Lutereau, ni tonto ni perezoso
Ariel Idez *


Perezosa y tonta, de Luciano Lutereau
(Textos Intrusos, 2012)


La elisión es una de las claves de Perezosa y tonta, segunda novela de Luciano Lutereau, que Textos Intrusos publicó en 2012. Lo elidido, en este caso, es el destino de la madre de Juan Ignacio, su protagonista, y su ausencia cobra peso en las figuras familiares (abuela, tía) que ocupan intermitentemente su lugar. La novela parece impregnada por la misma dulce melancolía que anima al tema del grupo español de música indie Le Mans del que toma su título y su epígrafe, y no es de extrañar, ya que afina sus notas en los diferentes tonos de la evocación.

Al igual que en su primera novela Los santos varones, Lutereau parece interesado en explorar las diferentes posibilidades de la rememoración como motor literario, aunque en este caso la ausencia de la madre le añade un tinte político a la novela familiar. De todas formas, una estructura muy meditada matiza el pasado con el presente, los ochentas con los noventas, la familia con la amistad, encarnada en la figura algo atolondrada y entrañable de Benja, el amigo de Juani. Perezosa y tonta es (para usar una metáfora cara a esta novela) como un postre de múltiples capas: pasado y presente, infancia, adolescencia y adultez, amistad, aventuras y amor, abuela, tía y madre (ausente), amalgamadas con el dulce repostero de la mejor literatura.

Cabría pensar algunas líneas de continuidad y de ruptura con la primera novela del autor. En Perezosa y tonta han cobrado un contorno más nítido los personajes adultos; mientras que en Los Santos Varones el punto de vista del niño-narrador estaba tan bien situado que los adultos aparecían como gigantes desdibujados y algo fuera de foco, en PyT esos adultos que orbitan como planetas en torno al niño Juan Ignacio han cobrado otro relieve, sobre todo la figura de la Abuela, el villano más entrañable de la novela. He aquí, si se quiere, uno de los ejes, una capa de la torta: la novela familiar, construida con partes iguales de odios y amores, alianzas, conjuras y conciliábulos. La trama familiar tejida con paciencia de araña por las abuelas (que no lo olvidemos, también son suegras) al calor espeso de las cocinas entre el suspenso dosificado del melodrama televisivo.

La novela familiar también motorizaba la escritura en Los santos varones, si bien ahí se hacía hincapié en la relación entre hermanos y aquí la clave está en la relación entre un personaje (Juan Ignacio) y las diversas figuras de una madre ausente. Aunque hay aquí otra diferencia, más crucial, y es que en Perezosa y tonta Lutereau le da la voz a estos personajes adultos, que en la novela anterior siempre “eran hablados” por el narrador, y en esos monólogos saca chispazos puigueanos; escuchemos sino un poco a la abuela:

Setenta es mía, siete de velos y cartas, vos tenés oros y dos escobas, qué
suerte la tuya tesoro, aunque el siete es lo que más importa, además
es de velos, que lo llaman así porque es algo distinguido, los velos son
de seda, sobre todo en Asia que los fabrican con una dulzura y en cada detalle por detalle, mirá este pañuelo que tengo acá, tocalo
despacito, pasátelo por la cara y pensá que la próxima vez que estés
resfriado te lo voy a poner al cuello y hacer un nudito, sin que te
apriete así podés respirar, no seas tonto, cómo vas a ahogarte, y
entonces, vas a ver que en una noche nomás, chau catarro y ni rastro
de la sinusitis.


Lutereau mete a sus personajes en una máquina puigueana, que es como una multiprocesadora de voces, y obtiene una rica masa polifónica en la que esas voces se multiplican en diarios íntimos, monólogos interiores y cassettes TDK D 90.

Este coro polifónico le aporta relieve a cada personaje y lo vuelve inconfundible, al punto que no es necesario que el autor los nombre, el lector los reconoce por su voz, como en el caso de la ambigua abuela, mala de telenovela con su hija y al mismo tiempo dulce anciana que le compra caramelos Suchard a su nieto y se sienta con él a mirar el dibujito animado de La ballena Josefina (uno de los leit-motivs del libro). O la odiosa tía que hostiga a Juan Ignacio pero es al mismo tiempo una mártir del matrimonio malogrado, o Benja, el mejor amigo de Juani, con su bovarismo telenovelesco y su fundamentalismo new age a cuestas, mientras insiste en su idealización del chongo de barrio.

Si en LSV Lutereau echaba mano de un narrador fuerte, a través de cuya voz se filtraba todo el relato un poco a la manera proustiana, ahora se puede dar el lujo de parafrasear al autor que busca el tiempo perdido sólo con el afán de contradecirlo: “Llevo algún tiempo acostándome a cualquier hora”, y elegir el procedimiento inverso, desagregando la historia en muchas voces que la cuentan cada una a su modo y sobre todo, a su tono. He ahí una de las grandes diferencias entre ambas novelas y uno de los mayores méritos de esta obra.

Retomo para concluir una de aquellas numerosas observaciones tan inteligentes como arbitrarias que puntúan (o punctúan) Perezosa y tonta: “porque en la vida hay sólo dos males: envejecer y engordar”, y concluyo que de esta novela delgada y joven sólo podemos esperar lo mejor.
*Reseñador
Ariel Idez nació en Buenos Aires en 1977. Es escritor, docente y periodista. Publicó el ensayo: Literal. La vanguardia intrigante (Prometeo, 2010), el libro de cuentos: No vas a ser astronauta (Pánico el pánico, 2010) y la novela: La última de Cesar Aira (Pánico el pánico, 2012). Participó en las antologías Karaoke (Textos Intrusos, 2012) y Escribir Después (Outsider, 2012).