Los ojos de la Mantis (1)
Mariano Dorr


En un artículo publicado en Instantes y Azares, escrituras nietzscheanas, nro 10, correspondiente al otoño de 2012, Mónica Cragnolini reflexiona, entre otros puntos, sobre la relación entre la cuestión del animal, el sacrificio, y el modo en que ésta cuestión aparece, en nuestro país, de manera ejemplar, como una de los elementos que hacen a la identidad nacional. Se pregunta: “¿Por qué, como argentinos, nuestro capital económico, afectivo y simbólico se constituye en torno al sacrificio animal que es al mismo tiempo, a pesar de su naturalización, sacrificio del otro, de cualquier otro, singular y radicalmente otro?” Inmediatamente señala que la parrilla es ese ambiguo lugar de “encuentro”. Encuentro entre amigos y encuentro con el (sacrificio del) otro. “Todo bicho que camina va a parar al asador”, recuerda Cragnolini a propósito del Martín Fierro.

Al día siguiente de un asado, en medio del campo, en San Pedro (habíamos cocinado un dorado comprado a un grupo de pescadores informales, a orillas del Paraná), cuando desperté, me acerqué a la parrilla. Una Mantis Religiosa, TataDios o Mamboretá, giró la cabeza y me miró. Se quedó mirándome inmóvil. Le tomé una fotografía y se la enseñé a Evelyn Galiazo, con quien conversamos sobre la Mantis desde hace ya algunos años. Aquí, quisiera referirme a la mirada de la Mantis. A sus ojos. Y a lo que los ojos de la Mantis suscitaron en algunas ideas articuladas en los años sesenta por Jacques Lacan. (2)

En un diálogo entre Jean Luc Nancy y Jacques Derrida, publicado con el título de “Hay que comer o el cálculo del sujeto”, los autores discuten lo que llaman “la liquidación del sujeto”. ¿Está liquidado el sujeto? Aparece el nombre de Lacan y rápidamente se afirma que el sujeto en la teoría lacaniana de ningún modo estaría liquidado; antes bien, se conserva su nombre, con todo gusto; el sujeto –para Lacan, según Derrida- tendría su lugar específico.

Por otro lado, lo que a Derrida le interesa remarcar no es una liquidación definitiva o desaparición del sujeto sino la designación del lugar del sujeto como un no-lugar, un espacio delimitado por una lógica de lo imposible, lugar imposible de señalar, espacio de lo incalculable. Más tarde, comentan la cuestión del comer. En un momento dice “la cuestión no es saber si es bueno o está bien comer al otro, y a qué otro. Lo comemos de todas maneras y nos dejamos comer por él”. Ahora bien, cuando Lacan intenta pensar “el lugar” del sujeto, lo hace a propósito de la mirada de la Mantis. Y esta mirada no nos asegura jamás nuestro lugar de sujetos; al contrario, nos hunde en un peligroso desconocimiento. En este sentido, quisiera hacer un breve recorrido por algunos de los comentarios de Lacan sobre este insecto que, en lugar de ir a parar al asador, amanece en la parrilla, desde donde nos mira. Único insecto capaz de girar la cabeza.

Y es la cabeza precisamente lo que hizo célebre a la Mantis Religiosa. Ya se sabe, en el momento del amor, durante la cópula, la hembra, de un tamaño tres veces superior al macho, devora la cabeza de su partenaire. ¿Cómo no iba a interesarle a Lacan esta decapitación amorosa? Religión, banquete y castración. Comencemos el recorrido: en el seminario 5, “Las formaciones del inconsciente”, en la sesión del 19 de marzo de 1958 (hace exactamente 55 años y un día), dice que la Mantis nos muestra que “el elemento principal de la satisfacción” en la posición femenina “se encontraría más allá de la relación genital propiamente dicha”. En el seminario 8, habla de “la gran figura fantasmática de la mantis religiosa, que asedia (hante) el anfiteatro analítico, está ahí presente como una imagen madre, como una matriz de la función atribuida a lo que tan osadamente, y quizás impropiamente, llaman la madre castradora”. Habría en la mantis, según Lacan, un “supuesto goce” correlativo a la decapitación del partenaire; algo así como un modelo de nuestro erotismo primordial, caníbal. Transición del hambre al erotismo. Un principio de discernimiento, de juicio, en la mantis. Una preferencia, una elección: “la mantis religiosa prefiere eso, la cabeza de su partenaire, a cualquier otra cosa. Que hay aquí una preferencia absoluta. Que es eso lo que le gusta”. Un hambre que elige. Y prefiere –“con glotonería”, dice Lacan- la cabeza del otro: “de esta manera –dice- el sujeto está abierto a convertirse en objeto” de un hambre que elige.

