Empezar a hablar
Sebastián Robles


El gusto, de Leticia Martin
(Pánico el Pánico, Colección Potlach, 2012)


Leticia Martin nació en Capital el 31 de marzo de 1975, y se crió en Lomas del Mirador, diez cuadras al otro lado de la General Paz. Es argentina, la mayor de siete hermanos, y escribe poesía toda con minúscula. Estudió Ciencias de Comunicación en la UBA y se desempeña como docente y redactora. Escribe en www.cadadiafaltamenos.blogspot.com. Es autora de Breviario o el oficio religioso (Funesiana, 2012). El gusto es su primera novela.

1. Hace muchos años leí una novela de Knut Hamsun, un escritor noruego de fines del siglo XIX, comienzos del XX, sobre el que habían publicado una nota en un suplemento cultural, no recuerdo cuál. Era la típica nota de doble página acerca de la vida y obra de algún escritor olvidado. “Hambre”, la novela que leí, aparecía ahí mencionada como la primera novela de Knut Hamsun, que después escribiría muchas más, e incluso ganaría un premio Nobel. Era, según el entusiasta que había escrito la nota, una de las culminaciones del realismo, y un anticipo del existencialismo del siglo XX. Trata sobre un hombre joven, de la edad de Hamsun al escribir la novela, que quiere ser escritor y siente el rechazo de la sociedad por un lado, y por otro lado se está muriendo de hambre. Vaga durante toda la novela por las calles de Cristianía, un barrio de Copenhague, en busca de un mendrugo de pan. La novela transmite una sensación física muy intensa. El lector sufre con el personaje, que enloquece –literalmente– de hambre. De esta manera, Hamsun posterga cualquier otra lectura posible, porque mientras transcurren las páginas, uno sólo quiere que el protagonista coma algo, un poquito al menos, para después seguir adelante con su imposibilidad de escribir y otros conflictos de orden más intelectual. No voy a seguir hablando de Knut Hamsun, pero alcanza con señalar que el final de su primera novela es feliz. El hambre fue saciada, al menos momentáneamente. Hamsun se había transformado en escritor.

2. Me acordé de “Hambre” cuando leía “El gusto” de Leticia Martin. Es una analogía arbitraria. Podría haber elegido otro enfoque, y estoy seguro de que irán surgiendo muchos a partir de ahora. En especial, el enfoque de género. La novela de Leticia es distinta en muchos aspectos a la de Knut Hamsun, pero toma también a la alimentación como punto de partida o eje del relato, y finaliza cuando su protagonista opta por un camino para saciar su hambre. Dicho sea al margen, quizás toda primera novela pueda ser leída como una novela de iniciación. 3.

Lorena es una bailarina del teatro Colón. Sabemos que es de Saladillo y que vive desde hace algunos años en Capital. Está en el punto de su carrera en que todo indica que va a despegar en cualquier momento. No lo vive con alegría. Tampoco con particular desdicha. Es algo que le pasa. Sabemos hasta el último detalle de su dieta diaria, por ejemplo:

Desayuno: 9:10 hs. Un café con una taza de leche descremada. Una tostada de salvado con una cucharadita (té) de queso crema descremado. Una cucharadita de mermelada BC. Colación: 11:08 hs. Un damasco. Almuerzo: 13:35 hs. Un sobre de sopa desgrasada + una latita de atún al natural. Una manzana. Colación: 15:00 hs. Un Beldent Merienda: 17:20 hs. Una Coca Light Cena: 22:01 hs. Un sobre de caldo desgrasado. Agua (Un litro y medio) Un yogur descremado.

A veces se queda dormida. A diferencia del protagonista de “Hambre”, que sufría dolorosamente la falta de comida, para Lorena la vida transcurre en un limbo donde todo se vuelve un poco irreal, como si ese fuera el precio de tener el cuerpo perfecto. Es una sensación física, pero también de otro orden.

4. Hace un cálculo rápido. En la verdulería de la peruana no hay más que cuatro manos. Dos de la peruana y a lo sumo dos más, de la chica que la ayuda. Todo esto si uno empieza a contar desde el punto de venta, porque si hubiera que registrar los manoseos anteriores sería mejor morir de inanición. Lorena piensa y concluye: ´acá es peor, deben ser cientos de miles de manos las que van y vienen contaminando todo, y vaya a saber qué tipo de personas son las dueñas de esas manos y de los gérmenes de la calle y de los pasamanos de escaleras y colectivos que traen con ellos´. Se mira los dedos. Sus manos limpias.

