Intro
Sol Echevarría
La luna llena flota sobre los techos de los edificios. Él se saca la corbata y la acomoda sobre el sillón. Por unos instantes se siente débil, vulnerable, pero su sangre empieza a hervir. Cae al piso y se retuerce con un dolor primitivo. Su mirada se vuelve más intensa, los objetos más incomprensibles y los sonidos más fuertes: oye el ruido de las máquinas, pasos en la calle. Clava sus garras en el suelo mientras su cuerpo entero se cubre de pelos color marrón, le salen colmillos, orejas puntiagudas y una cola.

No suelo ser fanática de las películas de terror pero, a pesar de ciertas falencias en la trama general, esa escena de Lobo siempre me impacta. No hay dudas de que el clímax de la transformación está en ese momento en el que Jack Nicholson cae de rodillas al piso. Ese segundo en que es imposible decidir si ya dejó de ser hombre o no, es decir, cuando conserva ciertas formas humanas pero éstas se mezclan con formas animales, las palabras lo abandonan y emite un grito o, más bien, un aullido visceral, extasiado. Después la transformación se completa y el horror cesa, en cierta medida, porque si toda la trama se centra en el devenir lobo de ese hombre, ese es el punto de mayor tensión, allí la distancia entre los dos mundos se acorta. Su devenir como humano sólo es posible hasta ese punto, luego del cual se da paso a otro devenir, no humano.

La mitad es el punto máximo de la trasgresión, donde se exacerba el límite. Si la transformación se orienta hacia alguno de los polos, se aleja de la zona border, en la que se condensa el conflicto. El terror está entonces en ese límite, manifiesto no sólo en la mutación de su cuerpo sino también en su lenguaje: paralelamente a su metamorfosis, su grito se torna aterrador ahí donde, y precisamente por eso, se confunde con un aullido. Sus cuerdas vocales vibran en un habla sin historia, porque el grito es previo al lenguaje pero, también, lo trasciende. Es la ruptura de la articulación verbal, su desgarramiento. Según plantea Foucault en De lenguaje y literatura, a fines del siglo XVIII aparecen los relatos de terror en respuesta a una concepción problemática del lenguaje sobre sus limitaciones: “Hay que estar siempre más cerca del momento en que el lenguaje mostrará su poder absoluto, haciendo que nazca, de todas sus pobres palabras, el terror; pero ese momento es aquel en que justamente el lenguaje no podrá ya nada, en que el aliento quedará cortado, en que deberá callarse sin siquiera decir que se calla. Es preciso que el lenguaje retrase hasta el infinito ese límite que lleva consigo, y que marca a la vez su reino y su frontera”. Las palabras se multiplican, como una manera de defenderse frente a esta negación, afirmando al hombre en el lenguaje pero acercándolo a su peligroso límite, donde linda con lo in-humano.

Como narra la leyenda de Ulises, traspasar ese límite, zambullirse en el mar en busca de las sirenas, rumbo a un goce que niega la ley inscripta en su propio cuerpo implicaría negarse a sí mismo. El mito lo dice claramente: nadie sobrevive a su encuentro. Pero Ulises quiere alcanzar la revelación del canto de las sirenas sin perder su humanidad, como un curioso que se asoma por una puerta entreabierta, pero se niega a pasar del otro lado. Traza un límite con sus amarras, con su cuerpo, del mismo modo que el hombre-lobo se sujeta en su habitación antes de que salga la luna. Se trata en ambos casos de un rechazo humano frente al caos, ya que aceptar su devenir animal y su fusión con la naturaleza implicaría abandonar la ley y sus estructuras. Al aferrarse a su vida humana, sólo les queda la trasgresión: jugar a traspasar ese límite. En su “Prefacio a la trasgresión”, Foucault dice que “la trasgresión lleva el límite hasta el límite de su ser; lo lleva a despertarse en su desaparición inminente, a encontrarse en lo que excluye (más exactamente tal vez a reconocerse allí por vez primera), a experimentar su verdad positiva en el movimiento de su pérdida”. La trasgresión es la fusión de los opuestos y, al mismo tiempo, su partición.

En el cuerpo de las sirenas, Ulises ve su humanidad y, gracias a esa mirada virada hacia sí mismo, afirma su articulación con la ley, con el Estado y también con el lenguaje. “Aún se podría ir más allá y designar al hombre como el ser que ha fracasado en su ser animal y en su mantenerse animal. Al fracasar como animal, el ser indeterminado se precipita fuera de su entorno y, de este modo, logra adquirir el mundo en un sentido ontológico”, dice Sloterdijk en “Normas para el parque humano”. Si el Estado es el que impone jerarquías y tiene la capacidad de sedentarizar al hombre, ¿se podría decir que el hombre es un animal que ha sido domesticado por éste? Según Sloterdijk, “la domesticación del hombre es el gran tema olvidado ante el cual el humanismo, desde la Antigüedad hasta el presente, ha querido volver los ojos”. Quizás para exorcizar este trauma, el hombre repite el proceso que ha sufrido en carne propia a través de la cría de otros animales: “El hombre y los animales domésticos: la historia de esta monstruosa cohabitación no se ha llegado a describir de una manera adecuada, y a día de hoy los filósofos no han querido darse cuenta realmente de qué se les ha perdido a ellos en esta historia”.

El hombre nace en un mundo ya existente y lo percibe a través de una lengua determinada, también preexistente. Todo ser humano es un recorte finito ante este infinito fluir. No puede, por ende, ser más que un extranjero, un turista transitorio que vive de prestado (el lenguaje nunca le pertenece por completo). No habrá entonces nunca una compatibilidad absoluta entre él y su lengua, y entre su lengua y el mundo. Siempre habrá un afuera, algo que se le escape y permanezca inabarcable, un resto. Este resto, a menudo, irrumpe a través de la figura de lo animal, que reaparece nombrando de algún modo el vacío (que siempre es terrorífico) a partir del cual y contra el cual se habla.