Un comentario sobre el hambre de la mantis hembra y la cabeza del macho como banquete. Se sabe –desde hace muy poco, gracias a la investigación de Lorena Pompilio, investigadora del Conicet y de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, publicada en 2008- que el macho no cede su cabeza, digamos, sin más; intenta conservarla, no la ofrece como alimento. Pierde la cabeza y continúa fecundando a la hembra, pero no sin conflicto. Prefiere fecundar a una hembra con el estómago lleno.

Volvamos al recorrido del insecto en la enseñanza de Lacan. Es en relación a la identificación del sujeto como tal en donde la figura de la Mantis adquiere su papel más importante en la teoría lacaniana. La identificación, a su vez, aparece como un elemento dentro de lo que Lacan llama “la estructura de la angustia”. En este sentido, la continuidad entre el seminario 9 (La identificación) y el 10 (La Angustia) es explícita. Al comienzo del seminario 10, Lacan se refiere a cierto rumor según el cual él mismo elegiría el tema anual de sus seminarios de manera azarosa. No es así, dice. Si la mantis elige, discierne, prefiere la cabeza; Lacan elige su tema con la misma precisión. Elegir es un modo del encuentro, y la elección del tema de la “la angustia” implica un doble encuentro. Lacan entiende a la angustia como el resultado de un punto de encuentro. ¿De qué tipo de encuentro se trata en el caso de la angustia? Para explicarlo, para mostrarlo, Lacan introduce el famoso Apólogo de la Mantis Religiosa (que ya había adelantado en las últimas sesiones del seminario 9). El Apólogo dice así: “Revistiendo yo mismo ante ustedes la máscara animal con que se cubre el brujo de la gruta llamada de los Tres Hermanos, me imaginé frente a otro animal, éste de verdad, que supuse gigante en aquella ocasión, una mantis religiosa. Como yo mismo no sabía qué máscara llevaba, pueden imaginarse que tenía alguna razón para no estar tranquilo ante la posibilidad de que, debido a algún azar, aquella máscara fuese impropia, induciendo en mi partenaire algún error sobre mi identidad. La cosa quedaba acentuada por lo siguiente, que añadí, yo no veía mi propia imagen en el espejo enigmático del globo ocular del insecto”.

Se trata de una caverna en donde un hombre disfrazado se encuentra con una mantis religiosa de enormes dimensiones. Si el enmascarado supiese que la máscara que lleva es efectivamente la de una mantis macho, habría miedo, horror. No angustia. Estaríamos cerca de la angustia, pero nada más que cerca de ella. El desconocimiento de la propia máscara (la de la mantis macho es sólo una entre otras infinitas máscaras posibles), el desconocimiento de la propia identidad arrastra al hombre a preguntarse, a propósito de la enorme Mantis hembra, ¿qué quiere? ¿qué me quiere? O más precisamente, ¿qué quiere (el Otro, la Mantis, el monstruo, el animal) en lo concerniente a este lugar del yo? Si llevo la máscara de la mantis macho, puedo considerarme decapitado, comido por mi partenaire. El desconocimiento de mi propia identidad o de la identificación que se pone en juego en el deseo del Otro, ese punto de encuentro, constituye el elemento fundamental en la estructura de la angustia. El Otro adquiere la radicalidad de su alteridad en este encuentro. La figura del otro aparece como enteramente misteriosa en lo que Lacan llama “la aprehensión pura del deseo del Otro como tal”, en la medida en que justamente desconozco mis insignias, “no sé lo que soy como objeto para el otro”. No obstante, dice Lacan, en el seminario 9, sobre la identificación, “puedo sentir un modo de sensaciones que constituyen toda la sustancia de lo que se denomina angustia, de esa opresión indecible por la que llegamos a la dimensión misma del lugar del Otro en tanto ahí puede aparecer el deseo. Eso es la angustia”, dice.

