Las políticas de lo impropio
Diego Jaroslavsky *


Lo impropio, de Diego Tatián
(Editorial Excursiones, 2012)


Estoy tentado en poner dos escenas juntas. Paradigmáticas, quizás contrarias. Una imagen es esta. En una sala de paredes blancas e iluminación cenital, propia de un museo, Georges Didi-Huberman observa un grupo de volúmenes dispuestos sin ninguna ley aparente, lisos e inquietantes, sin matices, como presencias mudas. La acción dura unos minutos. De pronto algo lo inquieta, lo conmueve, aparece en escena un espacio íntimo; en esa desproporcionada ambigüedad, como por un golpe, se ve sujeto a lo incontrolable de sí mismo; un tiempo lo excede.
En la otra, recogida por Rancière de un diario revolucionario obrero de 1848, un carpintero que está entarimando el piso de un cuarto por cuenta de su patrón, de pronto, se desentiende de su trabajo y al levantar la vista se entrega a contemplar el paisaje; se apodera así por un instante de una experiencia limitada a otro, la de aquel que dispone de la libertad de la mirada: “creyéndose en casa, aprecia la disposición del lugar; si la ventana da a un jardín o domina un horizonte pintoresco, por un momento detiene sus brazos y planea mentalmente hacia la espaciosa perspectiva para gozar de ella mejor que los poseedores de las habitaciones vecinas”.
En las dos hay algo en común. Pero ese común está obliterado por una diferencia. Lo que comparten es el tiempo. La discontinuidad, la desigualdad en esa misma acción, está dada por la libertad para manipular esa duración. Si Didi-Huberman posee el tiempo de mirar, en el carpintero la mirada asume la forma de un respiro, el que puede tomarse entre la última acción de sus brazos y la que repetirá posteriormente. ¿De qué desprendimiento estamos hablando? ¿Qué tan cerca es posible llegar desaforado, como una isla, alojado en una imagen que nos devuelve a un intervalo particular, corrido, escandido e impropio, “en una medida sin común”? ¿De qué se trata una instancia tan privada, para que termine convirtiéndose en un estado necesario de lo político?
Estos interrogantes, superpuestos sobre otras figuras, son algunos de los que asume Diego Tatián en Lo Impropio, el lúcido libro que acaba de publicar la editorial Excursiones, en el que sacude y pone en juego aquello que entiende necesario en la formulación de un estado de lo político, de una comunidad de iguales.
A través de diez ensayos precisos, consistentes, que rodean y escarban cada objeto de estudio con la delicadeza de un antropólogo, Tatián traza una pregunta que ha marcado dramáticamente toda la Modernidad bajo la forma que hoy se conoce como Biopolítica. Cuestión de la filosofía, pregunta doméstica, casi naturalmente ¿Por qué hay conflicto y no acuerdo? ¿Qué nos lleva a elegir la servidumbre por sobre la fraternidad y decidir que la hostilidad nos va ser más beneficiosa que la hospitalidad? ¿Qué estado presupone tener dominados de forma más entusiasta que amigos?
Yendo desde la condición de un náufrago, la figura del misántropo, o la experiencia de la memoria como forma de política emancipatoria, al concepto de fin de cultura en Heidegger, lo incalculable como potencia o un análisis de la idea de paz perpetua en Kant, Tatián establece un vínculo entre lucidez, ingenio y riesgo que permite destrabar cierta postura cínica asumida por la melancolía de la izquierda y el status ante el otro al que se aferró la derecha más programática. Con una imaginación ensayística y relaciones impensadas, la erudición de los ensayos no parece arbitraria ni un juego de ostentación, sino la forma en que el tema encuentra su mejor formulación a partir del trabajo material, la relación entre historias, teorías filosóficas y relatos biográficos diversos. Todo le sirve a Tatián para recrear un mundo de ideas, o en todo caso y para ser más preciso a su propedéutica, para visualizar relaciones que enmarquen y reconfiguren un complejo de ideas móviles, contemporáneas, destinadas a pensar una manera de avanzar en la formulación de una comunidad más decidida por el influjo de lo político.
En ese sentido se puede arriesgar que hay algo en la escritura de Tatián proveniente del cine. En el despliegue que presenta se nota el deseo de resolver extensivamente las tensiones que destaca. Su trabajo con las palabras se asemeja a lo que haría un cineasta con sus imágenes: establece un relato por medio del montaje de escenas significantes, de condensaciones parciales. Y en esa puesta en escena da cuenta de un relato al que nunca se impone, prefiriendo remarcar saltos y secuencias, característica que Tatián parece haber heredado de Benjamin o Rancière: las imágenes (ideas) no parecen estar cerradas sobre sí mismas sino ser parte de un organismo más complejo. No por nada cada ensayo comienza con una de ellas, o más precisamente con fragmentos de historias, que recrean planos, regímenes de significado, condensaciones de sentido, y dan como resultado un potencial, un movimiento.
De hecho, uno estaría tentado a alinear los ensayos sobre tres ejes: del concepto (inicio, inscripción de la tradición, Grecia), de las figuras (Renacimiento, revolución industrial, inicio de la Modernidad), de la experiencia (contemporaneidad, espectáculo, crisis de todos los valores, época cínica).
A partir de allí invita a pensar una poética de la rareza, de lo impropio, algo en busca de nuevos marcos de potencial. Parte de esto es lo que desarrolla en el ensayo “Elogio de la inapetencia”, en el cual toma como figura de investigación al escribiente Bartleby, el misterioso personaje de Melville que durante toda una novela preferiría evitar hacer algo. Un ensayo luminoso: lo que busca es ese algo.

