escalón de la mera animalidad, ejecutando el tipo de ajuste impersonal que permite bombardear un campo de refugiados, creer en la guerra limpia vista con lentes infrarrojos, especular con alimentos o sostener la autonomización de las esferas y el desencantamiento del mundo en el nombre de algún tipo de inexorabilidad.

Si el sistema total y el puro entorno son ficciones, lo que queda es hacerse cargo de las contradicciones sistémicas que atraviesan un campo de creencias y una constelación de significados, responsabilizarse por el anhelo de pureza que lleva a la ansiedad sacrificial.

En la tensa vida del sistema que somos el primer paso en la consideración de la producción de la animalidad, una animalidad que se aplica a lo humano tanto como a lo biológicamente animal, reside en empezar a desmantelar el complejo temático de la peste que sobre-imprime nuestras prácticas sistémicas. Ese desmantelamiento no es otra cosa que el comienzo de la revisión de las dos figuras clave por medio de las cuales ese complejo se introduce operativamente. Por un lado revisando la lógica sacrificial y la idea de un marco explicativo por dinámica de contagio, que explica simplemente en virtud de la contigüidad, y no pierde nada de su impulso en la extensión de su dominio; más bien al contrario, incrementa su potencial cuantos más casos caen bajo su umbral aplicativo. Basta ya de metafísica de la inadvertencia, y del recetario de profundidades analíticas y de las otras que llevan a la pureza.

Y por el otro poniendo en cuestión la sutil reversión metaléptica que nos lleva, las más de las veces, a adoptar el punto de vista de los victimarios, los perpetradores. Las reflexiones circulares en torno a la demanda ética de barrer el pasado a contrapelo y escuchar la demanda de los oprimidos ignoran el hecho fundamental de nuestro propio espacio de prácticas: las más de las veces formamos parte de la turba linchadora, las más de las veces estamos junto al risco viendo a la Tarpeya en acción, las más de las veces adoptamos activamente el talante discriminador fingiéndonos víctimas de una diferenciación que tan sólo impugnamos en sus derivas efectivas, mas no en su lógica funcional.

El cuerpo animal yace en la bolsa a la entrada de la ciudad. Despanzurrado, nos expone toda su sapiente profundidad. Desviamos la mirada, para no ver lo que pusimos allí. Crimen y discrimen, la violencia es siempre la próxima peste del animal pharmakológico, la única forma de producir un concepto de humanidad que pueda acompañar, corresponder y convivir con tanta animalidad.

La producción de animalidad no es otra cosa que la magnitud de humanidad que necesitamos retirar del espacio conviviente para reducirlo a mera compañía. La ansiedad que exuda esa necesidad se multiplica en los rasgos sacrificiales que eslabonan los tránsitos que llevan de lo puro a lo impuro y de allí a lo abominable. El escrutinio tenso de las entrañas recónditas no entregará nuevas e impensadas profundidades, ni permitirá reconfigurar el diseño de diferencias indiferenciadoras a menos que se cuestione la prioridad concedida al proceso mismo de refinamiento y purga existencial. Proceso que otorga, al término de una vida sujeta a lo contractual, a lo mandatorio y a la noción de propiedad, no otra libertad que la de un cuerpo abandonado en el borde de una ciudad histérica en su propio laberinto, un cadáver anocheciendo sin que nadie se atreva a sepultarlo, un resto amorfo que nadie quiere acompañar, en la soledad de la hora más fría, al término de un día en el que muchas vidas ya no podrán soñarse.
*Autor
Nicolás Lavagnino es Doctor en Filosofía y profesor de Historia por la Universidad de Buenos Aires, integra la cátedra de Filosofía de la Historia de la misma casa de estudios. Ha dictado cursos de posgrado en la Universidad Nacional de Tres de Febrero. En la actualidad es becario postdoctoral del CONICET. Recientemente ha publicado y coeditado el libro Hayden White, la escritura del pasado y el futuro de historiografía (Buenos Aires, Prometeo, 2012). Ha publicado numerosos artículos en revistas académicas como Signos Filosóficos, RLF – Revista Latinoamericana de Filosofía, Pragmatism Today, Cuadernos de Filosofía, Areté (PUCP), Ideas y Valores, así como también en publicaciones como El Ojo Mocho, En Ciernes-Epistolarias y Revista No Retornable. Ha participado en numerosos congresos, simposios y reuniones académicas, así como también ha co-organizado eventos, simposios, encuentros y congresos internacionales, desde su rol de co-director de Metahistorias. Proyecto de Investigación en Nuevas Filosofías de la Historia.