En la confrontación oscura con la Mantis, la angustia surge en el momento esencial en que, buscando mi propia imagen en el reflejo de sus ojos, descubro que esa imagen falta. Antes de perder la cabeza, ya cargo con una pérdida esencial, y lo que me falta es nada menos que el lugar del yo.

Esta experiencia desconcertante –el encuentro con lo radicalmente Otro, o para decirlo con las palabras de Lacan, con lo que “sería radicalmente otro”, con su “deseo voraz”, este hundimiento en la incertidumbre, es, paradójicamente, la única experiencia en la que no podemos ser engañados. Ya se sabe el lugar que ha dado Lacan al lenguaje en su clínica; el significante y sus rodeos; la palabra como modelo de la trampa. Si la palabra, el significante, es un modelo de la trampa; la angustia, por el contrario, es para Lacan “lo que no engaña”. La angustia no miente. En este sentido, la angustia me asegura que no sé qué soy, qué papel represento en el teatro del deseo del Otro; la angustia me ofrece una certeza, la falta esencial de mi propia imagen.

Estos elementos hacen de la angustia lacaniana una herramienta que, antes de remitir directamente al Freud de Inhibición, síntoma y angustia, nos devuelve al punto de partida de toda metafísica de la subjetividad: la duda, la imposibilidad de dudar de que dudo, y la certeza del cogito. Lacan se definía a sí mismo como un cartesiano, pero jugaba también con la idea de que, cuando se miraba al espejo, veía a Descartes, y que por lo tanto se trataba de un cartesianismo invertido, vuelto del revés. Una filosofía del sujeto, pero de un sujeto dado vuelta, literalmente. Todo en Lacan suena a Descartes, incluso, de manera más amplia, a filosofía moderna mal entendida. Y nunca se termina de saber si ese malentendido es adrede, si se trata de un uso superficial, ligero de los textos. Si existen disciplinas que dependen de lo que llamamos “matemática aplicada”, Lacan parece querer delimitar su propio campo de estudio mediante una suerte de “filosofía moderna aplicada”. Se inscribe en la tradición moderna, cartesiana, al mismo tiempo que fundamenta –contra Descartes- el lugar del sujeto en la estructura de la angustia, donde la identificación, la identidad, lo más propio, no sólo es una máscara, un disfraz, un revestimiento, sino que podría ser una máscara de cualquier cosa. Y allí reside siempre un peligro vital, una amenaza de muerte.

Los egipcios tenían en alta estima a la Mantis Religiosa; hasta fabricaban pequeños sarcófagos donde eran colocadas, cuidadosamente momificadas. Lacan no hace nada nuevo cuando –con pasión cartesiana- toma la figura de la Mantis como un monstruo, mitad genio maligno, mitad cógito. Porque la preferencia, la elección, el juicio, el discernimiento, está del lado de la Mantis. Es ella la que prefiere la cabeza. Un insecto abominable; una cosa que no sé quiere ni qué mira cuando me mira.

Y elegir, tomar una determinación, actuar en conformidad con el propio deseo, es siempre esta locura del encuentro, esta danza macabra; fiesta de disfraces donde cada uno es, siempre, peligrosamente, cualquier cosa.

*Notas
(1) Este artículo fue leído en el Simposio “Animots. Devenires animales de la lengua en la filosofía, la literatura y otras expresiones culturales”, organizado por la Lic. Evelyn Galiazo en el marco del XVI Congreso Nacional AFRA (18 – 22 de marzo de 2013) en el Centro Cultural Borges.
(2) Debo señalar el aporte fundamental de Michel Sauval en la dilucidación de las cuestiones que aquí intento abordar. Casi podría decirse que todo lo que aquí ensayo no es más que una glosa de su trabajo, disponible en http://www.michelsauval.com/angustia/s1mantis.htm
*Autor
Mariano Dorr (Buenos Aires, 1977). Es docente, narrador y periodista cultural. Es profesor adjunto de Metodología de la Investigación y Filosofía y Estética (IUNA, Artes Multimediales). Publicó Preguntale (Cencerro, 2005) y Musulmanes (Casa Nova, 2009). Es miembro del comité de redacción de Instantes y Azares -escrituras nietzscheanas-, revista dirigida por la Dra. Mónica B. Cragnolini. Colabora en Radar de Página 12 desde 2005. Es columnista de libros en Siete Punto Cero, Radio Cooperativa AM770. Actualmente trabaja en su próxima novela, Osvaldo.