Buenos Aires en exceso
Nicolás Hochman


El exceso, de Edgardo Scott.
(Gárgola, 2012)


Cuando Lawrence Durrell conoció la teoría de la relatividad pensó que Einstein era un genio, y se propuso llevar esas ideas al mundo de las letras. El resultado no se acerca ni un poco a lo que quiso hacer en un comienzo, pero sin embargo consiguió revolucionar un pedacito de la literatura universal. El cuarteto de Alejandría, que se publicó entre 1957 y 1960, es lo que se dice una novela perspectivista, que cuenta una misma historia varias veces, desde diferentes puntos de vista, cambiando de narradores, de tiempo y de espacio con maestría.

Edgardo Scott, integrante y fundador del Grupo Alejandría, es un heredero directo de esa tradición que intenta ahondar en posibles explicaciones de la condición humana sin llegar nunca a explicaciones totales, globales, finales. Esa búsqueda, tan incesante como destinada a un inacabado resultado, aparece con mucha fuerza en El exceso, su primera novela, que salió publicada por la editorial Gárgola en 2012, dentro de su colección “Laura Palmer no ha muerto”, y que cuenta con influencias de Bernhard, Saer, Gusmán, Felisberto Hernández, Onetti, Di Benedetto. No es el primer libro de Scott, que ya publicó No basta que mires, no basta que creas (nouvelle, Edulp, 2008) y Los refugios (cuentos, Edulp, 2010), y participó en las antologías El impulso nocturno (Gárgola) y Panorama Interzona.

El exceso es la historia de un momento y un lugar, excesivos ambos: el sur del conurbano bonaerense durante la década menemista. El relato no aparece articulado de una manera lineal, historizante, continua, sino en fragmentos casi fotográficos, con acciones precisas y detalladas, contundentes, que terminan construyendo un corpus mucho más abarcativo.

El libro está dividido en cinco partes, que hablan (en primera o tercera persona) de un poderoso ministro del duhaldismo, de su guardaespaldas, de su hijo, de su empleada doméstica y de su yerno. El funcionario Valle es la excusa perfecta para constituir la fluidez y cohesión de cada relato, que se ubican en días o meses contados, que van no-consecutivamente desde 1989 hasta 2001, desde la repatriación de los restos de Rosas hasta el clima insostenible que marcó el pequeño pero abrupto final de una época. Una década que poco a poco empieza a ser transitada por la literatura, no siempre con demasiado éxito y a veces de manera demasiado banal, y que en este caso es abordada con una naturalidad inquietante, que interpela y genera una empatía incómoda.

Cada capítulo, además, está interrumpido violentamente por otra voz, aparentemente ajena al relato y a lo que transcurre en cada historia. Es una voz histórica, que irrumpe y habla de elementos, personajes y situaciones propias de la década del ’90 en esa Buenos Aires tan característica. Una voz que aparece en la forma de ensayos que explican lo que nunca es obvio, y describen a los cartoneros, mencionan sin explicitar a Yabrán, María Julia Alsogaray o Maradona, proponen definiciones acerca de la corrupción y la recesión, se detienen en cómo funcionan los peajes o los tenedores libres. En definitiva, deconstruyen piezas que hacen al funcionamiento a veces invisible de una sociedad.

Scott, nacido en Lanús en 1978, escritor formado con Abelardo Castillo (además de psicoanalista y músico), entiende y explica Buenos Aires (conurbano y ciudad). La entiende, porque la vive desde hace más de treinta años, pero también porque la piensa y la analiza desde esa distancia imposible y paradójica que implica escribirla. La explica, porque probablemente sea uno de los grandes narradores de su generación, que a través de la obsesión por el detalle traza un camino en el que las palabras no sobran, sino que son precisas, como deberían serlo todas las palabras.

El exceso, esa sumatoria de momentos, de fragmentos, de retazos de vida robados a los personajes, de subjetividades desmenuzadas con gran inteligencia, tiene el enorme mérito de mostrar una realidad trillada desde una óptica renovada, sutil. Como Lawrence Durrell, nos cuenta algo que todos conocemos, pero que nunca miramos desde esa perspectiva. Porque si algo tienen estas historias (si algo tiene Scott) es una invitación a mirar la realidad desde ángulos contrapuestos, con los errores de paralaje que implica cada posicionamiento, explicando algo a la vez que sembrando dudas, contradicciones.

Tal vez por eso la novela sea una de las publicaciones más importantes del 2012. Sin un destino concreto, y con lectores de culto garantizados, la trama y el estilo dan la pauta de que el libro bien podría acceder a un público masivo, nacional a e internacionalmente, con absoluto merecimiento, si es que eso existe en la literatura.
*Reseñador
Nicolás Hochman (Buenos Aires, 1982) es historiador por la Universidad Nacional de Mar del Plata y doctorando en Ciencias Sociales por la UBA, con una beca de CONICET. Dirige la revista Casquivana (www.casquivana.com.ar), es consejero editorial de Lamujerdemivida e integrante del Grupo Alejandría. Antes editó otra revista, Prometheus, y escribió algunas novelas, poemas, libros para escuela secundaria y textos como ghost writer.