Fantasías brasileras
Lara Segade


Fumasa, de Esteban Bieda
(Buenos Aires, Alción, 2012)

Las historias de amor, cuando se terminan, se convierten en historias de lo que pudo haber sido, de lo que no fue; las separaciones producen historias en negativo, irreales pero no por eso menos poderosas. Fumasa es una de esas historias. En esta primera novela de Esteban Bieda se cuenta la historia del viaje a Brasil que el periodista Irupé decide hacer solo después de separarse de Ana, con quien lo había planeado inicialmente. Es, por eso, una de esas historias que nacen de lo que no pudo ser y se arman a su alrededor: como esa fantasía según la cual estamos muertos pero no lo sabemos y lo que llamamos vida es la imaginación que producimos para no descubrir nuestro verdadero estado. Y de la imaginación y sus trampas se trata, precisamente, Fumasa.

Tras un incidente en un prostíbulo que había visitado porque “siempre había sentido debilidad por el bajo mundo, por los misterios de los bares de mala muerte” –un interés que “no era periodístico, era existencial”– Irupé deja la ciudad con la joven prostituta Alhacena, rumbo a una playa cercana. Jacarepagua tiene todo lo que tienen o deberían tener los balnearios brasileros: una única calle asfaltada, otras varias de tierra, negocios de artesanías, posadas, bares que por la noche se transforman en boliches, jugos de fruta que por la noche se transforman en cerveza o caipirinha según el gusto, camareras atractivas y tatuadas, un río que hay que cruzar a nado o en canoas dirigidas por hombres en sunga para llegar, al fin, a la playa.

Pero, tal como irá descubriendo Irupé, Jacarepagua es también diferente a otros lugares. El río, por ejemplo, “fluía de manera cansina, casi como si no quisiera resignarse a acabar en el mar, como si fuera consciente de que en su contacto con la inmensidad del agua salada perdería todo viso de identidad, todo rasgo propio, toda sensibilidad de río, sutil, exquisito y perfecto en sus contornos bien demarcados; el río quería permanecer río, no quería volverse esa torpeza infinita que es el mar, bruto, testarudo y dócil”. En efecto, la principal particularidad de Jacarepagua consiste en que muchas de sus cosas sufren una propensión hacia la pérdida de borde, de identidad: todo tiende a desaparecer ante los ojos de Irupé, quien cada vez se sumerge más en ese estado de desconfianza en la permanencia que sigue a cualquier separación.

En su primera salida nocturna, siguiendo a la camarera Lissa Pitanga y a su amiga Katia, Irupé llega al bar Biruta. Allí, le llama la atención un músico que, por la disposición del escenario, se ubica justo junto al pasillo de los fumadores de marihuana que, se dirá después, se extendía todo a lo largo del local como una columna vertebral. Fascinado por el músico en cuya gorra se lee “Fumasa”, Irupé le toma una fotografía, pero al día siguiente descubre que en la foto solo se ven el humo que viene del pasillo y los cascabeles que Fumasa tenía en la mano, sin rastros del hombre. En busca de explicaciones, Irupé se encuentra pensando, otra vez, en Ana: “necesitaba llamarla para que la situación fuese real. Si Ana no sabía del asunto, su existencia no estaba del todo sancionada. Quizá contándole a Ana Fumasa aparecería en la foto. Quizá nada nuevo podía existir en su vida sin que Ana fuese parte de ello. No la llamó. Tampoco le escribió. Entonces temió por su propia existencia; temió que él mismo dependiera de Ana para existir”.

Irupé no tarda en entusiasmarse con la idea de investigar el misterio de la ausencia de Fumasa en la foto. Llama entonces a su compañero fotógrafo del diario "La protecnia", Télefo Pimp, para que viaje a Jacarepagua y lo ayude, con la excusa de hacer una nota sobre el balneario. A partir de este momento la trama se vuelve detectivesca, pero de un modo fumado, a lo Lost, donde lo mismo se investigan asesinatos que incursiones de mapaches, y donde Irupé y Télefo Pimp se cruzarán con los personajes más extraños, como por ejemplo los mellizos Iacarino, que no solo son idénticos sino que además se llaman igual: Iacarino es el nombre de los dos.

La investigación, además, se conjuga con la fascinación de Irupé por el bajo mundo para develar, debajo de la liviana lógica vacacional que constituye la cara visible de Jacarepagua, una serie de subtramas que el extranjero no alcanza a percibir plenamente pero que intuye: subtramas delirantes propias de comunidades cerradas y hastiadas del sistema, pero unidas a él por los férreos lazos del turismo y el comercio. En ese sentido, Jacarepagua se parece en algo a los balnearios de Ballard, aunque en versión alegre. Porque, se sabe, Brasil quiere decir, más o menos literalmente, alegría. Jacarepagua cuenta con: “la alegría natural del veraneante, la alegría natural del brasileño veraneante, la alegría natural del extranjero que veranea en Brasil, la parca alegría de Lenny, la alegría del hombre de nariz aguileña, la alegría de Hormiga Atómica y de Hombre de Goma”. Así como es contracara de una separación, el viaje a Jacarepagua con Télefo Pimp es también contracara inesperada de la agobiante rutina del diario. Un porro que pega bien, inagotable cachaça, la vida en malla. Incluso cuando la cosa se pone un poco fea los flashes no llegan a oscurecerse demasiado.

Podría decirse que uno de los mayores méritos de Fumasa es el de abrirse camino en medio del delirio para contar una historia. Una buena historia. Aunque, tal vez, esa atmósfera de irrealidad o abierta inexistencia en que las cosas tienden a caer en Jacarepagua sea lo que, finalmente, habilite la narración. Carlo Vamová, el jefe de Irupé y Télefo Pimp en "La protecnia", insiste en su pedido: “No narre, Irupé”. Por eso, el periodista “tenía que vérselas, ante cada nuevo proyecto, con el desafío de la claridad absoluta, de la narración completa y totalmente detallada donde nada, ningún detalle, quedase librado a la imaginación…”; en otras palabras, “acatar los mandatos de una realidad que redundaba en su coherencia”, claudicar ante lo esperable. Sus notas, en algún sentido, constituían siempre explicaciones redundantes de las fotografías de Télefo Pimp. Pero llega el momento en que la fotografía falla, deja de ser un reflejo confiable y hasta lo real, despojado de sus garantías, pierde nitidez. Es entonces cuando la imaginación es requerida para devolver a la fotografía –a la vida– lo que le falta: una historia.

Fumasa, descubre Irupé o, más bien, el espacio vacío que recorta en la foto, constituye la primera meta que tuvo en años. Contra el trabajo y contra ese modo de trabajo en que se había convertido su relación con Ana, contra la tiranía de lo real y lo explicable, Fumasa despliega la liviandad de las vacaciones, la frondosidad brasilera, el delirio: las posibilidades de la narración. Hasta que se llega a ese punto en el que uno ya ha ido demasiado lejos como para seguir preguntándose si es peligroso; ese punto donde termina la resistencia. Entonces la mente deja de aferrarse a lo real, se suelta, se desborda y se asimila a algo infinito, como el río cuando llega al mar.
*Reseñadora
Lara Segade (Buenos Aires, 1981) es Licenciada en Letras por la UBA, donde actualmente está cursando el Doctorado. En 2006, publicó el libro Lo que sobra (La Bohemia) y en 2012 el cuento “Los años perdidos”, escrito en coautoría con Valeria Tentoni y Agustina Paz Frontera, en la antología Cuentos raros de Ediciones Outsider. Desde 2009 es una de las organizadoras del ciclo literario Mandinga.