Los enfrentamientos y sus registros
Joaquín Correa *


El ansia y Bruma, de Matias Moscardi
(Sacate el saquito, 2012) (Vox, 2012).


El año pasado, Matias Moscardi (1983, Mar del Plata) publicó dos libros: Bruma (Vox) y El ansia (Sacate el saquito), a primera vista totalmente diferentes y distantes: el primero es una especie de diario en prosa y el segundo está formado por poemas, en su mayor parte octosílabos, de una respiración cortada como el hipo, cortante como el ansia.

El ansia

El ansia es el registro de una obsesión: el ansia, su definición y alcances. Los poemas dan vueltas alrededor de algo que siempre se está escapando, algo que no se puede decir. El texto, entonces, será lo que se libere de esa búsqueda por nombrar: lo que queda del ansia y se puede ver: sus restos, sus efectos sobre las cosas, sobre el mundo de acción. Y como no se lo puede apresar se lo vigila, se lo trata de contener: los poemas de El ansia van posicionándose como en una estructura panóptica alrededor de un núcleo duro, magmático. Corrosivo, peligroso, vital.

El ansia está escrito con la respiración del asmático o del que sufre un ataque de hipo y sobre la hoja van quedando los fragmentos de esa voz ahora entrecortada, con altibajos, enferma. El ansia también está ahí, seccionando tajante la métrica del poema, desplazando palabras y acentos, disponiendo del espacio como en una escultura cubista, usurpando el control de esa voz que quiere arremeter y no puede. El ansia tiene su voz y escritura y sobre los textos despliega su poder como una lluvia ácida que todo lo que toca modifica y corroe: allí quedarán restos de películas (Actividad paranormal o The hunger), de poemas clásicos (una reminiscencia vaga pero fuerte del siglo de oro español, la princesita de Darío, el cuervo de Poe), de textos suyos también (esas imágenes ya recurrentes y densas en sentido en su obra: el pulóver que se descose por un hilo, por un agujerito, el murciélago atrapado en el taparrollo). A través y más allá de todo, lo que permanece, lo que se adivina, una voluntad indomable de manifestación superior: algo de eso pareciera ser el ansia. Y aún más: hay un saber y hay un tiempo del ansia, establecido en sus violentos límites con la espera.

El poeta, a través de su registro, llega al conocimiento: sabe que el ansia, como la bruma, es algo más allá de lo humano, que todo lo cubre y que gusta de ubicarse cómodo entre los espacios que van de la vida a la muerte. Impele a los encargados de la ciencia de las enfermedades y las curas a estudiar el ansia, a detenerse, como él ya lo hizo, en ella. Porque no es sencillamente “estar manija”, no. Es un temblor de los cuerpos, es el hambre voraz e impiadosa que devora sin apetito los días del mundo. Y frente a eso no hay salida posible: “por siempre, por siempre jamás”, como decía atormentado Mr. Blaylock, el personaje de Bowie en The hunger, la escritura del ansia no podrá, una vez allí sumergida, escapar de su decir, de su respiración.

Bruma

Esta vez el registro será estenopeico: no de otra forma se puede llegar a captar ese fenómeno a la vez evanescente y total que es la bruma sino a través de un largo periodo de exposición del estenopo que resulta ser el conjunto poeta-libreta-escritura. La bruma y el poeta, o mejor dicho, la bruma y la voz del poeta -dado que él ya se encuentra dentro del tiempo y el espacio de la bruma, y todo lo que de él nos llega es sólo el movimiento de su voz- escribiendo el diario que intenta, con el pasar de los días y los recorridos, delimitar un adentro y un afuera, o al menos, trazar límites, líneas punteadas, entre la realidad y lo otro, la bruma, ese levantamiento mutante que todo lo circunda, que todo lo envuelve, que todo lo devora.

Debajo de la bruma, en una pugna por momentos invisible, pero siempre desenfadada y ruidosa, el mar. Siempre el mar: telón de fondo, presencia, una constante que sostiene a la voz, la escritura. Lo que parece detenido pero no, lo que impele a la detención para detectar el movimiento. El mar frente al vacío del tiempo, del espacio, de la libreta que, mojada, va borrando lo escrito e impide la escritura nueva. El mar, la justificación última de una ciudad costera, una ciudad que aparece deshabitada, sin gente, con el rumor del agua cubriéndolo todo: “La ciudad parece un desprendimiento del mar”.

La bruma y el mar; entre ellos, lo que se descubre, la ruina: grietas, restos abandonados, un chiringo cerrado, la basura de veranos pasados. Esa ciudad que va entrando en la libreta parece una ciudad arrasada por una catástrofe natural, sumergida en el olvido de todos los inviernos o sepultada bajo los escombros de la Unión Soviética. No existe el color del verano sino las tonalidades de alto contraste de Seascapes de Hiroshi Sugimoto. La ruina será la evidencia latente, escondida entre el mar y la bruma, del paso del tiempo: el poeta lee el espacio, lo decodifica o codifica para descodificarlo. El poeta es un lector de las cosas, de la memoria de las cosas, del paso del tiempo, del enfrentamiento entre lo natural y las intervenciones del hombre. Y su libreta, el espacio donde la unión imposible entre la bruma, el mar y las ruinas de una ciudad costera se hace registro, escritura.
*Reseñador
Joaquín Correa nació en Mar del Plata, en el otoño de 1987. Es estudiante de la carrera de Letras en la UNMdP. Ha publicado artículos y reseñas en distintas revistas. Su primer libro de poesía es Fotografía estenopeica. Mantiene el blog: citasincomillas.blogspot.com