Lo que hace sujeto político o de la política a Bartleby es su resistencia, dice Tatián, su enigmática irreductibilidad. El cuerpo del escribiente, como figura trascendente, es el que se ve afectado por una radicalidad. Es a quién y en quién se construyen los efectos, las interferencias y los desajustes que produce la constancia de un sostenimiento. La de una confrontación. De alguna manera, Bartleby, como individuo, sujeto por lo político, es el contrapunto en positivo y velado, el sueño, de un colectivo negativo constituido como imagen, y revelado como irreductible y mítico, el colectivo en el que los regímenes ya han sido repartidos y por lo cual oponerse a ellos tiene como punto de llegada el “imperio de la ley”: Bartleby termina detenido por resistirse a la repartición de lo sensible como algo inevitable. Lo que recibe como dado es lo que pareciera no estar dispuesto a aceptar.
Con este mínimo gesto negativo, lo que logra Melville con Bartleby es que el rostro de los anónimos hable dos veces, una como testigo mudo de una condición inscripta directamente en sus comportamientos, otra como poseedor de un secreto que no sabremos jamás. En eso reside su estatuto político. Pretende reparar la repartición de lo sensible, entendiendo esto como la disputa por la delimitación de lo visible y lo invisible, del juego y del trabajo, del tiempo y el espacio, en definitiva, de la experiencia intransferible como condición de una vida en comunidad, política. Pero quién hace ese reparto. ¿En qué medida dividir y repartir actualizan y promueven condiciones similares? ¿Acaso no es lo que falta a cada uno de estos términos lo necesario para una emancipación en dirección a una comunidad? La historia de esa disputa es la historia de la política. Cuando esa tensión no puede resolverse -devenir en el disenso-, surge la confrontación, aparece “el imperio de la ley”. Lo primero le corresponde a la Política, lo segundo al poder de Policía. Lo que la primera no puede reunir por la renuncia al excedente de cada poder individual, la policía lo establece por el exceso de fuerza de un común. Bartleby, entonces, pasa a ser un campo extensivo de sostén de lo que no tiene lugar, una relación que fracasa cuando la noción de hospitare no llega a constituirse como norma en cualquier intercambio. En esta falta de pulsión de poder, en la renuncia al excedente propio de un contrato natural y que estaría por fuera del pacto necesario para lograr una comunidad, es donde suele conformarse una lógica de la amistad, de hospitalidad, un principio de emancipación.
Entonces Tatián agudiza y va más allá; arriesga una intuición: lo que hace posible la emancipación es un espacio irreductible, libre de cualquier ocupación. Con su “resistencia mansamente devastadora”, Bartleby conquista un estar improductivo, sin ganancia, devenido un afuera, una extensión incalculable. Se trata de un momento que por a-significante funciona de la manera más disruptiva, suspende la ficción, aloja lo real. Ese es su privilegio, el germen para constituirse como sujeto en la política. A eso Tatián llama lo impropio de una vida singular, común a todos. El tema es cómo hacer extensible esa inscripción a cada ser humano, a la ciudadanía, a una comunidad. La pregunta que surge, entonces, es qué es lo que otorga esa posición al que puede observar, a diferencia de quien no tiene tiempo de levantar la vista, destinado a producir invariablemente todo aquello que al que mira le permite “insertar un espacio de libre inactividad”, “apoderarse de la perspectiva”. Este es el espacio en el que se detiene Tatián. Entre estos dos regímenes pone el foco de sus preguntas y elabora un muestrario muy documentado de lo que una tesis de una posible idea de comunidad y sujeto político debiera ser. Para que haya política de la emancipación tiene que haber emancipación de la política, o mejor dicho, para que haya emancipación, la política tiene que ser una comunidad de raros.
El pueblo que se constituye como campo móvil o errancia en ese movimiento y asume variaciones de sentido y programáticas, quizás pueda superar la propia estanqueidad producida por el mito que ha elaborado de sí mismo.
*Reseñador
Diego Jaroslavsky (Bs.As./1971). Arquitecto (FADU, UBA). Ha realizado estudios de fotografía (Eduardo Gil), filosofía y letras (FFyL). Docente durante nueve años en la FADU, publicó ensayos sobre teoría de la imagen, morfología y cine. Editó la revista de psicoanálisis Poubellication. Actualmente trabaja en su primer libro de cuentos y un guión cinematográfico. Produce mobiliario y escenografía para Estonoesunmueble.