Voces del cuerpo
Esteban Dipaola


Mudas, de Flor Codagnone
(Pánico el pánico, 2013)


La latencia de una voz o el latido de la voz. Se trata de una voz corpórea, voz que se hace cuerpo. El corazón en la superficie del cuerpo. Más que un cuerpo que habla, una voz corpórea en un cuerpo vocal. Mudas, primer libro de poesía de Flor Codagnone, editado por Pánico el pánico, es esa latencia de la voz.

Giorgio Agamben, en La potencia del pensamiento, analiza la correspondencia etimológica entre la palabra voz y la vocación: hay una vocación de la voz que es la evocación del ser, se llama lenguaje, dice. En Mudas, la voz evoca un cuerpo, y todavía más, descifra y revela los secretos del cuerpo. ¿Qué dice el cuerpo en el sexo? ¿Qué miedos habla en su primera vez? ¿Es cuerpo si no ha sido aún tocado? ¿Qué cuerpo se vuelve cuando lo tocan, lo abren, lo atraviesan? La tesis que uno puede imaginar mediante las poesías de este libro de Flor Codagnone, es que el cuerpo huye de su mudez en la experiencia del otro, con el otro el cuerpo se introduce en el lenguaje, evoca una voz nueva y su vocación es convertirse en sexuado y sexualizado, pero también atravesado y compuesto de nuevas formas e imaginarios. ¿Qué hacer con el cuerpo una vez que habla? Las primeras frases del libro indican un gesto en ese sentido: “Eventualmente, el orgasmo llega / y es una boca más / que besar o alimentar”. Un cuerpo que habla, que posee o se hace una voz, es el cuerpo que se tiene, con el que se es y se está. Sufrirán los cuerpos las palabras que duelan y se aferrarán a las que producen placer. Con esa primera evidencia nos involucra el libro.

Pero también hay otra cuestión en estas páginas: mudar además es cambiar. Que un cuerpo se vuelva voz o que la voz se haga cuerpo es una transformación. No es sólo que el cuerpo habla, sino que en su habla produce otros sentidos. ¡Performatividad!, gritarán todos al unísono. Sí, también. Pero sobre todo crecimiento: el cuerpo productor es un cuerpo que crece y que en su crecer se resguarda y queda a salvo. Salvarse en la entrega a otro cuerpo, al cuerpo desnudo del otro, desabrigar el propio cuerpo para que se arroje al calor de uno distinto. Eso es mudar de cuerpo, saber que de allí en más y para siempre la voz habla, produce efectos y sentidos, tiene orgasmos y se desgarra. El cuerpo que muda, que cambia, es una vocación de ser siempre otra cosa, de poder ser otro lenguaje, de ser y hacer lenguaje. Esta es la segunda evidencia que nos proponen estas poesías.

Una tercera latencia aparecida fantasmal en este libro tiene que ver con la síntesis. Es fantasmal y acecha. Síntesis de las tramas vislumbradas anteriormente: el cuerpo como voz, y el cuerpo que se transforma, es siempre tocado por y en la desnudez. Es un cuerpo en estado de indefensión, ¿o acaso alguien va a decir ahora y en un acto de sobreactuación de su valentía que en la desnudez es cuando más seguro se siente? Imposible. El cuerpo que debe, necesita, hacerse voz y transformarse es el cuerpo desnudo, el cuerpo que se evoca en su origen, en un estado natural de asimilación del mundo. Todos fuimos cuerpo desnudo en una primera instancia y lo volvemos a ser en cada una de nuestras primeras veces. El cuerpo que acecha como fantasma es la desnudez, el tener que decirlo todo en un instante. Un cuerpo que ya no tiene permitido enmudecer y que se somete a las voces de sus marcas y de sus huellas, de sus temores y de sus fantasías. La poesía de Flor Codagnone toma voz en ese cuerpo fragilizado pero que no puede dejar de hablar y de mudar en (y con) otro: “Era la noche del día / en que me desnudé / por primera vez. / ¿Te acordás? / Bajaste el cierre falso / de la primavera / y quedé frente a vos / con un cuerpo / que todavía no era mío.”

La voz en el cuerpo o el cuerpo correspondido con una voz, conquistado en una voz, abierto y atravesado por una voz, materializado en una voz, es siempre y en cada caso el cuerpo que ya no puede dejar de transformarse. Cuando el cuerpo habla y dice la característica esencial de su mudez es el cambio, registrarse y revisarse junto al otro y desnudos proponer nuevos sentidos.

Por un instante reflexiono mientras leo el libro y pienso que todos aquellos cuerpos que no recordamos, que nunca ingresaron en las salas de registro de nuestra memoria, son cuerpos que permanecieron mudos y que no evocaron ninguna voz junto a nosotros. No son buenos ni malos, pero es como si no hubieran estado tan sólo por elegir ese tipo de silencio que tiene que ver más con el vacío que con el deseo. Tengo un cuerpo que es lenguaje, que está desnudo, ahora, acá, en las palabras de Flor, en la voz que me transforma a medida que leo.

Mudas se escribe entre los cuerpos que se hacen voz a medida que se tocan, que se enfrentan a sus temores. La desnudez es ese estado de cambio permanente en el que nos vemos obligados a decir, a recurrir a la voz y en (y con) el otro volvernos lenguaje, porque si todo se calla, se enmudece, se hace in-mundo. Y es el mundo con el otro lo que queremos, la voz con el otro lo que deseamos. Un lenguaje o, parafraseando los dobles sentidos de Roland Barthes: el placer de una lengua. Según escribe y hace voz la propia Flor Codagnone en uno de sus poemas: “No se puede mirar / una caricia / sin una lengua”.
*Reseñador
Esteban Dipaola es sociólogo y se desempeña como docente en la UBA e investigador en CONICET, con especialización en cine y literatura. Sus dos últimos libros publicados son: Comunidad impropia. Estéticas posmodernas del lazo social (Letra Viva, 2013) y Todo el resto. Estética y pulsión de los años 90 (Pánico el pánico, 2012).