Sé que una primera versión de esta novela se llamó “Los dedos”. Tiene sentido. Con los dedos, uno se lleva la comida a la boca. Son el vínculo más primitivo con la comida. Lorena no tolera que otros dedos, que no sean los suyos, toquen su comida, del mismo modo en que la incomoda la mirada un poco lasciva de Gabino, el dueño de un local de ropa femenina donde empieza a trabajar en un momento de la novela, en una las tantas y progresivas fugas hacia adelante de su protagonista.

5. Lorena está siempre sola, aunque esté acompañada. A veces parece que busca algo, pero no sabe qué. Es como si, en su carrera por la figura perfecta, estuviera rompiendo un corset y ese efecto paradójico, que nunca –hasta el final– termina de realizarse, fuera el origen de su perplejidad. Vive con Carlos, su pareja de baile. Es una vida tranquila. Si uno los ve desde afuera podría pensar que son novios, pero no. Alguna vez tuvo novio. Al respecto, la narradora nos cuenta:

Antes, cuando los días se ordenaban alrededor de coger, las puertas parecían giratorias. Cada rato se oía un portazo que dejaba sordo al edificio entero. Peleaban por los ruidos, porque iban a rajarse las paredes, porque los del consorcio pedían silencio. Pero esas peleas terminaban en la cama. Cualquier cosa era buen tema para pelear.

Al comienzo de la novela, y durante buena parte de ella, Lorena vive sin discusiones, sin sexo, sin mucha comida, ensayando obsesivamente para el papel principal de una obra en la que quedó seleccionada. Pero el acento de la narradora no está puesto –felizmente- en esta obsesión, que es narrada con cierta distancia, como la que Lorena mantiene con respecto al mundo. Es como si el mundo, al haberle impuesto el mandato de la perfección física –el modelo de la “Lolita”, tan en boga en los noventa–, la hubiera condenado al limbo de la asepsia y el hambre.

6. ¿Cómo se vuelve al mundo, después de haber sido expulsado? Esta parece ser la pregunta que guía los pasos de Lorena. La violencia que ejerce sobre su propio cuerpo es el síntoma de esta expulsión, su síndrome de Estocolmo. Y como todo aquel que da sus primeros pasos, estos son erráticos, insensatos. Lorena falta a la función sin avisar, toma un trabajo que no necesita, se va, compra un pasaje de micro, se baja en el medio de ninguna parte. Empieza, de un modo confuso y la mayor parte de las veces inútil, a balbucear en su propia lengua. Pero es un balbuceo vital, que no la priva del encuentro con la “brutal sordidez” de un asado al costado de la ruta, ni del sexo intempestivo con un desconocido.

7. ¿Qué es el gusto en la novela de Leticia Martin? ¿Por qué se titula así? En principio, es uno de los sentidos del cuerpo. “El gusto” remite a la capacidad de percibir sabores, pero también –de un modo más indirecto– a la lengua, a la capacidad de hablar. Forzando un poco la interpretación del título, pero en absoluto de la novela, creo que remite a tener voz propia. A tener una experiencia subjetiva realmente libre, por fuera de los modelos y de las imposiciones culturales. En este sentido, pero no solamente en este, creo que estamos frente a una novela importante, no sólo en la trayectoria de una narradora que da sus primeros pasos con una firmeza que asombra, sino también para todos nosotros, los lectores y lectoras, escritores y escritoras, que buscamos nuestras propias voces, al resguardo del ruido de las modas y las normas de conducta que nos hicieron como somos. Un lenguaje propio es una manera de ser libres. Leticia Martin ya lo encontró, con su primera novela.
*Reseñador
Sebastián Robles nació en Villa Ballester, provincia de Buenos Aires, en 1979. Es guionista y productor de radio. Escribió la novela Los años felices (Pánico el Pánico, 2011). También publicó cuentos en las antologías Karaoke (Textos Intrusos, 2012) y Escribir después (Editorial Outsider, 2012).